La historia comenzó con un tarro
de miel sin etiqueta que desató mi curiosidad. Había llegado de Ikaria, una
pequeña isla griega del Egeo oriental, y a primera vista no tenía nada de
particular. Era miel. Tenía el color de la miel, la consistencia de la miel y
venía en uno de esos tarros domésticos que sugieren que nadie ha considerado
necesario informar al consumidor de nada porque probablemente el consumidor
debía conocer personalmente al apicultor. La sorpresa apareció al probarla. Era
dulce, naturalmente, pero menos de lo esperado. Tenía un sabor complejo, poco
empalagoso, como si alguien hubiera bajado un poco el volumen del azúcar para
dejar sitio a otras cosas.
La primera explicación que se le
ocurre a cualquiera es buscar las flores. Una miel sabe distinta de otra porque
las abejas visitan plantas diferentes. No sabe igual una miel de romero que una
de azahar, brezo o tomillo. Ikaria, cubierta de matorrales mediterráneos,
pinares y plantas aromáticas, parece el lugar apropiado para semejante
explicación. Pero había otra posibilidad mucho más interesante: quizá para
explicar aquella miel no hubiera que empezar buscando flores.
Los griegos producen grandes
cantidades de una miel peculiar llamada pefkomelo, literalmente miel de pino.
El nombre parece perfectamente razonable hasta que uno recuerda un
inconveniente botánico: los pinos no producen néctar. Son gimnospermas y
carecen de las flores con nectarios que visitan las abejas. Y, sin embargo,
existe la miel de pino.
Para resolver la contradicción
hay que acercarse al tronco. En las grietas de la corteza de algunos pinos
griegos aparecen pequeños cúmulos de una sustancia blanquecina y algodonosa.
Allí se esconde uno de los personajes más inesperados de la apicultura mediterránea:
Marchalina hellenica, una cochinilla asociada principalmente a Pinus brutia y
P. halepensis. Es un hemíptero, pariente de pulgones, cigarras y chinches,
animales que han convertido la succión de líquidos vegetales en una respetable
forma de ganarse la vida.
1 y 2: tronco y ramita de Pinus brutia infestados de M. hellenica. 3 y 4: el insecto cubierto (arriba) y desprovisto de su capa cerosa.
Marchalina perfora los tejidos
del pino mediante largos estiletes y se alimenta de los fluidos que circulan
por ellos. Para obtener los nutrientes que necesita debe beber grandes
cantidades. Y eso plantea un problema: le sobra azúcar.
Por el extremo posterior del
insecto aparece entonces una gotita viscosa y dulce que llamamos mielato. Si
queremos decirlo de una manera menos técnica, podemos llamarlo excreción. Y si
pretendemos perjudicar definitivamente el negocio de los apicultores griegos,
podemos explicar que las abejas elaboran una de sus mieles más apreciadas
recogiendo las deposiciones azucaradas de una cochinilla. Afortunadamente,
«mielato» suena mucho mejor.
Las abejas recorren los pinos,
absorben esas gotas y regresan con ellas a la colmena. Allí incorporan enzimas
y eliminan progresivamente agua hasta obtener una sustancia concentrada y
estable. Es miel auténtica, pero su origen es muy diferente del de una miel
floral. El azúcar fue fabricado por las hojas mediante fotosíntesis, circuló
por el árbol, pasó por Marchalina, apareció sobre la corteza en forma de
mielato, fue recogido por una abeja y sufrió una nueva transformación en la
colmena.
No es una curiosidad
gastronómica. La miel de mielato representa una parte fundamental de la
producción griega y la asociada a M. hellenica puede suponer alrededor
del 60% de la miel producida en el país, aunque la proporción cambia de unos
años a otros. La cochinilla ha llegado a ser tan valiosa que fue trasladada
deliberadamente a algunos pinares para aumentar la producción. Lo cual depende,
naturalmente, del punto de vista: para un apicultor Marchalina es una
bendición; para el pino, miles de insectos perforando sus tejidos constituyen
una noticia bastante menos satisfactoria.
La historia ya sería
suficientemente extraña si terminara aquí. Pero aparece otra pregunta: ¿cómo
consigue Marchalina vivir de semejante dieta? El azúcar proporciona energía,
pero ningún animal puede construirse solo con azúcar. Para fabricar proteínas y
reproducirse necesita aminoácidos y otros nutrientes que los fluidos vegetales
no siempre proporcionan en cantidades adecuadas.
La evolución encontró una solución extraordinaria: llevar un experto químico dentro. Muchos insectos chupadores albergan bacterias endosimbiontes en células especializadas. No son microorganismos adquiridos accidentalmente ni simples habitantes del intestino. Viven dentro del animal y la asociación puede llegar a ser tan estrecha que ambos socios pierdan la capacidad de desenvolverse normalmente por separado.
El caso clásico es el de los
pulgones y Buchnera aphidicola. Su asociación comenzó hace más de cien millones
de años. El pulgón proporciona alojamiento y alimento; Buchnera fabrica
aminoácidos esenciales que escasean en su dieta. Después de tantísimo tiempo
viviendo juntas, estas bacterias han perdido numerosos genes que necesitarían
para sobrevivir independientemente. Es como instalarse durante generaciones en
un hotel donde proporcionan comida, calefacción, lavandería y transporte: llega
un momento en que cabe preguntarse para qué demonios necesita uno aprender a
encender una lavadora.
M. hellenica pertenece a
ese mismo mundo de asociaciones íntimas. Conviene, sin embargo, introducir una
cautela. Sabemos que posee microorganismos endosimbiontes y conocemos cómo los
transmite, pero todavía no disponemos del conocimiento genómico y metabólico
que tenemos para Buchnera. Es razonable sospechar que desempeñan una función
nutricional semejante a la de otros simbiontes de hemípteros, pero no podemos
atribuirles todavía tareas concretas con la misma seguridad.
Lo extraordinario es cómo pasan
de una generación a otra. Durante el desarrollo de las hembras jóvenes, los
microorganismos migran hacia los ovarios y penetran en células germinales
todavía indiferenciadas. No esperan siquiera a que exista un óvulo maduro.
Cuando este termina formándose, los simbiontes ya están dentro.
Una Marchalina, por tanto, no
recoge esos microorganismos del pino. Los hereda de su madre, que los heredó de
la suya. Cada generación transmite no solamente genes, sino también seres vivos
completos. Y la historia se vuelve todavía más extravagante porque la especie
se reproduce fundamentalmente por partenogénesis: las hembras pueden producir
descendencia sin fecundación y los machos son extraordinariamente raros.
Tenemos así una cochinilla
escondida bajo una cubierta de cera, bebiendo de un pino, expulsando azúcar que
recogerán las abejas, reproduciéndose normalmente sin macho y entregando a sus
hijas los microorganismos que recibió de su madre. Si alguien hubiera inventado
semejante animal para una novela, probablemente un editor habría recomendado
quitarle alguna peculiaridad para hacerlo más verosímil.
Pero nosotros tampoco deberíamos
contemplarla con demasiada superioridad. Cada una de nuestras células contiene
mitocondrias, descendientes de bacterias que hace más de 1.500 millones de años
comenzaron a vivir dentro de otra célula. Y las células del pino realizan la
fotosíntesis gracias a cloroplastos, procedentes a su vez de antiguas
cianobacterias incorporadas por otras células. La endosimbiosis no es una
extravagancia de Marchalina: forma parte de la historia profunda de la vida.
Y con eso nuestro tarro de miel
da una vuelta completa. Los azúcares comenzaron fabricándose en los
cloroplastos del pino; circularon por sus tejidos; fueron ingeridos por una
cochinilla que alberga sus propios microorganismos; salieron convertidos en mielato;
los recogió una abeja y terminaron transformados y almacenados en una colmena.
Ni siquiera podemos asegurar, sin
analizar el contenido del tarro, que M. hellenica haya participado en
aquella miel concreta de Ikaria. Todo este viaje comenzó con una posibilidad,
no con un análisis químico. Pero eso es casi lo de menos.
La pregunta era por qué aquella
miel sabía diferente y, al intentar responderla, acabamos encontrando un
ecosistema. Un pino, una cochinilla, microorganismos heredados de madres a
hijas, abejas y antiguas bacterias convertidas en partes imprescindibles de las
células.
Quizá por eso no tenga demasiado sentido preguntar quién fabrica una cucharada de miel de pino. No existe una respuesta en singular. La fabrica el pino. La fabrica Marchalina. La fabrican sus microorganismos. La fabrica la abeja. La fabrica la colmena. Y, muchísimo antes que todos ellos, ayudaron a hacerla unas bacterias que cometieron hace más de mil millones de años el extraño error de dejarse vivir dentro de otras células.
¡Qué más da! Todo eso cabe en una cucharilla.Y después nos la zampamos.