jueves, 1 de septiembre de 2016

Castores en el desierto

Foto 1 White River Badlands
Verano de 2011. Conduzco a través de Nebraska en dirección oeste, hacia Wyoming. Atravieso las White River Badlands (Malas tierras del río Blanco), por los antiguos cazaderos de los sioux, un mosaico de pastizales resecos salpicados de arbustos y de arroyuelos que fluyen lentamente dejando al descubierto capas coloreadas de rocas sedimentarias. Calor abrasador. Atmósfera cargada de humedad. Soledad absoluta. Aquí y allá aparecen entre los matorrales de Artemisia algunas pequeñas manadas de antílopes americanos (Antilocapra americana). Durante millones de años, hasta la llegada de la última glaciación hace unos 10.000 años, estos desolados yermos bullían de vida salvaje.

Los White River Badlands han sido un lugar de enorme interés para los paleontólogos desde mediados del siglo XIX. Durante estas primeras exploraciones, los científicos comenzaron a encontrar muchos restos fosilizados de grandes mamíferos. Los primeros descubrimientos atrajeron muy pronto a paleontólogos prominentes, como los famosos cazadores de fósiles Joseph Leidy y Othniel Marsh, que llevaron a cabo estudios más detallados todavía en los albores de la Paleontología americana. Pronto se hizo evidente que esta zona representa un área única de gran valor científico y muchos museos y universidades se lanzaron a explorar sus estratos, en una incesante búsqueda de fósiles. En 1920, el profesor Cleophas O'Harra de la Escuela de Minas de Dakota del Sur publicó un libro sobre el territorio con el único objetivo de dar a conocer el interés científico del mismo. Por desgracia, y aunque parezca increíble, en la actualidad existen pocas referencias útiles más allá de este libro, que ahora camina hacia su primer centenario. Para hacerse una cumplida idea de la riqueza fosilífera y examinar con detalles muchos de los ejemplares, los interesados pueden visitar la web de este museo virtual.

Si a mí, cómodamente instalado en un automóvil y en compañía de otros científicos, las condiciones me parecen duras, puedo imaginar el coraje de los hombres que pasaban aquí los veranos excavando en los lechos pedregosos y polvorientos de los aluviones del White. Uno de los pioneros era el paleontólogo Erwin Barbour.

Foto 2. Erwin Barbour, posando junto a lo que
pensó que era una esponja gigantesca
En 1891, Barbour, jefe del Departamento de Geología de la Universidad de Nebraska; estaba allí, en los confines noroccidentales de Nebraska, para inspeccionar un fósil que había dejado estupefacto a un ranchero local. Cuando el ranchero lo llevó hasta el fósil, ya fueron dos los estupefactos. El fósil parecía un tirabuzón pétreo de dos metros de altura que sobresalía como una espiral erguida en el paisaje. 

¿Qué era aquello? Barbour no había visto nada igual en su vida. Tras darle muchas vueltas (nunca mejor dicho), decidió que eran probablemente los restos de una esponja de agua dulce extinguida, a la que llamó Daemonelix, lo que significa literalmente "tirabuzones del demonio". «Sus formas son magníficas; su simetría perfecta; su organización más allá de mi comprensión», escribió en un artículo de 1892 en el que dio a conocer su enigmático descubrimiento.

Un par de años más tarde se vio obligado a reconsiderar su conclusión. El hallazgo de otros fósiles en el mismo sitio no encajaban con la idea de que allí hubo alguna vez un lago con la entidad suficiente como para albergar esponjas de ese tamaño. Barbour decidió que Daemonelix era realmente parte del sistema  radicular de un árbol gigantesco. Volvió a equivocarse.

Foto 3
Afortunadamente, sus contemporáneos tenían otras ideas. Un año después, el legendario cazador de fósiles Edward Drinker Cope rechazó la interpretación de Barbour y escribió que «la explicación más probable de estos objetos apunta a que son los moldes de las madrigueras de un gran roedor». Ese mismo año, el paleontólogo austríaco Theodor Fuchs llegó a la misma conclusión. Trabajando cada uno por su lado, ambos se dieron cuenta de que dentro de un lecho horizontal conservado en la base de los fósiles helicoidales (Foto 3) yacían los antiguos huesos de un roedor (Foto 4). Los tirabuzones del diablo no eran los restos de un organismo extinguido. Eran antiguas madrigueras que se habían rellenado con arena y limo.
Un par de años más tarde Barbour se vio obligado a reconsiderar su conclusión. El hallazgo de otros fósiles en el mismo sitio no encajaba con la idea de que allí hubo alguna vez un lago con la profundidad suficiente como para albergar esponjas de ese tamaño. Decidió que Daemonelix era realmente parte del sistema radicular de un árbol gigantesco. Volvió a equivocarse.

En 1906, otro paleontólogo estadounidense, Olaf Peterson, recolectó muestras de los tirabuzones del diablo para el museo Carnegie de Pittsburgh. Observó que con frecuencia contenían esqueletos de Palaeocastor, un antiguo castor que era un poco más grande que los actuales perritos de las praderas de cola negra (Cynomys ludovicianus). Esos castores vivían hace 22 millones de años en la parte inferior de unas profundas madrigueras angostas y verticales a través de las cuales salían para alimentarse en las exuberantes estepas de Norteamérica Palaeocastor, que literalmente significa "castor prehistórico", no era la única especie de castor prehistórico.
Foto 4. Esqueleto fosilizado de Palaeocastor.
La foto es una ampliación
del lecho situado a la izquierda de la Foto 3.
En aquellos tiempos el árbol genealógico de los castores se había ramificado mucho. Han existido docenas de especies de castor de todo tipo de formas y tamaños, desde excavadores ciegos a gigantes de la Edad de Hielo. Actualmente, el árbol ha sido podado y despojado de la mayor parte de sus ramas. Sólo sobreviven dos especies de castor. ¿Cómo fue el auge de los castores y cuáles fueron las causas que precipitaron su espectacular declive?

Provistos de incisivos que se renuevan durante toda su vida, los castores son parte de una radiación temprana de roedores que surgió hace entre 35 y 40 millones de años. En ese momento, el clima cálido y húmedo como el de un invernadero del Eoceno empezaba a enfriarse.

Los densos bosques que cubrían hasta el Ártico retrocedían hacia el sur y el espeso dosel daba paso a una alfombra de hierba. Los roedores, animales adaptados a las praderas altas, sacaron partido el cambio y ocuparon casi todos los nichos ecológicos disponibles. Pequeños y ágiles, corrían, trepaban, y prosperaban con nuevos hábitos de vida en los nuevos espacios que el frío estaba creando. en nuevos estilos de vida.

Foto 5. Fondo de una madriguera de Palaeocastor
Pero para los castores pintaban bastos. Desde su origen eran más grandes que el resto de los roedores y eso tenía un coste. En general, los roedores están hechos para servir de presa a otros animales. El mayor tamaño de los castores significa que los castores antiguos fueron blancos particularmente tentadores para los depredadores de antaño.

Para evitar formar parte del menú, se escondieron. Poco después de su aparición en América del Norte, el árbol genealógico de los castores se bifurcó. Una rama se adaptó al agua y la otra pasó a la clandestinidad subterránea. Hoy, acostumbrados a relacionar a estos animales con ambientes forestales, parece paradójico, pero al principio de su evolución los castores se beneficiaron de la falta de árboles.  Fueron algunos de los animales que sacaron ventaja de los hábitats abiertos. Puede decirse literalmente que se zambulleron directamente en ellos.

Además de los fósiles de Palaeocastor descubiertos en Nebraska, había por lo menos quince especies de castores que excavaban sus madrigueras en el blando suelo arenoso de América del Norte hace entre 20 y 32 millones de años. En el yacimiento de la formación Harrison en Dakota del Sur, hubo al menos ocho especies que llevaron vidas similares en el mismo lugar y al mismo tiempo. Por entonces, los castores eran algunos de los animales más abundantes en prácticamente todos los lugares en los que vivían en América del Norte. Su abundancia puede compararse con las actuales colonias de perritos de las praderas tan comunes hoy en día en Norteamérica.

Su ubicuidad incluso podría explicar por qué algunos castores excavaron esas madrigueras verticales en forma tirabuzón. Los castores hicieron lo que hacemos hoy día cuando poblamos las ciudades. No crecemos horizontalmente sino hacia el cielo. Somos tantos que los barrios de nuestras ciudades se cubren de torres verticales. Los castores hicieron algo similar. Tan grandes llegaron a ser sus poblaciones que construyeron profundas madrigueras angostas y verticales que ocupaban poca superficie y permitían el establecimiento de colonias de centenares de individuos. Como nuestros bloques de pisos, las madrigueras fueron una adaptación a la vida urbana. No había ascensores, pero los castores aguzaron el ingenio e inventaron la escalera de caracol.

Gracias a las características marcas que dejaron en el interior de sus madrigueras helicoidales, unas amplias ranuras planas separadas por crestas situadas justamente donde se juntan los incisivos, se ha comprobado que, a diferencia de otros animales que las excavan con las garras, aquellos castores primitivos excavaban con los dientes. A la hora de dirigir las madrigueras, los castores eran eclécticos: las espirales de la mitad de las madrigueras examinadas, unas 500, giran en el sentido de la agujas del reloj, la otra mitad en sentido opuesto.

Foto 6. Fósil de Euhapsis barbouri
Mientras Palaeocastor cavaba con sus dientes, otras especies utilizaban sus fuertes patas delanteras y sus cabezas como palas. Un grupo, conocido como Euhapsis, se adaptó tan bien a la vida subterránea que puede que se volviera ciego. Sus cráneos muestran todos los signos de la ceguera. Presentan un canal óptico reducido y una anatomía que recuerda mucho a la de unos animales de vida subterránea típicamente ciegos como las ratas-topo. A diferencia de los castores que dejaban la seguridad de sus madrigueras para alimentarse en los peligrosos espacios abiertos de las praderas, Euhapsis se habría alimentado de raíces y tubérculos con bulbo subterráneo, de modo que aquellos animales jamás sintieron el Sol sobre sus cabezas. Tanto vivos como muertos permanecían a oscuras.

La especialización puede haber sido la razón del declive de los castores de madriguera. Especializarse demasiado explotando un determinado medio tiende a hacer que las estirpes que lo hacen tengan una corta "vida útil", ya que un cambio repentino del medio ambiente puede eliminar las condiciones a que se ha ajustado el especialista.

A medida que el clima se enfrió aún más, y se intensificó la competencia con otros animales de madriguera, como los topos y los perritos de las praderas, Palaeocastor y sus parientes se extinguieron. El último de los castores de madriguera, excavó metafóricamente la que sería su tumba hace 20 millones de años.

Foto 7. Fósil de Eucastor tortus
Pero conforme disminuían las poblaciones de sus parientes de las madrigueras, los castores semiacuáticos experimentaban su propio auge. Como sus hábitats los protegían de las más adversas condiciones meteorológicas reinantes en tierra firme, los castores acuáticos se propagaron a través de América del Norte, Europa y Asia continental. A menudo viajaron de uno a otro continente aprovechando el congelado estrecho de Bering entre Canadá y Rusia.

Uno de las especies más viajeras fue Steneofiber, una versión más pequeña de los castores de hoy en día que era capaz de nadar y lo hizo a través de los tres continentes septentrionales, impulsándose con sus largas patas y pies palmeados. Como las dos especies actuales de castor, Steneofiber tenía garras afilada en sus patas traseras. Probablemente como hacen sus descendientes, las usaban para el aseo de su denso pelaje denso y para untarse el castóreo, el aceite impermeable que el castor secreta a partir de dos glándulas situadas junto a sus genitales.

En 1995, los paleontólogos descubrieron un grupo apiñado de diez esqueletos fósiles de Steneofiber. Dos de ellos eran mucho más grandes que el resto, tres presentaban sus primeros dientes de adulto, y los otros cinco eran todos muy pequeños. Era una familia fosilizada con ejemplares de diferentes edades.


Foto 7. Reconstrucción de Castoroides.
Hace 24 millones de años, cuando castores de las madrigueras estaban disminuyendo, los padres Steneofiber protegían vigorosamente en camadas, para asegurarse de que tuvieran las mejores oportunidades de supervivencia. Eso equivale a la evolución de la calidad sobre la cantidad, y trajo consigo que los castores semiacuáticos se separaron de las normas de comportamiento de otros roedores. Los roedores normalmente se reproducen como conejos, es decir producen camada tras camada con la esperanza de que unos pocos sobrevivan por pura casualidad. Steneofiber no lo hizo. Como la temperatura seguía bajando, en lugar de adoptar esa estrategia, las familias mantenían acurrucados a los individuos de diferentes edades para darse calor.

Es probable excavaran las madrigueras familiares a orillas de los ríos acumulando ramas a su alrededor para defenderse de las aguas torrenciales. Pero no es posible saber cuándo comenzaron a construir las primeras presas porque los componentes de estas –ramas, barro y musgos- fosilizan mal. La presa fosilizada más antigua está datada en tres millones de años y procede de la turberas de Beaver Pond en la isla on Ellesmere, Canada. Los hatos de ramas y leños entrelazados muestran las marcas dentales de un castor semiacuático del género Dipoides.

Dipoides no era el único castor ingeniero capaz de construir diques y presas que alteraban el ecosistema. Hace 10 millones de años, los castores modernos del género Castor habían evolucionado y se extendían desde su centro de origen en Asia oriental. Construyendo sus madrigueras y despensas por debajo del agua gracias a las presas que construían, los castores se refugiaban de los cada vez más duros, largos y fríos inviernos.

El Pleistoceno -el período de la historia de la Tierra que comenzó hace unos dos millones de año- presenta dos características principales. En primer lugar, fue tan frío que el hielo se extendió en varias ocasiones lejos de los polos hasta cubrir gran parte de América del Norte, Europa y Asia. En segundo lugar, los mamíferos crecieron a tamaños gigantescos. Algunos eran los mamuts. Estos parientes lanudos de los elefantes vagaban por América del Norte y Eurasia junto con los osos de las cavernas, perezosos gigantes y tigres de dientes de sable. Cuando desaparecieron, dejaron unos nichos ecológicos que ningún otro animal ha podido llenar.

Los castores tampoco eran mancos. Con sus más de 200 kilos de peso y una longitud de hocico a cola de unos tres metros, el castor gigante Castoroides tenía aproximadamente el mismo tamaño que un oso negro. Pero el tamaño no era su única característica. En comparación con los castores modernos del género Castor, la cola del castor gigante se parecía menos a un remo y sus patas y pies posteriores eran mucho más grandes en relación a su tamaño total. Era un gran castor que podía marchar caminando. En tierra debía ser bastante torpe, pero en el agua debió ser un nadador increíble, un animal cuyos movimientos recuerdan a los de una foca o un león marino.

¿Podía el castor gigante cortar árboles gigantes, construir presas enormes que acumularan cantidades ingentes de agua para alimentarse y protegerse? Eso es lo que sugiere un gran hato de leños fosilizados de Canadá, cada uno de los cuales muestra las marcas de unos incisivos del tamaño de un plátano que pertenecieron a un Castoroides. El problema es que la disposición de ese hato no parece guardar relación con ninguna presa, así que es muy posible que solamente los castores modernos del género Castor hayan sido los primeros grandes constructores de obras hidráulicas.

El castor gigante, como otros animales gigantes pleistocénicos, desapareció al final del período glacial más reciente, hace 10.000 años. ¿Cambió el clima del mundo demasiado rápido? ¿Serían los seres humanos, que llegaron a América del Norte unos pocos miles de años antes, los que acabaron con ese extraño animal? Ambas cosas son posibles, pero hay una explicación alternativa.

Castoroides fue sólo uno de los muchos tipos de castores que se extinguieron en los últimos diez millones de años. Otros géneros fueron Dipoides, Steneofiber y otro castor gigante de Europa perteneciente al género Trogontherium. Es posible que fuera la competencia de los castores que sobreviven hoy en día -las muy eficaces especies del género Castor- las que provocaron el declive final de sus antecesores.

Esa es una historia que nos suena extrañamente familiar. En otros tiempos, el árbol genealógico humano era vigoroso y saludable, con muchas especies repartidas por toda Europa, Asia y África, incluyendo neandertales, cromañones y los misteriosos Denisovanos. Hoy en día sólo nuestra especie, el Homo sapiens, sobrevive. Quizás la historia de los castores, de los que solamente sobreviven dos especies del mismo género, una europea y otra americana, tuviera un relato similar.