domingo, 28 de mayo de 2017

A vuelta con los conejos o el eterno retorno de la locura

Un ualabí (Macropus rufogriseus) junto a dos conejos europeos (Oryctolagus cuniculus)

No sé por qué
me siento tan incapaz de hablar.
No sé por qué
me siento tan desollado vivo.
Mis pensamientos están mal orientados
y son un poco ingenuos.
Tiemblo y babeo
como si tuviera mixomatosis.
Thom Yorke, Myxomatosis. Del álbum Hail to the Thief (2003).

De la prensa (25/5/17): «Australia libera un virus letal para arrasar sus poblaciones de conejos. Las autoridades australianas han liberado por todo su territorio una cepa mortífera de un virus para arrasar sus poblaciones salvajes de conejos. El patógeno, causante de la enfermedad hemorrágica, es tan letal como el ébola y tan contagioso como la gripe. En solo un par de meses, el virus ha eliminado el 42% de los ejemplares silvestres, según las cifras preliminares del Gobierno de Nueva Gales del Sur, el estado más poblado de Australia.»

Década de 1950. Una plaga de dimensiones bíblicas aniquila millones de conejos en los campos europeos. Inglaterra no escapa a la infección. Impresionado por la muerte larga y horrible que siembra la campiña inglesa de cadáveres, el gran poeta Philip Larkin escribió su célebre poema Myxomatosis[1], cuyo texto en inglés pueden leer aquí; Años después, en 2002, el poema inspiraría a Thom Yorke, el líder del grupo de rock alternativo Radiohead, una canción cuyo texto original y su traducción al castellano pueden leer aquí.

El trampero, 1907.
La historia comienza en 1859, cuando un acaudalado colono inglés, Thomas Austin, decidió convertir parte de su finca cercana a Melbourne en un rentable coto de caza. Para conseguirlo, introdujo veinticuatro conejos europeos (Oryctolagus cuniculus). No calculó bien, aunque –todo hay que decirlo- si Austin quería conejos tuvo conejos, demasiados conejos. Los recién llegados lagomorfos, sin apenas depredadores y con toda la hierba del mundo para comer, se sintieron como un grupo de hooligans ingleses en Pollensa: se convirtieron en una peste. Austin no calculó bien la capacidad reproductiva de sus inquilinos. La reproducción de los conejos es un caso típico de crecimiento exponencial, cuya incomprensión –como dejé escrito en un artículo anterior- es una de las causas fundamentales de la insostenibilidad de nuestro modelo socioeconómico y demográfico. Les remito a ese artículo para que profundicen en ello. Me limitaré ahora a recomendarles este sencillo vídeo que lo explica con claridad.

Gracias al crecimiento exponencial, los veinticuatro conejos de Austin se habían convertido entre 1859 y 1887 en unos veinte millones, sin tener en cuenta los que habían sido cazados. Un hábitat favorable, la abundancia de alimentos, la falta de un enemigo natural y la gran velocidad con la que se reproducen causaron la difusión más rápida de un mamífero jamás observada en el mundo. A principios del siglo XX la plaga era de tal magnitud que en amplias zonas del país la vegetación herbácea había sido arrasada y numerosas especies de herbívoros nativos estaban en grave peligro de extinción por falta de alimento.

Las autoridades australianas adoptaron diferentes medidas: se incentivó la caza, se repartieron miles de trampas y veneno, se construyeron cercas especiales para conejos; en 1900 decidieron levantar una valla de 1.700 kilómetros para impedir el paso de los conejos a la parte occidental de la isla. No funcionó. Sobre la tumba de Austin no crecían las flores: se las comían los descendientes de sus orejudos invitados. Aunque se eliminaron millones de conejos, la plaga persistió.

Conejos bebiendo en un pozo de agua.
Wardang Island, Australia del Sur, 1938. Fuente.
En la década de 1920, la población de conejos alcanzó un pico de 10.000 millones de individuos, una verdadera peste que empujó a las autoridades australianas a organizar iniciativas de todo tipo para luchar contra la plaga bíblica. Empezaron con importar a sus enemigos naturales: los zorros. Estos, sin embargo, descubrieron que cazar a los lentos marsupiales nativos, como los ualabíes, era mucho más cómodo y dejaron en paz a los rápidos conejos. Al igual que los gatos antes que ellos, los zorros también se reprodujeron de forma espectacular, cazando también a muchas especies de aves. La disminución progresiva de las aves hizo aumentar el número de insectos dañinos para los árboles y los eucaliptos. Los australianos entonces decidieron salvar a los eucaliptos disparando a los koalas, responsables, en su opinión, de la desaparición gradual de los bosques. Se arrepintieron a tiempo, justo antes de exterminarlos a todos. En esos momentos dirigieron la mirada hacia los conejos suramericanos.

Sylvilagus es un género que incluye trece especies distribuidas por amplias zonas de Norte y Sudamérica, conocidas comúnmente como conejos de cola de algodón por la cola de denso pelo blanco que algunas especies levantan cuando corren o caminan. La especie más conocida y abundante es el conejo de Virginia (Sylvilagus floridanus), distribuido desde el sur de Canadá al norte de Colombia y Venezuela e introducido en algunas zonas de Europa con fines cinegéticos, aunque de forma tan escasa que no ha formado poblaciones estables con la excepción de Italia donde se ha establecido y sus poblaciones están en crecimiento.

Vayamos ahora hasta el Montevideo de 1896. Por encargo del Gobierno uruguayo, el prestigioso bacteriólogo italiano Giuseppe Sanarelli había creado un instituto de higiene experimental en la Universidad de Montevideo. Allí Sanarelli descubrió un virus que mataba conejos, pero sólo los conejos europeos (Oryctolagus cuniculus), pero que dejaba como si tal cosa a los sudamericanos del género Sylvilagus. S. floridanus era el portador original del virus de la mixomatosis, al cual es inmune.

Sylvilagus floridanus. Fuente
Como algunas noticias vuelan, por más que por aquellas fechas nada se sabía de los hermanos Wright, el dato del virus de los conejos viajó hacia el norte y llegó a Brasil. Allí, Henrique de Beaurepaire Aragão, uno de los pioneros de la medicina tropical, juntó esa información con otra que conocía muy bien: la de la existencia de una plaga en Australia de conejos quienes, ya saben, se reproducían como conejos y habían convertido los campos australianos en una especie de Armaggedon ecológico.

En 1919, Aragão llamó a Australia y pasó el dato. En 1951 se aisló el virus y el veterinario y virólogo Frank Fenner tuvo la brillante idea de usarlo para terminar con la plaga de conejos cimarrones procedentes de Europa que estaban tan cómodamente instalados en las Antípodas. Los conejos europeos, extraordinariamente vulnerables, se redujeron allí a razón de miles de ejemplares muertos cada año. La población se redujo drásticamente: de 600 millones a 100 millones en dos años. Pero ojo, 100 millones de conejos son muchos conejos y más si algunos estaban inmunizándose al virus que resultaba letal para la mayoría de ellos.

Mientras tanto, en su tierra natal a los conejos europeos les iba fenomenal. Durante décadas científicos de Gran Bretaña, Alemania y Francia buscaron un remedio contra la plaga en que se habían convertido los conejos como consecuencia de haber diezmado o extinguido sus depredadores naturales y de haber promovido la cunicultura como una fuente importante de carne y pelo. El médico y bacteriólogo francés Paul Felix Armand-Delille creyó encontrar la solución. Dos años después del holocausto australiano, Armand-Delille, ya jubilado, quiso hacer una prueba en su hacienda de Eure-et-Loir. Con cierto candor y poniéndose la venda antes de la herida, decidió inocular sólo a una pareja de conejos. Nunca debió hacerlo.

El efecto sobre la población de conejos franceses fue fulminante. Un año después, la mitad de los conejos de Francia había pasado a mejor vida, para su sorpresa, para contento de los granjeros, y para la furia de los cazadores. En la temporada de caza previa a la liberación del virus, 1952-53, el número total de conejos cazados en veinticinco cotos superó los 55 millones. Durante la temporada 56-57, en esos mismos cotos, los cazadores solamente abatieron 1,3 millones: una reducción del 98%. Mientras tanto, el resto de Europa estaba infectada, Inglaterra incluida. Era el año 1954, y el espantado Philip Larkin pudo escribir Myxomatosis.

Superado el primer holocausto, los conejos australianos y los europeos habían ido inmunizándose frente a la cepa del virus original. Ahora vuelve la locura: las autoridades australianas han propagado, en unos 600 lugares, la nueva cepa K5 del conocido virus de la enfermedad hemorrágica del conejo. La cepa, denominada científicamente RHDV1 K5, se ha aislado en Corea del Sur y solo afecta a los conejos silvestres. Volverán a fracasar, porque la naturaleza es impredecible e intentar controlarla es pura utopía. En un ecosistema inalterado, los organismos tienen mecanismos internos que limitan su población. Sin embargo, cuando se escapan de esos mecanismos y están lejos de su hábitat, criaturas aparentemente inofensivas pueden reproducirse tan rápidamente como para causar una verdadera devastación.

«Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados», escribió Albert Einstein. Pues eso: el eterno retorno de lo mismo. ©Manuel Peinado Lorca




[1] Atrapado en el centro de un campo sin sonido / mientras pasan las inexplicables horas abrasadoras / ¿Qué trampa es esta? ¿Dónde estaban ocultos sus dientes? / parece que estás preguntándote. / Yo contesto agudamente, / y limpio la estaca. Me alegro por no poder explicar / exactamente bajo qué fauces ibas a supurar: / puede que hayas pensado que las cosas iban a volver a estar bien / si sólo te hubieras quedado bien quietito a esperar.