viernes, 17 de diciembre de 2021

Dedalera, el remedio mortal que habita entre las rocas

Digitalis purpurea en una lámina de 1796 dibujada por Jacob Sturm incluida en la Deutschlands Flora in Abbildungen de Johann Georg Sturm. a: Porte de la planta; obsérvese como la práctica totalidad de las flores crecen hacia un solo lado (racimo unilateral). b: Flor. c: Detalle del cáliz. d: Sección longitudinal de una flor abierta mostrando cuatro estambres. e: detalle del extremo del estambre mostrando dos anteras abiertas en cuyo interior los granitos representan los granos de polen. f: Ovario, con la cavidad ovárica en la base y un largo estilo. g: Detalle de una cápsula (fruto) abierta, superpuesta a los restos del cáliz. h: Sección transversal de la cavidad ovárica, mostrando sendas semillas ampliadas en i y k, en esta última la sección transversal de la semilla muestra el pequeño embrión con dos cotiledones (hojas embrionarias).

Las hojas de Digitalis purpurea, conocida en España como dedalera o digital por la forma de sus flores que parecen dedales, es un buen remedio para curar determinados males, pero un remedio que puede matar. El secreto está en la dosis.

Hace unos 500 años, en pleno Renacimiento, Paracelso, un médico y alquimista suizo, escribió que «todo es veneno y nada es veneno, sólo la dosis hace el veneno», dando a entender que el término veneno es algo relativo cuyos efectos dependen de la cantidad con la que se dispensa, una afirmación que encaja como un anillo a la dedalera. La planta contiene una treintena de compuestos cardiotónicos, todos los cuales actúan sobre el corazón regulando su ritmo y acabando con las peligrosas arritmias, aunque en dosis superiores a las terapéuticas pueden provocar la muerte. Eso es, precisamente, lo que descubrió en el siglo XVIII un médico inglés cuando, gracias a la dedalera, ofreció al mundo uno de los fármacos más valiosos para tratar cardiopatías.

En las paredes de una iglesia de Birmingham hay una curiosa placa tallada en piedra que luce una dedalera. La placa recuerda al médico local William Withering. Nacido en 1741, Withering había batallado durante diez años contra dos enfermedades, la hidropesía que afectaba a otros, y la tuberculosis que amenazaba a sus propios pulmones. Combatió la primera gracias al hallazgo de la dedalera, pero la segunda acabó con su vida en 1799.

Trabajando como médico en el Birmingham General Hospital, Withering conoció a una paciente que se había curado de hidropesía gracias a unas hierbas. Rebuscando en la bolsita que le enseñó, descubrió la dedalera. Durante diez años realizó pruebas clínicas del principio activo de esta planta, la digitoxina, y concluyó que curaba la hidropesía en una época en la que era una auténtica plaga en toda Inglaterra.

La hidropesía, edema o retención de líquido es la acumulación de fluidos en los tejidos o cavidades del cuerpo. No constituye una enfermedad por en sí misma, sino un síntoma clínico que acompaña a diversas enfermedades del corazón, riñones y aparato digestivo. Además de que las hojas de dedalera tienen propiedades diuréticas, es decir que propician la eliminación de orina favoreciendo la evacuación de líquidos, los efectos benéficos de la digital se centran en la llamada hidropesía congestiva cardíaca.

La fuerza de bombeo del corazón ayuda a mantener una presión normal en los vasos sanguíneos. Pero si el corazón empieza a fallar (situación conocida como fallo cardíaco congestivo), la presión cambia y puede causar una retención de agua muy severa. En este estado la retención hídrica se aprecia sobre todo en las piernas, pies y tobillos, pero además hay acumulación en los pulmones, lo que produce una tos crónica.

William Withering en un cuadro  de Carl Fredric von Breda. Withering lleva una rama de dedalera en la mano izquierda.


En tiempos de Whitering, la hidropesía causaba el grotesco efecto de hinchar el cuerpo hasta el punto de que las víctimas se ahogaban en sus propios fluidos corporales hasta que los pulmones se encharcaban y las víctimas morían de asfixia. Los médicos purgaban a sus pacientes para extraerles varios litros de fluidos del organismo. 

A veces funcionaba, pero la mayoría de las veces los pacientes sucumbían a la enfermedad. Antes de que Withering publicara sus efectos curativos, ningún médico prudente se había planteado utilizar la dedalera como un remedio terapéutico. El reputado herborista John Gerard la repudió porque en su acreditada opinión «la dedalera es amarga, caliente y seca, con ciertas cualidades depurativas; a pesar de lo cual no se utiliza ni se elabora con ella ningún medicamento». Su opinión era hija de la prudencia.

Numerosos herboristas ingleses habrían discrepado de esa rotunda afirmación si no hubieran tenido miedo a ser acusados de brujería y quemados en la hoguera. el ama de casa del medio rural confiaba en la sabiduría de la herboristería ancestral. Sabían que la «dedalera del médico» era una planta potente y poderosa que podía matar o curar al paciente. En pequeñas dosis era curativa, pero si se utilizaba para tratar la insuficiencia renal su principio activo se acumulaba en el organismo en dosis que podían ser letales.

Un veneno voluble y azucarado

Hubo que esperar hasta 1850 para que el médico alemán Ludwig Traube describiera los efectos de la dedalera sobre el corazón. Traube observó que mientras que pequeñas dosis estimulaban los impulsos del músculo cardíaco, si se sobrepasaban se podía provocar su paralización. La conclusión era que la ingestión moderada de las hojas de forma ocasional estaba indicada para la regulación del pulso o el tratamiento de la epilepsia e incluso que las infusiones de hojas estaban indicadas contra los resfriados, de forma que se solía recomendar como “saludable” para el organismo y el paciente.

Así estaban las cosas, cuando a mediados del siglo pasado empezaron a publicarse las primeras alertas sobre las propiedades venenosas de la dedalera. El enigma consistía en que los efectos beneficiosos o tóxicos variaban de acuerdo con algún factor desconocido que comenzó a relacionarse con la idiosincrasia de cada paciente o con la aplicación errónea de las dosis.

Algunos personajes parecen haber sufrido intoxicaciones por digitálicos, como el pintor impresionista Vincent Van Gogh. A partir de 1886 y hasta su muerte en 1890, sus pinturas muestran una tendencia marcada hacia el amarillo que el arte y la historia caracterizaron como el sello personal de su Período Amarillo. Sin embargo, la xantopsia (trastorno de la visión que afecta particularmente a la percepción de los colores amarillo y verde) y el efecto corona (halos cromáticos que circundan los cuerpos) plasmado en su último período son probablemente debidos a una intoxicación digitálica, porque a finales del siglo XIX se usaban los preparados a base de dedalera para el tratamiento de la epilepsia que padecía por su adicción a la absenta. Se piensa que el Período Amarillo surgió por influencia de una terapia con digitálicos prescrita por el doctor Paul Gatchet, su médico y mecenas. De hecho, el retrato del doctor Gatchet, fechado en junio de 1890, presenta al galeno sosteniendo un racimo de dedalera.


Conforme los farmacólogos comenzaron a analizar científicamente la planta y se empezaron a aislar sus principios activos, en especial la digitoxina, pudo comprobarse que, a fuerza de estimular el corazón, la digitoxina podía llegar a provocar un infarto. La cuestión era encontrar la dosis exacta y aquí radicaba un nuevo enigma: cada planta representaba en sí misma un misterio. La conclusión era que no solo de una planta a otra, sino incluso en la misma planta o en una sola de sus hojas, los niveles de digitoxina eran extremadamente variables.

Lo que poco a poco la experimentación fue descubriendo fue que en cualquier planta observada la cantidad de digitoxina iba variando a lo largo del día. La digitoxina es, esencialmente, un glucósido, es decir, un compuesto a base de glucosa, que es el azúcar empleado como “combustible” para alimentar el metabolismo de cualquier organismo. Mientras que, como consecuencia de la producción fotosintética la digitoxina se iba acumulando en las hojas durante el día hasta alcanzar su máxima concentración por la tarde, durante la noche, cuando la planta respiraba y consumía glucosa, los niveles comenzaban a descender cada vez más hasta el amanecer, cuando los niveles eran mínimos o inexistentes.

Se comprobó también que la exposición a mayores cantidades de horas de sol o el tipo de terreno en el que crecía la planta podían incrementar o hacer descender el nivel de digitoxina foliar; además, si las hojas eran jóvenes o viejas, la cantidad era muy diferente. Dependiendo de las condiciones en que creciera la planta o de la hora en la que hubiera sido recolectada, unas tres hojas eran suficientes para ser mortales y de ahí que estén ampliamente documentados casos de envenenamientos producidos por la planta.

Poco a poco, la comunidad médica fue rechazando su uso terapéutico directo debido a la dificultad de calcular correctamente la cantidad de principio activo que había en cada momento. Incluso algunos farmacéuticos experimentados que, en teoría, deberían de saber a la perfección cómo calcular las concentraciones, no dejaban de tener problemas con las dosis.

Hoy en día se sabe que una cantidad superior a 2 miligramos de digitoxina hace que los latidos del corazón vayan a un menor ritmo, pero al poco tiempo se producen arritmias hasta llegar a un paro cardíaco que en la gran mayoría de los casos acaba llevando a la muerte.

Sin embargo, varios medicamentos basados en la digitoxina, que son muy bien valorados por muchos cardiólogos, se siguen empleando en pacientes con problemas cardíacos. La razón de que en la actualidad se siga empleando en farmacología se debe a las condiciones especiales de recogida de la planta y a la extracción química que se realiza posteriormente.

La dedalera se sigue cultivando, pero se recoge a unas horas determinadas (generalmente al inicio de la tarde) y escogiendo unas hojas determinadas que en teoría tendrían la cantidad óptima de digitoxina. Posteriormente se realiza un tratamiento de desecado y de conservación especiales para evitar tanto la pérdida del principio activo como de su intensificación, así como diferentes controles en todo el proceso para mantener en todo momento las concentraciones adecuadas.

Así que cuando caminando por sendas y veredas, entre breñas, riscos y roquedos, veas a tus pies las hermosas flores de la dedalera, recuerda a Paracelso: estás delante de un remedio que te puede matar.