sábado, 13 de noviembre de 2010

¡Por allí resopla!



Desde que era niño me han fascinado dos animales: las ballenas y los murciélagos. Los veo ahora mismo, en los torpes dibujos del ejemplar que conservo de la vieja Enciclopedia intuitiva, sintética y práctica de Álvarez que estudiábamos en tercer grado de primaria, modesta predecesora de las cibernéticas enciclopedias que hoy manejan los escolares. Cuando la maestra explicó que, pese a nadar las unas y volar los otros, ni las ballenas eran peces ni los murciélagos aves, quedé atrapado para siempre en la afición por la naturaleza. «Algún día estaríamos preparados –decía la maestra- para comprender que los animales que ahora vemos no fueron siempre así, según las teorías del sabio don Carlos Darwin», un sabio cuyas venerables barbas no aparecen en el viejo ejemplar que conservo de aquella Enciclopedia en cuya estampilla inicial figura el nihil obstat de Su Eminencia Reverendísima José, arzobispo de Valladolid, arropado por las rúbricas de dos canónigos censores. ¡Cómo para hablar de Darwin!

Mi apego a la profesión que me enamora debe mucho a mi fascinación por comprender cómo, por qué y para qué unos animales que caminaban por tierra firme sucumbieron hace millones de años a nuestro inalcanzable sueño de nadar y volar en libertad. Cetáceos y quirópteros habitan en dos universos –el agua y el aire- de los que apenas conocemos una mínima fracción de su abrumadora inmensidad. La vida surgió del mar hace más de tres mil millones de años; desde entonces, el hombre y sus creaciones –el arte, la literatura, las ciencias, las ciudades y las civilizaciones-, que en nuestra miopía antropocéntrica se nos antojan eternas, aparecen y sucumben, mientras que el mar va y viene pero sigue siendo el mar. 
 
La fijación por esas colosales bestias marinas que tragan náufragos para luego devolverlos inverosímilmente ilesos comienza con la Historia verdadera, la novela corta con la que Luciano, imaginando viajes y travesías increíbles, escribió hace casi dos milenios el acta fundacional de los relatos de ciencia ficción: «Una sola verdad diré: que digo mentiras». La huella narrativa de la ballena deja su rastro literario desde Simbad hasta Pinocho y su padre adoptivo Gepetto, cautivos melancólicos en el interior de Monstro, pasando por Jonás, tragado también por un mamífero tan increíble que la Biblia lo confunde torpemente con un pez: «Y mandó Yahvé al pez, y vomitó a Jonás en tierra». Pero también relatos de viajes tan inolvidables como La travesía del Cachalote, de Bullen, novelas como Un capitán de quince años, de Julio Verne, La narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket -la única novela de Edgard Allan Poe-, El camino de la ballena, del chileno Francisco Coloane y tantos otros. Pero sobre todo, la ballena literaria es Moby Dick, protagonista de una novela sobre una cacería tan obsesiva y catastrófica que convirtió en drama la vida de Herman Melville haciendo bueno el adagio de Nietzsche: «Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo.»
 
Gracias al libro Leviatán o la ballena del escritor inglés Philip Hoare, que la editorial Ático de los libros acaba de sacar a la venta, un libro que he leído, releído y anotado a lápiz con la avidez con la que aferramos las obras maestras, he vuelto a encontrarme con Melville, con su novela, con la existencia prodigiosa y amenazada de las ballenas, con la cruel historia de sus cacerías y con la literatura y las investigaciones científicas consagradas a ellas. Hoare, un escritor inglés es, como el autor de Moby Dick, un enamorado de las ballenas que el año pasado, cuando su Leviatán acababa de ganar las veinte mil libras del prestigioso premio Samuel Johnson, decía que aquello era como dar dinero a un drogadicto: pensaba invertirlo en más viajes a los antiguos puertos de New Bedford y Nantuckett, y en más travesías e inmersiones junto a las ballenas de las Azores.

Hoare sigue la técnica de lo que hizo el primer narrador de viajes Herodoto, al que después siguieron los más grandes escritores de viajes, sobre todo el inglés Bruce Chatwin, cuya técnica era contar en primera persona un viaje en busca de algo para desviarse de su objetivo divagando acerca de los temas que van apareciendo a su paso, lo que conduce al lector a toparse con hallazgos inesperados, en el mundo real y en el imaginario. Esa es la estrategia literaria que empleó Chatwin en su mejor crónica viajera, En la Patagonia (Península; 2007), una hermosa narración que comienza siguiendo el hilo de una duda infantil surgida de un trozo de piel de brontosaurio y que termina siendo un libro de viajes por un espacio humano, no sólo físico, una exploración por las vidas extraordinarias de personas comunes que, por una razón u otra, han ido a parar a aquellos confines barridos por el viento, donde la historia se distorsiona por la lejanía de las ciudades.

Del carácter parcial y poco fiable de las fuentes en las que beben los cronistas viajeros era consciente el propio Herodoto, que –adelantándose dos milenios a Luciano- escribió: «Si yo me veo en el deber de referir lo que se cuenta, no me veo obligado a creérmelo todo tal cual: que esta afirmación se aplique a la totalidad de mi obra». Dicen también que Chatwin era un mentiroso. Quienes se han dedicado a seguir sus huellas ha desmentido muchas de sus historias más inolvidables, pero nada de esto resta maravilla a su escritura, que incita a liar el petate e irse tras sus huellas, quizás porque en el nomadismo subyace todavía la antigua y verdadera condición humana. 
 
Si Philip Hoare ha aprendido de Chatwin la libertad divagadora de la escritura, no ocurre lo mismo con los precisos y contrastados datos de naturaleza múltiple que contiene su Leviatán, en el que autor utiliza elementos prestados de las crónicas de viajes, de la narrativa, de las memorias, del reportaje y del ensayo científico para combinarlos con sus experiencias, sus reflexiones y sus conocimientos de historia y ciencia para transportarnos al pasado en un párrafo y devolvernos al presente en otro; para mostrarnos toda la crueldad que encerraba y lamentablemente aún encierra la caza y la industria de la ballena, un animal que se ha usado para todo, para fabricar lubricantes (las 100.000 farolas que iluminaban las calles del Londres de Dickens se encendían con su aceite) hasta para construir aderezos para ropa (las ballenas de los corsés o de los cuellos de camisa cuyos nombres se arrastran hasta ahora), y luego humaniza a estos animales hasta hacer que al lector le resulte incomprensible, detestable y criminal su caza. El mundo moderno, dice Hoare, se construyó sobre hecatombes de ballenas, pero también sobre bosques transformados en astillas y cenizas, sobre praderas empapadas con la sangre de los búfalos perseguidos hasta su aniquilación, y sobre civilizaciones exterminadas de las que apenas recordamos los nombres. Y es que el impulso demente de Ahab, como el de los cazadores japoneses y noruegos que disparan arpones explosivos contra los últimos ejemplares de especies de ballenas casi extinguidas, no es sólo la codicia, sino el ansia de autodestrucción que parece latir en el corazón de algunos humanos.

Este libro profundo sobre las profundidades, este ensayo original y magnífico, tiene el contradictorio aroma agridulce de la canela y el clavo, de la admiración por las ballenas y de la vergüenza por la especie que ha intentado destruirlas. Al final, la carta de amor a los cetáceos que es este libro de Hoare, te hace recuperar la esperanza en la naturaleza humana. Si no es así, cuando la última ballena muera, nuestro planeta habrá perdido biodiversidad pero también mucho romanticismo.


lunes, 1 de noviembre de 2010

Hyman Minsky, el economista del momento

La inestabilidad es una imperfección inherente al capitalismo
de la que éste no puede escapar.
Hyman Minsky



Vuelve un nadador contracorriente. Vuelve Minsky. Desde que las costuras del sistema financiero mundial comenzaron a saltar hace tres años, distinguidos economistas han emprendido su via crucis particular. Quienes habían saludado al nuevo milenio anunciando a bombo y platillo el amanecer de una nueva era de estabilidad están por explicar cómo la peor crisis financiera desde la Gran Depresión ha convertido en don Tancredo a la profesión entera. Entre el llanto y el crujir de dientes, algunos de ellos han comenzado a hablar de la llegada del “momento Minsky”, y un número cada vez mayor incluso empiezan a advertir de la llegada de un “colapso Minsky”.

Hyman Minsky fue un profesor universitario casi desconocido cuya figura comienza ahora a emerger como la de quien supo predecir la crisis actual y de escribir el guión de la secuencia del cataclismo que habría de sacudir a la economía mundial cuarenta años después. Minsky creía en el capitalismo, pero también pensaba que tenía una debilidad genética: las modernas finanzas estaban muy lejos de ser la fuerza estabilizadora que la economía ortodoxa retrataba. Es más, se trataba de un sistema que creaba la ilusión de estabilidad mientras tejía a escondidas las condiciones para un desplome inevitable y trágico. En otras palabras, la única persona que predijo la crisis también creía que el sistema financiero contenía los gérmenes de su autodestrucción.

Cuando Minsky se doctoró en Harvard, la ortodoxia económica en boga, nacida en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, era la llamada “síntesis neoclásica”. La vieja creencia en un mercado libre que se autorregulaba había absorbido selectivamente algunas de las teorías de Keynes, el gran economista de los treinta que se ocupó de cómo el capitalismo fracasa a la hora de mantener el pleno empleo. La mayoría de economistas aún creía que el capitalismo de mercado libre era, en lo fundamental, una base estable para la economía, aunque gracias a Keynes, algunos reconocían de tapadillo que el gobierno podía jugar un papel central en la economía para mantener la estabilidad del sistema.

Adelantándose a su tiempo, Minsky advirtió en 1974 que los mercados financieros –a los que la economía prestaba por entonces muy poca o ninguna atención- podían significar una bomba de relojería. Para él, una característica fundamental de la economía de mercado es «que el sistema financiero oscila entre la robustez y la fragilidad, y esa oscilación es parte integrante del proceso que genera los ciclos económicos». Seguidor de Keynes, y enemigo de las desregulaciones que por esos años comenzaba a promover la escuela monetarista de Friedman, Minsky lanzó la alarma: la economía podía ser arrastrada al abismo si los gobiernos no regulaban la estabilidad financiera, porque en tiempos de prosperidad se desarrolla una euforia especulativa que hace aumentar el volumen de crédito hasta que los beneficios producidos no pueden pagarlo. Ridiculizado por Friedman y Hayek, quienes a la postre ganaron el premio Nobel y tomaron las riendas del mundo, este keynesiano radical se opuso tenazmente a las desregulaciones que marcaron la política de Ronald Reagan y Margaret Thatcher durante los años 80. Pero el fundamentalismo de libre mercado había echado raíces: el gobierno era el problema, no la solución. Además, el nuevo dogma coincidió con una notable época de estabilidad.

Mientras que la mayoría de economistas se pasaron los años cincuenta y sesenta construyendo modelos matemáticos para los servicios de estudios de los grandes bancos, Minsky, más cerca de la contracultura que de la economía al uso, hizo una investigación sobre la pobreza, algo que difícilmente puede considerarse el sumum para los economistas. Mientras sus colegas de universidad iban ganando premios Nobel y escalando posiciones en la Academia y en los parqués, él aceptaba trabajos en universidades de segunda fila y, lo que era peor, su obra no tenía la menor transcendencia.

Además de en la pobreza, Minsky se interesaba por el estudio de las finanzas y empezó a formular una pregunta simple e inquietante: «Can "it" happen again ?» (¿Eso podría volver a ocurrir?), donde «eso» era lo innombrable: la Gran Depresión. Por entonces, las cosas nunca habían sido tan estables. La posibilidad de que «eso» ocurriese de nuevo parecía una broma. Pero las épocas de estabilidad encajaban perfectamente en su hipótesis. En el despuntar de una depresión –observó- las instituciones financieras son extraordinariamente conservadoras, como lo son los negocios. Con los clientes y los prestamistas alimentando la economía con sus negocios de riesgo moderado, las cosas marchan con suavidad: los préstamos se pagan casi siempre a tiempo, los negocios tienen por lo general éxito y a todo el mundo le va bien. Este éxito inevitablemente anima a los prestatarios y a los prestamistas a arriesgarse más con la razonable esperanza de conseguir más dinero. Como observó Minsky, «el éxito alimenta el rechazo a la posibilidad de un fracaso».

Cuando la gente olvida que el fracaso es una posibilidad, acaba por implantarse una «economía eufórica», alimentada por el crecimiento de agentes especuladores cuyos ingresos cubrirían los intereses pero no las deudas principales, y de «especuladores Ponzi» (el nombre del inventor del timo de la inversión piramidal) que ni siquiera cubrirían los intereses y sólo podrían pagar sus deudas pidiendo nuevos préstamos. La fase de euforia va acompañada de sobrevaloración, apalancamiento irresponsable y operaciones de compraventa rápidas comandadas por agentes cuya supervivencia no depende de planes empresariales sólidos, sino del dinero prestado y de créditos a libre disposición. En un contexto inicial de crisis, las empresas sólidas pueden enfrentar sus pagos, pero las empresas especulativas y Ponzi sufren un colapso por la contracción del crédito que comienza a desestabilizar el sistema.
Una vez implantada una economía así, cualquier pánico podría hacer que se fuera a pique al mercado. El fracaso de una sola empresa (Lehman Brothers in memoriam) o un fraude asombroso (Madoff in memoriam) podrían disparar el miedo y un repentino y generalizado intento de la economía por liberarse de la deuda. Durante la fase de pánico, los precios pueden descender tanto y de forma tan veloz que el valor de los activos (la vivienda in memoriam) se sitúa por debajo de la cantidad de deuda que se había asumido para comprarlos. Los bancos empiezan a exigir el pago de sus créditos, pero ahora es difícil vender los valores especulativos, los inversores tienen que venderlos por debajo de su precio o encontrar alguna otra que vender. En uno u otro caso, el resultado es que los precios caen todavía más. A este círculo vicioso se le denomina «momento Minsky».

Minsky murió en 1996, un año antes que comenzara a cumplirse su pronóstico con la crisis asiática, hoy considerada el prolegómeno de la crisis actual. A finales del siglo XX habíamos olvidado de verdad el significado de la palabra riesgo. Cuando empresas financieras gigantescas empezaron a derrumbarse como castillos de naipes, las predicciones de Minsky surgieron con el deslumbrante brillo de las grandes creaciones del pensamiento.

Vuelve Minsky. Economistas galardonados con el premio Nobel hablan de incorporar sus conocimientos a la disciplina y se reimprimen sus libros que se venden extraordinariamente bien. Ha pasado de ser una figura prácticamente olvidada a otra clave en el debate sobre cómo articular el sistema financiero. Hace un año un influyente columnista del muy conservador Financial Times le confió a sus lectores que la relectura de la «obra maestra» de Minsky de 1986 -Stabilizing and Unstable Economy- le «había ayudado a aclarar mis ideas respecto a la crisis». A principios de este año, dos pesos pesados de la economía –Paul Krugman y Brad DeLond– le homenajearon en foros públicos. Es más, el Nobel Krugman titula una de sus conferencias más celebradas The Night They Re-read Minsky (La noche en que releyeron a Minsky). Hoy la mayoría de economistas “releen por vez primera” a Minsky, intentando encajar sus análisis, tan poco convencionales, en el edificio teórico de una ciencia que ni es exacta ni es perfecta.

Porque si hay que extraer alguna conclusión de la obra de Minsky, es que la perfección, como la estabilidad y el equilibrio, son espejismos. Minsky no compartió la extraña creencia de sus colegas de que todo podía ser reducido a un modelo sencillo o a una fórmula elegante. La suya era una especie de economía existencial: «No hay ninguna respuesta simple a los problemas de nuestro capitalismo», escribió Minsky. «No hay ninguna solución que pueda transformarse en una frase pegadiza e imprimirse en grandes carteles».

Gordon Gekko y la mano invisible


No esperamos nuestra comida de la benevolencia del carnicero,
del cervecero o del panadero, sino de su atención a sus propios intereses.
Apelamos, no a su humanidad, sino a su amor propio,
y en lugar de hablarles de nuestras necesidades, hablamos de su provecho.
Adam Smith (La riqueza de las naciones, 1776).


Gordon Gekko, el protagonista de la última película de Oliver Stone, Wall Street. El dinero nunca duerme, lanza su cínica mirada de tiburón financiero desde una gigantesca lona que cubre la fachada de un edificio próximo al de la Bolsa de Madrid. Rotulados en la parte inferior figuran varios adagios pronunciados por Gekko en esta y en la primera entrega de la película (Wall Street), el clásico de 1987 que fue una crítica feroz al sistema estadounidense de especulación voraz y avaricia desmedida. «La codicia es buena», decía Gordon Gekko, para confirmar de un solo golpe los peores miedos de la sociedad biempensante acerca de los financieros. En el despiadado mundo de Manhattan, la avaricia flagrante había dejado de ser algo de lo que avergonzarse para convertirse en algo que podía lucirse con orgullo, como los trajes de Armani, las camisas a rayas o los tirantes rojos.

Si esa declaración resultaba escandalosa en una película a finales del siglo XX, puede uno imaginar cómo sonaba doscientos años antes, cuando definir al ser humano como un animal económico era casi blasfemo. Ese ejercicio de imaginación quizás ofrezca una noción del impacto que tuvo la revolucionaria idea de la «mano invisible» cuando Adam Smith la propuso originalmente en el siglo XVIII. Aunque el pensamiento económico existía desde la más remota antigüedad, la economía no se desarrolla como disciplina científica hasta el Siglo de las Luces. Un libro, publicado en Londres a comienzos de marzo de 1776, es el documento fundacional de la ciencia económica. No sólo fue la referencia fundamental de la escuela clásica de economía, que agrupa a figuras como Malthus, Say, Ricardo, John Stuart Mill e incluso Karl Marx, sino que desde entonces hasta hoy los economistas han usado como libro de cabecera Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, que tal es el título completo de la obra del que es considerado como el primero y más ilustre de los economistas, el escocés Adam Smith (1723-1790).

La idea de que la riqueza proviene del trabajo -y no del oro ni de la plata-, y de que la prosperidad general puede aumentar con una adecuada regulación del funcionamiento del mercado; la noción de la competencia como mecanismo limitador de la sed de beneficios y fomentador del bien común, y el deseo de un Estado fuerte, aunque no grande, que garantice la libertad, la propiedad y el funcionamiento de la «mano invisible» que armoniza los intereses de la persona y de la comunidad, son la perdurable aportación de Smith al mundo que se había de desarrollar en los siglos siguientes. En los últimos treinta años, el economista escocés ha vuelto a convertirse en un héroe para algunos y en un villano para otros, mientras que sus ideas acerca de los mercados libres, la libertad de comercio y la división del trabajo sustentan el pensamiento económico moderno.

Smith acuñó la expresión «mano invisible» en su primer libro, La teoría de los sentimientos morales (1759), que se ocupaba del modo en que los seres humanos interactúan y se comunican, y de la relación entre la rectitud moral y la búsqueda innata del propio interés que caracteriza al hombre. Después de dejar la universidad de Glasgow para ser tutor del joven duque de Buccleuch, empezó a trabajar en la obra que ha pasado a la posteridad con el título abreviado de La riqueza de las naciones. En ella Smith únicamente utiliza la expresión en tres ocasiones, pero un pasaje clave subraya su importancia: «Ningún individuo pretende promover el interés público, ni sabe en qué medida lo promueve […] al dirigir su industria de tal manera que su producción tenga el mayor valor posible, busca sólo su beneficio personal, y en esto, como en muchas otras circunstancias, le conduce una mano invisible para promover un fin que no formaba parte de sus intenciones [...] Al buscar su propio interés, con frecuencia promueve el de la sociedad de forma más eficaz que cuando se propone hacerlo de modo consciente. Nunca he visto hacer tanto bien a quienes dicen dedicarse al bien público».

La «mano invisible» es, pues, una forma de referirse a la función del interés personal que subyace en la ley de la oferta y la demanda, y explica cómo el tira y afloja de estos dos factores sirve para beneficiar a toda la sociedad. La idea básica es la siguiente: no hay nada malo en que la gente actúe por propio interés. En un mercado libre, las fuerzas combinadas de todos los actores que buscan promover sus intereses individuales benefician a la sociedad en su conjunto y enriquecen a todos sus miembros.

Tomemos como ejemplo el caso de un célebre inventor, Edison, a quien, en 1880, se le ocurrió la idea de un nuevo tipo de bombilla que era más eficiente, más duradera y más brillante que los prototipos existentes en el mercado desde hacía treinta años. Patentó su bombilla y arriesgó su capital en la producción de la misma para satisfacer su propio interés, con la esperanza de hacerse rico y famoso. La consecuencia de ello fue el beneficio de la sociedad en su conjunto: se crearon puestos de trabajo para su fabricación y comercialización, y se mejoró la vida de quienes las compraron. Si no hubiese existido la demanda, nadie hubiese comprado las bombillas y la mano invisible habría castigado a Edison con la ruina por haber cometido semejante error.

Conocido el próspero negocio, otros muchos intentaron superar al avispado Edison diseñando bombillas más brillantes y mejores, consiguiendo con ello abaratar los precios, mejorar los productos, crear empleo y enriquecerse. Sin embargo, la mano invisible nunca duerme y Edison respondió a sus competidores bajando el precio para garantizar que sus ventas siguieran siendo mayores que las de los demás. Los consumidores, encantados, se beneficiaban de bombillas cada vez más baratas y más eficientes. En cada etapa del proceso, Edison actuaba de acuerdo con sus propios intereses, pero el resultado, aunque vaya contra nuestra intuición, era el beneficio de todos. En cierto modo, la teoría de la mano invisible es comparable con el concepto matemático de que la multiplicación de dos cantidades negativas da como resultado una cifra positiva.

A pesar de que en las últimas décadas la idea de la mano invisible ha sido secuestrada por políticos de derechas, la noción no representa necesariamente una posición política particular. Se trata de una teoría económica positiva, aunque, eso sí, socava de forma muy seria las pretensiones de quienes piensan que la economía puede dirigirse mejor desde arriba, con los gobiernos decidiendo lo que debe producirse. La mano invisible subraya el hecho de que son los individuos los que deben decidir qué producir y qué consumir, pero con varios condicionantes. Smith fue muy cauteloso y distinguió entre el interés propio y la pura codicia egoísta. Es una cuestión de interés propio tener un marco de leyes y regulaciones que protejan a todos de un trato injusto. Esto incluye los derechos de propiedad, la defensa de las patentes y de los derechos de autor, y las leyes de protección laboral. La mano invisible debe tener el respaldo del Estado de Derecho.

Es en esto en lo que se equivoca Gordon Gekko. Alguien impulsado exclusivamente por la codicia podría optar por burlar la ley en su intento de enriquecerse a costa de los demás. El honrado Adam Smith nunca hubiera aprobado semejante conducta.

C = SN (d1) - Le-rTN (d1- α√T)

El mercado puede mantenerse irracional más tiempo 
de lo que uno puede mantenerse solvente.
John Maynard Keynes

Durante cientos de años, generación tras generación, decenas de alquimistas se afanaron en la inútil búsqueda de la piedra filosofal, sustancia quimérica que podría transmutar cualquier cosa en oro. La piedra filosofal de los modernos mercados sería capaz de transmutar el riesgo en certeza, de modo que su afortunado poseedor podría comprar activos o bienes a precios bajos para revenderlos a precios más altos sin riesgo alguno para su especulación. Legiones de economistas, de inversores y de especuladores están este mismo momento afanadas en su búsqueda. En 1972, dos economistas norteamericanos, Fisher Black y Myron Scholes, creyeron haberla encontrado en la fórmula que da título a esta Tribuna.


No tiene la elegancia de la E=mc2 de la relatividad, pero ha sido la ecuación más peligrosa desde que la teoría de Einstein condujese a Hiroshima y Nagasaki, porque la fórmula Black-Scholes tuvo el impacto de una bomba atómica en el mundo financiero. Contribuyó a los auges y crisis del mercado de valores, a una sucesión de crisis financieras y a recesiones económicas que condenaron a millones de personas a perder sus medios de subsistencia, sumiéndolas en la pobreza o en el subsidio social. En la fórmula Black-Scholes, y en el núcleo de su historia se encuentra una pregunta fundamental: ¿Pueden los seres humanos aprender de sus errores?

En esencia existen dos escuelas de pensamiento sobre el comportamiento de los mercados financieros. Una es que los seres humanos oscilan de un estado de miedo a uno de codicia y que los mercados pueden volverse obsesivos y, en circunstancias extremas, básicamente irracionales. Su conclusión es que estamos siempre condenados a transitar de una burbuja a otra. Ésta es la teoría de los ciclos de crédito que sostiene la escuela keynesiana. La otra es que los mercados se autocorrigen con el tiempo, benemérita evolución que gradualmente los hace más eficaces y menos propensos a las neurosis ciclotímicas, por lo que tarde o temprano llegará un momento idílico en el que las crisis y las contracciones se convertirán en cosa del pasado y las palabras depresión y deflación viajarán a donde habita el olvido. La ecuación filosofal diseñada por Black y Scholes sustentaba esa tesis.

Myron Scholes y Fischer Black

El modelo de ambos, corregido posteriormente por Robert Merton (a Merton y Scholes les fue concedido el Nobel de Economía de 1997; Black había fallecido en 1995) se sustenta en unos conceptos sencillos de establecer: el precio de la opción de la compra y el precio final de la acción dependen de la misma fuente de incertidumbre (una opción es un acuerdo que da a su poseedor el derecho, en lugar de la obligación, de comprar o vender una inversión a un precio particular en un día determinado). Se puede construir una cartera de valores formada por la opción y la acción eliminando la incertidumbre. La cartera estaría instantáneamente libre de riesgo y debería obtener la rentabilidad del activo libre de riesgo. Esos planteamientos se desarrollaban en un modelo complejo que a efectos exclusivamente periodísticos he resumido en la fórmula del encabezamiento.

Todo modelo es una representación de un fenómeno real. En particular, al modelar matemáticamente una situación real se pretende facilitar su análisis y disponer de un soporte que permita tomar decisiones racionales en torno a aquella. Por esta razón es ideal que el modelo represente tan fielmente como sea posible el fenómeno real. Pero la aproximación entre el modelo y la realidad tiene un precio: cuanta más fidelidad se pretenda, más complejo y más difícil resultará su aplicación. Por eso, en muchas situaciones reales han ocurrido desastres financieros al utilizar modelos matemáticos en situaciones en las que no se cumplen los supuestos, se asignan todas las decisiones trascendentes a una sola persona, el modelo no se conoce suficientemente o se confía sin recelo en algún modelo o software específico, ignorando sus limitaciones. No son las matemáticas o los modelos los que fallan, sino el uso indiscriminado de ellos.

En un libro que ahora recobra plena actualidad (El cisne negro: El impacto de lo altamente improbable; Paidós, 2008) Nassim Taleb explica mediante narraciones trufadas de anécdotas cómo los seres humanos creemos saber más de lo que realmente sabemos y de cómo nuestro cerebro está hecho para ver más orden del que realmente nos rodea. Nuestro software neuronal está programado para crear historias simples sobre fenómenos muy complejos y variados, de modo que siempre terminamos falseando la realidad, porque más que la crudeza de ésta a los seres humanos nos encanta lo tangible, la confirmación, lo explicable, lo estereotipado, lo teatral, lo romántico, lo litúrgico, la verborrea, los másteres MBA, el premio Nobel, marchar por la vereda conocida y, sobre todo, el poder de la ficción narrativa: que todo se nos explique en forma de fábula o cuento para que nuestro sistema crítico permanezca en el nirvana de lo habitual. De ahí el éxito de esos superventas bíblicos que eran las parábolas.

Como el ser humano es el protagonista activo de los mercados, somos incapaces de predecir cualquier anomalía estadística y, por tanto, de construir modelos predictivos que pretenden reducir la complejidad del mundo a unas simples fórmulas que en realidad jamás predicen casi nada, porque las decisiones están marcadas por los impredecibles “animal spirits” que caracterizan el comportamiento del Homo sapiens (véase se este respecto Animal Spirits: como la psicología humana dirige la economía, de Akerlof y Schiller; Ediciones Gestión, 2000).
La ecuación Black-Scholes hizo lo que parecía imposible. A primera vista era sencillamente un medio de calcular cómo debe valorarse una opción en los mercados de derivados financieros. Se trataba de una fórmula matemática que aparentemente eliminaba el riesgo de la inversión. Al seguir la ecuación, se decía, los inversores podían evitar perder millones vendiendo acciones en corto (en otras palabras, apostando por su inminente caída) cuando los precios se estaban hundiendo. La fórmula fue adoptada por prácticamente todos los inversores importantes del mundo. Por desgracia para ellos (y luego para todos), cuando las cosas se pusieron difíciles, no funcionó. En una situación en la que los precios estaban cayendo con tanta rapidez que no había compradores para un valor, acción o inversión particular, la ecuación se vino abajo con toda su lógica.

El problema de la fórmula (y lo mismo puede decirse acerca de todas teorías económicas) es que desde el amanecer de los tiempos los mercados se han comportado de forma irracional, al punto de que auges y las crisis parecen un componente inevitable del capitalismo de mercado gobernado por las pasiones y el azar. La ciencia económica, inmersa en un mundo de acciones brownianas aleatoriamente gobernado por la irracionalidad, está inútilmente empeñada en volverse una ciencia exacta basada en la modelización matemática, intentando hacer ecuaciones a partir de la naturaleza profundamente subjetiva de los comportamientos del Homo economicus. La actual crisis demuestra que había otros derroteros posibles, lo que podríamos denominar la vuelta a una economía de las pasiones humanas, una vuelta a los orígenes del pensamiento económico que desde Adam Smith situaba a la economía en un contexto antropológico.

En 2002, Daniel Kahneman se llevó el Nobel por recordar que los mortales comunes y que somos racionales pero no demasiado. Tal como somos, incautos, temerosos y bastante imprevisibles, es normal que, desregulados, pase lo que está pasando. Todo proceso económico es un proceso antropológico y, por tanto, muchas veces antropo-i-lógico. De ahí que los mejores expertos fueran incapaces de detectar los primeros síntomas de la crisis actual mientras que, como señalaba un economista americano, todos los taxistas neoyorquinos podían describir a sus clientes las características de la burbuja inmobiliaria que se empezó a formar apenas iniciada esta aciaga década.