domingo, 3 de abril de 2011

La otra cara de Galileo

La revolución astronómica que comenzó Nicolás Copérnico en 1543 es un relato bien trazado en el que destacan algunos hitos: apartando a la Tierra del centro del universo, Copérnico colocó al Sol como eje de las órbitas planetarias. El danés Tycho Brahe, sin que se hubiera inventado el telescopio, aportó unas observaciones tan precisas que hundieron en el descrédito a las cartas astronómicas que habían predominado hasta el siglo XVI. Kepler demostró elegantemente que las órbitas eran elipses. Galileo exploró el sistema solar y usó su elocuencia para defender la revolucionaria innovación copernicana. En los Principia, la maravillosa mente de Newton emparejó la nueva astronomía con la nueva física. Pero este prodigioso camino por el que transcurrieron la astronomía y la cosmología entre los siglos XVI y XVII fue una senda peligrosa a partir del juicio y la condena que la Iglesia hizo a Galileo en 1633.

Haciéndola coincidir con el cuarto centenario de la aparición de Sidereus nuncius (El mensajero sideral), un tratado corto escrito por Galileo, el primer texto científico basado en observaciones astronómicas realizadas con un telescopio, un libro que se considera el origen de la moderna astronomía y la causa del colapso de la teoría geocéntrica sostenida desde los tiempos de Aristóteles y Ptolomeo, John Heilbron, profesor emérito de Historia de la Ciencia en Berkeley, ha publicado la última biografía de Galileo Galilei (Galileo, Oxford University Press, 2010).

La primera biografía del astrónomo, filósofo, matemático y físico pisano fue publicada diez años después de su muerte por el poeta y político galés Thomas Salusbury como parte de una ambiciosa edición de sus obras completas. Para no ser menos, el último discípulo y amanuense de Galileo, Vincenzo Viviani, planeó la propia biografía de su maestro, una obra que nunca concluyó. Discípulo fiel, Viviani retrató a su maestro como un genio del Renacimiento a la manera del gran Miguel Ángel Buonarroti, fallecido el mismo año (1564) del nacimiento de Galileo. Para ensalzarlo, Viviani no dudó en escribir un relato muchas veces ficticio que ha sido el origen del imaginario que rodea al científico de Pisa: la dudosa afirmación de que descubrió el isocronismo del péndulo observando el balanceo de una lámpara en la catedral de Pisa o la leyenda de que dejó caer una bola de cañón y otra de madera desde la torre inclinada para demostrar a la ciencia oficial que dos objetos de pesos diferentes caen a la misma velocidad con independencia de su peso.

La de John Heilbron es la más reciente de una larga serie de biografías entre las que destacan la de Stillman Drake y la de Michele Camerota. Como hicieron ambos, Heilbron presenta los principales episodios de la vida de Galileo, desde sus primeros estudios en la Universidad de Pisa hasta sus últimos días bajo arresto domiciliario en una villa de las afueras de Florencia, casi ciego, con más de setenta años, y bajo la atenta mirada de la Inquisición romana, condenado por librepensador, un hecho que algunos revisionistas se niegan a admitir o intentan maquillar como hacen el miembro del Opus Dei Mariano Artigas y el historiador de la ciencia William R. Shea en un libro prescindible, El caso Galileo. Mito y realidad, publicado por la Fundación Universitaria de Navarra y la editorial Encuentro (2009).

La biografía de Heilbron posee algo que la mejor literatura de divulgación científica debería tener siempre: transparencia expositiva e imaginación literaria. Con originalidad, la biografía de Heilbron se aparta de sus antecesoras por enmarcar las innovadoras investigaciones de Galileo en el contexto más amplio del mundo social y cultural de principios de la Italia moderna. Heilbron detalla cuidadosamente los círculos literarios, los asuntos y las aficiones que ocuparon al maestro a lo largo de su vida, su preferencia por la poesía de Ludovico Ariosto frente a la de Torquato Tasso, una elección que va más allá del diletantismo, porque Galileo mantuvo un seminario poético en su casa florentina, donde desarrolló el característico estilo mordaz de algunas de su obras como Saggiatore (1623) y la prosa elegante del Sidereus nuncius. En lugar de tratar de encasillar a Galileo solamente como «el maestro del experimento, el geómetra elegante, o el asesino [científico] de Aristóteles», a través de sus textos literarios Heilbron sostiene que se puede reconocer otro Galileo: «un director de escena, un creador de ingeniosas fantasías, de caprichos matemáticos, de un poema épico, y de un conjunto de buenas historias.»

Veronica Franco por Tintoretto
Sin abandonar los cánones historiográficos más estrictos, los episodios en los que Heilbron deja volar su imaginación para reconstruir una historia imaginaria son originales y muy esclarecedores. Por mencionar algún ejemplo, en las biografías anteriores Marina Gamba es despachada como la amante de Galileo y la madre de sus tres hijos ilegítimos. Heilbron evita esos manidos retratos unidimensionales y se basa en los estudios históricos sobre la veneciana Verónica Franco -una de las cortesanas más célebres del Renacimiento italiano, la época más caliente, carnal y espléndida para esa profesión-, para elucubrar sobre las cualidades que Marina pudo poseer para lograr la atención del célebre Galileo. Heilbron cree que Marina pertenecía a la elite de las “oneste cortigiane” (cortesanas honestas), que procedía de una familia veneciana de “cittadini originari” (una especie de clase social entre la aristocracia y la plebe) y que poseía no solo las cualidades corporales imprescindibles para su profesión, sino también intelectuales. Verónica Franco fue una reconocida poetisa petrarquista, lo que da pie a Heilbron para imaginar que Marina ofreció a Galileo «no sólo la belleza física, sino también su talento musical y su refinado gusto por la buena poesía.»

Heilbron hace también una demostración de sus habilidades literarias cuando utiliza una técnica similar a la que utilizó Galileo en su famoso Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolemaico y copernicano (1632), probablemente uno de los mejores libros de divulgación científica de todos los tiempos. De hecho, fue precisamente por su éxito en divulgar el modelo heliocéntrico de Copérnico por lo que su autor recibió la condena de la Inquisición romana, que contribuyó más que su ciencia a que su nombre sea universalmente recordado. Escrito con fines divulgativos en italiano y no en el latín usual en la bibliografía académica de la época, Galileo utilizó en este ensayo tres personajes de ficción que dialogan sobre las dos visiones enfrentadas del universo: Salviati, defensor del sistema copernicano que representa la propia visión de Galileo; Simplicio, defensor del viejo sistema de Ptolomeo y Aristóteles, un personaje grotesco al que Galileo construye como un híbrido entre Ludovico delle Colombe y Cesare Cremonini, académicos rivales de Galileo; Sagredo, el tercer dialogante, es un neófito inteligente que representa la visión neutral de quien busca la verdad sin aferrarse a dogma alguno. 

Utilizando una trama similar, Heilbron reconstruye un encuentro imaginario en Padua entre Galileo, convencido ya del heliocentrismo descubierto por Copérnico, y Alexander, un alter ego ficticio del propio biógrafo, que hace de abogado del diablo defendiendo el punto de vista geocéntrico que Galileo había enseñado siendo profesor de matemáticas en la universidad de Pisa, a pesar de que por entonces ya estaba convencido de la exactitud del heliocentrismo copernicano. Con este diálogo, escrito con una gran belleza literaria, Heilbron logra explicar con claridad los detalles de una densa tradición historiográfica fundamental para los estudios de Galileo, a saber, cómo y cuándo Galileo descubrió los principios básicos de sus reglas de movimiento.

Siguiendo magistralmente la técnica literaria del biografiado, Heilbron fusiona ciencia y literatura para emprender un hermoso y animado viaje divulgativo que explica con claridad las complejas aportaciones científicas de Galileo, sus argumentos sobre los cuerpos flotantes, y su explicación de las trayectorias de las manchas solares. 

Las explicaciones de Heilbron son tan esclarecedoras como las que había utilizado en otros dos excelentes libros de divulgación científica todavía no traducidos al castellano: Geometry Civilized: History, Culture, and Technique (Oxford University Press, 1998) y The Sun in the Church: Cathedrals as Solar Observatories (Harvard University Press, 1999), cuya actualidad ha reivindicado recientemente David Wootton en el prólogo de su Galileo: Watcher of the Skies (Yale University Press, 2010), un libro que acabo de adquirir en Amazon y del que me ocuparé una vez lo haya concluido.