miércoles, 30 de diciembre de 2009

Nuestro padre Adán

La Paleoantropología, ciencia que se ocupa de los orígenes del hombre, comparte algo esencial con la Teología y con la Ufología: las tres tienen más estudiosos que materiales para estudiar. A pesar de que los fósiles de homínidos hallados en todo el mundo cabrían holgadamente en una furgoneta, la situación ha cambiado sustancialmente en los últimos años, porque además de que los huesos no están tan secos como pudiera parecer a simple vista y permiten extraer proteínas y ADN de sus deshidratadas estructuras, la arquitectura de un hueso, interpretada por los ojos expertos de un paleoantropólogo que se apoye en los modernos métodos de datación, sigue siendo un libro abierto repleto de una maravillosa información.



Portada del número de 2 de octubre de 2009 de la revista Science.

La revista Science ha dedicado el primer número de octubre a un exhaustivo estudio monográfico del más antiguo de los antepasados humanos, Ardipithecus ramidus, que se ha basado en los estudios multidisciplinares realizados por 11 equipos internacionales sobre 110 fósiles, el primero de los cuales fue encontrado en 1992 por el antropólogo norteamericano Tim White. Su datación, 4,4 millones de años (MA), se consideró como una antigüedad extraordinaria y aunque no se descartó que se pudieran encontrar homínidos de edad anterior, la posibilidad de hallarlos es un perturbador sueño para la mayoría de los antropólogos que trabajaban en África, el continente en el cual Darwin sugirió que había comenzado la evolución del hombre. El hallazgo de White hizo parecer un recién llegado al más popular de los fósiles de homínidos, una hembra de 3,2 MA de antigüedad a la que su descubridor en 1974, Donald Johanson, un paleontólogo al que le encantaban los Beatles y su canción Lucy in the sky with diamonds, bautizó como Lucy, sin olvidar asignarle su obligado nombre científico: Australopithecus afarensis.

Lucy fue el ser humano más antiguo durante un tiempo, hasta el hallazgo en 1995 de otro de sus congéneres, Australopithecus anamensis, que tiene una antigüedad de 4,2 MA y que ya era un ser bípedo. A partir de esos dos descubrimientos iniciales de simios que caminaban como usted y como yo, pero cuyo tamaño cerebral era un tercio del nuestro, sobrevino una verdadera cascada de descubrimientos de australopitecinos. Se ignoran las relaciones filogenéticas de estas criaturas, es decir, cuál es su parentesco ascendente y descendente, aunque todas las evidencias sugieren que se parecen más a los paleosimios como Ardipithecus, que a los más evolucionados y modernos neosimios a los que pertenece el género Homo.

Según el reloj molecular, hombres y chimpancés compartimos un antecesor común hace aproximadamente 6,7 MA. Probablemente aquella criatura era cuadrúpeda, aunque podría haberse movido preferentemente sobre sus cuartos traseros y apoyándose en los nudillos, como hacen los grandes simios y muchos monos actuales. A partir de ella surgieron dos linajes diferentes, el que ha conducido hasta los chimpancés y el que, gracias a los dos grandes puntos de inflexión en la evolución humana, la adquisición de la postura erguida y el mayor desarrollo cerebral, han conducido hasta el Homo sapiens.

Hay práctica unanimidad al considerar las características esenciales que hacen que un determinado fósil sea considerado como perteneciente al linaje humano: no es el cerebro, como nuestra vanidad de “hombres sabios” preferiría, ni siquiera el empleo hábil de las manos para manejar herramientas, lo que marca la diferencia entre humanos y monos. Es la bipedestación, el caminar erguido sobre las extremidades inferiores, el principal rasgo distintivo que los paleontólogos actuales buscan en los fósiles para incluir a un primate en la familia de los homínidos o para dejarlo fuera, en el grupo de los monos antropomorfos.

Los antropólogos rechazan la vieja idea del eslabón perdido al hablar de evolución humana, porque saben que no fue una sola especie la que concentró la transición entre un organismo arcaico (el mono) y uno moderno (el hombre), sino que a lo largo de MA fueron acumulándose y perdiéndose mutaciones en diferentes especies, cambios que desembocaron en los humanos actuales hace unos 0,2 MA. Por tanto, lo adecuado es hablar de antepasados comunes, y el último compartido por la línea del hombre y la del chimpancé viviría hace entre seis y siete MA. En ese antepasado común, en esa importante encrucijada de la historia evolutiva en la que un organismo se escindió, por un lado, hacia el Homo sapiens y, por otro, hacia homínidos diferentes ya extintos, las luces son todavía candilejas.

Aunque por la coincidencia de la datación de estos restos fósiles con las calculadas con datos moleculares parece fuera de toda duda razonable que la línea evolutiva del hombre y del mono se bifurcó hace por los menos unos siete MA, aún no está nada claro cuál fue el primer homínido auténtico. Es más, algunos paleontólogos dudan de que, por definición, pueda descubrirse algún día, ya que, de acuerdo con una opinión muy razonable, sería imposible distinguirlo del último antepasado común de homínidos y chimpancés, o del primer antepasado común de todos los chimpancés. Por el momento, los candidatos más cualificados para erigirse como los prehomínidos más antiguos son Orrorin tugenensis (6,2 MA) que, al ser desenterrado en diciembre de 2000, fue inmediatamente bautizado como "Millenium man", y Sahelanthropus tchadensis, apenas un cráneo deforme popularmente conocido como "Toumai", encontrado el verano de 2002 en El Chad por Michel Brunet, que, además de mostrar una mezcla de caracteres humanos y de primates, resultó tener una antigüedad que rozaba los siete MA.

El estudio publicado ahora en Science permite concluir que Ardipithecus ramidus era una “criatura mosaico” que no era ni chimpancé ni humana, a la que puede considerarse como el antecesor más inmediato de los verdaderos precursores del linaje humano, los australopitecinos, que se diversificaron durante los últimos cuatro MA en muchas especies distintas. Una de ellas continuó su camino en dirección al hombre. El crecimiento del cerebro humano comenzó probablemente hace dos MA, con el Homo habilis, considerado por ello el primer representante del nuevo género Homo. Desde entonces se fue desarrollando un cerebro cada vez más grande, lo que llevó a nuestros antecesores a ser capaces de utilizar herramientas y a desarrollar el lenguaje. Como hitos de ese camino dos mil veces milenario hay toda una pléyade de seres extintos, de ensayos fallidos de la evolución humana, que han recibido la categoría de especie dentro del género Homo: antecessor, erectus, ergaster, georgicus, heidelbergensis, neanderthalensis, rudolfensis y sapiens.

Hace unos cien mil años el H. sapiens comenzó a desarrollar cultura propia, primero en piedra y luego en metales, para llegar, después de pasar por el Siglo de la Luces, hace unos trescientos, a la ciencia moderna. Gracias a ello, el hombre pudo escudriñar el pasado para encontrar allí piedras y huesos que podían ser analizados y a partir de los cuales podían urdirse varias teorías que dieran respuesta a la gran pregunta: ¿Fue nuestro padre Adán?



Reconstrucción de Ardipithecus anamensis

La respuesta la tenía ya Darwin que sabía que existían más diferencias entre una cebra y un caballo, o entre una ballena y un delfín, que las que existen entre nosotros y las criaturas peludas que nos precedieron. En el último párrafo del Origen del hombre, escribe Darwin: «Debemos reconocer que el hombre, según me parece, con todas sus nobles cualidades [...], con su inteligencia semejante a la de Dios, [...], con todas esas exaltadas facultades- lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen».