sábado, 10 de marzo de 2012

Dejémoslos en paz

DIARIO DE ALCALÁ me ha invitado a colaborar en el recuerdo del día en que Madrid se convirtió en capital del dolor. Desde que me llegó la invitación he dudado acerca de la oportunidad de escribir o no una colaboración. Después de haberlo pensado algunos días, finalmente me decido a hacerlo. 


Ya han pasado ocho años del terror que se vivió en las estaciones de Atocha, Santa Eugenia y El Pozo cuando la locura de unos radicales terroristas destrozó muchas vidas, muchas ilusiones, mucha inocencia de personas que no podían imaginar que les tocara sufrir un atentado de tan enormes dimensiones en su propia carne. Aquella mañana unos individuos habían repartido por diferentes vagones de tren unas mochilas cargadas de explosivos que detonarían cuando un móvil diera la señal. Todo estaba bien calculado para que afectara al mayor número de personas posible; no importaban la procedencia, la edad, el sexo, las ideologías..., sólo era trascendente el número. Cuerpos rotos, vidas rotas, familias rotas, sueños rotos. Adiós a miles de sonrisas, adiós hermanos nuestros.


Yo no estuve en Atocha ese día, ni en Santa Eugenia ni en El Pozo; tampoco iba en ninguno de aquellos trenes. Sólo fui una de esas personas que se quedaron estupefactas con las noticias que aparecieron en televisión en esos momentos en que apenas comenzábamos a ponernos en marcha para echar a andar la ciudad, cuando, con la inocencia de la cotidianidad todavía por despertar y con la primera taza de café entre las manos, nos disponíamos a ver en las noticias el resumen del partido de fútbol del día anterior entre el Real Madrid y el Bayern de Múnich. Apenas habían pasado las 7 y todavía veo a Figo y Raúl que corren a abrazar al autor del gol del triunfo local, Zidane. Luego, aquel día en el que la inminente primavera empezaba a despertar y a llenar todos los corazones, todo se precipitó.


La expresión de la pena es un reproche al olvido. Yo no perdí a nadie en aquellas estaciones ni en esos trenes, pero no olvido: casi a diario me cruzo con familiares de las víctimas. Tengo un buen amigo con el que pasé unas tardes eternas de marzo de 2004 en los pasillos del Gregorio Marañón mientras su hija, que aquel año terminaba su carrera, se recuperaba de unas heridas terribles. No éramos los únicos de aquella angustiosa espera. Los pasillos estaban llenos de gente sencilla que se preguntaba por qué la muerte les había tocado a ellos tan de cerca. 


El tiempo corre de forma distinta para quienes vivieron la tragedia en carne propia y para quienes, aunque conmocionados, la vimos por televisión. Para muchos de ellos el tiempo se detuvo en ese instante y cada día que pasa equivale a un mundo. Él, mi amigo, recuerda todo como un telegrama. Los trenes retorcidos. Los heridos desorientados. Las sirenas que silbaban en largos alaridos de catástrofe que se enredaban como volutas de negro humo y se respondían entre sí como en el ascenso de una fuga. 


Tras las búsquedas, los lloros, los duelos, el silencio. Silencio en los vagones, andenes y estaciones, silencio en los amaneceres y las noches. Silencio en el alma. El silencio de esos que sólo lloran en silencio. Luego, cada mes de marzo, vuelve a su memoria el recuerdo del horror. ¿Acaso se marchó alguna vez? Una vez más, regresan las imágenes, vuelven a hablarle de todo aquello, le muestran de nuevo el terror, le enseñan otra vez, con toda la crudeza posible, esa "realidad". Se han compuesto canciones, se han realizado documentales y programas, se han inundado de fotografías periódicos y revistas. Y cada vez que se hace se asesta una nueva puñalada en el corazón de quienes desean recordar en silencio.


Los verdaderos protagonistas de aquella macabra jornada pasaron de ser invisibles a convertirse en iconos. Las víctimas fueron revestidas de autoridad moral en la vida política. Al hacerse tan visibles se convirtieron en material político e informativo. Con ello apareció una nueva tribu urbana de exhibicionistas deseosos de protagonismo mediático que se han hecho profesionales del victimismo, a pesar de que ellos mismos no sean víctimas. Me paraliza el alma contemplar como esa caterva se manifiesta en “nombre de las víctimas”, a las que politizan sin el menor rubor. Para las verdaderas víctimas con las que hablo, con la hija de mi amigo, con un coronel que quedó sordo para siempre, con una amiga que trabaja en telefónica y que desde entonces la metralla le impide usar biquini (¡qué pequeña parece esa desdicha!), ellas y sus familiares –que nunca han participado en una manifestación, que nunca han hecho una declaración, que son de izquierdas o de derechas- la llegada del mes de marzo significa la llegada del recuerdo amargo, que prefieren que sea íntimo y silencioso. Piden algo muy simple: que los muertos descansen en paz y que a ellos los dejen en paz con sus recuerdos. 


¿Realmente es preciso que los vuelvan a torturar con lo mismo una y otra vez? ¿Alguien ha pensado en que ellos, que son mayoría y que quieren ser supervivientes y no víctimas, prefieren vivir en silencio el doloroso recuerdo de aquellos días? ¿Alguien ha pensado en los cientos de víctimas que tendrán que revivirlo de forma lacerante, cómo si no lo vivieran día tras día desde hace ochos años? ¿Alguien ha pensado en comprender que sienten un dolor que aún no ha acabado? Yo no lo creo necesario, por eso escribo esto, con la vana esperanza de que alguien entienda lo que digo. 


Todos nosotros hemos cambiado, el 11-M nos ha cambiado. La memoria de la mayoría de los hombres es un cementerio abandonado donde yacen muchas vidas honorables, decía Adriano en el libro de Marguerite Yourcenar. Pero recordar es un acto de respeto, de justicia y de dignidad que puede hacerse en el ámbito de lo privado. Rememorar no debe suponer reabrir heridas. Por eso, esta es la primera y última vez que participo en el recuerdo público. El íntimo no puede hurtármelo nadie.