Con casi setecientos mil kilómetros cuadrados y veinticinco millones de habitantes, Texas es el segundo estado más extenso y poblado de Estados Unidos. Si fuera una nación independiente, sería la decimoquinta economía del mundo. Y pensar que todo empezó con una siesta. En 1836, un dictador mexicano decidió dormir bajo unos álamos y, mientras roncaba, perdió medio país.
Cuando en 1821 México obtuvo su
independencia y heredó las antiguas provincias españolas, Texas era un
territorio casi vacío. Los comanches, dueños del norte, habían hecho imposible
cualquier colonización española estable. Para la nueva república mexicana, esa
inmensidad despoblada era tanto una promesa como un problema: nadie la
controlaba.
México, desgarrado por golpes,
asonadas y revoluciones de sobremesa, se mostró tan débil que permitió lo
impensable: la entrada libre de colonos estadounidenses. Muchos de ellos
llegaron invitados por el empresario Stephen F. Austin, quien prometía tierras
fértiles y clima benévolo a cambio de jurar fidelidad a México. En pocos años,
los anglosajones eran mayoría. En 1834 había veinte mil estadounidenses y
apenas unos cientos de mexicanos.
Washington observaba con
paciencia depredadora. Ya lo había hecho antes: Jefferson había comprado
Luisiana a Napoleón y John Quincy Adams había forzado la cesión de Florida. El
presidente Andrew Jackson quiso repetir la jugada y ofreció cinco millones de
dólares por Texas. México, orgulloso y arruinado, rechazó la oferta. Nadie
imaginaba que acabarían regalándola.
El gobierno mexicano trató de
frenar la avalancha dictando leyes que prohibían la inmigración de
estadounidenses, pero era tarde: los recién llegados ya se consideraban dueños
del lugar. Y entonces apareció Antonio López de Santa Anna, general de oportunismo
legendario, maestro del golpe de Estado y del uniforme dorado. Gobernó México
once veces y traicionó a todos: a los liberales, a los conservadores y a su
propia pierna (que perdió en combate y mandó enterrar con honores militares).
Los colonos texanos, protestantes
y esclavistas, querían paz, tierras y silencio. Cuando Santa Anna empezó a
imponerles leyes y a exigirles obediencia católica, el respetado Austin viajó a
la capital para negociar. El dictador lo encarceló ocho meses por insolente.
Cuando Austin fue liberado, ya no había espacio para el diálogo: el norte
ardía.
En Washington se frotaban las
manos. Llegaron aventureros, exmilitares y oportunistas dispuestos a «defender»
Texas. Se hacían llamar texanos aunque muchos no sabían dónde estaba el
territorio. Entre ellos viajaban Davy Crockett, un cazador convertido en mito,
y Sam Houston, un veterano carismático que había sido gobernador de Tennessee y
que veía en Texas la oportunidad de su vida.
El 2 de marzo de 1836, día de su
cumpleaños, Houston proclamó la independencia de Texas y dos días después fue
elegido comandante en jefe del ejército rebelde. Santa Anna, encantado de su
papel como salvador de la patria, marchó hacia el norte al frente de cuatro mil
hombres. Iba vestido como Napoleón, posaba para retratos heroicos y prometía
aplastar a los «bárbaros extranjeros».
El 23 de febrero comenzó el
asedio de El Álamo, una vieja misión de adobe convertida en fortín. Durante
doce días, menos de doscientos defensores resistieron el ataque hasta ser
aniquilados. Santa Anna entró triunfante, ordenó quemar los cuerpos y tocó la
marcha de degüello —el toque español que anuncia que no habrá cuartel—. Creyó
haber sofocado la rebelión.
No fue así. Pocos días después,
en Goliad, su general Urrea capturó a más de trescientos texanos. Aunque pidió
clemencia, Santa Anna ordenó ejecutarlos. Fue una matanza atroz. Pero mientras
él saboreaba la victoria, Houston reunía a los supervivientes y preparaba su
contraataque.
El 21 de abril de 1836, en las
orillas del río San Jacinto, ocurrió lo impensable. Santa Anna, agotado por las
marchas, decidió dormir la siesta. Literalmente. Ordenó detener al ejército
para descansar bajo unos álamos. Nadie montó guardia. Los soldados se tendieron
en la hierba, confiados en que el enemigo estaba lejos.
A menos de dos kilómetros,
Houston observaba. Al ver a los mexicanos dormidos, lanzó su ataque. Con apenas
setecientos cincuenta hombres, los texanos irrumpieron gritando «¡Recordad El
Álamo!» y «¡Recordad Goliad!». En veinte minutos la batalla había terminado:
cuatrocientos muertos, doscientos heridos, setecientos prisioneros y un general
capturado, medio desnudo, intentando huir entre los matorrales.
A cambio de salvar su vida, Santa
Anna firmó los Tratados de Velasco el 14 de mayo de 1836. En ellos prometía
cesar las hostilidades, retirar sus tropas al sur del río Bravo y reconocer la
independencia de Texas. Lo firmó sin pestañear: el mismo hombre que había
jurado defender la integridad del territorio mexicano entregaba una provincia
del tamaño de Francia a cambio de no ser fusilado.
Así nació la República de Texas,
un Estado independiente que duró casi una década. Tenía bandera, gobierno,
moneda y problemas financieros desde el primer día. Sam Houston fue su primer
presidente, aunque en realidad todo dependía de cuándo Washington decidiera
absorberla. La anexión era cuestión de tiempo.
Mientras tanto, Santa Anna volvía
a México con una mezcla de vergüenza y cinismo. En pocos años volvería al
poder, lo perdería, lo recuperaría, perdería una pierna, la enterrarían con
honores, y volvería a gobernar. México parecía incapaz de librarse de él, como
de una mala resaca.
El 29 de diciembre de 1845, Texas
se convirtió oficialmente en el vigésimo octavo Estado de la Unión. Para
Estados Unidos fue otra expansión gloriosa; para México, una amputación sin
anestesia. Houston fue elegido senador y su nombre quedó grabado para siempre
en mapas, ciudades y autopistas.
Texas creció y prosperó, mientras
México se desangraba en guerras civiles y extranjeras. Solo un detalle
simbólico quedó grabado en la memoria: que un general decidió dormir, y cuando
despertó, su país era más pequeño y su desvergüenza más grande.
Hoy, en los museos de Austin o
San Antonio, se exhiben los restos de El Álamo, el cuchillo de Bowie y las
cartas de Houston con un fervor casi religioso. En las gasolineras texanas se
venden camisetas con el lema «Come and take it», el desafío que los rebeldes
lanzaron a los soldados de Santa Anna. El orgullo texano se ha convertido en
una identidad: un Estado que siempre parece estar a punto de separarse otra
vez, aunque sea solo por costumbre.
La historia de Texas no se
entiende sin ese absurdo momento de somnolencia estratégica. El destino de un
territorio inmenso cambió porque un dictador decidió echar una cabezada. La
lección, si la hay, es que los países también pueden perderse por pereza.
Texas no se ganó a cañonazos,
sino a bostezos. Y en ningún lugar del mundo una siesta fue tan cara.








































