| English Camp, Isla de San Juan, Washington. |
El día en que un cerdo puso en
jaque a dos imperios en el paralelo 49.
El ferry sale de Anacortes, Washington,
con la parsimonia de los barcos que conocen bien el paisaje y no necesitan
impresionar a nadie. Atrás quedan los aserraderos, los pequeños puertos
deportivos y las últimas gasolineras del continente. Delante empieza un
laberinto de agua gris azulada, salpicado de islotes cubiertos de abetos y
casas de madera que parecen construidas para sobrevivir a la lluvia más que
para contemplar el mar. A medida que el barco avanza hacia el norte, el
horizonte se va llenando de montañas. Al sur aparecen las Olímpicas, enormes,
blancas, suspendidas sobre una bruma plateada. Elevadas tres kilómetros sobre
el nivel del mar, sus cumbres nevadas parecen demasiado altas para un paisaje
tan marítimo, como si alguien hubiera colocado Sierra Nevada al borde del
Pacífico.
Las gaviotas siguen la estela del
ferry y, durante algunos minutos, el viajero tiene la impresión de estar
entrando lentamente en otro país. No exactamente Canadá, que queda apenas a
unos kilómetros, sino un territorio intermedio hecho de niebla, cedros y
silencio.
Y quizá lo más hermoso sea la
llegada final a Friday Harbor: el ferry maniobra lentamente entre embarcaderos
de madera, casas bajas y colinas cubiertas de abetos mientras las gaviotas
siguen la estela del barco. Cuesta creer que aquel paisaje apacible estuviera
una vez lleno de soldados británicos y estadounidenses vigilándose mutuamente
por culpa de un cerdo glotón. Porque eso fue exactamente lo que ocurrió.
Las islas San Juan, dispersas
entre el estado de Washington y la canadiense isla de Vancouver, parecen hoy un
decorado perfecto para jubilados tranquilos, kayaks amarillos y tiendas que
venden mermeladas artesanales. Pero durante buena parte del siglo XIX
estuvieron en el centro de una disputa internacional entre Estados Unidos y el
Imperio británico. Y no una disputa menor: durante años existió la posibilidad
real de una guerra entre las dos grandes potencias anglosajonas del Atlántico
Norte.
El problema comenzó, como casi
todos los problemas fronterizos, con un mapa mal elaborado. En 1846,
estadounidenses y británicos firmaron el Tratado de Oregón para resolver sus
reclamaciones sobre el inmenso territorio del Pacífico noroeste. La frontera
quedaría fijada en el paralelo 49, una línea geométrica trazada con optimismo
diplomático sobre regiones que casi nadie había cartografiado adecuadamente. El
tratado añadía que la frontera continuaría “por el canal que separa el
continente de la isla de Vancouver”.
| Tras el Tratado de Oregón, la frontera entre los territorios británicos y estadounidenses quedó sin definir claramente en el canal que separa Vancouver de las islas San Juan. |
Aquello parecía muy claro en
Londres y Washington. Sobre el terreno era otra cosa. Entre Vancouver y el
continente existe un complicado archipiélago de islas, estrechos y canales
donde las mareas cambian con violencia y la geografía se vuelve líquida. Había
dos posibles canales principales y cada país eligió naturalmente el que más le convenía.
El resultado fue que las islas San Juan quedaron en tierra de nadie.
La isla de Vancouver ya llevaba
décadas bautizada con el nombre del capitán George Vancouver, explorador
británico de finales del XVIII, uno de esos oficiales navales ingleses que
medían costas desconocidas con una mezcla de disciplina científica y arrogancia
imperial. El estrecho de Juan de Fuca, en cambio, conservaba un eco español
mucho más antiguo. Juan de Fuca era un navegante griego al servicio de España
que aseguró haber explorado aquellas aguas en el siglo XVI buscando el paso del
Noroeste. Muchos dudaron de su relato durante siglos, pero el nombre terminó
sobreviviendo a los escépticos.
Las islas San Juan también
heredaron la toponimia española de las expediciones que recorrieron aquellas
costas antes de que llegaran británicos y estadounidenses. Durante algún
tiempo, el Pacífico noroeste fue un tablero donde españoles, rusos, ingleses y
americanos iban dejando nombres sobre un paisaje inmenso que ninguno controlaba
realmente.
Después llegaron los colonos. Los
británicos, a través de la poderosa Compañía de la Bahía de Hudson,
establecieron explotaciones ganaderas. Los estadounidenses comenzaron a
instalarse convencidos de que el Destino Manifiesto —esa mezcla de fe religiosa
y apetito territorial— les otorgaba derechos naturales sobre cualquier
horizonte visible.
Durante años ambos bandos
convivieron en una tensión relativamente pacífica. Había ovejas británicas,
granjeros americanos y demasiada distancia respecto a cualquier capital seria.
Hasta que apareció el cerdo. El 15 de junio de 1859, un colono estadounidense
llamado Lyman Cutlar encontró un gran cerdo negro hozando en su huerto de
patatas. El animal pertenecía a Charles Griffin, un empleado británico de la Compañía
Hudson. Según parece, el cerdo tenía tendencia reincidente a invadir cultivos
ajenos. Cutlar, harto de perder patatas, tomó el rifle y disparó.
El cerdo murió en acto de
servicio. Y el mundo diplomático entró en combustión. Griffin exigió
compensaciones. Las autoridades británicas amenazaron con detener al colono.
Los estadounidenses pidieron protección militar. Washington respondió enviando
tropas a la isla. Londres contestó mandando barcos de guerra.
De pronto, aquel paisaje de orcas
y abetos quedó lleno de uniformes, cañones y oficiales tensos observándose
desde ambos extremos de la isla. Los estadounidenses establecieron el llamado
American Camp. Los británicos levantaron el English Camp, conservado hoy como
parque histórico nacional. Lo extraordinario es que nadie disparó.
Durante semanas existió el riesgo
real de guerra. Algunos oficiales estadounidenses querían expulsar a los
británicos. Algunos mandos británicos estaban preparados para desembarcar
marines. Pero tanto Londres como Washington comprendieron finalmente el ridículo
cósmico de iniciar una guerra imperial por un cerdo muerto. La solución fue tan
extravagante como civilizada: ocupación conjunta.
Durante trece años, soldados
británicos y estadounidenses convivieron en San Juan mientras diplomáticos y
cartógrafos discutían la frontera definitiva. Hubo cenas compartidas,
competiciones deportivas y ceremonias amistosas entre hombres que oficialmente
seguían preparados para matarse. La Guerra del Cerdo acabó convirtiéndose en
una de las crisis militares más educadas de la historia.
Finalmente, en 1872, ambas
potencias aceptaron el arbitraje del káiser Guillermo I de Alemania. El
emperador dio la razón a Estados Unidos y las islas San Juan quedaron
definitivamente bajo soberanía norteamericana. Los británicos se retiraron sin
disparar un tiro. La única víctima mortal de la guerra fue el cerdo.
Hoy, cuando desembarco en Friday Harbor y contemplo los jardines cartesianos presididos por la Union Jack que ondea sobre el English Camp, con las colinas verdes cayendo hacia el mar, cuesta asociar aquel lugar con tensiones imperiales. El puerto huele a madera húmeda y café recién hecho. Los ferris llegan despacio. Las orcas siguen atravesando el estrecho de Juan de Fuca bajo las cumbres nevadas de las Olímpicas.
Y quizá sea precisamente eso lo que vuelve tan irresistible esta historia: la sospecha de que las fronteras más solemnes del mundo nacieron muchas veces de errores cartográficos, ambiciones ridículas y animales hambrientos.