sábado, 29 de junio de 2019

Malabarismos nomenclaturales: el patriótico caso de los árboles gigantes de California

Este ejemplar de Sequoiadendron giganteum, conocido como la "cabaña del pionero" fue derribado por las lluvias del invierno de  2017. Fuente.

En 1853 se celebró en el Bryant Park de Nueva York la Exposición Industrial de Todas las Naciones, una Feria Mundial inspirada en la gran Exposición de Londres de 1851, que tuvo mucho éxito. Su objetivo era mostrar los nuevos logros industriales del mundo y, de paso, demostrar el orgullo nacionalista de una nación relativamente joven y todo lo que ella representaba. La feria tuvo más de un millón de visitantes quienes, pese a los objetivos industriales de la muestra, quedaron maravillados por la exhibición de un tronco de doce toneladas de peso procedente de un árbol que había sido descubierto accidentalmente en las faldas de Sierra Nevada, California.
El año siguiente apearon otro ejemplar cuya base tenía una circunferencia de treinta metros, que fue cortado en rodajas de más de dos metros de altura para exhibirlas por todo el mundo con el nombre de “big trees”. A lo largo de los años, innumerables personalidades estadounidenses visitaron los grandes árboles y compartieron sus impresiones en relatos de viajes que se difundieron por todo el país. Horace Greeley, el editor del New York Tribune y uno de los fundadores del Partido Republicano, visitó a fines de la década de 1850 e imaginó, muy acertadamente, que los "mastodontes del bosque" eran "una reliquia de algún mundo antiguo". William Cullen Bryant, el poeta, naturalista y editor del New York Evening Post, los describió en 1872 como "más allá de lo que jamás había visto". Tanto Theodore Roosevelt como William Howard Taft hicieron recorridos por los grandes árboles durante sus respectivas presidencias.
Altura, circunferencia y localización de 
algunos de los árboles más altos del planeta.
Fuente.
Los grandes árboles no solo ofrecían el testimonio del poder de la naturaleza, sino que simbolizaban a América y su grandeza en la mente de muchas personas, fueran o no estadounidenses. Los árboles habían construido la nación, habían sido responsables de su fortaleza, de su poder y de su rápida expansión, lo que hacía que los americanos se sintiesen orgullosos de ellos. Muchos de los nombres que recibieron algunos de eso gigantes honraron a los grandes estadounidenses o los símbolos nacionales, incluidos George Washington, Ulysses S. Grant y el general Sherman, el condecorado oficial de la Guerra Civil, cuyo nombre concedieron al árbol más grande de todos, un coloso de casi 84 metros de alto y 33 de circunferencia a la altura del pecho.
Estos son los diez ejemplares vivos más grandes de S. giganteum. Fuente: United States National Park Service
Claro que una cosa era ponerles motes a los árboles y otra cosa bien distinta ponerles denominaciones científicas. Déjenme explicarles brevemente el protocolo establecido para dar a conocer un nuevo organismo. La primera tarea es presentarlo en público, para lo cual es necesario describirlo en una revista bien difundida entre la comunidad científica interesada (obviamente, si describo un ciprés en una revista dedicada a los cetáceos, pongamos por caso, la comunidad botánica quedará in albis).
La descripción debe incluir un nombre que, si se ajusta a unas reglas, estará ligado por siempre y para siempre a la especie en cuestión. El nombre de todas las especies es doble. Uno de ellos el primero, es el nombre del género en el que se incluye la especie; el segundo, es el llamado epíteto específico. Los nombres son elegidos por quien los describe por primera vez, teniendo siempre en cuenta que ni el género ni la especie hayan sido descritos anteriormente. Tradicionalmente, el privilegio de la denominación botánica se usaba a menudo para rendir homenaje a amigos, colegas o figuras públicas.
Las normas que regulan los nombres de las plantas, contenidas en el Código Internacional de Nomenclatura Botánica, son claras: una planta debe tener un solo nombre válido y no puede haber dos plantas diferentes con el mismo nombre. Hoy en día, cuando el conocimiento se ha internacionalizado, es muy difícil que un organismo recién descubierto reciba dos nombres científicos diferentes, pero hasta hace pocas décadas era relativamente frecuente que una planta o un animal recibiera nombres diferentes, tantos como los naturalistas que los descubrieron, desconociendo involuntariamente el trabajo de sus colegas, les hubieran puesto. Cuando tal cosa ocurre, las reglas del Código son claras: rige el principio de prioridad. El nombre válido es el más antiguo de los publicados y el resto son sinónimos que pasan al baúl de los recuerdos. La fecha de publicación es, pues, determinante.
Cuando los árboles gigantes de California fueron de conocimiento público, estaba claro que algún botánico se apresuraría a bautizarlos científicamente. A mediados de la década de 1850, el orgullo nacional que los estadounidenses sentían por sus gigantescos árboles desencadenó una controversia que enardeció a los científicos a ambos lados del Atlántico. El 24 de diciembre de 1853 un respetable catedrático de Botánica en el University College de Londres, John Lindley, publicó en la revista que él mismo editaba, The Gardeners' Chronicle, la primera descripción de los big trees. Como epíteto específico eligió el poco original pero casi obligado gigantea. El problema surgió con la elección del nuevo género. Lindley los etiquetó con el nombre de Wellingtonia, un homenaje al legendario duque de Wellington, que había derrotado a Napoleón en la batalla de Waterloo y que había fallecido en 1852, cuando Lindley redactaba su trabajo.
Sequoia sempervirens (arriba) y Sequoiadendron giganteum (abajo) guardan entre sí las semejanzas propias de dos plantas de la misma familia, pero insuficientes como para incluirlas en el mismo género.
Pocos nombres podrían haber sido más ofensivos para la comunidad científica de Estados Unidos. El renombrado naturalista estadounidense C. F. Winslow, desechando el consenso sobre la libre elección de los nombres científicos, resumió en 1854 la actitud sus colegas estadounidenses: no estaban dispuestos a aceptar, lo dijera quien lo dijera, que un naturalista británico hubiera elegido el nombre de un general británico, despreciando ni más ni menos que el de otro general americano, George Washington, cuyo nombre debería haber sido elegido para esas joyas botánicas de la nación.
Winslow anunció que jamás los naturalistas americanos aceptarían de facto tal afrenta nomenclatural. Sin otros argumentos que los sentimientos patrios, decidió que los árboles eran en realidad unos cipreses del conocido género americano Taxodium, y deberían llamarse Taxodium washingtonianum. Como era consciente de la debilidad de su propuesta, que carecía de fundamento alguno, y para ir curándose en salud, Winslow escribió que en el caso de que alguien decidiera que eran de un nuevo género, debería denominarlo Washingtonia californica.
Winslow hubiera actuado de otra manera de haber sabido algo que Lindley había pasado por alto: el nombre Wellingtonia ya había sido usado en 1840 por el botánico suizo Carl Daniel Friedrich Meissner para denominar a Wellingtonia arnottiana una planta de la familia Sabiaceae. Como el mismo nombre científico (Wellingtonia en este caso) no podía aplicarse a dos plantas diferentes y la propuesta de Meisner de 1840 tenía prioridad sobre la de Lindley de 1853, esta última decaía en sus derechos.
Sección del tronco de un ejemplar de Sequoiadendron giganteum apodado "Mark Twain" expuesta en el Museo de Historia Natural de Londres. La sección tienen unos 5 metros de diámetro. El árbol fue talado en 1891.
Los botánicos europeos conocían este caso de sinonimia y habían decidido que los gigantes de Sierra Nevada eran del mismo género, Sequoia, que el director del Jardín Botánico de Viena, Stephan Ladislaus Endlicher, había empleado para denominar a sus parientes de la costa del Pacífico, los redwoods (Sequoia sempervirens). En 1854, el botánico francés Joseph Decaisne propuso que los árboles en cuestión deberían llamarse Sequoia gigantea.
Cabe ahora subrayar que ni Winslow, ni mucho menos los botánicos europeos Lindley, Endlicher y Decaisne, que nunca habían puesto un pie en América, habían visto in situ ni a Sequoia sempervirens ni a Sequoia gigantea. De haberlo hecho, se hubieran percatado de que unos y otros tienen unas apetencias ecológicas muy diferentes y de que, pese a que se trata de árboles gigantescos, sus portes son muy distintos. Además, cualquiera que ponga alguna atención en examinar desapasionadamente los rasgos anatómicos y morfológicos de unos y otros, deducirá que puede que sean parientes -como las vacas tigres y los bisontes, pero de géneros diferentes.
Vayamos ahora a la referencia reconocida y obligada en lo que se refiere a las plantas de Estados Unidos y Canadá: Flora of North America, una obra magna todavía por concluir en cuyos 28 volúmenes están registradas todas las especies de plantas reconocidas en ambos países. En el volumen 2 está la denominación reconocida y válida de los árboles de Sierra Nevada: Sequoiadendron giganteum (Lindley) J. Buchholz, American Journal of Botany 26: 536. 1939.
Eso quiere decir que en el número 26 de esa revista americana el botánico estadounidense John Theodore Buchholz había modificado el nombre original de los árboles. Más abajo, y en letras más pequeñas, aparecen las denominaciones anteriores, ahora convertidas en sinónimos: Wellingtonia gigantea Lindley; Sequoia gigantea (Lindley) Decaisne 1854, not Endlicher 1847
El artículo de Buchholz lleva el significativo título de The generic segregation of the Sequoias. Buchholz deshizo el entuerto nomenclatural que acabo de desentrañarles y se apuntó el tanto cuando propuso un nuevo género, Sequoiadendron, el único válido de acuerdo con las normas del Código de Nomenclatura Botánica.
Si algún lector interesado ha seguido el hilo de mis disquisiciones, habrá notado que se me ha quedado en el morral el nombre Washingtonia, que Winslow había propuesto en 1854 a voleo, es decir, sin el necesario fundamento nomenclatural. Buchholz era consciente de que, por muy patriótico que fuera, Washingtonia era el nombre que el botánico alemán Hermann Wendland había publicado válidamente en 1874 para designar a un género de palmáceas americanas.
El honor de Washington estaba a salvo y el avispado Buchholz dejó su apellido unido por siempre y para siempre a uno de los árboles más hermosos del mundo. Doy fe. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.