Irán lleva semanas bajo la
tensión y las carencias de una guerra que se eterniza y, sin embargo, no se
derrumba. Al contrario: resiste. No es la primera vez que un análisis militar
falla por exceso de literalidad. Tampoco será la última. Pero en este caso el
error resulta especialmente revelador: se ha confundido la destrucción de capacidades
con la quiebra de un sistema.
Ni Donald Trump ni Benjamin
Netanyahu parecían contemplar un escenario de larga duración. La hipótesis era
más simple —y más cómoda—: descabezar el régimen, precipitar su implosión,
asistir al efecto dominó. El viejo guion. Solo que esta vez el decorado no ha
obedecido.
Irán no solo ha seguido
combatiendo; ha demostrado algo más inquietante para sus adversarios: capacidad
de absorción del daño. La Guardia Revolucionaria Iraní, lejos de paralizarse
tras los golpes a su cúpula, ha continuado operando con una lógica reticular,
dispersa, casi anfibia. No depende de un centro único. Y eso, en la guerra
contemporánea, es una ventaja estructural.
Pero reducir la resiliencia iraní
a su arquitectura militar sería quedarse en la superficie. Hay algo más
profundo —y menos visible— que explica por qué el régimen no solo aguanta, sino
que convierte el desgaste en argumento. Ese algo es el chiismo, una religión
que recuerda derrotas.
El chiismo nace de una derrota. Y
no de una cualquiera, sino de una derrota ejemplar. La muerte de Huséin ibn Alí
en Batalla de Karbala no es solo un episodio histórico: es una matriz
narrativa. Un pequeño grupo contra un ejército. Una causa justa frente a un
poder ilegítimo. Una muerte inevitable que, sin embargo, se transforma en
victoria moral. La desproporción no debilita el relato; lo fortalece. Ahí
reside la clave.
Cuanto más desigual es la
contienda, más poderoso resulta el símbolo. Cuanto más inevitable la derrota,
más fértil el recuerdo. El chiismo no solo acepta esa lógica: la convierte en
doctrina. Y al hacerlo, invierte la ecuación clásica de la guerra. Perder puede
ser ganar. Siempre que se sepa contar.
Ese mecanismo —que algunos
analistas llaman “síndrome de Karbala”— funciona como una especie de algoritmo
ideológico. Ante la derrota material, se activa la victoria narrativa. Ante la
inferioridad militar, se construye superioridad moral. No es una anomalía: es
una estrategia.
El régimen iraní lo ha entendido
bien. Y lo aplica con disciplina. Cuando el liderazgo cae, no desaparece: se
transfigura. El líder muerto deja de ser un gestor del poder para convertirse
en mártir. Y el mártir, en el universo chií, no es un final. Es un principio. De
ahí que la propaganda oficial establezca paralelismos explícitos entre figuras
contemporáneas y el episodio fundacional de Karbala. No es una analogía casual.
Es una operación de continuidad histórica.
La guerra deja de ser un
conflicto puntual para insertarse en una narrativa larga: la de la resistencia
frente a la opresión. A esa base religiosa se le añade, desde 1979, una capa
política: el jomeinismo. La revolución iraní no se limitó a institucionalizar
el chiismo; lo reinterpretó como doctrina antiimperialista.
La ecuación es eficaz: martirio +
opresión + hegemonía occidental = relato movilizador. Y, lo que es más
relevante, exportable. El régimen iraní no habla solo para su población. Habla
para un público más amplio: desde el mundo musulmán hasta sectores occidentales
sensibles al discurso antihegemónico. Su guerra no se libra únicamente en el
terreno militar, sino en el espacio —mucho más volátil— de la opinión pública
global.
Ahí despliega una notable
capacidad de adaptación. Vídeos virales, códigos culturales occidentales,
referencias pop. Incluso narrativas conspirativas que buscan fracturar
audiencias específicas. No es improvisación. Es estrategia: la guerra como
batalla de relatos
En este contexto, el campo de
batalla se desplaza. No desaparece lo militar, pero pierde centralidad. Lo
decisivo pasa a ser quién define el significado del conflicto. Irán no necesita
ganar en términos convencionales para no perder. Le basta con instalar la idea
de resistencia. Con aparecer como víctima antes que como agresor. Con
transformar cada golpe recibido en una prueba más de su relato fundacional.
Y, en esa lógica, los excesos de
sus adversarios se convierten en combustible. Cada acción percibida como
desproporcionada refuerza el marco narrativo iraní. Cada gesto de fuerza sin
legitimación política alimenta la tesis antiimperialista. Es una paradoja
clásica: cuanto más contundente es la respuesta, mayor puede ser su rendimiento
propagandístico… para el contrario.
Ahí aparece una figura discordante:
Donald Trump. Su estilo político —directo, desinhibido, siempre ajeno a los
matices diplomáticos— encaja sorprendentemente bien en el guion que el régimen
iraní necesita. No porque exista complicidad, sino porque se produce una
convergencia involuntaria. La lógica de la fuerza bruta, cuando sustituye al
marco normativo, ofrece a Teherán la oportunidad de presentarse como
contrapoder moral.
Es el tipo de simetría irónica
que la geopolítica produce con frecuencia. Al final, la resiliencia iraní no se
explica solo por su capacidad de combate. Se explica por su capacidad de
significar. El chiismo proporciona el lenguaje. El jomeinismo, la traducción
política. Y la guerra contemporánea —cada vez más híbrida, más narrativa, más
difusa— ofrece el escenario ideal.
Irán no está ganando la guerra en el sentido clásico. Pero tampoco la está perdiendo del todo. Porque ha entendido algo esencial: en determinados conflictos, sobrevivir no es suficiente. Hay que dotar de sentido a la supervivencia. Y en eso, al menos por ahora, lleva ventaja.