sábado, 7 de julio de 2018

Crónicas de la América profunda: Rey Neptuno, el cerdo recaudador

Cada guerra tiene sus héroes, pero algunos son más desconocidos que otros. Los hay, incluso, que se convierten en reyes.

Cuando conduzco sin necesidad de llegar a una hora determinada a algún sitio concreto, me gusta pararme donde me da la gana. Conozco gente que está tan inmersa en su navegador que no ve nunca el territorio por el que pasa, y otros que, después de haberse trazado una ruta, se aferran a ella como si estuvieran encajados con ruedas de pestaña en unos raíles. Así que cuando conduzco entre Nashville y Kansas City, cruzo el Ohio y me detengo en el área de descanso que rodea el centro de visitantes del Camino de las Lágrimas, cerca de Anna, Illinois. Después de un tórrido verano continental, las hojas de los arces, las pacanas y los tulíperos, una maraña tupida y agobiante en aquella área de descanso, colgaban inertes esperando que la primera helada les diese un golpe de color y la segunda las arrancase de las ramas poniendo fin a su temporada anual.

En el aparcamiento del centro de visitantes hay una lápida en memoria de un tal King Neptune, un cerdo mascota de la Marina. El locuaz encargado, encantado de darme a conocer la mayor atracción de ese poblachón perdido entre campos de soja y maíz, me da las instrucciones para llegar a la tumba original en el que fue enterrado el cochino patriota. Si tiene ocasión de conducir por allí, haga lo que hice yo siguiendo las instrucciones del encargado: hay que desviarse más o menos un kilómetro por la carretera local 146 tomándola desde su intersección con la interestatal I-57: luego mire a su derecha, hacia un estacionamiento de camiones. Verá una vieja lápida de piedra que cubría la tumba de un cerdo de 350 kilos.

Corría el año 1943 y la carne de cerdo, como muchas otras cosas, estaba racionada. En Anna residía Don C. Lingle, un hombre que se había alistado en la Marina con objeto de ver mundo, pero que fue destinado como reclutador en Marion, Illinois. Un amigo de Lingle, un tal Boner, granjero de la vecina West Frankfort, le dijo que en cuanto tuviera ocasión le regalaría carne de cerdo. Lingle esperaba chuletas. Lo que recibió fue un cochinillo gritón que era el benjamín de una excelente camada de doce sonrosados cerditos Hereford. Lingle llamó al cerdo Rey Neptuno, un nombre apropiado para un cerdo que iba a servir en la Armada, porque el reclutador tuvo la idea de subastar el cerdo para ayudar a construir un destructor, el USS Illinois, que por entonces era poco más que un armazón de acero en los astilleros militares de Filadelfia.

Poco después de que se hiciera con Rey Neptuno, Lingle se puso en contacto con L. Oard Sitter, un subastador de Anna, para que vendiera el animal. En esos días estaba programada una subasta para recaudar bonos de guerra en Marion. Lingle se presentó allí con el cerdo cubierto con una manta azul de la Marina y lo puso como un objeto más de la subasta. El rey fue subastado por piezas. Una pata valía 100 dólares en bonos; un jamón, 500 y una paletilla, 300. Cuando terminó la subasta, el puerco marinero había recaudado 11.200 dólares en bonos de guerra.

Los compradores devolvieron el cochino a Lingle y Rey Neptuno inició su imparable camino a la fama. La siguiente vez que entró en escena iba vestido con su manta azul marino y tocado con una corona dorada y unos aretes de plata donados por un club de mujeres. Recaudó más de 50.000 dólares. En su tercera aparición recaudó más de medio millón. Ya era tan popular que el animal fue elegido socio perpetuo de los Elks, un club ciudadano de Illinois.

´La vieja y vandalizada lápida original de la tumba de King Neptune.
En nombre del estado de Illinois, el gobernador Dwight H. Green compró en 1943 el chancho por un millón de dólares. Cuando terminó la guerra, Rey Neptuno pesaba ya medio quintal y había recaudado más de 19 millones de dólares, unos doscientos cincuenta millones al cambio actual. Con el fin del conflicto bélico, se canceló la construcción del Illinois y Rey Neptuno se retiró a una cómoda porqueriza en la granja de Lingle cerca de Anna. Murió en 1950 de una neumonía y fue enterrado con honores militares en la granja, en la que se delimitó una zona denominada Parque Rey Neptuno. Se colocó una lápida que, muy vandalizada, todavía reza: «Aquí yace Rey Neptuno, una famosa mascota de la Armada, que, entre 1942 y 1946, recaudó diecinueve millones de dólares en bonos de guerra para aqudar a hacer un mundo libre».

En 1963, la construcción de la interestatal I-57 obligó a reubicar la tumba en un terreno que Lingle donó en la carretera 146 al este de la I-57. La fracturada lápida todavía permanece allí, pero se instaló un nuevo hito en el área de descanso de la I-57, junto al centro de visitantes del Camino de las Lágrimas, que es visitada por cientos de viajeros cada día.

Entre ellos me cuento. Como no tengo a mano un buen jamón serrano, abro una Bud y me zampo un sándwich de york en recuerdo del Rey Neptuno, monarca, si no de los mares, sí de los océanos de hierba verde que son las praderas del Midwest. Me despido de mi improvisado cicerone, le invito a visitar Alcalá, arranco y sigo mi camino. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.