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miércoles, 20 de marzo de 2024

La década malva: William Henry Perkin y la pasión por los colores

 


La mauveína o malveína (del inglés ‘mauveine’, malva), también conocida como púrpura de Perkin, malva o anilina morada, fue el primer colorante químico orgánico sintético. Por pura serendipia, un estudiante adolescente descubrió el primer tinte orgánico sintético de la historia, el del color malva. Fue un error rentable que demostró las enormes posibilidades de la química, una ciencia que a mediados del siglo XIX acababa de nacer y apenas tenía aplicaciones.

Con 15 años, William Henry Perkin (1838-1907), el menor de los siete hijos de George Perkin, un acomodado ebanista londinense, ingresó en el Real Colegio de Química. Con 17, era alumno del ilustre August Wilhelm von Hofmann, por entones empeñado en sintetizar quinina, un componente de la medicina contra la malaria, muy demandado en las colonias. En la Semana Santa de 1856, mientras Holfmann estaba de viaje visitando a su familia, Perkin probó una idea suya y oxidó la anilina para intentar obtener quinina.

Después de que uno de sus ensayos no produjera más que una zurrapa rojiza, procedió a limpiar el vaso de precipitados con alcohol. Entonces ocurrió algo sorprendente. Cuando el alcohol se combinó con el sedimento herrumbroso, se convirtió en un líquido purpúreo deslumbrante y hermoso. Perkin se dio cuenta de que había descubierto accidentalmente el primer tinte sintético, la anilina morada o malveína, también conocida en su honor como malva de Perkin.

La producción de la mayoría de los tintes era por entonces muy costosa y su destino estaba limitado a teñir los ropajes de los más ricos entre los ricos. El añil, por ejemplo, se obtenía del índigo, una planta subtropical de nombre evocador, Indigofera tinctoria, que era uno de los principales cultivos comerciales de la economía esclavista del sur profundo estadounidense.

En ese momento, el valor en peso del índigo era mayor que el del oro. Desde la Edad de Bronce, el púrpura de Tiro, tan raro y valioso que siempre se consideró el color imperial, se producía laboriosamente a partir de las excreciones de ciertos tipos de moluscos del género Murex. De la cochinilla, Dactylopius coccus, un insecto que parasita las pencas de las chumberas de cuya savia se nutre a través de un estilete bucal, se obtenía el ácido carmínico o cármico del que se produce laboriosamente el colorante natural carmín.

En comparación, el tinte que descubrió Perkin podía producirse a partir del alquitrán de carbón, abundantemente disponible y barato en la Gran Bretaña industrial. Y mientras que los tintes naturales tendían a desvanecerse rápidamente, las creaciones sintéticas de Perkin mantenían su color lavado tras lavado.

Perkin (segundo por la derecha) y sus colegas de la empresa de colorantes Perkin & Sons, probablemente tomada junto a su fábrica de Greenford Green, 1870. Los colegas de Perkin en la foto ison su hermano Thomas Dix Perkin (segundo por la izquierda), Stocks (detrás a la izquierda), Robert Williamson (centro) y James Thomas Brown (extremo derecho).


En cuanto Perkin estuvo listo para registrar una patente y lanzar un negocio de fabricación de tintes, el negocio comenzó a funcionar viento en popa. Con la moda de las faldas abombadas en auge, se necesitaba más tela que nunca para los vestidos de las mujeres y los colores a la moda estaban muy solicitados. El descubrimiento llegó en el momento adecuado. En medio de la Revolución industrial, Perkin revolucionó las industrias textiles y de tintes para crear una nueva industria: la química.

En la Exposición Real de 1862, la reina Victoria le dio su sello de aprobación cuando apareció con un vestido de seda teñido de mauveína. Se hizo tan popular que se le denominó "sarampión malva". El color malva se convirtió en parte de la cultura victoriana y realmente estuvo a la altura de la moda entre 1856 y 1866. Incluso hoy en día, el color púrpura del malva sigue siendo una imagen popular de este período, gracias en buena medida, también a los famosos sellos malvas de seis peniques.


En pocos años, los colores que habían sido escandalosamente caros se volvieron asequibles para casi todas las personas. Perkin se convirtió en un hombre rico. Pero no cesó con su pasión por los tintes. Durante su carrera, inventó tintes sintéticos de muchos otros colores. Sus descubrimientos fueron mucho más allá de transformar el mundo de la moda. 

El malva de Perkin no solo supuso una revolución en la industria de los tintes, sino también en la medicina. Sus trabajos con tintes artificiales fueron fundamentales para que Walther Flemming pudiera colorear las células y estudiar los cromosomas al microscopio. También ayudaron a que el premio Nobel de Medicina de 1905 Robert Koch descubriera el bacilo responsable de la tuberculosis tras teñir el esputo de un paciente. Es más, el desarrollo de los colorantes sintéticos de Perkin fue crucial para los estudios de Paul Ehrlich, premio Nobel de Medicina en 1908 y pionero en la investigación sobre quimioterapia.

Cuando falleció en 1907 a los 69 años, era un científico consumado y muy reconocido. La Medalla Perkin, el mayor honor en la industria química de Estados Unidos, se otorga cada año al químico que ha realizado la mayor contribución a la aplicación práctica de la química.

viernes, 1 de noviembre de 2024

BREVE HISTORIA DE LA WARFARINA, EL FÁRMACO QUE SALVÓ LA VIDA DEL PRESIDENTE EISENHOWER

 

El presidente Eisenhower en 1957 en el hospital militar de Denver donde atendieron su trombosis cardíaca. Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Un par de serendipias decimonónicas sentaron las bases para la síntesis de sustancias químicas en el laboratorio que acabaron salvando vidas.

La química se puede dividir en dos ramas: analítica (cuando los químicos intentan identificar sustancias existentes) y sintética (cuando intentan crear otras nuevas). A principios del siglo XIX ya se habían aislado varias sustancias de las plantas como la morfina de la amapola, la quinina de la corteza de la quina y la cumarina de las habas tonka.

Sin embargo, dado que estas sustancias se derivaban de especies vivas, se creía que estaban dotadas de una “fuerza vital” que no se podía duplicar en el laboratorio y que tales sustancias “orgánicas” no se podían sintetizar.

Esa creencia se disipó a partir del clásico descubrimiento accidental (eso es precisamente una serendipia) de Friedrich Wohler en 1828 cuando comprobó que, al calentar el cianato de amonio, una sustancia química sin relaciones con organismos vivos, se convertía en urea idéntica a la de su propia orina. Ese descubrimiento se convirtió en una refutación del vitalismo, la hipótesis protocientífica que sostenía lo que mantiene la actividad de los seres vivos es una "fuerza vital" imposible de reproducir en el laboratorio.

Como estaba presente en la orina, la urea obviamente provenía de un sistema vivo, ¡pero podía producirse en el laboratorio! Aunque la síntesis de Wohler fue la primera vez que un compuesto producido en la naturaleza se replicaba en el laboratorio, eso no impulsó el desarrollo de otras investigaciones encaminadas a sintetizar nuevos compuestos.

Eso solo ocurrió después del descubrimiento de la anilina en 1856, la serendipia ya clásica que tuvo William Henry Perkin a la “avanzada” edad de dieciocho años. Durante un frustrante intento de sintetizar quinina a partir de compuestos del alquitrán de hulla, el joven Perkin produjo accidentalmente una sustancia, la malvaína, que tenía un color malva impresionante.

Hasta ese momento, todos los tintes se extraían de una fuente natural, pero el descubrimiento de la malvaína cambió eso. Al poco tiempo, aparecieron en el mercado otros tintes de “alquitrán de hulla”, muchos de ellos producidos por Perkin, quien con la ayuda financiera de su padre y su hermano abrió una fábrica de tintes.

Cuando llegó a los treinta, Perkin ya era lo bastante rico como para retirarse del negocio de los tintes y dedicar todo su tiempo y su dinero a la investigación química. Su principal interés, como era de esperar, se centraba en la química sintética, es decir, en utilizar reacciones químicas para crear nuevos compuestos.

Uno de sus objetivos era la cumarina, muy solicitada por la industria del perfume. Una versión sintética haría que la producción de perfumes fuera mucho más sencilla que la extracción de su principal fuente natural, el haba tonka (Dipteryx odorata) un árbol de la familia de las legumbres dotado de unas semillas fragantes.

En 1868, Perkin consiguió fabricar cumarina a partir de compuestos aislados del alquitrán de hulla mediante una reacción que él mismo diseñó. Posteriormente bautizada como “reacción de Perkin”, se sigue utilizando profusamente y es un elemento básico en los cursos de química orgánica.

La cumarina sintética apareció por primera vez en el mercado en 1882 en el Fougere-Royal, un perfume de extraordinario éxito que se convirtió en el prototipo de una serie de "Fougeres" unidos por la cumarina. El compuesto no recibió mucha atención fuera de la industria del perfume hasta la década de 1920, cuando en Canadá y en los territorios fronterizos de Estados Unidos el ganado bovino comenzó a morir por una misteriosa enfermedad que lo hacía desangrarse.

La primera observación que ayudó a seguirle la pista a la mortal y desconcertante enfermedad surgió cuando se observó que cuando las vacas se alimentaban de heno de trébol de olor, (Melilotus officinalis), una herbácea pascícola que, dada su alta capacidad fijadora de nitrógeno, fue introducida desde Europa para mejorar los pastos de las praderas norteamericanas. Al consumían trébol de olor sangraban más, particularmente cuando el clima era húmedo y frío y consumían heno ensilado y mohoso.

Cuanta más lluvia, más muertes. Y siempre en invierno. El misterio atrajo la atención del veterinario canadiense Frank Schofield, profesor de patología en la Facultad de Veterinaria de Ontario, quien notó que las vacas que morían eran las que habían consumido heno mohoso. Normalmente, el heno mohoso se desechaba, pero, dada la difícil situación económica, lo seguían usando.

Para comprobar su teoría, Schofield condujo un experimento en el que alimentó a unos conejos con heno seco y a otros con húmedo y mohoso. Estos últimos corrieron con la misma suerte que las vacas y murieron desangrados en nombre de la ciencia.

Foto sin fecha de un experimento en el laboratorio de Link que muestra los efectos del heno mohoso en los conejos de la derecha. Después de seis años de trabajo, los investigadores del laboratorio de Link aislaron el compuesto que mata a las vacas y lo llamaron dicumarol. Cortesía de los Archivos de la Universidad de Wisconsin, Madison (ID S16316)

Lamentablemente, Schofield se vio obligado a suspender su investigación cuando los directivos de la universidad le ordenaron que volviera a sus funciones de profesor. Desencantado, se fue de misionario a Corea. Fue otro veterinario, Lee M. Roderick, de la Estación de Agricultura Experimental de Dakota del Norte, en Fargo, Minnesota (¡Sí, Fargo, el pueblo protagonista de la famosa película y de su secuela televisiva!), quien descubrió que la enfermedad era prevenible: bastaba con no darle heno mohoso a las vacas.

Si ya era tarde y la habían consumido, una transfusión de sangre de una vaca sana salvaba a otra enferma. Aunque se sabía que la cumarina no tenía efecto anticoagulante, los químicos orgánicos que estudiaban el metabolismo del moho lograron transformarla en un compuesto nuevo que causaba hemorragias. De alguna manera, interfería con la acción de la vitamina K, el compuesto que evita las hemorragias coagulando la sangre cuando es necesario.

La estructura molecular del anticoagulante recientemente aislado, al que llamaron dicumarol, se confirmó cuando se sintetizó aisladamente. Al dicumarol se le encontró rápidamente un uso industrial como matarratas.

Cartel de 1957 publicitando la warfarina utilizada como matarratas.


En la Universidad de Wisconsin, el químico Karl Link continuó trabajando en el desarrollo de anticoagulantes más potentes basados en cumarina para su uso como venenos para roedores hasta que encontró un derivado del dicumarol al que denominó "warfarina", por el acrónimo de Wisconsin Alumni Research Foundation, el organismo que había estado financiando su investigación.

En 1948 la warfarina se patentó para su uso como rodenticida en Estados Unidos, pero solo llamóa la atención de los químicos farmacéuticos en 1951, cuando un soldado estadounidense intentó suicidarse ingiriendo warfarina y se salvó cuando le inyectaron vitamina K, que es clave en la coagulación de la sangre, algo que había descubierto en 1929 el científico danés Henrik Dam. La llamó "la vitamina de la coagulación", que en alemán se escribe koagulation, de ahí la K.

El éxito del antídoto sugirió que la warfarina podría usarse como medicamento en humanos cuando fuera necesario prevenir la formación de coágulos sanguíneos. Se descubrió que era superior al dicumarol y en 1954 se aprobó para su uso médico en humanos.


Uno de los primeros receptores de warfarina fue el presidente estadounidense Dwight Eisenhower, a quien se le recetó el medicamento después de sufrir un ataque cardíaco de origen trombótico en 1955. A pesar de que era secreto, pronto se supo que al hombre más poderoso del mundo lo habían tratado con el anticoagulante. A partir de entonces, su uso se generalizó.

¿No es interesante cómo una historia que comienza con el descubrimiento accidental de un tinte conduce por un camino que termina con la síntesis de un fármaco salvavidas?

domingo, 4 de agosto de 2024

LECTURAS DE VERANO: BREVE HISTORIA DE LA ANILINA O DE CÓMO UN TINTE DIO COMIENZO A LA ERA DE LOS ANTIBIÓTICOS

 

Indigofera tinctorea, la madre de todos los tintes

La anilina todavía se utiliza ampliamente para producir tintes para telas y cabello, pero tiene muchas otras aplicaciones y está en el origen del primer antibiótico conocido, que no fue la penicilina.

El gas del carbón y el alquitrán de hulla

Poco antes de que comenzara el siglo XIX, las calles de las grandes ciudades no estaban iluminadas por la noche, lo que hacía peligrosas. Luego llegaron las farolas de gas. Encendidas al anochecer por los faroleros, aquellas primeras lámparas inventadas por el escocés William Murdock en 1792, producían una llama quemando “gas metano del carbón”, una mezcla de hidrógeno, metano, monóxido de carbono y varios hidrocarburos.

Los transeúntes se maravillan con la nueva iluminación de gas (Londres, 1809).

El gas, generado al calentar carbón en ausencia de aire, se enviaba por tuberías a las farolas de las calles y a las casas de las personas acadauladas. Después de la combustión, quedaba una sustancia espesa y negra llamada “alquitrán de hulla”, que se acumulaba en grandes cantidades. Obviamente, surgió un gran interés en encontrarle un uso a esa sustancia. El primer intento fue destilarla.

La destilación entra en escena

Practicado desde tiempos inmemoriales por los alquimistas, la destilación es un método clásico para separar los componentes de una mezcla en virtud de las diferencias en el punto de ebullición de aquellos. En 1834, más de una década antes de que William Henry Perkin fuera consagrado como el descubridor de los tintes sintéticos, el químico alemán Friedlieb Runge (quien, por cierto, también fue el primero en aislar la cafeína de los granos de café) destiló una muestra de alquitrán de hulla y aisló un líquido que apestaba a pescado que se volvía azul cuando se trataba con hipoclorito de calcio. Lo llamó kyanol, de la antigua palabra griega que significa azul.

Runge se dio inmediatamente cuenta del potencial de su descubrimiento y propuso la construcción de una planta para la fabricación de tintes sintéticos y otros productos de alquitrán de hulla, pero sus intentos cayeron en saco roto.

Ocho años antes del experimento de Runge, Otto Unverdorben había aislado una sustancia que llamó crystaliine a partir de la destilación del índigo, el tinte azul producido a partir de Indigofera tinctoria, una planta originaria de la India. En 1843, August Wilhelm von Hofmann, demostró que el kianol y la crystaliine eran lo mismo. A partir de entonces, el compuesto pasó a conocerse como anilina, de “anil”, el nombre común de la planta que produce el índigo, que en español es más conocido como “añil”.

En 1845, Hofmann, a pesar de ser alemán, fue nombrado el primer director del Royal College of Chemistry de Londres, donde llevó a cabo más investigaciones sobre la anilina y otros compuestos encontrados en el alquitrán de hulla. La estructura de las moléculas era desconocida en ese momento, pero los químicos pudieron determinar los elementos de los que estaba compuesta esa sustancia desconocida.

La anilina y la quinina, que curiosamente también había sido aislada por Runge de la corteza del árbol de la quina peruana (Cinchona officinalis), contenían carbono, hidrógeno y nitrógeno, aunque la quinina también contenía oxígeno. A Hofmann se le ocurrió que, utilizando un reactivo que añadiera oxígeno a una molécula, en otras palabras, un agente oxidante, podría convertir la anilina en quinina, que era muy demandad como tratamiento para la malaria.

Hofmann le sugirió a su estudiante de 18 años William Henry Perkin ensayara esta reacción. Visto en retrospectiva, teniendo en cuenta que la química orgánica estaba en mantillas, el plan no tenía ninguna posibilidad de concretarse, ya que la anilina y la quinina tienen estructuras químicas totalmente diferentes, por lo que no es sorprendente que Perkin se sintiera frustrado con unos experimentos que no conducían a ninguna parte.

El comienzo de la era de los colorantes sintéticos

Un día, después de echar al desagüe el líquido resultante de su último intento de oxidar la anilina y enjuagar, Perkin se sorprendió al descubrir que el fregadero se había vuelto de un color púrpura brillante. El joven aprendiz de químico había descubierto accidentalmente el tinte que se conocería más tarde como malva.

Perkin se dio cuenta de las posibilidades comerciales de su descubrimiento, pero destilar cantidades significativas de anilina a partir del alquitrán de hulla resultó ser más complicado de lo que suponía. En esas estaba cuando el químico francés Antoine Béchamp dio con la forma de convertir el benceno, fácilmente obtenible a partir del alquitrán de hulla, en anilina. La industria de los tintes sintéticos estaba en marcha.

Aunque Perkin se hizo rico gracias a su patente, fue en Alemania donde las empresas aprovecharon la química de la anilina para crear una enorme industria de tintes. BASF (Badische Analin und Sodafabrik), hoy en día la empresa química más grande del mundo, comenzó produciendo tintes a partir de anilina.

El comienzo de la era de los antibióticos

Además de teñir tejidos, los derivados de la anilina también resultaron útiles para teñir portaobjetos de microscopio. Ciertas bacterias absorben selectivamente los colorantes, haciéndolas más visibles al microscopio. Eso le sugirió a Paul Ehrlich, un eminente médico y bacteriólogo alemán, la idea de mezclar el colorante con arsénico, con la esperanza de que matara a las bacterias que absorbieran el colorante. Esto llevó al desarrollo en 1909 del Salvarsan, el primer fármaco eficaz para el tratamiento de la sífilis.



Dado el éxito del Salvarsan, las empresas químicas comenzaron a experimentar con la síntesis de todo tipo de colorantes que pudieran actuar como agentes antibacterianos. Los químicos Josef Klarer y Fritz Mietzsch, de los laboratorios alemanes Bayer, sintetizaron un derivado de la anilina, la sulfamidocrisoidina, que el bacteriólogo alemán Gerhard Domagk descubrió que atacaba a las bacterias estreptocócicas en ratones.

El fármaco, llamado Prontosil, salió al mercado europeo en 1935 y recibió un gran impulso en los Estados Unidos cuando Eleanor, esposa del presidente Franklin Delano Roosevelt, tuvo que perderse la cena de Acción de Gracias para viajar a Boston, donde su hijo había sido afectado por una infección estreptocócica. Como informó con todo detalle la revista Time, Franklin Jr. se recuperó después de que su médico le inyectara Prontosil.

Los investigadores del Instituto Pasteur de París demostraron que el Prontosil se descompone en el organismo y libera sulfanilamida, que es el verdadero principio activo. Este producto era más fácil de producir que el Prontosil, pero la reputación de la sulfanilamida sufrió un duro golpe en 1937, cuando la farmacéutica SE Massengill Co. formuló una versión líquida utilizando dietilenglicol como disolvente sin comprobar su toxicidad. Antes de que las autoridades pudieran retirar el Elixir Sulfanilamide, más de cien persona, en su mayoría niños, habían muerto como resultado de la intoxicación hepática y renal provocada por el dietilenglicol.


Como el problema no se debía al principio activo, sino al disolvente, la tragedia no detuvo la investigación de otras sulfamidas. A principios de los años cuarenta, se habían producido unas 500 sulfamidas, entre ellas el sulfatiazol. Durante la Segunda Guerra Mundial, los soldados estadounidenses llevaban atado al cinturón un botiquín de primeros auxilios que contenía un polvo que se espolvoreaba sobre cualquier herida abierta para evitar infecciones.

Sin embargo, a finales de la década, estas sulfamidas cedieron su lugar a la penicilina, un antibiótico más eficaz. No obstante, el Prontosil sigue siendo considerado el fármaco que marcó el comienzo de la era de los antibióticos.

En la actualidad, la anilina se produce a partir del benceno destilado del petróleo. Todavía se sigue utilizando para fabricar tintes para telas y cabellos, pero tiene muchas otras aplicaciones. Los antioxidantes para conservar el caucho, el edulcorante ciclamato, el analgésico paracetamol (Tylenol), las tintas y los plásticos de poliuretano requieren anilina para producirlas.

El índigo, a partir del cual Unverdorben produjo por primera vez anilina, se sintetiza ahora a partir de la anilina sin necesidad de cultivar plantas. Ni Unverdorben ni Runge podrían haber adivinado a dónde conducirían sus descubrimientos del “crystallin” y el “kyanol”.

viernes, 2 de mayo de 2025

ROBERT F. KENNEDY JR., MEL GIBSON Y EL AZUL DE METILENO: UNA TONTUNA MÁS DE TIKTOK

 

Hace unos meses, un video de Robert F. Kennedy Jr. vertiendo un líquido azul en un vaso de agua difícilmente habría llamado la atención. Ahora sí, porque el representante de lo que queda del Camelot de Martha`s Vineyard es el flamante secretario (ministro) de Sanidad y Servicios Sociales nombrado por Donald Trump. Pero dado que ahora ocupa la cima de la pirámide de salud estadounidense, sus actividades, por inanes que sean, despiertan cierto interés entre cierto personal.


Aunque Kennedy no ha comentado nada sobre el video, a juzgar por la forma de la botella y el impresionante color azul del líquido, no hay duda de que se trata de azul de metileno, un tinte que, desde que apareció, ha arrasado en las redes sociales. Al parecer, todo arrancó por un video que publicó Mel Gibson el pasado mes de enero en el que afirmaba que tres amigos se curaron de cáncer (en fase cuatro) después de hacer un régimen de suplementos que incluía azul de metileno.

Desde entonces, a pesar de que esa afirmación ha sido ampliamente  criticada por muchos médicos, legiones de entontecidos usuarios de TikTok muestran con orgullo sus lenguas azules y hablan sin parar sobre un mejor rendimiento cerebral y sexual, el fortalecimiento del sistema inmunitario, la prevención del cáncer y la protección contra el Alzheimer. Si nos atenemos a las evidencias clínicas, con lo único con lo que pueden contar es con mear azul.

Sin duda, el azul de metileno es una sustancia química muy intresante. Su origen se remonta a la segunda mitad del siglo XIX, el auge de la incipiente industria de los tintes, impulsado por el descubrimiento accidental del primer tinte sintético, el malva, por parte de William Henry Perkin. No pasó mucho tiempo antes de que otros tintes surgieran de los matraces de los químicos, incluyendo el azul de metileno, sintetizado en 1876 por Heinrich Caro en la empresa alemana BASF.

Era un tinte textil útil que llamó la atención de Paul Ehrlich, premio Nobel de Medicina de 1908, quien se había interesado en la capacidad de ciertos tintes para teñir microbios, para poder verlos al microscopio. Ehrlich descubrió que el azul de metileno no solo teñía selectivamente al parásito causante de la malaria, sino que también lo mataba. Ese fue un descubrimiento interesante, pero se dejó de lado porque ya se había demostrado que la quinina era un tratamiento muy eficaz contra la malaria. Sin embargo, dado que el parásito está desarrollando resistencia a los fármacos actuales, el azul de metileno está experimentando un resurgimiento (que nada tiene que ver ni con el cáncer ni con la senilidad).

Durante la década de 1930, surgió otro uso del azul de metileno: permitía detectar la pureza de la leche, una preocupación creciente en aquel entonces. El azul de metileno puede existir en forma azul "oxidada" siempre que haya oxígeno disponible, o en una versión incolora "reducida" en ausencia de oxígeno, conocida como azul de leucoetileno. La leche siempre contiene algo de oxígeno disuelto, y dado que las bacterias de la leche necesitan oxígeno para sobrevivir, una reducción del oxígeno disuelto significa que las bacterias se están multiplicando sin problemas. 

Unas gotas de azul de metileno tiñen de azul una muestra de leche, y el color persiste mientras haya suficiente oxígeno. Por tanto, el tiempo que tarda en desaparecer el color es proporcional a la cantidad de bacterias presentes. La leche correctamente pasteurizada no virará de color, mientras que el azul desaparecerá lentamente de la leche cruda contaminada. En los laboratorios de las embotelladoras de leche se sigue utilizando esta prueba.

El azul de metileno tiene otro uso importante: el tratamiento de la metahemoglobinemia, una enfermedad en la que se ve afectada la capacidad de la hemoglobina para transportar oxígeno. La hemoglobina, una molécula compleja presente en los glóbulos rojos, contiene en su núcleo un ion de hierro con una carga +2 (hierro ferroso: Fe++). El oxígeno se une a este ion durante el paso de la sangre por los pulmones, y desde allí se transfiere a las células según lo requieren. El ion ferroso puede perder un electrón, lo que le otorga una carga +3, y este ion férrico (Fe+++) no muestra afinidad por el oxígeno. La hemoglobina con un ion férrico se denomina "metahemoglobina" y no puede transportar oxígeno a los tejidos, lo que provoca anemia y, en casos agudos, la muerte.

Cualquier sustancia química capaz de extraer un electrón del hierro ferroso puede causar metahemoglobinemia. Por el contrario, una sustancia capaz de donar un electrón al hierro férrico puede utilizarse para tratar esta afección. El azul de metileno es una de esas sustancias. Administrado por vía intravenosa en dosis de 1-2 mg por kilo de peso corporal, una enzima del organismo lo convierte en leucometileno incoloro. Este es un donante de electrones eficaz y reduce el hierro férrico a ferroso, que devuelve a los glóbulos rojos la capacidad para transportar oxígeno.

¿Qué tipo de sustancias químicas puedes desencadenar la metahemoglobinemia? Los nitritos son el ejemplo clásico. Se utilizan como aditivos en las carnes procesadas, donde reducen el riesgo de contaminación por Clostridium botulinum, la bacteria que puede provocar botulismo, una afección potencialmente mortal.

La cantidad de nitrito añadido a la carne procesada no se acerca en absoluto a una dosis que pueda causar metahemoglobinemia, pero una dosis alta de nitrato en el agua potable puede ser un problema. Los nitratos se utilizan comúnmente como fertilizantes, y las aguas residuales de los campos pueden llegar al agua potable. Al ingerirse, los nitratos pueden reducirse a nitritos en el estómago, especialmente en bebés, lo que los pone en riesgo de sufrir metahemoglobinemia.

Sin embargo, el mayor riesgo de los nitritos no proviene de la ingestión accidental, sino de la ingestión intencional por parte de personas que intentan suicidarse. Existen numerosos informes en la literatura médica que describen suicidios por ingestión de nitritos, así como casos en los que, afortunadamente, la persona fue encontrada a tiempo para salvarse gracias a la administración de azul de metileno.

Además de tratar la metahemoglobinemia, el azul de metileno se utiliza a veces durante la cirugía para visualizar tejidos y fluidos donde el tinte se absorbe preferentemente. Sin embargo, el porqué del azul de metileno ha surgido como suplemento dietético, con afirmaciones de efectos maravillosos, es un misterio, dada la falta de evidencia que lo respalde.

Algunos estudios de laboratorio con cultivos celulares han demostrado que esta sustancia química puede desenredar el conjunto de proteínas que caracteriza la enfermedad de Alzheimer, pero las expectativas iniciales de que, por lo tanto, pudiera servir como tratamiento para la enfermedad no se han cumplido. Tampoco existen estudios clínicos que demuestren que el azul de metileno tenga efectos sobre la memoria, la cognición, la longevidad, el sueño, el envejecimiento de la piel o el aumento de la energía, como afirman sus defensores. Sin embargo, existen riesgos —en su mayoría leves, como náuseas o diarrea—, pero existe un problema potencialmente grave, porque es un inhibidor de la monoaminooxidasa, una enzima que degrada algunas sustancias bioquímicas naturales como la serotonina que controla el estado de ánimo.

Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) son fármacos ampliamente utilizados para tratar la depresión al aumentar los niveles de serotonina en el cerebro. Sin embargo, en presencia de azul de metileno, el nivel terapéutico puede superarse y puede presentarse una afección conocida como "síndrome serotoninérgico", que puede causar agitación, taquicardia, alucinaciones y falta de coordinación muscular. Cualquiera que tome ISRS debe evitar el azul de metileno. Lo mismo debe hacer cualquier otra persona hasta que exista evidencia clínica de su beneficio.

No sabemos por qué Kennedy tomaba azul de metileno, si es que lo hacía. Si era para mejorar su capacidad cognitiva, no le sirvió para nada.