sábado, 30 de abril de 2011

Orgasmotrón

La vida y la obra de Wilhelm Reich (1897-1957) es, sin duda, uno de los ejemplos más notables de "escritor maldito". Discípulo de Freud, fue rechazado por su maestro cuando publicó en 1927 su ensayo fundamental, La función del orgasmo (publicado en España por Paidós). Dos libros más, Psicología de masas del fascismo y Análisis del carácter, motivaron su expulsión del Partido Comunista y de la Asociación Internacional de Psicoanálisis. Huyendo de los nazis, en 1939 se trasladó a Estados Unidos donde desarrolló su teoría sobre las ventajas antineuróticas de la liberación de energía durante el orgasmo, para cuya simulación proponía una terapia "bioenergética" basada en tratamientos en el "acumulador de energía orgónica", un aparato de su invención por cuya comercialización fue encarcelado en 1957, acusado de charlatanería y fraude. Woody Allen rindió un humorístico homenaje a este estrafalario aparato, al que bautizó con el nombre de “orgasmotrón” en su película Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo

En dos artículos anteriores publicados en este blog, La costilla de Adán y la pelvis de Eva  y El pene de Adán y la colita de King Kong, me ocupé de algunos de los cambios provocados en el linaje humano como consecuencia de la tendencia evolutiva hacia la bipedestación que caracteriza al Homo sapiens entre los primates. En ambos artículos destaqué que la bipedestación había trastocado también la forma de la cópula, que en los humanos es frontal, cara a cara, una circunstancia excepcional en los mamíferos, como lo son también las características de nuestro orgasmo -una fortísima descarga emocional placentera-, cuya importancia evolutiva ha sido discutida, pero que puede ser interpretada como otra adaptación a la bipedestación.


A pesar de su complejidad neuro-endocrino-muscular, el orgasmo masculino puede ser resumido como una compleja cadena de movimientos de contracción que culminan con una repentina sensación de intenso placer, acompañante inseparable de la eyaculación, una violenta eyección de fluido que impulsa a los espermatozoides dentro de la vagina. Aunque en el hombre el orgasmo es un requisito obligado para que se produzca la eyaculación y, por tanto, indispensable para la transferencia de genes, las mujeres no lo necesitan ni para producir cada uno de los 300 óvulos que, mes a mes, y como media, producen durante su vida fértil, ni para tener hijos. Así las cosas, ¿qué función tiene el orgasmo femenino desde el punto de vista evolutivo? Aunque el orgasmo femenino ha sido un tabú social y un enigma de primer orden dentro de la biología, algunas evidencias permiten clarificar el asunto. 

En su libro Sexo en solitario (Fondo de Cultura Económica, 2007) el profesor de Berkeley Thomas Laqueur sostiene que «desde la antigüedad hasta el siglo XIX, la asunción general era que las mujeres experimentaban orgasmos al igual que los hombres, pero también que el orgasmo era necesario para la concepción». Si lo primero es absolutamente cierto, lo segundo es incorrecto como había adelantado en 1967 el zoólogo Desmond Morris en El mono desnudo y demostraron los estudios de Masters y Johnson, basados en la observación de diez mil actos sexuales humanos (La sexualidad humana), confirmando lo que ya se sabía desde que algunos anatomistas como Galeno descubrieron hace más de dos mil años: lo que provoca el orgasmo femenino es la estimulación del clítoris, un órgano que no es contactado por el pene durante la copulación y que, por lo tanto, no interviene en el proceso de la inseminación. 

En un ensayo que en España puede encontrarse con el título Pezones masculinos y ondas clitorídeas en el libro Brontosaurus y la nalga del ministro (Crítica, 1993), cuyo tono un tanto sexista no complació precisamente al movimiento feminista norteamericano, el reputado paleontólogo y excepcional divulgador científico Stephen Jay Gould sostenía que como lo importante es que los espermatozoides lleguen hasta los óvulos y para conseguirlo basta con el orgasmo masculino, el femenino debía ser contemplado como superfluo, una especie de accidente evolutivo, un resultado secundario de la necesidad del orgasmo masculino. Según Gould, hay orgasmo femenino simplemente porque el clítoris es el equivalente anatómico del pene (de hecho, ambos tienen el mismo origen e idéntica diferenciación durante los primeros estadios del desarrollo embrionario) y, por ello, estimulación, erección y orgasmo se dan tanto en un órgano como en el otro, y el resultado es orgasmo para todos. Para Gould, el orgasmo vía clítoris es un artefacto del desarrollo y no tiene significación adaptativa alguna.

La polémica provocada por Gould resucitó en 2005 cuando Elisabeth Lloyd, profesora en la Universidad de Indiana, publicó un libro (El caso del orgasmo femenino: Prejuicios en la ciencia de la evolución; no publicado en español, al menos que yo sepa) en el que concluye que el orgasmo femenino no tiene ningún sentido evolutivo (salvo el de divertirse, añado) y que es un subproducto de la evolución. La idea del subproducto evolutivo es de Darwin, quien lo sconsideraba como rasgos que son arrastrados por otros. Los pezones de los hombres son el ejemplo más claro. Los hombres los poseen porque comparten con las mujeres la misma arquitectura del cuerpo fijada por un diseño embrionario común hasta que la aparición de la testosterona y de los estrógenos dirige al feto indiferenciado hacia uno u otro sexo. Mientras que en las mujeres los pezones son el resultado de una adaptación evolutiva porque sin ellos resultaría imposible la lactancia, en los hombres se trataría de un subproducto sin valor adaptativo alguno. 

Pero tal conclusión no se sigue necesariamente. Para empezar, en ambos sexos se ha desarrollado el placer por el sexo. Este placer es la causa próxima de las relaciones sexuales, cuyo fin último es el éxito reproductivo. Si además consideramos las pautas que caracterizan al orgasmo femenino la conclusión resulta aún menos convincente. En ambos sexos, durante el orgasmo se producen considerables aumentos de las pulsaciones (desde 70 a 80 por minuto se alcanzan 150), de la presión sanguínea (de 120 hasta 250 en el clímax) y de la respiración, que se hace más profunda y más rápida y, al acercarse el momento del orgasmo, jadeante. Al final, el rostro se contrae, con la boca muy abierta y los orificios nasales dilatados, a la manera de los atletas en su máximo esfuerzo, faltos ya de aire.

Lo que distingue a la fase de orgasmo femenina son una serie de contracciones rítmicas en la zona perineal, de la vagina y del útero. Tales contracciones tienen una función aspirativa del esperma tal y como la describieron Baker y Bellis en la revista Animal Behaviour (1993; http://www.sciencedirect.com/science), que aumenta su retención en el conducto vaginal, como sostiene Paul R. Ehrich en Human natures: Genes, Cultures, and the Human Prospect (Island Press; no publicado en español). Por eso, las hipótesis adaptacionistas que mayor apoyo tienen actualmente entre los científicos se refieren al papel del orgasmo como un mecanismo de retención del esperma en el interior del tracto sexual femenino.

Por último, si consideramos que como consecuencia de las alteraciones funcionales estresantes provocadas en ambos sexos el orgasmo es seguido normalmente por un considerable período de agotamiento, de relajamiento, de descanso y, con frecuencia, de sueño, se puede deducir que otra de sus funciones adaptativas es inducir al reposo horizontal tras la cópula, lo que favorece la retención del esperma y aumenta así las posibilidades de la mujer de ser fecundada. 

Esa indolencia post coital, seguida o no del reparador cigarrillo, es otra diferencia del orgasmo humano con respecto a otros primates, lo que resulta fundamental en la hembra del único mamífero cuya vagina, como consecuencia de la adquisición de la marcha erguida, se abre en posición vertical. 




sábado, 16 de abril de 2011

Llámale cáncer



La delgada línea divisoria que separa la privacidad y el conocimiento público de las cuestiones que afectan a la política es cada vez más tenue. Las recientes experiencias clínicas de algunos personajes públicos españoles han puesto sobre la mesa lo que podríamos llamar la positiva terapia del cáncer público: el testimonio de personalidades ayuda a normalizar una patología a la que los tratamientos médicos modernos están apartando de su estigma de inevitable mortalidad que obligan a tratarla con enrevesados eufemismos. Los testimonios de personas socialmente relevantes son gestos muy beneficiosos para los pacientes anónimos que sufren las mismas patologías. Cuando alguien conocido hace un anuncio de forma tan natural, hace mucho por la normalización social del cáncer. Demuestra que se puede hablar, comentar y pronunciar la palabra abiertamente, sin quitar importancia o agravar las cosas más de lo necesario. 

Por mi doble de condición de persona (semi)pública y de afectado por el cáncer, me ha interesado mucho la lectura del libro de David Owen En el poder y en la enfermedad (Siruela, 2010), en el que además de relatar las enfermedades de jefes de Estado y de Gobierno en los últimos cien años -un escenario fascinante de la lucha del ser humano contra el dolor y la enfermedad- estudia la influencia de las dolencias físicas y psíquicas en la toma de decisiones políticas algunas tan trascendentales como la invasión de otro país o el reparto de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Owen (Plymouth, 1938) sabe de lo que está hablando porque no en vano es neurólogo, miembro independiente de la Cámara de los Lores y fue dos veces ministro laborista en Gran Bretaña, con las carteras de Sanidad y de Asuntos Exteriores, ministerio este último que le permitió conocer de cerca a algunos de los personajes que ahora analiza en su extraordinario ensayo y anotar –por citar un solo ejemplo- si Leónidas Bréznev mostraba síntomas de cáncer de garganta al reunirse con él. 

El libro es un fascinante viaje por la salud personal, por algo que nos parece necesariamente íntimo pero que pasa a ser de interés público cuando atañe a los dirigentes de un país, porque su estado psicológico o el propio tratamiento farmacológico que los mantiene activos pueden acabar teniendo graves consecuencias públicas. Esa es la primera cuestión que Owen intenta responder: hasta qué punto determinadas dolencias pudieron inhabilitar al político en momentos graves. El texto, documentadísimo, nos muestra las profundas depresiones de De Gaulle (al que compara con Abraham Lincoln porque ambos tenían ideas suicidas), la paranoia de Stalin, el alcoholismo de Nixon y de Yeltsin, el trastorno bipolar de Theodore Roosevelt, de Lyndon Johnson, de Nikita Jruschov, de Mussolini (agravada por una dolorosa úlcera gastroduodenal que fue su mayor problema físico) y de Winston Churchill, un hombre de acusadas tendencias depresivas. 

La mayoría de las veces los dirigentes sobrellevaron diversos cánceres y otras enfermedades terribles en primera línea de visibilidad y actividad sin que nadie sospechara nada. Por ejemplo, el cáncer de próstata avanzado que le fue diagnosticado a François Miterrand nada más acceder a la jefatura del Estado en 1981, por lo que toda su carrera como presidente, hasta su muerte en 1996, la hizo enfermo y mintiendo. O el caso del cuatro veces elegido presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt, que tuvo polio a los 39 años y quedó paralítico, pero se resistía a mostrarse como un discapacitado. Intentó ocultar su minusvalía e incluso ideó un método para ponerse de pie y dar unos pocos pasos para hacer creer que podía caminar. De las 35.000 fotografías que se conservan en la Roosevelt Presidencial Library, sólo dos lo muestran en su silla de ruedas. Su muerte fue objeto de controversia. Algunos mantenían que falleció de cáncer de estómago; otros, a causa de un melanoma maligno. Para Owen, hoy no hay duda de que falleció a causa de un derrame o un accidente cardiovascular por insuficiencia cardíaca.

Para estos hombres la enfermedad era una obligada maniobra de ocultación porque una buena parte de ellos estaba afectada por el el «síndrome de Hubris», término derivado de la voz griega hybris. Según Esquilo, los dioses envidiaban el éxito de los humanos y mandaban la maldición de la hybris a quien estaba en la cima del poder, volviéndolo loco. La hybris es la soberbia absoluta, la desmesura, la pérdida del sentido de la realidad, el trastorno que sufren algunos personaje que llevan demasiado tiempo en el poder y que se caracteriza por una excesiva confianza en sí mismos, el desprecio hacia quienes le rodean, la demonización de las opiniones ajenas y un alejamiento progresivo de la realidad en la que viven. Owen ofrece varios ejemplos de hybris, aunque el más logrado es el retrato de dúo de chiflados que fueron Blair (que además ocultó una enfermedad cardiovascular durante su segundo mandato y que le obligó a renunciar a una tercera reelección) y Bush en la guerra de Irak. Owen desprecia a Aznar, porque para él es un músico irelevante en la interpretación bélica del dueto de majaras angloparlantes. 

Pero el caso más alucinante es el de John Kennedy, a quien le dijeron en 1947 que moriría antes de un año y tuvo que matarle un asesino en 1963. Una vez elegido presidente (1960), era un joven decidido y vigoroso con un aspecto estudiadamente deportivo y saludable, que ocultaba un cuerpo tan dañado que apenas le permitía mantenerse en pie. A sus 43 años parecía repleto de lo que los kennedianos llamaban vigah, término utilizado por Robert Dallek (John F. Kennedy: An Unfinished Life 1917-63; Allen Lane, 2003), que es una mezcla explosiva de vitalidad, encanto y sentido del humor. Enfrente, los líderes mundiales, desde Nikita Jruschov en la URSS, con 66 años, el papa Juan XXIII, con 79, De Gaulle, con 70, o el alemán Conrad Adenauer, con 84, eran líderes en el ocaso de sus carreras. A pesar de ello, todos gozaban de mejor salud que él. 

Si los americanos hubieran sabido que Kennedy padecía la enfermedad de Addison cuando concurrió a las presidenciales, no habría ganado a Nixon por el puñado de votos con el que venció. Pero ocultó la insuficiencia que afecta de manera total o parcial a las glándulas suprarrenales, por lo que dependía de una terapia sustitutiva de hormonas. Vivió atiborrado durante toda su vida de cortisona, lo que le hinchó el rostro y le provocó una osteoporosis que deshacía sus huesos y cartílagos. Tenía las vértebras aplastadas y sujetas con placas y tornillos, sufría inflamación crónica de intestino, colon irritable, dolores constantes de cabeza y de estómago, infecciones respiratorias y del tracto urinario, malaria crónica y unos padecimientos de espalda tan fuertes que hubo épocas en las que le inyectaban procaína en los nervios cuatro veces al día, un tratamiento dolorosísimo que le proporcionaba un alivio pasajero. Además, durante cierto tiempo estuvo enganchado a las anfetaminas, porque otra de las revelaciones que aporta este libro es la escasa deontología de buena parte de los médicos personales de los políticos, que se prestan a engañar a la ciudadanía drogando irresponsablemente a sus pacientes para que estos se mantengan en escena.

Aun así, cuanto más se sabe de los problemas de salud de Kennedy, más se admira su fortaleza física, sostiene Owen. Los datos van apareciendo poco a poco. Abriéndose camino entre el laberíntico secretismo que esparcieron él y tantos otros. Pero por debajo de todo esto, de las manipulaciones, las mentiras y los secretos, lo que emerge de este libro es un dibujo asombroso de la titánica lucha del ser humano contra el dolor y la enfermedad. Es un recuento de batallas inevitablemente perdidas, pero, aun así, alentadoras. 

Y es que todo parece indicar que, alentado por sus sueños, el ser humano es capaz de las más increíbles gestas de superación. Y mucho más ahora, cuando todo indica que lo que parecía un enemigo mortal e invencible, el cáncer, puede ser derrotado si a la medicina se le une la firme determinación por luchar por la vida persiguiendo un sueño, por sencillo que este sea.

domingo, 3 de abril de 2011

La otra cara de Galileo

La revolución astronómica que comenzó Nicolás Copérnico en 1543 es un relato bien trazado en el que destacan algunos hitos: apartando a la Tierra del centro del universo, Copérnico colocó al Sol como eje de las órbitas planetarias. El danés Tycho Brahe, sin que se hubiera inventado el telescopio, aportó unas observaciones tan precisas que hundieron en el descrédito a las cartas astronómicas que habían predominado hasta el siglo XVI. Kepler demostró elegantemente que las órbitas eran elipses. Galileo exploró el sistema solar y usó su elocuencia para defender la revolucionaria innovación copernicana. En los Principia, la maravillosa mente de Newton emparejó la nueva astronomía con la nueva física. Pero este prodigioso camino por el que transcurrieron la astronomía y la cosmología entre los siglos XVI y XVII fue una senda peligrosa a partir del juicio y la condena que la Iglesia hizo a Galileo en 1633.

Haciéndola coincidir con el cuarto centenario de la aparición de Sidereus nuncius (El mensajero sideral), un tratado corto escrito por Galileo, el primer texto científico basado en observaciones astronómicas realizadas con un telescopio, un libro que se considera el origen de la moderna astronomía y la causa del colapso de la teoría geocéntrica sostenida desde los tiempos de Aristóteles y Ptolomeo, John Heilbron, profesor emérito de Historia de la Ciencia en Berkeley, ha publicado la última biografía de Galileo Galilei (Galileo, Oxford University Press, 2010).

La primera biografía del astrónomo, filósofo, matemático y físico pisano fue publicada diez años después de su muerte por el poeta y político galés Thomas Salusbury como parte de una ambiciosa edición de sus obras completas. Para no ser menos, el último discípulo y amanuense de Galileo, Vincenzo Viviani, planeó la propia biografía de su maestro, una obra que nunca concluyó. Discípulo fiel, Viviani retrató a su maestro como un genio del Renacimiento a la manera del gran Miguel Ángel Buonarroti, fallecido el mismo año (1564) del nacimiento de Galileo. Para ensalzarlo, Viviani no dudó en escribir un relato muchas veces ficticio que ha sido el origen del imaginario que rodea al científico de Pisa: la dudosa afirmación de que descubrió el isocronismo del péndulo observando el balanceo de una lámpara en la catedral de Pisa o la leyenda de que dejó caer una bola de cañón y otra de madera desde la torre inclinada para demostrar a la ciencia oficial que dos objetos de pesos diferentes caen a la misma velocidad con independencia de su peso.

La de John Heilbron es la más reciente de una larga serie de biografías entre las que destacan la de Stillman Drake y la de Michele Camerota. Como hicieron ambos, Heilbron presenta los principales episodios de la vida de Galileo, desde sus primeros estudios en la Universidad de Pisa hasta sus últimos días bajo arresto domiciliario en una villa de las afueras de Florencia, casi ciego, con más de setenta años, y bajo la atenta mirada de la Inquisición romana, condenado por librepensador, un hecho que algunos revisionistas se niegan a admitir o intentan maquillar como hacen el miembro del Opus Dei Mariano Artigas y el historiador de la ciencia William R. Shea en un libro prescindible, El caso Galileo. Mito y realidad, publicado por la Fundación Universitaria de Navarra y la editorial Encuentro (2009).

La biografía de Heilbron posee algo que la mejor literatura de divulgación científica debería tener siempre: transparencia expositiva e imaginación literaria. Con originalidad, la biografía de Heilbron se aparta de sus antecesoras por enmarcar las innovadoras investigaciones de Galileo en el contexto más amplio del mundo social y cultural de principios de la Italia moderna. Heilbron detalla cuidadosamente los círculos literarios, los asuntos y las aficiones que ocuparon al maestro a lo largo de su vida, su preferencia por la poesía de Ludovico Ariosto frente a la de Torquato Tasso, una elección que va más allá del diletantismo, porque Galileo mantuvo un seminario poético en su casa florentina, donde desarrolló el característico estilo mordaz de algunas de su obras como Saggiatore (1623) y la prosa elegante del Sidereus nuncius. En lugar de tratar de encasillar a Galileo solamente como «el maestro del experimento, el geómetra elegante, o el asesino [científico] de Aristóteles», a través de sus textos literarios Heilbron sostiene que se puede reconocer otro Galileo: «un director de escena, un creador de ingeniosas fantasías, de caprichos matemáticos, de un poema épico, y de un conjunto de buenas historias.»

Veronica Franco por Tintoretto
Sin abandonar los cánones historiográficos más estrictos, los episodios en los que Heilbron deja volar su imaginación para reconstruir una historia imaginaria son originales y muy esclarecedores. Por mencionar algún ejemplo, en las biografías anteriores Marina Gamba es despachada como la amante de Galileo y la madre de sus tres hijos ilegítimos. Heilbron evita esos manidos retratos unidimensionales y se basa en los estudios históricos sobre la veneciana Verónica Franco -una de las cortesanas más célebres del Renacimiento italiano, la época más caliente, carnal y espléndida para esa profesión-, para elucubrar sobre las cualidades que Marina pudo poseer para lograr la atención del célebre Galileo. Heilbron cree que Marina pertenecía a la elite de las “oneste cortigiane” (cortesanas honestas), que procedía de una familia veneciana de “cittadini originari” (una especie de clase social entre la aristocracia y la plebe) y que poseía no solo las cualidades corporales imprescindibles para su profesión, sino también intelectuales. Verónica Franco fue una reconocida poetisa petrarquista, lo que da pie a Heilbron para imaginar que Marina ofreció a Galileo «no sólo la belleza física, sino también su talento musical y su refinado gusto por la buena poesía.»

Heilbron hace también una demostración de sus habilidades literarias cuando utiliza una técnica similar a la que utilizó Galileo en su famoso Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolemaico y copernicano (1632), probablemente uno de los mejores libros de divulgación científica de todos los tiempos. De hecho, fue precisamente por su éxito en divulgar el modelo heliocéntrico de Copérnico por lo que su autor recibió la condena de la Inquisición romana, que contribuyó más que su ciencia a que su nombre sea universalmente recordado. Escrito con fines divulgativos en italiano y no en el latín usual en la bibliografía académica de la época, Galileo utilizó en este ensayo tres personajes de ficción que dialogan sobre las dos visiones enfrentadas del universo: Salviati, defensor del sistema copernicano que representa la propia visión de Galileo; Simplicio, defensor del viejo sistema de Ptolomeo y Aristóteles, un personaje grotesco al que Galileo construye como un híbrido entre Ludovico delle Colombe y Cesare Cremonini, académicos rivales de Galileo; Sagredo, el tercer dialogante, es un neófito inteligente que representa la visión neutral de quien busca la verdad sin aferrarse a dogma alguno. 

Utilizando una trama similar, Heilbron reconstruye un encuentro imaginario en Padua entre Galileo, convencido ya del heliocentrismo descubierto por Copérnico, y Alexander, un alter ego ficticio del propio biógrafo, que hace de abogado del diablo defendiendo el punto de vista geocéntrico que Galileo había enseñado siendo profesor de matemáticas en la universidad de Pisa, a pesar de que por entonces ya estaba convencido de la exactitud del heliocentrismo copernicano. Con este diálogo, escrito con una gran belleza literaria, Heilbron logra explicar con claridad los detalles de una densa tradición historiográfica fundamental para los estudios de Galileo, a saber, cómo y cuándo Galileo descubrió los principios básicos de sus reglas de movimiento.

Siguiendo magistralmente la técnica literaria del biografiado, Heilbron fusiona ciencia y literatura para emprender un hermoso y animado viaje divulgativo que explica con claridad las complejas aportaciones científicas de Galileo, sus argumentos sobre los cuerpos flotantes, y su explicación de las trayectorias de las manchas solares. 

Las explicaciones de Heilbron son tan esclarecedoras como las que había utilizado en otros dos excelentes libros de divulgación científica todavía no traducidos al castellano: Geometry Civilized: History, Culture, and Technique (Oxford University Press, 1998) y The Sun in the Church: Cathedrals as Solar Observatories (Harvard University Press, 1999), cuya actualidad ha reivindicado recientemente David Wootton en el prólogo de su Galileo: Watcher of the Skies (Yale University Press, 2010), un libro que acabo de adquirir en Amazon y del que me ocuparé una vez lo haya concluido.