sábado, 21 de marzo de 2026

UN ÁRBOL SOSPECHOSO POR LAS CALLES DE ALCALÁ

 

Ejemplares de Pyrus calleryana "Chanticleer" recién plantados en los nuevos alcorques de la remodelada plaza de las Siete Esquinas

Hay decisiones urbanísticas que uno acepta con resignación —la desaparición de una panadería decente, por ejemplo— y otras que, sin previo aviso, le obligan a replantearse su relación con el aire que respira. En el centro de Alcalá, el Ayuntamiento ha optado por lo segundo. En un loable intento de embellecer la ciudad, ha plantado unos árboles encantadores, de esos que en los catálogos de jardinería aparecen fotografiados con luz dorada y familias felices paseando debajo. Se trata de un peral ornamental conocido en ambientes científicos como Pyrus calleryana, un nombre que suena a compositor barroco pero que, en la práctica, tiene bastante más que ver con el desconcierto ciudadano que con la música.

El árbol, hay que reconocerlo, es una preciosidad. En primavera estalla en una nube de flores blancas que parecen recién lavadas y planchadas por un ángel particularmente meticuloso. Es pequeño, ordenado, resistente y, en teoría, perfecto para la vida urbana. Llegó a Europa en el siglo XIX, cortesía de Joseph-Marie Callery, un jesuita francés con nombre de personaje secundario en novela decimonónica, que fue el primero que en el siglo XIX envió ejemplares a Europa desde Asia, y desde entonces ha hecho carrera como árbol decorativo ejemplar. Incluso tuvo un pasado respetable como patrón para injertar perales comestibles. Todo en su currículum es impecable… salvo un pequeño detalle que, por alguna razón, no suele incluirse en los folletos publicitarios de los viveros.

Huele.

Y no de esa manera vaga y poética con la que solemos hablar de los jardines en primavera. No es el tipo de olor que uno describiría como “floral” o “embriagador” sin exponerse a una intervención familiar. Es, más bien, un olor que divide a la población en dos grandes grupos: los que creen que huele a semen y los que están convencidos de que huele a pescado podrido. Hay también un tercer grupo, reducido pero feliz, formado por quienes —como yo— perdieron parte del olfato tras la COVID y ahora observan el debate con la misma serenidad con la que se contempla una discusión sobre vinos caros: con respeto, pero desde una cómoda ignorancia.

La cuestión no es baladí. Pasear por el casco histórico se ha convertido en una especie de experimento sociológico. Los vecinos se acercan, bajan la voz como si fueran a revelar un secreto de Estado y preguntan: “¿Usted también lo nota?”. A partir de ahí, la conversación deriva inevitablemente hacia descripciones que uno no esperaba escuchar a plena luz del día y, desde luego, no junto a un árbol que parece salido de un anuncio de colonia.

Lo fascinante es que todo esto tiene una explicación perfectamente razonable, lo cual demuestra, una vez más, que la naturaleza es mucho menos delicada de lo que solemos imaginar. El peral de Callery no huele así por capricho ni por una maldad botánica innata. Lo hace porque necesita atraer polinizadores, y no todos los insectos son tan refinados como las abejas. Algunos, como ciertas moscas y escarabajos, sienten una profunda afinidad por los aromas que nosotros asociamos con la descomposición, el vómito o, en efecto, el semen. Para ellos, ese perfume es una invitación irresistible, algo así como un cartel luminoso que dice “buffet libre”.

El secreto está en las aminas volátiles, unas moléculas que, explicadas de forma sencilla, son parientes cercanas del amoníaco. Estas sustancias aparecen en contextos que rara vez inspiran poesía: materia en descomposición, fluidos corporales y, en general, cualquier cosa que uno preferiría no analizar demasiado. El árbol las produce con la misma naturalidad con la que nosotros producimos sudor, y el resultado es ese aroma inconfundible que ha dado lugar a todo tipo de apodos, algunos de ellos francamente difíciles de repetir en público sin un mínimo de rubor.

Pero la historia no termina ahí, porque el olfato humano es un instrumento extraordinariamente caprichoso. No olemos sustancias puras, sino cócteles complejos de compuestos que nuestro cerebro interpreta con una mezcla de biología y experiencia personal. Es decir, no solo olemos: recordamos, asociamos, juzgamos. Para algunos, ese aroma evocará algo concreto y desagradable; para otros, algo distinto, pero igualmente poco apetecible. Y luego están los que, por alguna razón cultural o incluso sentimental, pueden encontrarle un matiz casi tolerable, del mismo modo que hay quien disfruta del olor de ciertos quesos que, objetivamente, parecen haber pasado por una experiencia traumática.

La culpa, en gran medida, la tienen las rutas que sigue la información olfativa en nuestro cerebro. A diferencia de otros sentidos, el olfato tiene una línea directa con regiones implicadas en la memoria y las emociones, como el hipocampo y la amígdala. Por eso un simple olor puede transportarnos a la infancia o provocarnos un rechazo instantáneo. Es un sistema primitivo, eficaz y, en ocasiones, cruelmente sincero. Si algo huele a peligro —o a comida en mal estado— nuestro cerebro no se detiene a debatirlo: simplemente activa la alarma.

Y aquí es donde la historia del peral ornamental se cruza con una pregunta incómoda: ¿deberíamos seguir plantándolo? Desde un punto de vista estrictamente botánico, el árbol tiene más sombras que luces. No solo es una especie invasora en muchos lugares, capaz de escapar del cultivo y colonizar cunetas y campos con entusiasmo poco civilizado, sino que además aporta este inesperado componente olfativo que, siendo honestos, no mejora precisamente la experiencia urbana.

La planificación del arbolado en una ciudad es un asunto mucho más complejo de lo que parece. No se trata solo de elegir algo bonito y resistente, sino de encontrar un equilibrio entre funcionalidad, ecología y convivencia humana. Los árboles deben dar sombra, amortiguar el viento, contribuir a la biodiversidad y, a ser posible, no provocar debates incómodos entre desconocidos en plena calle. También hay que tener en cuenta el espacio disponible, las infraestructuras subterráneas y ese concepto fascinante llamado microclima, que puede convertir una esquina soleada en una trampa de sombra perpetua.

Luego están los detalles más sutiles, esos que no siempre aparecen en los informes técnicos pero que acaban teniendo una importancia decisiva. Las alergias, por ejemplo, han ganado protagonismo en los últimos años, y con razón. También se consideran factores como la presencia de espinas o la caída de frutos, que pueden convertir un paseo tranquilo en una experiencia ligeramente peligrosa. Y, aunque parezca increíble, el olor no siempre figura entre los criterios principales, pese a que algunas ciudades han demostrado que puede ser un elemento decisivo. Valencia y muchas localidades andaluzas, por ejemplo, han apostado por naranjos que perfuman las calles de una forma mucho más conciliadora.

Por supuesto, el peral de Callery no es el peor de los casos. Existe toda una categoría de árboles urbanos que parecen diseñados para poner a prueba nuestra paciencia. El ailanto, sin ir más lejos, no solo desprende un olor discutible, sino que además puede causar irritaciones cutáneas y tiene la inquietante capacidad de dificultar el crecimiento de otras plantas a su alrededor, como si fuera un vecino particularmente hostil.

En comparación, nuestro peral protagonista es casi entrañable. Un poco incómodo, sí, pero con buenas intenciones. Como ese invitado que llega a una cena con entusiasmo desbordante y un perfume imposible, y al que nadie se atreve a decir nada porque, en el fondo, cae bien.

Quizá esa sea la lección final de esta historia: que la naturaleza, incluso cuando se cuela en la ciudad con las mejores credenciales, no siempre encaja en nuestras expectativas de orden y armonía. A veces trae consigo recordatorios bastante explícitos de su lado más pragmático, ese en el que la supervivencia importa más que la estética y donde el perfume ideal no es el que agrada a los humanos, sino el que atrae a una mosca con criterio discutible.

Mientras tanto, en Alcalá, la primavera ha llegado con toda su belleza… y con un ligero matiz que invitará a algunos a caminar un poco más deprisa.