sábado, 15 de agosto de 2026

MIEL DE IKARIA, UNA CUCHARADITA LLENA DE VIDAS

 

La historia comenzó con un tarro de miel sin etiqueta que desató mi curiosidad. Había llegado de Ikaria, una pequeña isla griega del Egeo oriental, y a primera vista no tenía nada de particular. Era miel. Tenía el color de la miel, la consistencia de la miel y venía en uno de esos tarros domésticos que sugieren que nadie ha considerado necesario informar al consumidor de nada porque probablemente el consumidor debía conocer personalmente al apicultor. La sorpresa apareció al probarla. Era dulce, naturalmente, pero menos de lo esperado. Tenía un sabor complejo, poco empalagoso, como si alguien hubiera bajado un poco el volumen del azúcar para dejar sitio a otras cosas.

La primera explicación que se le ocurre a cualquiera es buscar las flores. Una miel sabe distinta de otra porque las abejas visitan plantas diferentes. No sabe igual una miel de romero que una de azahar, brezo o tomillo. Ikaria, cubierta de matorrales mediterráneos, pinares y plantas aromáticas, parece el lugar apropiado para semejante explicación. Pero había otra posibilidad mucho más interesante: quizá para explicar aquella miel no hubiera que empezar buscando flores.

Los griegos producen grandes cantidades de una miel peculiar llamada pefkomelo, literalmente miel de pino. El nombre parece perfectamente razonable hasta que uno recuerda un inconveniente botánico: los pinos no producen néctar. Son gimnospermas y carecen de las flores con nectarios que visitan las abejas. Y, sin embargo, existe la miel de pino.

Para resolver la contradicción hay que acercarse al tronco. En las grietas de la corteza de algunos pinos griegos aparecen pequeños cúmulos de una sustancia blanquecina y algodonosa. Allí se esconde uno de los personajes más inesperados de la apicultura mediterránea: Marchalina hellenica, una cochinilla asociada principalmente a Pinus brutia y P. halepensis. Es un hemíptero, pariente de pulgones, cigarras y chinches, animales que han convertido la succión de líquidos vegetales en una respetable forma de ganarse la vida.

1 y 2: tronco y ramita de Pinus brutia infestados de M. hellenica. 3 y 4: el insecto cubierto (arriba) y desprovisto de su capa cerosa.

Marchalina perfora los tejidos del pino mediante largos estiletes y se alimenta de los fluidos que circulan por ellos. Para obtener los nutrientes que necesita debe beber grandes cantidades. Y eso plantea un problema: le sobra azúcar.

Por el extremo posterior del insecto aparece entonces una gotita viscosa y dulce que llamamos mielato. Si queremos decirlo de una manera menos técnica, podemos llamarlo excreción. Y si pretendemos perjudicar definitivamente el negocio de los apicultores griegos, podemos explicar que las abejas elaboran una de sus mieles más apreciadas recogiendo las deposiciones azucaradas de una cochinilla. Afortunadamente, «mielato» suena mucho mejor.

Las abejas recorren los pinos, absorben esas gotas y regresan con ellas a la colmena. Allí incorporan enzimas y eliminan progresivamente agua hasta obtener una sustancia concentrada y estable. Es miel auténtica, pero su origen es muy diferente del de una miel floral. El azúcar fue fabricado por las hojas mediante fotosíntesis, circuló por el árbol, pasó por Marchalina, apareció sobre la corteza en forma de mielato, fue recogido por una abeja y sufrió una nueva transformación en la colmena.

No es una curiosidad gastronómica. La miel de mielato representa una parte fundamental de la producción griega y la asociada a M. hellenica puede suponer alrededor del 60% de la miel producida en el país, aunque la proporción cambia de unos años a otros. La cochinilla ha llegado a ser tan valiosa que fue trasladada deliberadamente a algunos pinares para aumentar la producción. Lo cual depende, naturalmente, del punto de vista: para un apicultor Marchalina es una bendición; para el pino, miles de insectos perforando sus tejidos constituyen una noticia bastante menos satisfactoria.

La historia ya sería suficientemente extraña si terminara aquí. Pero aparece otra pregunta: ¿cómo consigue Marchalina vivir de semejante dieta? El azúcar proporciona energía, pero ningún animal puede construirse solo con azúcar. Para fabricar proteínas y reproducirse necesita aminoácidos y otros nutrientes que los fluidos vegetales no siempre proporcionan en cantidades adecuadas.

La evolución encontró una solución extraordinaria: llevar un experto químico dentro. Muchos insectos chupadores albergan bacterias endosimbiontes en células especializadas. No son microorganismos adquiridos accidentalmente ni simples habitantes del intestino. Viven dentro del animal y la asociación puede llegar a ser tan estrecha que ambos socios pierdan la capacidad de desenvolverse normalmente por separado.

El caso clásico es el de los pulgones y Buchnera aphidicola. Su asociación comenzó hace más de cien millones de años. El pulgón proporciona alojamiento y alimento; Buchnera fabrica aminoácidos esenciales que escasean en su dieta. Después de tantísimo tiempo viviendo juntas, estas bacterias han perdido numerosos genes que necesitarían para sobrevivir independientemente. Es como instalarse durante generaciones en un hotel donde proporcionan comida, calefacción, lavandería y transporte: llega un momento en que cabe preguntarse para qué demonios necesita uno aprender a encender una lavadora.

M. hellenica pertenece a ese mismo mundo de asociaciones íntimas. Conviene, sin embargo, introducir una cautela. Sabemos que posee microorganismos endosimbiontes y conocemos cómo los transmite, pero todavía no disponemos del conocimiento genómico y metabólico que tenemos para Buchnera. Es razonable sospechar que desempeñan una función nutricional semejante a la de otros simbiontes de hemípteros, pero no podemos atribuirles todavía tareas concretas con la misma seguridad.

Lo extraordinario es cómo pasan de una generación a otra. Durante el desarrollo de las hembras jóvenes, los microorganismos migran hacia los ovarios y penetran en células germinales todavía indiferenciadas. No esperan siquiera a que exista un óvulo maduro. Cuando este termina formándose, los simbiontes ya están dentro.



Una Marchalina, por tanto, no recoge esos microorganismos del pino. Los hereda de su madre, que los heredó de la suya. Cada generación transmite no solamente genes, sino también seres vivos completos. Y la historia se vuelve todavía más extravagante porque la especie se reproduce fundamentalmente por partenogénesis: las hembras pueden producir descendencia sin fecundación y los machos son extraordinariamente raros.

Tenemos así una cochinilla escondida bajo una cubierta de cera, bebiendo de un pino, expulsando azúcar que recogerán las abejas, reproduciéndose normalmente sin macho y entregando a sus hijas los microorganismos que recibió de su madre. Si alguien hubiera inventado semejante animal para una novela, probablemente un editor habría recomendado quitarle alguna peculiaridad para hacerlo más verosímil.

Pero nosotros tampoco deberíamos contemplarla con demasiada superioridad. Cada una de nuestras células contiene mitocondrias, descendientes de bacterias que hace más de 1.500 millones de años comenzaron a vivir dentro de otra célula. Y las células del pino realizan la fotosíntesis gracias a cloroplastos, procedentes a su vez de antiguas cianobacterias incorporadas por otras células. La endosimbiosis no es una extravagancia de Marchalina: forma parte de la historia profunda de la vida.

Y con eso nuestro tarro de miel da una vuelta completa. Los azúcares comenzaron fabricándose en los cloroplastos del pino; circularon por sus tejidos; fueron ingeridos por una cochinilla que alberga sus propios microorganismos; salieron convertidos en mielato; los recogió una abeja y terminaron transformados y almacenados en una colmena.

Ni siquiera podemos asegurar, sin analizar el contenido del tarro, que M. hellenica haya participado en aquella miel concreta de Ikaria. Todo este viaje comenzó con una posibilidad, no con un análisis químico. Pero eso es casi lo de menos.

La pregunta era por qué aquella miel sabía diferente y, al intentar responderla, acabamos encontrando un ecosistema. Un pino, una cochinilla, microorganismos heredados de madres a hijas, abejas y antiguas bacterias convertidas en partes imprescindibles de las células.

Quizá por eso no tenga demasiado sentido preguntar quién fabrica una cucharada de miel de pino. No existe una respuesta en singular. La fabrica el pino. La fabrica Marchalina. La fabrican sus microorganismos. La fabrica la abeja. La fabrica la colmena. Y, muchísimo antes que todos ellos, ayudaron a hacerla unas bacterias que cometieron hace más de mil millones de años el extraño error de dejarse vivir dentro de otras células.

¡Qué más da! Todo eso cabe en una cucharilla.Y después nos la zampamos.