viernes, 2 de enero de 2026

EL SOCIALISTA QUE SORPRENDIÓ A NUEVA YORK NUNCA SERÁ PRESIDENTE

Zohran Mamdani ganó las primarias demócratas de Nueva York cuando no tocaba ganar. Derrotó a un apellido con aparato, rompió una previsión cómoda y obligó a la ciudad a hacerse la pregunta que más le molesta: si esta vez el cambio iba en serio.

La noche en que Zohran Mamdani ganó las primarias demócratas de Nueva York, la ciudad hizo ese ruido peculiar que solo hace cuando se sorprende de sí misma: una mezcla de entusiasmo, alarma y una súbita necesidad de explicarlo todo con teorías. En la política neoyorquina, donde el cinismo suele ir por delante del calendario, la sorpresa no es un accidente, es un acontecimiento.

Mamdani llegó a la meta con la estética y la mecánica de la nueva izquierda urbana: vídeos cortos, actos pequeños que parecían grandes, y una idea fija repetida con la disciplina del martillo neumático: Nueva York es demasiado cara. No era un eslogan poético; era un diagnóstico contable. Su campaña se construyó alrededor de la palabra affordability “asequibilidad”, que en la ciudad suena casi a religión civil: alquileres, transporte, guarderías, comida. Y, por supuesto, el viejo antagonista local: el propietario.

En el papel, el programa parecía escrito para irritar a los engominados de Manhattan y seducir a la gente que vive con la cuenta atrás del alquiler. Congelar subidas de renta en vivienda estabilizada, autobuses gratuitos, guardería gratuita, economatos de comestibles municipales, más vivienda asequible y un aparato de “seguridad comunitaria” que no se parece a la policía tradicional. Era, en conjunto, una propuesta de Estado del bienestar a escala municipal, financiada —según su plan— con impuestos más altos sobre los más ricos y las grandes corporaciones.

Hasta ahí, la teoría. La sorpresa fue llegar a donde ha llegado gracias a ganar las primarias demócratas, algo que todo el mundo pensaba que no podía ocurrir. Su rival era Andrew Cuomo: apellido con historia, aparato con memoria y una biografía que, en Nueva York, funciona como un pasaporte. Las primarias se leyeron durante meses como un retorno del viejo orden con barniz de “experiencia”: Cuomo como candidato inevitable, Mamdani como nota exótica a pie de página. La noche electoral invirtió el guion: Cuomo aceptó inmediatamente su derrota y Reuters describió el resultado con una palabra que en política se usa cuando el analista se queda sin excusas: “sorprendente”.

¿Por qué sorprendió tanto? Porque, según la narrativa dominante, Mamdani era demasiado joven, demasiado “socialista” (esa palabra en Estados Unidos siempre viene con comillas implícitas) y demasiado outsider para ganarle a una figura tan conocida. La campaña demostró que en Nueva York la notoriedad puede ser una ventaja… hasta que se convierte en un recuerdo. Brookings habló de “talento generacional” y, sobre todo, de lo instructivo del vuelco: no solo ganó, sino que lo hizo con contundencia para el contexto.

Hubo un ingrediente clave: la edad como relato. Mamdani era el candidato de una generación que paga alquileres imposibles, usa el metro como sistema circulatorio y no siente nostalgia por las viejas jerarquías demócratas. En resumen, ese enfrentamiento de las primarias fue el veterano con pasado de poder frente al treintañero con gramática de redes y organización de base.

El otro ingrediente fue el método. Su campaña, según crónicas posteriores, creció desde abajo: voluntarios, presencia en barrios y una comunicación digital que no parecía publicidad sino conversación. En su investidura, ya como alcalde, la narrativa quedó oficializada: outsider, socialista democrático y un ascenso construido con discursos ilusionantes, organización y redes.

Nueva York no elige alcaldes: elige debates ambulantes. Mamdani convirtió la campaña en una discusión sobre qué tipo de ciudad quiere ser Nueva York cuando se mira al espejo y ve que el espejo cuesta tres mil dólares al mes.

Su “asequibilidad” tenía la virtud de ser concreta. No hablaba de “oportunidades”; hablaba de autobuses y alquileres. Y eso, en una ciudad donde la política a menudo suena como un seminario, fue un arma. El alquiler estabilizado —un mundo legal y emocional propio— no es un tema abstracto. Congelar subidas es una promesa que se entiende sin traductor.

Al mismo tiempo, el programa le dio munición a sus adversarios. Los críticos lo llamaron radical; sus partidarios lo presentaron como realista en una ciudad irreal. La combinación de programa material y símbolos potentes produjo un efecto doble: entusiasmo en una parte del electorado y rechazo visceral en otra. Eso también es Nueva York.

Y, además del tono de su agenda “democrático socialista” centrada en costes como guardería universal, congelación de rentas, buses gratis y reformas fiscales, está la dimensión simbólica, que en Nueva York cuenta casi tanto como el presupuesto. Mamdani se convirtió en el primer alcalde musulmán de la ciudad y también el primero nacido en África; juró sobre un Corán en una ceremonia de medianoche en una estación de metro clausurada, como si quisiera dejar claro desde el principio qué ciudad gobierna y qué ciudad imagina.

Uno de enero de 2026. Zohran Mamdani jura como alcalde de la ciudad de Nueva York en la estación Old City Hall.

Tras el triunfo en las primarias —y más aún tras ganar la alcaldía— apareció el comentario automático: “este acabará en la Casa Blanca”. En Estados Unidos, cuando alguien gana joven y con relato, el país ensaya la película completa de F. D. Roosevelt y J. F. Kennedy. Pero en este caso hay un problema muy poco cinematográfico: la Constitución.

El artículo II de la Constitución establece que para ser presidente hay que ser “natural born citizen” (ciudadano por nacimiento), tener al menos 35 años y haber residido 14 años en Estados Unidos. El punto decisivo es el primero. Según la biografía oficial de la Asamblea del Estado de Nueva York, Mamdani nació en Kampala, Uganda, y se mudó a Nueva York con siete años.

Y diversas fuentes biográficas indican que obtuvo la ciudadanía estadounidense por naturalización (es decir, no al nacer). Si eso es correcto, entonces no cumpliría el requisito constitucional de “natural born citizen”, y por tanto no podría ser candidato a la presidencia, por popular que sea y por mucho que lo pidan las tertulias.

En este asunto suele aparecer la confusión: mucha gente entiende “ciudadano” como sinónimo de “elegible”. Pero, en estados Unidos, la presidencia tiene una puerta de entrada distinta. Puedes ser senador, juez del Supremo o alcalde de la ciudad más importante del país sin haber nacido con pasaporte estadounidense; pero presidente, no. Así que quienes imaginan a Mamdani como futuro presidente se equivocan por una razón simple y contundente: la épica no modifica una cláusula constitucional.

Lo interesante, en realidad, no es si Mamdani puede o no puede aspirar a Washington, sino lo que su campaña ya ha conseguido en Nueva York: ha demostrado que una plataforma abiertamente centrada en costes y servicios puede derrotar a un nombre pesado del aparato demócrata.