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domingo, 21 de febrero de 2010

La Tortuga de Mafalda



Mafalda, el personaje de historieta creado por Quino, le puso el nombre de Burocracia a su tortuga.


Burocracia: lo teórico

Desde que la atomización del poder feudal fuera cediendo a favor de los estados centralizados, la excesiva burocratización, que va siempre acompañada de desinformación, ha sido repetidamente señalada como un peligro amenazante para la participación democrática y el buen gobierno de las sociedades modernas. Conforme la complejidad de nuestros aparatos institucionales y organizativos va en aumento, surge la necesidad administrativa de crear procedimientos capaces de mantener los asuntos más o menos uniformes, de aportar cierto orden. La burocracia aparece como el remedio frente al caos que enfrentamos cuando las operaciones adquieren una escala difícil de manejar: los burócratas se vuelven los agentes del orden porque brindan organización y coherencia a un aparato que, de otra manera, sería caótico y vulnerable.



El sociólogo Max Weber introdujo el concepto de burocracia al vocabulario académico moderno. Para Weber la burocracia tiene una connotación positiva, porque es un sistema más racional que los sistemas de administración anteriores, basados en la autoridad de las tradiciones o en el carisma. De acuerdo con Weber, la burocracia es un sistema de gobierno o control legal (en el sentido de estar sometido a reglas explícitas y generales). Es impersonal (la autoridad descansa en quien tiene la capacidad de ejecutar ciertas funciones y no por personas determinadas ya sea por tradición o carisma); eficiente, eficaz y perdurable (porque distribuye funciones y poderes a los niveles adecuados de manera racional), y tiende a disminuir las desigualdades sociales en la medida que por un lado distribuye autoridad y por el otro el acceso a esa autoridad no se transmite de generación a generación.


Pero el principio organizativo de la burocracia esconde dos amenazas. La primera es la que advirtió Adorno frente al ascenso y la consolidación del Tercer Reich: la burocratización esconde la semilla del totalitarismo, porque en la burocratización del poder político, o del poder en general, se esconde la capacidad para eliminar la responsabilidad por las acciones. Como señaló Arendt, en la burocracia absoluta impera el Gobierno de nadie, porque nadie es propiamente responsable por ninguna acción: lo único que se tiene son burócratas que mantienen el status quo, que perpetúan las cosas como son cumpliendo los procedimientos sin detenerse nunca para cuestionarse si lo que hacen está bien o está mal. La burocratización fragmenta acciones en partes tan minúsculas que ser responsable por cualquiera de ellas no lo hace a uno responsable de ninguna parte significativa de la cadena. Y cuando algo falla, el responsable siempre puede echarle la culpa al procedimiento, a la norma, y escudarse en el conocido argumento de que uno sólo seguía la regla establecida, cumplía el rol de la burocracia, y nadie es, entonces, realmente culpable.



Los filósofos alemanes Max Horkheimer, Theodor Adorno (en primer plano), y Jürgen Habermas (en segundo plano, con la mano en el pelo), Heidelberg (1965).

La segunda amenaza me parece que se puede encontrar en las ideas del informático, escritor y experto en organización empresarial Seth Godin. Se desprende, además, de la idea anterior: la burocracia no sólo diluye la responsabilidad y sirve sólo como aparato reproductor del status quo, sino que elimina todos los incentivos para la innovación, para la creación de nuevas ideas. En un mundo burocratizado, las ideas nuevas son peligrosas, porque amenazan a la propia burocracia. La burocracia no es creativa, y no puede serlo, porque sería atentar contra sí misma. En la medida en que aquellos sujetos a sus procedimientos se limiten a reproducirlos una y otra vez, nunca dedicarán tiempo a cuestionar si el procedimiento es correcto, si el orden establecido no podría ser mejor, si no podría facilitar las iniciativas y las demandas individuales o institucionales en lugar de sólo servir a su propia estabilidad y reproducción.



Este delirio kafkiano puede sonar primordialmente limitado al ámbito de lo político, pero no es así. Lo hemos burocratizado todo. La educación, el comercio, la economía, la universidad. Incluso aquellos sectores que deberían de ser más innovadores han quedado atrapados en tantas capas de burocracia que terminan por eliminar todos aquellos incentivos que son, precisamente, lo que los hace relevantes para el conjunto de la sociedad.


Burocracia: lo práctico en la UAH


Los siguientes párrafos están literalmente extractados a partir de las páginas 26 a 29 del libro Medidas para un cambio estratégico en la Universidad de Alcalá. Resumen Ejecutivo. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá (2006):


Ausencia de un planteamiento estratégico. A pesar de la relativa experiencia en la implantación de mejoras en la gestión, existen aún carencias de fondo evidentes que impiden que cualquier cambio o reforma pueda generar un efecto de sinergia en toda la Universidad. Por un lado, los objetivos institucionales […] no están claramente definidos, son desconocidos por la comunidad universitaria o […] no son compartidos. Además, no se percibe por parte de la comunidad universitaria que exista un seguimiento efectivo de los objetivos. Por otro lado, a pesar de que en algunas unidades estructurales hay objetivos propios […] en otras unidades, como las de gestión […], los objetivos son más difusos y, en ocasiones, inexistentes. En esta labor se observa una presencia importante de voluntarismo por parte del personal. En consecuencia, la falta de claridad en los objetivos genera la ausencia de líneas estratégicas y planes para la consecución de los mismos, o bien, son ampliamente desconocidos por parte de la comunidad universitaria.


Indefinición de competencias y responsabilidades. […] la Universidad muestra claras contradicciones e incongruencias, sobre todo, entre las funciones de gestión y dirección. Por un lado, las competencias propias de las diferentes estructuras - Gobierno, Dirección y Gestión- no están bien delimitadas y definidas; por tanto, se presenta una asunción informal de competencias que genera poderes informales en la organización de la Universidad. Por otro lado, las responsabilidades, a pesar de que son asumidas, están diluidas por la incapacidad de tomar decisiones por la falta de autoridad. Existen interferencias entre gestión y dirección, y ésta última tiene una falta de capacidad ejecutiva autónoma.


Rigidez de la estructura. La estructura organizativa de la Universidad de Alcalá es rígida, poco flexible y poco permeable, ralentizando la toma de decisiones. Además, se carece de instrumentos de gestión, útiles en toda organización, tales como los manuales de procedimientos, sistemas de indicadores, etcétera.


Escasa coordinación y comunicación, falta de acceso a la información. Existen carencias y deficiencias en los canales de comunicación vertical y horizontal, y en la información que debe ser compartida para la realización de las funciones propias de cada estamento de la comunidad universitaria.


Precariedad de los recursos humanos y exceso de voluntarismo. Las condiciones en las que se encuentra el personal de gestión no son las más adecuadas en algunas unidades de servicio (existe una relativa precariedad del capital humano, hay un componente importante de la plantilla que tiene un carácter temporal en puestos estructurales […] y el deseo de mejora está muy personalizado y condicionado por el entorno […]


Asociada a la falta la definición de objetivos, se aprecia una ausencia de procedimientos de evaluación que permitan tomar decisiones para mejorar, tanto en los aspectos de gestión como docentes. No existen procedimientos rutinarios de evaluación del desempeño de las actividades propias de la organización y cuando se han producido se considera que no han servido para la toma de decisiones, es decir, sus consecuencias posteriores no han sido suficientes. […]


No existen sistemas de información adecuados para la toma de decisiones, por tanto se percibe como poco documentada o basada en información poco fiable que impide la elaboración de indicadores ya no sólo de procesos, sino también de resultados.


Las actividades universitarias no están plenamente reconocidas y los sistemas de incentivos son insuficientes. A pesar de los esfuerzos realizados por la Universidad, se percibe una clara insuficiencia en este campo, [sobre todo en la] gestión. […] la institución podría reforzar este apartado con más medidas propias dirigidas a otros aspectos estratégicos del desarrollo de la institución, tales como la mejora de procesos, la renovación de metodologías, la internacionalización, etcétera.


Las unidades estructurales carecen de autonomía para tomar decisiones. Se demanda una mayor flexibilidad, agilidad y autonomía en la toma de decisiones. En el análisis de las deficiencias para mejorar el uso eficiente de los recursos uno de los asuntos que más se remarca es la necesidad de profesionalizar la gestión.

El personaje más pequeño de la tira de Mafalda se llama Libertad. 




domingo, 7 de febrero de 2010

Desde donde habita el olvido



El próximo día 18, en el Conservatorio Provincial de Música, se presenta el libro Leyendas y relatos de Guadalajara, un volumen más de Aache Ediciones, esa editorial que con tanto mimo atiende uno de los últimos médicos que, como don Gregorio Marañón o don Pedro Laín Entralgo, tienen una innata vocación renacentista por abarcar cualquier proceso creativo de la mente humana, por escapar de las ataduras culturales a las que nos somete cualquier especialidad artística, científica o tecnológica.


Su autor, don Luis Monje Ciruelo, me ha pedido que actúe como testigo del bautismo de esta nueva criatura de papel que, con toda probabilidad, no será la última. Gracias a su hijo Luis, mi amigo y compañero en la Universidad de Alcalá, sé que su padre es un narrador nato de historias, un hombre que, capaz de obtener varios títulos universitarios, encontró en el oficio de periodista un buen modo de ganarse el pan. Un modo decoroso, esforzado y muy laborioso. El periodismo generalmente no está bien pagado, pero uno intuye que, sea cual fuese el salario, don Luis procuró dar lo mejor de sí, sabiendo que lo que estaba en juego era su persona, su ser, su naturaleza humana, y no lo que percibiese a cambio. Esa actitud vital, unida al conocimiento de la condición humana, es lo que le dio el viejo oficio de informar.

Además de una pujante actividad profesional, llevada a cabo en buena parte cuando corrían tiempos peores que los actuales, don Luis, que fue un hombre activo en el mundo, un viajero que salía de España cuando nadie lo hacía, lejos de llevar una jubilación retirada y ensimismada en el recuerdo de lo ya hecho que ha sido mucho, ahora mismo, a los ochenta y seis años, sigue atento a todo, a la vida pública y al devenir de la gente, sin resignarse a nada, a ninguna inanidad por habitual y aceptada que sea, preservando intacta la capacidad de indignación moderada, de sorna y de sarcasmo, incluso de nostalgia, de desaliento hacia algunas de las vacuas rutinas de la posmodernidad.


Cuenta don Luis que está un poco sorprendido de su tardía irrupción como literato, porque si bien su rúbrica periodística está íntimamente unida al siglo pasado, la estampada en su obra literaria está exclusivamente circunscrita al siglo XXI. Pero a mi juicio no hay tal. Cuando uno ha leído su penúltimo libro –Memorias de un niño de la Guerra- se percata de que la literatura ha latido siempre en el corazón de este eterno periodista. Ocurre, sin embargo, algo que sabemos bien quienes habitualmente colaboramos en la prensa: la crueldad de la limitación de espacio en los periódicos, ineludible obligación que convierte los artículos periodísticos en telegráficas amputaciones de textos nacidos con vocación de ser ensayos literarios. Leyendo algunas columnas de opinión, uno se da cuenta de que los periódicos se han convertido en una colección de muñones, en una fallida galería de prometedora literatura.

El buen periodista necesita dar rienda suelta a su apetito por narrar, por satisfacer su larvado enfrentamiento hacia los periódicos, cuya obligada cortedad expresiva los convierte en cirujanos cercenadores de la creación literaria. El buen periodista es alguien a quien le gusta narrar historias y sabe que no hay una sola verdad y que si dos testigos relatan lo que están viendo en un momento, posiblemente lo narrarían de forma muy diferente. Por eso, por instinto profesional, por pura necesidad de narrar, por el vicio de leer poemas y novelas, y por estar disconformes con el modo que se tiene de contar la realidad, los buenos periodistas acaban por desembocar antes o después en el intrincado laberinto de la ficción literaria.


Como ocurre ahora con este libro, y como ocurrió con Memorias de un niño de la Guerra, uno intuye que don Luis sabe que el periodismo debe ser ante todo un acto de servicio, un servicio al lector, al que hay que presentar la realidad con la mayor honestidad posible, con los mejores recursos narrativos y verbales disponibles. Pero en todo momento tiene que quedar muy clara la realidad de lo que se ha visto, en cuya veracidad confías, separándolo de lo que es ficción, dejando evidencia de que esos datos no son confiables. Eso es lo que precisamente hace don Luis: enmarcar la ficción, la leyenda, en unos ámbitos –el bar de carretera, el cuartelillo de la Guardia Civil, la alcoba de unos ganaderos viejos- en los que uno reconoce lo periodístico, lo verdaderamente auténtico, dentro de una ficción recreada por el autor.


Ventaja añadida de don Luis es que como narrador tiene un hermoso territorio en el que situar hechos y personajes. Algunos escritores han necesitado crear territorios imaginarios como escenarios de sus ficciones. Otros han preferido situar a sus personajes en un mundo real, existente y tangible, que limita la capacidad imaginativa del lector en lo que se refiere al paisaje, pero que sitúa a los personajes en un escenario familiar. Con ello repiten el magistral modelo de Cervantes, quien se apoderó de toda una región, La Mancha, para ubicar las correrías de sus disparatados y ficticios personajes de cuya existencia verdadera uno llega a dudar al situarlos en unos escenarios que sabemos reales porque nos resultan familiares.


Don Luis ha hecho de Guadalajara el territorio perfecto para sus incursiones literarias. Algunos novelistas trabajan con un mapa y otros con una brújula. En el segundo caso el mapa se iría haciendo mientras progresa el viaje; es el viaje mismo el que va creando el territorio, porque a la manera machadiana se hace camino al andar. No es el caso de don Luis, que conoce el mapa de sus narraciones con una preciosa minuciosidad, con la precisión del topógrafo, con la seguridad del explorador que ha recorrido milimétricamente el territorio escudriñándolo con los ojos abiertos del periodista de raza. Léanse, por poner un solo ejemplo, los primeros párrafos del capítulo dedicado a Viana, y sabrán de lo que les estoy hablando.


Reconforta mucho la lectura de otro hábito de don Luis: su afición por la palabra precisa, por la más adecuada para ofrecer una imagen de este o aquel acontecimiento, lo que obliga a tener un diccionario a mano para conocer el significado de las palabras que el autor rescata de donde habita el olvido. De su centón literario emergen palabras de otro tiempo, propias de un habla concienzuda y precisa, de sílabas rotundas, de una distinción popular que es el reverso exacto de la chabacanería que uno escucha en la calle, en el tren y en muchos medios de comunicación social. Palabras como “recuero”, “atalaje”, “collera”, “adarve”, “majano”, “cellisca” o “avilantez”, emergen de la memoria evocando nostálgicamente una España rural que se fue.

El pasado que nos trae don Luis es el de un país silencioso en blanco y negro, en el cual las noticias y los personajes agigantados por los libros de Historia se disuelven en lo cotidiano, en una trivialidad familiar en la que cuenta lo mismo el soldado real que deserta en Brihuega que el fantasma femenino y ninfal que vaga algunas noches de luna por las vecindades de Somolinos; personajes de realidad y ficción que sólo existen porque don Luis los recuerda. En su memoria los minutos del presente que se fue están cuidadosamente preservados igual que un mechón de cabello amorosamente custodiado en un viejo relicario, lo mismo que una mota de polvo sideral atrapada en una burbuja de hielo, igual que un insecto cautivo dentro de un fragmento de ámbar.

Sin ningún ánimo de convertirme en crítico, con esta reseña cumplo la obligación que me había marcado: glosar un libro que es el recuerdo del ayer como lección para el mañana, por más que me doy cuenta de que el verdadero aprecio de la literatura no es una cuestión académica sino de temperamento, y que como decía Fernando Pessoa -otro periodista devenido en literato- que aconsejar es, en cierta forma, hacer el mal de entrometerse en la vida ajena.

sábado, 30 de enero de 2010

Carlos II El Hechizado: Impotentia est maleficium





Mientras leo el recientemente publicado libro del historiador francés Joseph Pérez La légende noire de l’Espagne (Fayard, 2009), una obra continuista de quienes -como Julián Juderías y Loyot- se propusieron combatir nuestra “leyenda negra” por la expeditiva vía de desmentir su contenido, el azar de la navegación por Internet en busca de una información sobre genética de plantas me lleva al número cuatro de la revista Plos One (www.plosone.org). Por lo insólito del tema en una publicación biomédica, me llama la atención un artículo de tres genetistas de la Universidad de Santiago que se ocupa de la endogamia que acabó con la rama española de los Habsburgo, los Austrias, la dinastía que reinó en nuestro país entre 1516 y 1700.

Esta historia, como la Historia, es contagiosa. Interrumpo sin remordimiento el asunto que tenía en mente y me zambullo en la lectura de un tema que me parece apasionante y que me remite a sendos libros escritos por dos compañeros de la Universidad de Alcalá que leí hace algún tiempo: Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria (Temas de Hoy, 2003), de Jaime Contreras, catedrático de Historia Moderna, y Carlos II el Hechizado (colección Aqueronte de Ediciones Irreverentes, 2003), de Antonio López Alonso, un catedrático que se sitúa en la línea de los médicos con vocación literaria que, como Gregorio Marañón o Pedro Laín Entralgo, han dejado algunas de las mejores páginas de la literatura historiográfica española.



«De los cinco Austrias –escribió Gregorio Marañón en un ensayo sobre el Conde-Duque de Olivares- Carlos V inspira entusiasmo; Felipe II, respeto; Felipe III, indiferencia; Felipe IV, simpatía, y Carlos II, lástima». Durante los pocos más de cien años que transcurren entre la muerte de Felipe II (1598) y la de Carlos II (1700) -un rey que creía estar poseído por el demonio y que sólo era un tristísimo, se produce la lenta agonía de una familia que comenzó a reinar con deslumbrante brillo, alzó a la corona española hasta aquel «Imperio en el que nunca se ponía el Sol», comenzó a decaer agónicamente durante el Setecientos y sucumbió en medio de una farsa grotesca de validos corruptos, frailes milagrosos, conjuros de brujas, iluminados protomédicos, bastardos ennoblecidos, bufones contrahechos, meninas y pícaros, cuyos prototipos retrató Velázquez en el último grito de gloria de las armas españolas, La rendición de Breda, y en la miseria social de los borrachos y mendigos, símbolos de una sociedad finisecular arruinada por el vellón, desangrada en guerras que no eran suyas y diezmada por las pestes, un escenario histórico convertido en el fúnebre túmulo de una dinastía abandonada por la Providencia.



El Hechizado fue la última de las víctimas de los repetidos cruces entre parientes próximos que se dieron en sus antepasados, tanto recientes como remotos. Su coeficiente de endogamia era altísimo, similar al del fruto incestuoso de una relación entre padre e hija o entre hermano y hermana, según han demostrado los científicos gallegos basándose en el estudio de 16 generaciones antecesoras de Carlos II, lo que representa calcular el coeficiente de endogamia de 3.000 personajes regios.

El coeficiente de endogamia (F) indica la probabilidad de que alguien reciba, en una determinada localización (locus cromosómico), dos genes idénticos debido a un ancestro común de sus padres. Así, a medida que F es mayor aumentan las probabilidades de que se formen homocigotos que transportan enfermedades autosómicas recesivas. Los coeficientes normales individuales son del orden de F = 1/64 a 1/128, alrededor de 1% de riesgo de homozigosis. El análisis de la endogamia en las tres generaciones que precedieron a Carlos II es impresionante: nueve de 11 matrimonios fueron consanguíneos, de modo que El Hechizado fue descendiente de tres generaciones de abuelos y abuelas con siete matrimonios consanguíneos fácticamente incestuosos, con coeficientes de endogamia de F = 1/8 y F = 1/16, es decir con 12,5% y 6,25% de genes idénticos por descendencia. Varios miembros de la familia tenían coeficientes de endogamia superiores al 0,20, lo que significa que más del 20 por ciento del genoma se esperaba que fuera homocigótico para estos individuos. De este modo, a medida que tendían a casarse con familiares para preservar su dinastía, F iba aumentando generación tras generación: desde 0,025 en Felipe El Hermoso -fundador de la dinastía- a 0,254 en Carlos II, cuyo código genético era una verdadera bomba autodestructiva.



Impotentia est maleficium. La impotencia era una maldición diabólica. Según su contemporáneo el Duque de Maura, «Satanás se había apropiado del Rey», quien estaba «doblemente ligado por obra maléfica, para engendrar y para gobernar. Se le hechizó cuando tenía catorce años con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud y los riñones, para corromperle el semen e impedirle la generación». La realidad -nos recuerda López Alonso- era más prosaica, no había hechizo sino degeneración patológica, como puso de relieve el acta de su autopsia en la que el cirujano describe con crudeza: «No tenía el cadáver ni una gota de sangre, el corazón aparece del tamaño de un grano de pimienta; los pulmones corroídos; los intestinos putrefactos y gangrenados; un solo testículo, negro como el carbón, y la cabeza llena de agua».

Una descripción postmortem que confirmaba otras hechas en vida, como la del embajador francés cuando escribe a Luis XIV: «El príncipe parece ser extremadamente débil. Tiene en las dos mejillas una erupción de carácter herpético. La cabeza está completamente cubierta de costras. Desde hace dos o tres semanas se le ha formado debajo del oído derecho una especie de canal o desagüe que supura [...]. Asusta de feo». La descripción que el Nuncio papal remite a Roma presenta el patético retrato de un rey de 25 años: «El rey es más bien bajo que alto, [...] feo de rostro; tiene el cuello largo, la cara larga y como encorvada hacia arriba; el labio inferior típico de los Austria; [...]. No puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared, a una mesa u a otra cosa. Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero raramente; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia».

La genética había impuesto sus reglas: Cuando el 1 de noviembre de 1700 Carlos II, pronuncia sus últimas palabras –«Me duele todo»- y expira, han transcurrido exactamente dos siglos desde el nacimiento de Carlos V, cerrándose con su último estertor el negro telón del ocaso imperial tras el cual los Habsburgo no sólo perdían España sino también los Países Bajos y el Nuevo Mundo. Los Austria fueron la mejor prueba de que las grandes dinastías están inexorablemente destinadas a la extinción cuando la mezcla endogámica de las sangres reinantes trata de corregir los designios de la historia y de enfrentarse vanamente a los imperativos de la naturaleza.



Bolonia: ni lanzamiento de cohetes ni quema de contenedores



Respiro con tranquilidad. Acabo de finalizar la corrección de los exámenes finales de la asignatura que he impartido por primera vez en el recién implantado Grado de Ciencias Ambientales. Tras explicar las materias de mi especialidad con los métodos tradicionales durante casi 30 años, la aplicación práctica del método “Bolonia”, que entre otras cosas significa más trabajo para estudiantes y profesores, era para mí una nueva experiencia que aunque estaba ofreciendo unos excelentes resultados en términos de participación activa de los estudiantes en las clases teóricas y prácticas, todavía no había demostrado su eficacia en la pruebas finales. Tras corregir, compruebo con satisfacción que el trabajo continuado durante el cuatrimestre ha dado sus frutos: la mayoría de los estudiantes han superado sobradamente las pruebas.

Compruebo así que cuando hace un año estaban en su apogeo los movimientos “anti Bolonia”, ni las cosas estaban para quemar contenedores, como tampoco lo están ahora para tirar cohetes. Queda aún mucho trabajo por hacer para generalizar un modelo que implica profundos cambios metodológicos, pero sobre todo de actitud y mentalidad en estudiantes y profesores. Conviene recordar a Unamuno cuando hace un siglo escribía: «¿Reforma, revolución de la enseñanza? Donde habría que hacerla es en las cabezas de los que enseñan, o por lo menos en las de los que han de enseñar». Y es que lo primero que hay que asumir es un cambio en la actitud con que nos enfrentamos al proceso docente en plena “sociedad del conocimiento”, sintagma usado hasta la saciedad pero no por ello vacío de contenido.
 
Cuando hasta ahora había pronunciado a favor de la reforma había recibido miradas de escepticismo, sonrisas burlonas y frases del tipo «pues deber ser el único», a veces acompañadas de afirmaciones, algunas más apocalípticas que otras, pero casi todas negativas para Bolonia, lo que hacía pensar que la universidad española vivía en el mejor de los mundos, como si nuestros jóvenes licenciados tuvieran una formación completa gracias a los actuales planes de estudio; como si no tardaran en obtener su título una media de años escandalosamente superior a la prevista; como si la «degradación de los estudios» que perciben algunos hubiera comenzado con la aplicación de Bolonia y no la percibieran ellos mismos en las últimas décadas; como si nuestros antiguos alumnos no estuvieran abocados a encontrar un trabajo ajeno a su titulación; como si no supiéramos que en la lista de las mejores universidades del mundo no hay ninguna española.



La transmisión del conocimiento dejó de ser un poder en manos de unos pocos para volar libremente cuando a mediados del siglo XV Gutenberg inventó la imprenta abriendo con ello el principio del fin del viejo sistema dogmático de transmisión oral del conocimiento que había imperado en la Universidad medieval desde su fundación tres siglos antes. En los libros cabía más conocimiento del que podía contener el cerebro del más sabio de los maestros. Estos, en su mayoría eclesiásticos, captaron rápidamente el problema: los libros transmitían más información que ellos. Si la autoridad docente se basaba en la información y un libro acumulaba más información, se perdía el respeto al catedrático en beneficio del libro. Así que los libros, ¡al fuego! Las plazas se llenaron de hogueras que trataron de impedir la difusión de aquellos objetos que estaban cambiando el mundo. Sin embargo, el camino emprendido era entonces, como ocurre ahora con Internet, imparable e irreversible.

Aún estamos lejos de asimilar el impacto que va a suponer la prodigiosa biblioteca virtual y gratuita que es Internet, pero sin duda será mucho mayor que la que tuvo la imprenta. La nueva realidad es que la aldea global en la que se combinan lo material y lo virtual está generando una nueva forma de asimilar, de comprender, de aprender, de aprehender y de enfrentarse al mundo nuestros estudiantes que hace imprescindible que los docentes de todos los niveles la descubramos y la explotemos lo máximo posible.



Conforme he ido avanzando en mi actividad universitaria he ido aprendiendo que cuanto más conozco, más ignoro. Ahora me doy cuenta, además, de que cualquier alumno podría preguntarme: «¿Por qué cree, profesor, que usted sabe más que Internet? Todo lo que nos ha contado a lo largo de la clase lo he encontrado en mi navegador; eso, y mucho más que usted ha olvidado». Y tendría toda la razón. El acceso a la información es hoy astronómicamente mayor que el que existía no ya cuando yo estudiaba la licenciatura, sino cuando accedí a la cátedra universitaria hace veinte años. Hoy, cuando entro en el aula, reconozco el escenario y podría impartir la clase como hice siempre, porque hay estudiantes, una pizarra y tizas, una pantalla y un par de proyectores. Podría hacer lo que he hecho durante muchos años: transmitir conocimientos de forma oral. Pero el ojo ciclópeo del ordenador me abre las puertas a un mundo de infinita información. Ahora no tengo que remar; me basta con dirigir la navegación.

Como me pasó a mí y como le pasa a todos los jóvenes licenciados en el momento de su graduación, cuando se termina el último curso uno apenas retiene una fracción ínfima de los conocimientos que creyó ilusamente adquirir a lo largo de la carrera. ¿Qué sentido tiene devorar toneladas de conocimientos que se olvidan apenas superados los exámenes? ¿No es mejor enseñar a encontrarlos, recopilarlos, analizarlos y criticarlos para separar lo importante de lo superfluo y lo cierto de lo falso? ¿Acaso no es eso –abrir camino, avanzar, retroceder, indagar, escudriñar, errar y acertar- lo que hacemos los investigadores todos los días? Ya no basta con contar lo que hay que estudiar: hay que enseñar a estudiar.

Estamos en una nueva era en la que los viejos métodos ya no sirven para ir al sitio habitual por la senda habitual, porque en la nueva sociedad las distancias están desapareciendo vertiginosamente. El camino habitual es el que recorrimos nosotros y no podemos pretender que nuestros estudiantes se preparen sólo para hacer lo que hicimos nosotros. De aquí para atrás ya sabemos lo que hay. De aquí para allá está el futuro de la educación superior basado en la nueva sociedad del conocimiento, en el inmenso océano de información en el que nos corresponde enseñar a estudiar y a razonar. Hay que hacerlo para que no nos ocurra lo que decía García Márquez: «desde muy pequeño tuve que abandonar mi educación, para empezar a ir a la escuela».



domingo, 24 de enero de 2010

¿Gaudeamus Igitur o Dies Irae?





No descubro ningún misterio si digo que el estado actual de las universidades españolas no es bueno, pero también debo decir sin caer en la jactancia que tenemos la mejor universidad de la historia de España. En los últimos 30 años la universidad española ha dado un salto de gigante. Se ha multiplicado el número de universidades hasta alcanzar las 77 y un crecimiento tan acelerado sólo podía hacerse en detrimento de la calidad. Pero es mucho mejor tener universidades mediocres que no tenerlas, de la misma forma que la profusión de escuelas primarias, sean cuales sean las carencias que algunas presenten, significa un notable avance con respecto a los índices de escolarización que tuvimos hasta la pasada década de los 70. Por tanto, antes de fustigar al sistema educativo español en general, y a la universidad en particular, conviene tomar ciertas referencias.

En 1900, en España había una tasa de analfabetismo del 64%, que había descendido en 2001 al 2´4%. Hasta 1845 no se crean los primeros institutos de enseñanza media; con la Ley Moyano de 1857 se consigue que haya uno en cada capital de provincia y dos en Madrid. Hasta la Constitución de 1931 no se instaura la enseñanza primaria obligatoria (y gratuita), una conquista social que en Europa tenía entonces siglo y medio de antigüedad. Al comenzar el siglo XX, solamente el 2% de los jóvenes españoles cursaban estudios secundarios; en vísperas de la guerra civil llegaron al 5%; en 1959, al 14% y en 1990, al 40%. En 1900, sólo 16 jóvenes mayores de 24 años de cada 100.000 tenían un título universitario; en los años 70, ya eran cien, y al finalizar el siglo pasado, mil. La Ley Moyano, que siguió el modelo napoleónico exclusivamente orientado a la creación de escuelas especiales para formar a los cuadros funcionariales y dirigentes requeridos por el Estado, creó diez distritos universitarios, satélites todos ellos de la Universidad Central de Madrid, adonde en 1836 se había trasladado la de Alcalá, la única que otorgaba el título de doctor. La ley gravitacional que unía a todas las universidades españolas era el Concordato de 1851, que imponía el derecho de la Iglesia a controlar que no se enseñase en ellas nada que fuese contrario «al dogma y a las buenas costumbres».




Mientras tanto, las universidades europeas y norteamericanas habían experimentado una profunda y positiva transformación que había seguido el modelo instituido en la universidad de Berlín en 1810. Para adoptar eficazmente ese modelo con garantías de éxito, era necesario cumplir varios requisitos, entre los que cabe destacar la configuración de la universidad como un espacio de libertad dentro de una sociedad de las libertades; el abandono de las viejas prácticas de transmisión magistral y dogmática de la información, que debían ser reemplazadas por el razonamiento y la crítica de todo conocimiento; la adecuada preparación de los estudiantes en sus dos etapas previas al ingreso en la universidad y, finalmente, la consideración de la educación y de la investigación no como un gasto, sino como la mejor inversión para el desarrollo del país.



Coincidirán conmigo en que ninguna de esas circunstancias se han dado conjuntamente en los dos últimos siglos de historia de España, por lo que a finales de la década de los 70 del siglo pasado el sistema universitario español había alcanzado tales cotas de esclerosis e inmovilismo que era imprescindible diseñar una nueva estrategia de gobierno y gestión que, sin menoscabo de las funciones docentes, les permitiera seguir el modelo poshumboldtiano característico de las universidades modernas intensivas en investigación y en transferencia de tecnología. La profunda transformación organizativa que experimentó la Universidad española a raíz de la Transición ha representado, con sus luces y sus sombras, una mejora indiscutible en los ámbitos docente e investigador.


En los años que han transcurrido desde la promulgación de la Ley de Reforma Universitaria (1983), las universidades españolas han evolucionado positivamente. Además, esa transformación hizo de las universidades puntos de centralidad educativa, cultural y de generación de riqueza y bienestar, lo que obligó al sistema universitario español a dar respuesta al acceso universal a la formación superior y a los requerimientos y a las prioridades territoriales ligadas a las políticas autonómicas, al mismo tiempo que tuvo que enfrentarse a una creciente competitividad a nivel internacional en la captación de recursos, talento y oportunidades, que son los factores clave de la excelencia universitaria.


Pero los retos y los desafíos cambian, y los nuevos escenarios exigen nuevas actitudes y nuevos compromisos. A la vez que reconocemos nuestros avances, hemos de reconocer que nuestras universidades no ocupan puestos relevantes en las clasificaciones internacionales de calidad. Los resultados globales de las universidades españolas ni siquiera están a la altura que les correspondería atendiendo a nuestra potencialidad socioeconómica. Ha llegado el momento de sustituir expansión por calidad y para ello es imprescindible considerar algunos principios básicos.





El primero de ellos es que, frente al modelo uniforme que domina ahora, es imprescindible que todas las universidades tengan en el futuro su propio perfil, que asuman que es imposible que en todas las ramas del conocimiento se alcance el mismo nivel de excelencia. El Estado autonómico favorece la diferenciación entre universidades: en unas se hará ciencia y habrá que enseñar a hacerla, mientras que otras se centrarán en preparar profesionales con muy distintas exigencias de conocimiento. Unas y otras seguirán siendo universidades. El segundo principio es favorecer que las universidades compitan entre sí, lo que únicamente se logra si a su vez se compite en el interior de cada una. La potenciación de la Universidad requiere arriesgarse a apostar por ciertas líneas y actividades, especializarse en campos en los que pueda tenerse una cierta presencia internacional y abandonar las políticas que conducen a la mediocridad general. La tendencia hacia la uniformidad y el “café para todos” pueden comprometer un proyecto positivo e imprescindible si se pretende cambiar en profundidad, mejorándolo, el modelo universitario.

La responsabilidad es de todos, pero sobre todo de los que estamos dentro. «Si quieres cambiar un cementerio, no puedes esperar mucha ayuda de los que están dentro», dijo una ex rectora de la Universidad de Oslo. Demostremos que estamos vivos. De lo contrario, es muy posible que en los paraninfos universitarios, en lugar del Gaudeamus Igitur haya que entonar el Dies Irae.


La buena salud de las ciencias biomédicas en la Universidad de Alcalá





La colocación simbólica de la primera piedra del Instituto Cajal la pasada semana en el Campus de Experimentales es una prueba más de que las ciencias biomédicas gozan de buena salud en la Universidad de Alcalá (UAH).

La investigación y la docencia en biomedicina son dos de los pilares que deben sustentar la UAH en la competencia por la calidad que se va a establecer en los próximos años dentro del sistema universitario español. Los rankings que clasifican a las universidades de todo el mundo están cambiando su punto de vista a la hora de valorar los indicadores de calidad. Mientras que hasta ahora se venía utilizando como criterio generalista el valor medio de la productividad investigadora por profesor, cada vez se va imponiendo más la clasificación por “islas de excelencia”, un sistema que reduce el análisis a disciplinas puntuales. La última entrega del más difundido de esos escalafones, presentado por la Universidad de Shangai Jiao Tong en diciembre de 2009, ha introducido un enfoque más matizado y certero en su clasificación. Esta vez han diagnosticado también cuáles son las universidades que mejor hacen las cosas en seis áreas clave: Matemáticas, Física, Química, Ciencias Computacionales y Economía/Empresa. Mientras que utilizando el criterio generalista las universidades españolas apenas aparecen entre las 500 primeras, baremando en esas seis áreas aparecen cinco entre las cien primeras.

La identificación de las “islas de excelencia” va a ser, sin duda, el criterio que se imponga en el futuro; cualquier universidad competitiva que aspire a jugar en las grandes ligas internacionales de las universidades “completas” debe identificar esas áreas, potenciarlas y cuidarlas porque esas, y no otras, se convertirán en el motor impulsor de toda la institución.



Por eso, la llegada al Campus externo de dos nuevos institutos, el de Medicina Molecular Príncipe de Asturias (IMMPA) y el Cajal (IC), es una excelente oportunidad que debemos alentar en el futuro inmediato. Ambos institutos pertenecen al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), aunque tendrán una personalidad jurídica diferente: mientras que el primero se configura como un centro mixto cuya titularidad es compartida con la Universidad de Alcalá, el IC es un centro exclusivo del CSIC. Ambos se ubicarán muy próximos a la Facultad de Medicina, a la Escuela de Enfermería-Fisioterapia y al Hospital Príncipe de Asturias, lo que, junto a su proximidad al edificio de Farmacia y al de Biología Celular y Genética, generará un verdadero “biocorredor” dentro del campus que supondrá un importante núcleo de actividad en diversos aspectos relacionados con la salud humana.

La incorporación de estos dos centros reforzará sin duda la capacidad investigadora de nuestra Universidad y es, en ambos casos, una operación de gran importancia. Partiendo de esta incuestionable premisa, quizá sea interesante analizar con algo más de profundidad los beneficios tangibles que cabe esperar de su implantación en nuestro Campus. El primero de ellos podríamos centrarlo en las nuevas oportunidades que abre a nuestros estudiantes de los diversos grados en Ciencias de la Salud, que tendrán muy cercanos unos excelentes centros de referencia en los que conocer de primera mano la actividad investigadora en biomedicina, donde se desarrollarán seminarios científicos de profundo interés y especialización y donde, en caso de optar por una carrera científica, podrán realizar sus estudios de postgrado con niveles académicos de excelencia que amplían la oferta generada por diversos departamentos universitarios.

A priori podría pensarse que su importancia en la mejora de la investigación en nuestra Universidad es igual de inmediata. Pero, a este respecto, es necesario plantear algunas reflexiones más. En primer lugar, no debe asumirse directamente que el hecho de contar con importantes recursos y grupos de investigación externos en nuestro campus sea equiparable a una mejora inmediata en la calidad investigadora de la Universidad. En este sentido quisiera hacer notar que en todo momento he hablado de la incorporación de estos institutos a nuestro Campus y, de forma consciente, he evitado hablar de su plena integración en la Universidad. En el caso del Instituto Cajal porque, de hecho, no se incorpora a la Universidad: se trata de un centro del CSIC que migrará desde su ubicación actual en el centro de Madrid a nuestro campus. Al tratarse de un centro de titularidad exclusiva del CSIC, todos sus investigadores pertenecen y pertenecerán al mismo. Ello no ha impedido que en los acuerdos tomados para su implantación en Alcalá se haya avanzado en prever colaboraciones entre ambas instituciones tanto desde el punto de vista de investigación como en el de docencia.



En el caso del IMMPA, al tratarse de un instituto mixto CSIC-Universidad, la situación debería ser todavía más favorecedora para la UAH. En este caso sí que está contemplada la incorporación al nuevo centro de grupos de investigación formados por profesores de la UAH que tendrán acceso a los importantes recursos con que se dotará el centro. De esta manera, la mejora en los indicadores que juzgan la investigación en nuestra Universidad debería ser palpable. Es necesario recordar que, a la hora de la verdad, la calidad de las publicaciones de nuestros profesores, junto con algunos otros resultados cuantificables como las patentes, constituye la base de los criterios que se utilizan para evaluar la calidad de las Universidades.

Es tarea de todos conseguir que la implantación de estos dos nuevos centros contribuya a escalar posiciones en los indicadores de productividad científica, que es lo que realmente redundará en la mejora de la calidad investigadora de la UAH. Pensando en mínimos, es obvio que simplemente la existencia de una importante masa crítica investigadora de excelencia en un entorno próximo repercutirá directamente en mejoras sobre la situación actual. Sin embargo, es una excelente oportunidad para pensar en alcanzar la máxima sinergia posible con estas dos importantísimas incorporaciones, las cuales, por otra parte, refuerzan las oportunidades que supone esa auténtica “biorregión” que es el Corredor del Henares.

martes, 19 de enero de 2010

Lo que no se evalúa, se devalúa





En el Consejo de Gobierno de la Universidad de Alcalá celebrado el día de hoy hemos aprobado por unanimidad el Manual de Evaluación de la Actividad Docente que a partir del próximo curso será la herramienta a utilizar en sustitución de las encuestas practicadas hasta ahora para valorar las actividades de los profesores. Se trata de una excelente noticia que merece alguna reflexión.

Se puede concebir al profesor universitario actual como un profesional del sistema educativo que, en colaboración con otros docentes de distintos niveles, tiene como cometido que los estudiantes aprendan y se interesen por el conocimiento. Además, a diferencia de lo que ocurre en otros niveles educativos, del profesor universitario se espera que haya adquirido las competencias y capacidades para desarrollar una investigación de calidad en el campo de su especialidad. Aunque asumamos la doble faceta docente e investigadora/innovadora del profesor universitario, no existe un único perfil de profesor-investigador, aunque por simplificar podemos situarlo entre dos modelos extremos: el del investigador que enseña y el del docente que investiga.


Desde la promulgación de la Ley de Reforma Universitaria (LRU) de 1983 el sistema universitario español apostó por el modelo de profesor-investigador (PDI), un modelo que ha sido asumido en las sucesivas modificaciones legales, aunque desde los primeros procesos de selección de profesorado se apreció un claro desequilibrio en la evaluación de la actividad docente e investigadora. El Real Decreto 1086/1989, pretendió incentivar la labor docente e investigadora individualizada mediante la concesión de retribuciones quinquenales por actividades docentes evaluadas positivamente y por tramos de seis años de investigación de producción científica de calidad. No cabe la menor duda de que los conocidos como sexenios han sido uno de los factores que más han contribuido a que la investigación española haya subido muchos enteros en el contexto internacional. Por el contrario, la docencia no ha sido nunca adecuadamente evaluada y los quinquenios se conceden automáticamente, con independencia de la calidad del trabajo realizado.




Debido a la excelencia investigadora exigida a los profesores para la obtención de sexenios, desde la implantación de la LRU la selección de profesorado se rigió de forma casi exclusiva o muy predominante por los méritos de investigación y nada o casi nada por la docencia, lo que ha conducido a percibir la actividad docente como el “peaje” inevitable para poder ejercer la investigación dentro del sistema universitario, una percepción que conduce al modelo del investigador que enseña, pero al que la enseñanza le “distrae” de la principal actividad por la que es valorado. Consecuencia de ello es la aparición del sintagma “carga docente” como expresión peyorativa de la actividad educativa en los departamentos universitarios, en los cuales la investigación no es considerada como carga, sino como símbolo de excelencia.

La sobrevaloración de la actividad investigadora ha ido instalando la percepción de que la actividad docente ni se ha evaluado convenientemente en los procedimientos de selección del profesorado o en la concesión de quinquenios, ni se ha estimulado institucionalmente a nivel de universidades, autoridades autonómicas y estatales. El extinto sistema de Habilitación para acceder a los cuerpos de funcionarios, su heredero procedimental (la Acreditación) y el EEES han puesto nuevamente a la actividad docente el punto de mira, aunque por el momento la metodología de su evaluación parece ser mucho más compleja y difícil de aplicar que la utilizada en investigación, sea por la ausencia de una cultura de evaluación, sea por la propia dificultad intrínseca de la misma o por la falta de voluntad política de aplicarla.

Sea como fuere, la universidad española tiene una asignatura pendiente que puede suponer una devaluación de la enseñanza, dado que lo que no se evalúa, se devalúa. Pero la buena noticia es que ya estamos en condiciones de superar este desajuste. La implantación en nuestras universidades del programa Docentia, promovido por la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y ahora adaptado a la UAH a través del Manual, permite contar con un instrumento clave para abordar la evaluación de la actividad docente y supone una oportunidad única para revitalizarla.


La cultura de la evaluación es una forma de reconocer el esfuerzo de muchos profesores en su quehacer cotidiano, de unos docentes que necesitan que su labor sea valorada, incentivada y premiada. Como miembro del Consejo de Gobierno me congratulo de haber colaborado en la implantación de este procedimiento de evaluación que aumentará la calidad de la labor docente del profesorado y la de la UAH, cumpliendo así con la responsabilidad de ofrecer un mejor servicio a la sociedad a la que nos debemos.


Nos hemos adelantado a aprobar un modelo de evaluación cuya implantación a corto o medio plazo será ineludible debido a la declarada y decidida voluntad de las administraciones competentes de considerar a las evaluaciones docentes –en paridad con la investigación/innovación- como uno de los requisitos fundamentales para acreditar a quienes aspiren a la contratación o a la promoción dentro del sistema universitario español.