jueves, 24 de diciembre de 2009

Universidad e innovación: recordando a Ned Ludd

Hace casi dos siglos, en 1815, un grupo de trabajadores textiles ingleses, capitaneados por un tal Ned Ludd, entraron por la fuerza en una fábrica para destruir los telares mecánicos que acababan de instalarse. El trágico episodio dio lugar a una corriente de pensamiento contraria al desarrollo tecnológico que, en homenaje a su primer héroe, se llamó ludismo. El ludismo adopta formas extrañas en nuestros días.



Se puede afirmar que desde la aparición de la universidad moderna en el siglo XIX, ésta ha desarrollado actividades de comercialización de tecnología innovadora. Sin embargo, en el todavía vigente debate acerca del denominado «proceso de Bolonia» algunos de sus detractores han argumentado una supuesta «neo-mercantilización» de las universidades que conduciría inevitablemente a subordinar los intereses sociales de las universidades a los privados de las empresas. Aunque mi experiencia como investigador y como gestor de la investigación me sitúa en las antípodas de ese discurso, en este artículo trataré de trazar un bosquejo histórico de las relaciones universidad-empresa que sirva para resumir la implicación directa de la universidad en la comercialización de sus resultados de investigación.


Fotograma de la película Tiempos Modernos

Las universidades surgen en el siglo XII en el seno de la Iglesia y con la misión fundamental de preservar y de transmitir conocimientos oralmente. Hasta el siglo XV la universidad experimenta una etapa de expansión promovida por los poderes eclesiásticos y públicos interesados en la formación de sus élites y porque su potencia socioeconómica la convertía en un foco de atracción para la región en que se insertaba. Debido a su extremado conservadurismo, ajeno a las necesidades de una sociedad cada vez más innovadora, durante los siglos XVI y XVII comenzó un prolongado declive universitario que favoreció la aparición de nuevas instituciones, las sociedades científicas y las academias, verdaderas protagonistas de la investigación científica durante casi dos siglos. Los grandes descubrimientos como el heliocentrismo (Copérnico), las órbitas de los planetas (Kepler), la gravitación universal (Newton), el telescopio (Galileo), la genética (Mendel) y la teoría de la evolución (Darwin), fueron realizados fuera de las universidades, en academias, gabinetes reales, laboratorios privados, sociedades científicas, seminarios, etc.

La incapacidad de estas instituciones para abordar la especialización de la ciencia provocó el resurgir de la universidad en el siglo XIX, cuando Humboldt fundó la Universidad de Berlín (1810), que combinaba la función docente tradicional con la investigación y que sirvió de modelo para hacer evolucionar a las universidades medievales y crear nuevas universidades en toda Europa. Desde entonces, la misión fundamental de la universidad fue desarrollar el conocimiento científico puro y transmitirlo mediante la formación, la publicación científica y, en menor grado, la divulgación. El problema de las relaciones entre investigación e industria surgió con el desarrollo paralelo de la Revolución Industrial. Se estableció entonces la tricotomía investigación básica, investigación aplicada y desarrollo; otros agentes se involucraron en las actividades investigadoras y la universidad se centró en mayor medida en la investigación básica, menos en la aplicada y muy poco en el desarrollo.

Durante la primera mitad del siglo XX la universidad europea continuó con el modelo clásico alemán, fuertemente financiado por el Estado, que, además de un apoyo a la economía nacional, consideraba a la universidad un instrumento de refuerzo de la identidad nacional y cultural. Aunque las universidades alemanas de ciencias naturales y sociales habían estado orientadas tradicionalmente hacia la docencia y la investigación básica, desde el inicio de la Revolución Industrial comenzaron a crearse universidades técnicas que realizaban investigación orientada hacia la empresa para impulsar las invenciones y las aplicaciones técnicas de descubrimientos científicos. Tales universidades –embrión de las universidades politécnicas que nacieron en España casi un siglo después- contaban con una mayor proporción de financiación pública, pero su capacidad de innovación en química, farmacia y en ingeniería mecánica fue desde sus inicios un atractivo suficiente como para conseguir incrementar el volumen de financiación empresarial.

El modelo “politécnico” se extendió con adaptaciones genuinas como las de Francia, Reino Unido y Estados Unidos. En Francia, tras la Revolución Burguesa, aparecen las grandes écoles, distinguidas de las universidades tradicionales por un mayor énfasis en la investigación aplicada, especialmente en campos como la ingeniería, la arquitectura y la agricultura. En Gran Bretaña surgen las civic universities que, a diferencia de las universidades de Oxford y Cambridge, se orientaron más a satisfacer las necesidades tecnológicas y científicas del país. Su misión no solo abarcaba la educación clásica, sino también la educación profesional y la investigación e incorporaron materias de carácter utilitarista como ingeniería, arquitectura y agricultura.

La universidad estadounidense creció a partir de una masa considerable de estudiantes norteamericanos que habían estudiado en universidades europeas. Desde que Abraham Lincoln creara las primeras universidades agronómicas, las universidades públicas estadounidenses han tenido una implicación histórica en la investigación agrícola y, desde el principio del siglo XX, en la industrial, ya entonces parcialmente financiada por las empresas, que alcanzó importantes logros en áreas como las ingenierías eléctrica, química y aeronáutica. Precisamente a raíz de la obtención de una serie de patentes de tecnología electrostática en 1907, el profesor de la Universidad de California Frederick Cottrell fue el impulsor de la creación en 1912 de la primera oficina de transferencia de resultados de investigación –la Research Corporation- una institución sin ánimo de lucro que nació con el objeto de explotar comercialmente las patentes universitarias estadounidenses.

Por tanto, no puede afirmarse que la colaboración entre la universidad y la empresa sea un fenómeno nuevo y que la investigación que se realizaba en las universidades careciera de objetivos prácticos. De hecho, muchas de las cuestiones y problemas que esta colaboración planteaba en esa época siguen aún vigentes como describen Mowery y Sampat en su estudio acerca de la evolución de las patentes universitarias publicado en una revista clásica en el campo de las relaciones universidad-empresa: Industrial and Corporate Change (10; 2001). Aunque ya entonces se alzaban voces de corte “neoludista” denunciando conspiraciones del capital privado para controlar la universidad, este tipo de colaboración era una consecuencia espontánea de la especialización de los países líderes en tecnología en ciertos sectores innovadores de alto valor añadido y de la presencia de grandes empresas que podían beneficiarse de los resultados científicos.

En resumen, aunque durante la primera mitad del siglo XX, las universidades no tenían un papel definido en la innovación, sino que la colaboración con las empresas surgía espontáneamente en los países líderes en tecnología y apenas se daba en otros países, en los últimos 35 años ha surgido un nuevo modelo de universidad emprendedora que si bien mantiene características del modelo anterior, como la libertad académica y el compromiso en la búsqueda del conocimiento, presenta algunas diferencias entre las que destacan su mejor preparación para llevar a cabo una investigación aplicable a la solución de todo tipo de problemas, una enseñanza comprometida con la inserción laboral de sus egresados, y una posición más abierta a considerar ciertas actividades formativas que la sociedad demanda de la universidad.

Hoy, el antiguo y el nuevo modelo coexisten incluso dentro de una misma universidad (la de Alcalá es un ejemplo de lo que digo), con sus respectivos defensores y detractores, lo que suele originar algunos conflictos porque algunos continúan viendo a los dos modelos como mutuamente excluyentes. Poco a poco, sin embargo, se está consiguiendo que coexistan de forma armónica, porque uno de los grandes desafíos de las universidades competitivas será equilibrar de forma dinámica las misiones que actualmente tienen encomendadas: enseñanza, I+D+i, y desarrollo económico y sociocultural.


Fotograma final de la película Tiempos Modernos