lunes, 2 de febrero de 2026

LA MADERA QUE SE BEBÍA LA LUZ

Durante casi medio milenio, los botánicos buscaron la “verdadera” identidad del Lignum nephriticum, una misteriosa maravilla que confundió a los científicos pioneros de la ciencia moderna.

Hubo un tiempo —un tiempo largo, testarudo, de casi quinientos años— en que la ciencia europea se vio superada por un vaso de agua. No por el agua en sí, que era corriente y transparente, sino por lo que ocurría cuando alguien introducía en ella un trozo de madera americana de aspecto inofensivo. Entonces el líquido empezaba a brillar en azul, como si alguien hubiese disuelto un pedazo de crepúsculo. No hervía, no olía raro, no hacía espuma. Simplemente emitía luz. Y nadie sabía por qué.

A esa madera se la conocía como Lignum nephriticum: la madera del riñón. El nombre prometía salud urinaria y serenidad interior, pero lo que ofrecía, sobre todo, era perplejidad.

Transportada en las bodegas de los barcos españoles que regresaban de la Nueva España cargados de cacao, grana cochinilla, plumas, rumores y exageraciones, la misteriosa madera llegó a Europa en el siglo XVI. Los chamanes indígenas ya lo utilizaban como remedio para las dolencias renales, y los boticarios europeos —siempre dispuestos a creer que cualquier cosa exótica era mejor— lo aceptaron con entusiasmo. Se vendía en astillas, se maceraba en agua y se bebía con fe.

Pero pronto alguien se dio cuenta de algo inquietante: el agua cambiaba de color. Y no de una manera educada, predecible, alquímica. No se volvía roja como el vino ni amarilla como el azafrán. Se volvía azul, a veces verde, a veces casi invisible, dependiendo de la luz, del fondo, del recipiente y —parecía— del humor del universo.

La historia del Lignum nephriticum comienza en 1569, cuando el médico sevillano Nicolás Monardes, encargado de supervisar las muestras botánicas llegadas de la América colonial, publicó sus observaciones sobre una madera extraordinaria de Nueva España (México), conocida por tratar afecciones renales y urinarias, a la que llamó «palo para los males de los riñones y de orina». Monardes, aunque nunca visitó México, describió la preparación y los efectos de la madera con gran detalle:

Toman la madera y la cortan en muchas astillas finas, tantas como sea posible y no muy grandes, las ponen en agua clara de una fuente... Después de media hora empieza a verse un color azul celeste muy claro, y se vuelve cada vez más azul, aunque la madera es blanca.

La conexión con México se vio reforzada por relatos directos basados en encuentros con el uso indígena de la madera en México. El misionero franciscano español Bernardino de Sahagún, el primero en describir Lignum nephriticum,  lo identificó por su nombre en náhuatl, coatl, y escribió: «Una medicina que colorea el agua de azul; su jugo es medicinal para la orina».

Ilustración del coatl por Bernardino de Sahagún. Wikimedia Commons

Francisco Hernández de Toledo, médico de la corte que dirigió la primera expedición científica a las Américas en 1570, también describió una madera de México que se creía que poseía poderes místicos:

 Su agua, con la que se han infusionado trozos del tronco de la planta, adquiere un color azul celeste y, si se bebe, sus propiedades curativas son numerosas: “refresca y alivia los riñones y la vejiga, alivia la acidez de la orina, apaga la fiebre…”

Estos relatos cimentaron la asociación entre el Lignum nephriticum y la flora mexicana, y el término coatl sirvió como puente lingüístico entre los sistemas de conocimiento indígenas y europeos.

Pero entonces sobrevino la confusión. En su ambiciosa Historia plantarum universalis, publicada unas décadas más tarde de la de Monardes, el botánico suizo Johann Bauhin ofreció un relato paralelo, aunque intrigantemente diferente. Bauhin describió una copa, «de casi un palmo de diámetro y de una belleza inusual», hecha de madera rojiza. Al sumergir en agua virutas de la misma madera que la copa, el espectáculo resultante fue aún más llamativo:

Las virutas remojadas en agua lo colorearon en poco tiempo de un maravilloso azul y amarillo; en la luz anversa (reflejada) exhibía de una manera hermosa los colores cambiantes del ópalo, de modo que variaba como esa gema desde un naranja brillante, amarillo y rojo hasta un púrpura resplandeciente y verde mar.

Tanto Monardes como Bauhin creían haber encontrado una especie de madera única, capaz de transformar el agua en un espectro de colores. Sin embargo, sus descripciones divergían: la madera de Monardes era blanca y producía un tono azul, mientras que la de Bauhin era rojiza y producía un caleidoscopio de colores.

Durante siglos, el misterio se mantuvo gracias a un error botánico de proporciones respetables, que perduró hasta principios del siglo XX cuando finalmente el botánico estadounidense William Safford resolvió el misterio. Safford estableció sin lugar a discusión que los bosques descritos por Monardes y Bauhin no eran una, sino dos especies distintas: Eysenhardtia polystacha, endémica de México, y Pterocarpus indicus, un árbol nativo del archipiélago filipino. Solo esta última brillaba con luz propia.

Flores de Eysenhardtia polystachya. Wikimedia Commons

Pero mucho antes del hallazgo de Safford, en una época en que la mayoría de los líquidos hacían exactamente lo que se esperaba de ellos, aquello era intolerable. El enigma de aquel extraño leño acabó inevitablemente en manos de los sabios. Aquellos caballeros del siglo XVII que llevaban pelucas imponentes, escribían en latín y se dedicaban a descubrir las leyes fundamentales del cosmos sin despeinarse (en parte gracias a los pelucones).

Uno de ellos fue Robert Boyle, químico, aristócrata y fundador involuntario de la ciencia moderna. Boyle era un hombre meticuloso, obsesionado con los experimentos repetibles y profundamente escéptico ante lo maravilloso. Precisamente por eso, después de dejarlo patidifuso, el Lignum nephriticum lo obsesionó.

Boyle observó que el agua teñida por la madera cambiaba de color según el ángulo de observación. Que el azul era más intenso si el recipiente se colocaba sobre un fondo oscuro. Que parecía apagarse y encenderse según la luz ambiental. Aquello no encajaba con nada conocido. No era pigmentación. No era reflexión. No era un truco del ojo. Era… algo. Lo peor era que funcionaba siempre.

El fenómeno también llegó a oídos de Isaac Newton, un hombre que no tenía tiempo para tonterías, pero sí una obsesión patológica por la luz. Newton había demostrado que la luz blanca podía descomponerse en colores mediante un prisma. Había puesto orden en el arcoíris. Había domado al espectro. Y entonces apareció este vaso de agua azul que no obedecía a sus leyes, que juzgaba tan perfectas que debían justificarlo todo.

El Lignum nephriticum no se dejaba explicar por refracción ni por dispersión. No producía color al dividir la luz, sino al transformarla. Newton, prudentemente, pasó de puntillas e hizo mutis por el foro. A otro perro con ese hueso, debió pensar. A veces el silencio de los genios es la mejor prueba de su desconcierto.

La confusión permitió que el fenómeno fuera tan intermitente como desconcertante. Algunos experimentadores no veían nada. Otros veían demasiado. La ciencia, que ya entonces era bastante susceptible, empezó a desconfiar del asunto. El Lignum nephriticum fue relegado poco a poco a la categoría de curiosidad. Algo digno de un gabinete barroco, pero no de una teoría seria. Y así, sin hacer ruido, desapareció.

Flores del árbol Pterocarpus indicus. Foto

Hubo que esperar hasta el siglo XIX para que alguien pusiera nombre a lo que llevaba siglos ocurriendo en silencio: fluorescencia, un fenómeno físico por el cual una sustancia absorbe luz de alta energía —normalmente ultravioleta o azul— y la reemite casi de inmediato como luz de menor energía, visible para el ojo humano.

A escala molecular, la fluorescencia ocurre cuando un electrón es excitado a un estado energético superior y, al regresar a su estado fundamental, libera el exceso de energía en forma de fotón. El proceso es extremadamente rápido —del orden de nanosegundos— y cesa casi instantáneamente cuando se retira la fuente de excitación, lo que distingue la fluorescencia de otros fenómenos luminosos como la fosforescencia.

El Lignum nephriticum había estado haciendo exactamente eso desde el primer día. La madera contiene un flavonoide —la matlalina— que se disuelve en el agua y se comporta como un traductor óptico: recibe energía que no vemos y nos la devuelve en un azul delicado, casi tímido. No era magia. No era alquimia. Era física moderna antes de la física moderna.

Hoy, el Lignum nephriticum se menciona en los libros como una nota al pie culta, una rareza histórica. Pero su historia encierra una lección inquietante: la naturaleza no espera a que tengamos las palabras adecuadas para comportarse como le da la gana. Durante siglos, la fluorescencia existió sin nombre, sin teoría y sin permiso. Simplemente sucedía. Y los humanos, tan orgullosos de sus sistemas y clasificaciones, no sabían qué hacer con ella.

Quizá por eso aquella desconcertante madera terminó olvidada. No porque fuera falsa, sino porque era demasiado verdadera. Y todo empezó —como tantas cosas importantes— con alguien mirando dentro de un vaso y pensando: “Esto no debería estar pasando”.

MAGIA FLORAL: POR QUÉ LAS FLORES ROJAS ATRAEN A LAS AVES Y ALEJAN A LAS ABEJAS

 

Un pájaro mielero de Nueva Holanda (Phylidonyris novaehollandiae) polinizando un arbusto australiano, el waratah (Telopea speciossisima). Australian Garden, Melbourne.

Para muchas plantas con flores la reproducción es una cuestión de aves y abejas. Atraer al polinizador adecuado puede ser una cuestión de supervivencia. Unas recientes investigaciones muestran que los mecanismos usados por las flores para lograrlo pueden ser más intrigante de lo que se pensaba.

En un artículo publicado en Current Biology los investigadores exponen cómo una única característica "mágica" de algunas plantas hace que sus flores sean invisibles para las abejas y, en cambio, logra que destaquen para las aves.

Veamos en primer lugar cómo vemos los animales. En los ojos humanos normales hay tres tipos de receptores de luz que permiten una buena percepción de los colores. Esas células fotorreceptoras son sensibles a la luz azul, verde o roja. Una vez que la luz se incorpora a estas células, el cerebro genera muchos colores, incluido el amarillo, mediante lo que se llama procesamiento de colores opuestos.

El procesamiento de colores opuestos es una de las formas mediante las cuales el sistema visual organiza y compara la información sobre los colores desde que la luz entra en el ojo hasta que se interpreta en el cerebro. La idea clave es que el cerebro no codifica los colores de manera aislada, sino en pares opuestos.

Cuando la luz entra en el ojo, los tres tipos de conos (las células fotorreceptoras) de la retina responden a distintas longitudes de onda: Los conos L son más sensibles a longitudes de onda largas (rojos); los conos M son más sensibles a longitudes de onda medias (verdes) y, finalmente, lo conos S son más sensibles a longitudes de onda cortas (azules).

Pero el cerebro no lee estos conos directamente como “rojo”, “verde” o “azul”. Primero los compara como “opuestos”, un proceso que consiste en que los canales neuronales funcionan como balanzas: Rojo ↔ Verde; Azul ↔ Amarillo, y Blanco ↔ Negro (luminancia). En cada canal si un lado se activa, el otro se inhibe, de modo que nunca se perciben ambos extremos a la vez.

Por ejemplo, una neurona puede excitarse con el rojo e inhibirse con el verde, mientras que otra puede excitarse con el azul e inhibirse con el amarillo. Por eso no existe un “verde rojizo”, ni un “azul amarillento”. Gracias a este proceso, vemos algunas señales como rojas y otras como verdes, pero nunca como un color intermedio.

El proceso empieza muy pronto en la retina (células ganglionares), continúa en el núcleo geniculado lateral del tálamo y se refina en la corteza visual. Es decir, la oposición de colores es una propiedad fundamental del circuito cerebral, no un adorno perceptivo.

Este sistema aumenta el contraste cromático, hace que la visión sea más eficiente y estable, permite detectar bordes y cambios de color con mucha precisión y reduce anomalías (iluminación variable, sombras). Una prueba sencilla de que existe es la de las postimágenes. Si miras fijamente algo rojo, después lo verás verde. Si haces lo mismo con el azul, luego lo verás amarillo. Eso ocurre porque uno de los polos del sistema oponente se “fatiga” y el contrario domina.

Muchos otros animales también ven el color y muestran evidencias de que también utilizan el procesamiento por oponentes. Las abejas ven su mundo usando células fotorreceptoras que detectan la luz ultravioleta (UV), azul y verde, mientras que las aves tienen un cuarto tipo de fotorreceptor sensible también a la luz roja.

Diagrama que muestra diferentes longitudes de onda a lo largo del espectro lumínico. Nuestra percepción del color, ilustrada el ojo dibujado a la derecha de la barra espectral, es diferente a la de abejas sensibles a los rayos UV, azul y verde, y la de las aves con cuatro fotorreceptores de color, incluyendo la sensibilidad al rojo. Imagen de Adrian Dyer y Klaus Lunau, CC BY

El problema al que se enfrentan las plantas con flores con las diferencias en la visión del color tiene que ver con la genética y con una especie de “magia”. Para que su polen acabe en la parte correcta del cuerpo del animal y así pueda ser transportado eficazmente a otra flor para permitir la polinización, las flores necesitan atraer polinizadores del tamaño adecuado.

Por ello, las aves tienden a visitar las flores más grandes. Estas flores, a su vez, necesitan proporcionar grandes volúmenes de néctar para recompensar a sus visitantes hambrientos. Pero cuando hay grandes cantidades de néctar dulce, existe el riesgo de que las abejas vengan a aprovecharse de él y que, en el proceso, recolecten el valioso polen. Y eso es un problema porque las abejas no tienen el tamaño adecuado para transferir el polen de forma eficiente entre las flores más grandes.

Todas las flores polinizadas por animales "señalan" a los polinizadores con colores y patrones brillantes, pero en el caso de las polinizadas por aves necesitan también una señal que atraiga a las aves sin llamar la atención de las abejas.

Sabemos que la polinización de los insectos (incluidas las abejas) y la señalización floral evolucionaron antes de que apareciera la polinización por aves. Luego, ¿cómo pudieron las plantas lograr el cambio a ser polinizadas por aves, un mecanismo que permite la transferencia de polen a distancias más largas de las que logran las abejas?

El dilema hamletiano es: ¿evitar a las abejas o atraer a las aves? Un paseo por el campo, al menos en los trópicos, permite ver con nuestros propios ojos que la mayoría de las flores rojas son visitadas por pájaros, no por abejas. Así que las flores polinizadas por aves han logrado hacer la transición con éxito, considerando como éxito que ellas, las aves, y no las abejas sean las que detecten el color de las flores. Se han desarrollado dos hipótesis diferentes que pueden explicar lo que ha sucedido. Recuerda algo: lo que hay son dos hipótesis, no dos teorías. Se habla de teoría cuando una determinada hipótesis (es decir, algo que se supone) se confirma con pruebas.

Una de las dos hipótesis que se han formulado con respecto a las flores rojas y su relación con la polinización es la que dice que las flores polinizadas por aves simplemente usan un color difícil de ver para las abejas. Una segunda hipótesis supone que las aves podrían preferir el rojo. Pero ninguna de estas hipótesis parece completa, ya que oa preferencia por el rojo no es innata en las aves porque las jóvenes no demuestran preferencia por el rojo. Sin embargo, las flores polinizadas por aves tienen un tono rojo muy distintivo, lo que sugiere que evitar a las abejas no explica únicamente por qué evolucionaron los colores rojos muy acentuados.

Un pájaro mielero de Nueva Holanda (Phylidonyris novaehollandiae) polinizando un arbusto australiano, el waratah (Telopea speciossisima). Australian Garden, Melbourne. 

Hay surge una tercera vía: una solución mágica. En la ciencia evolutiva, el término rasgo mágico se refiere a una solución evolucionada en la que una sola modificación genética puede aportar beneficios de múltiples maneras. Un equipo que trabajaba en cómo esto podría aplicarse a plantas con flores, demostró que un gen que modula los pigmentos absorbentes de la luz UV en los pétalos puede, efectivamente, tener múltiples beneficios. A este gen obedece cómo las abejas y las aves ven las señales de color de forma diferente.

Las flores polinizadas por las abejas se presentan en una amplia variedad de colores. Las abejas incluso polinizan algunas plantas con flores rojas. Pero estas flores también tienden a reflejar mucho el UV, lo que ayuda a las abejas a encontrarlas. El gen mágico tiene el efecto de reducir la cantidad de luz ultravioleta reflejada por el pétalo, haciendo que las flores sean más difíciles de ver para las abejas. Pero (y aquí es donde entra la magia) reducir la reflexión ultravioleta de un pétalo de una flor roja hace que parezca más roja para animales —como las aves— de los que se piensa que tienen un sistema de colores opuestos.

Diagrama que muestra la intensidad relativa de las señales rojas para aves, abejas y humanos. Las flores rojas son apreciadas para los humanos, pero a medida que evolucionaron para la visión de las aves, un cambio genético redujo la reflexión ultravioleta, haciendo que las flores sean más coloridas para las aves y menos visibles para las abejas. Adrian Dyer y Klaus Lunau, CC BY

Las aves que visitan las flores rojas brillantes obtienen recompensas y, con la experiencia, aprenden a visitarlas repetidamente. Al conseguir evitar a las abejas y, a la vez, mostrar colores intensos para atraer múltiples visitas de aves, un pequeño cambio genético para la percepción del ultravioleta produjo múltiples resultados beneficiosos para las plantas.

Gracias a este ingenioso truco de la naturaleza para producir colores florales rojos, nosotros, los humanos, poseedores de un perfeccionado sistema de colores opuestos, tenemos la suerte de poder disfrutar de los hermosos colores rojos que embellecen el paisaje. Así que cuando disfrutes esta primavera de algún paseo campestre, tómate un minuto para contemplar una de las grandes respuestas de la naturaleza para encontrar una solución ingeniosa a un problema complejo.

domingo, 1 de febrero de 2026

NITRITOS: VILLANOS MODERNOS CON UN PASADO HEROICO

El problema no es el nitrito: es morirse. Por qué un ingrediente sospechoso del envase está ahí por tu bien.

Durante años, el nitrito de sodio ha sido uno de esos ingredientes que habitan en la parte oscura del envase, junto a los códigos E y las palabras que nadie pronuncia en voz alta. Está ahí, pequeño, discreto, sospechoso. El tipo de sustancia que hace que alguien en el supermercado frunza el ceño, deje el paquete de salchichas en su sitio y murmure algo sobre “química” antes de irse a por hummus. Y, sin embargo, si el nitrito pudiera hablar, probablemente se defendería con una frase muy poco dramática: estoy aquí para que no te mueras.

Porque esa fue su misión original. No mejorar el color, ni uniformar sabores ni arruinar la cocina tradicional, sino impedir una de las intoxicaciones alimentarias más temidas que se conocen: el botulismo. Una enfermedad tan seria que no admite bromas, aunque lleguemos a ella a través de una humilde salchicha.

Los nitritos inhiben el crecimiento de Clostridium botulinum, la bacteria que produce la toxina botulínica, una sustancia tan potente que una milmillonésima de gramo puede ser letal. No hablamos de una simple indisposición digestiva, sino de parálisis muscular progresiva, dificultad respiratoria y, en ausencia de tratamiento, un riesgo real de muerte.

Lo inquietante es que Clostridium botulinum se siente como en casa en muchos alimentos que, hasta hace relativamente poco, comíamos con absoluta normalidad: carnes cocidas, húmedas, poco ácidas y conservadas sin aire. Es decir, justo el tipo de productos que hoy llenan las vitrinas refrigeradas: jamón de york, lacón cocido, salchichas, mortadela o carnes mechadas envasadas al vacío. No es casualidad que “botulismo” venga del latín botulus, salchicha. El nombre ya era una advertencia, y bastante clara.

El uso de los nitritos no nació, sin embargo, de una brillante comprensión microbiológica. El camino fue largo, empírico y bastante accidental, y comienza con uno de los métodos de conservación más antiguos conocidos por la humanidad: la salazón. La sal común no envenena a las bacterias; las deshidrata. Sin agua, las células microbianas colapsan. Pero los antiguos observaron algo curioso: cuando la sal procedía de regiones áridas, la carne no solo duraba más, sino que adquiría un atractivo tono rosado.

Aquella “sal” no era exactamente cloruro de sodio. Los griegos la llamaron nitrón; en la Edad Media se conoció como salitre. Aparecía como costras blancas en rocas, sótanos o establos, y parecía brotar de la piedra misma. En realidad, era el resultado de un proceso biológico poco glamuroso: bacterias que transformaban los desechos orgánicos, como orina y estiércol, en nitratos cristalinos.

El salitre se volvió un bien estratégico cuando, en el siglo IX, alquimistas chinos descubrieron accidentalmente la pólvora mientras buscaban una pócima de la inmortalidad. Europa tardó poco en comprender que aquella mezcla de azufre, carbón y nitrato servía mejor para matarse que para vivir para siempre. Durante siglos, el nitrato fue sinónimo de guerra, cañones y ejércitos, pero también acabó salvando vidas por una vía mucho más doméstica: la carnicería.

A comienzos del siglo XIX, el médico alemán Justinus Kerner describió centenares de casos de parálisis, visión borrosa y muerte asociados al consumo de salchichas. Sospechó de una toxina, aunque no pudo identificarla. Fue en 1895 cuando el bacteriólogo belga Émile van Ermengem aisló por fin a la culpable y bautizó la enfermedad como botulismo, de nuevo en honor a la salchicha.

No todas las salchichas provocaban la enfermedad. Las elaboradas con salitre raramente causaban botulismo, lo que intrigó a carniceros y médicos por igual. El misterio se resolvió en la década de 1920, cuando Karl Friedrich Meyer demostró que no era el nitrato del salitre el responsable, sino el nitrito en el que este se transformaba dentro de la carne. La solución fue directa y muy poco romántica: añadir nitrito de forma controlada. Desde entonces, el riesgo de botulismo en carnes procesadas cayó en picado.

De paso, el nitrito explicó otro pequeño milagro: el color rosado. Parte del nitrito se convierte en óxido nítrico, que se une a la mioglobina de la carne formando un compuesto estable y visualmente apetecible. Sin él, muchas salchichas serían de un gris hospitalario poco compatible con el placer gastronómico cotidiano.

¿Significa todo esto que todas las carnes procesadas llevan nitrito? No. Aparece sobre todo en productos cocidos, húmedos y envasados sin oxígeno: salchichas tipo Frankfurt, mortadela, bacon, jamón cocido, pavo loncheado o carnes listas para consumir. En ellos, el riesgo teórico de botulismo existe y el nitrito actúa como una barrera de seguridad clave dentro de un sistema más amplio.

Otros productos tradicionales no lo necesitan. El jamón serrano, la cecina o muchos embutidos artesanos se conservan gracias a la sal, el tiempo y la deshidratación. Reducen tanto el agua disponible que Clostridium botulinum no puede prosperar. Aquí la seguridad no depende de un solo truco químico, sino de un equilibrio lento y acumulativo de factores.

En los últimos años han proliferado los productos “sin nitritos añadidos”. Conviene leer con atención la letra pequeña: muchos utilizan extractos vegetales ricos en nitratos que, durante el procesado, se transforman en nitritos. El compuesto no desaparece; simplemente llega con una narrativa más verde y tranquilizadora.

En la década de 1950, se identificaron en el laboratorio unos compuestos llamados nitrosaminas como carcinógenos. Esto impulsó la búsqueda de su presencia en los alimentos, gracias a los avances en química analítica que permitieron la detección de sustancias presentes en cantidades muy pequeñas. Efectivamente, se encontraron nitrosaminas en carnes curadas con nitratos o nitritos. La carne contiene aminas naturales que pueden reaccionar con los nitritos durante el procesamiento para formar nitrosaminas. Esta reacción no solo puede ocurrir durante el procesamiento, sino también en las condiciones ácidas del estómago.

Los investigadores se pusieron manos a la obra para ver cómo se puede reducir la exposición a las nitrosaminas. Se disminuyeron las temperaturas de cocción, se redujeron los niveles de nitritos al mínimo necesario y se exigió el uso de ascorbato de sodio o eritorbato de sodio como aditivos al comprobarse que reducían la formación de nitrosaminas. Estas intervenciones han reducido drásticamente el riesgo de formación de nitrosaminas, pero no lo han eliminado.

¿Son peligrosos los nitritos? En las cantidades reguladas, no especialmente. El consenso científico señala más bien al consumo frecuente de carnes procesadas en general. No pasa nada por comer embutidos de vez en cuando; el problema es convertirlos en la base de la dieta durante años.

Resulta casi irónico que un compuesto introducido para evitar muertes sea hoy objeto de sospecha. El botulismo no ha desaparecido: sigue apareciendo, sobre todo, en conservas caseras mal elaboradas, donde no hay nitritos ni controles. Así que no, el problema nunca fue el nitrito. El problema era morirse. Y el resto, como tantas veces en alimentación, es cuestión de contexto, de memoria histórica y de cuántas salchichas decidimos comer.