miércoles, 16 de septiembre de 2026

LAS MOSCAS QUE ENVEJECEN DENTRO DE NUESTROS OJOS

Hace unos días una amiga me enseñó un pequeño sobre que le había recomendado su oftalmóloga. Le habían diagnosticado un desprendimiento posterior del vítreo y, además de reposo y vigilancia, le había aconsejado tomar aquel complemento alimenticio. Se llamaba VISUfly. Le di la vuelta al sobre y me encontré con una composición que parecía más apropiada para una ensalada de frutas que para una consulta de oftalmología: bromelina de piña, papaína de papaya y ficina de higo, acompañadas de colágeno hidrolizado, lisina, glutatión y vitamina C. El propio fabricante confirma esa composición y atribuye a las tres primeras sustancias actividad proteolítica, es decir, capacidad para romper proteínas.

La pregunta era inevitable: ¿qué tienen que ver una piña, una papaya y un higo con un desprendimiento del vítreo? Para responder hay que meterse dentro del ojo.

El ojo suele compararse con una cámara fotográfica y, aunque la comparación empieza a acusar los años, sigue siendo bastante útil. La luz atraviesa primero la córnea, después pasa por la pupila, cuya abertura regula el iris, y finalmente atraviesa el cristalino, una lente flexible que contribuye a enfocar la imagen sobre la retina. Esta tapiza el fondo del ojo y contiene los fotorreceptores capaces de transformar la luz en impulsos eléctricos. A partir de ahí toma el relevo el nervio óptico y, en último término, el cerebro, porque, hablando con propiedad, no vemos con los ojos: vemos con el cerebro utilizando la información que le proporcionan.

Pero entre el cristalino y la retina hay un espacio considerable. De hecho, constituye más de las tres cuartas partes del volumen ocular. Y no está vacío. Lo ocupa una sustancia transparente llamada humor vítreo.

El nombre procede del latín vitreus, «de vidrio». Es una denominación magnífica porque el vítreo debe cumplir una condición esencial: estar ahí sin que nos enteremos de que está. Es un gel transparente compuesto aproximadamente en un 98% por agua, pero decir que es básicamente agua sería como decir que una medusa es básicamente agua y dar por terminada la explicación. Esa enorme cantidad de gel permanece organizada gracias a una delicadísima red formada principalmente por fibrillas de colágeno —sobre todo del tipo II— y ácido hialurónico. Esa arquitectura molecular transforma el agua en un gel transparente que rellena el globo ocular.

El vítreo ayuda a mantener la geometría del ojo, proporciona un medio transparente para el paso de la luz y establece una estrecha relación mecánica con la retina. Cuando somos jóvenes forma un gel bastante homogéneo y permanece adherido a la superficie retiniana. El problema, como sucede con tantas estructuras magníficamente diseñadas por la evolución sin pensar demasiado en la vejez, es que el vítreo envejece.

Con los años su arquitectura comienza a cambiar. La red de colágeno se reorganiza, aparecen agregados de fibrillas y se forman zonas progresivamente más líquidas. Los oftalmólogos denominan “sinéresis vítrea” a parte de ese proceso de degeneración y licuefacción. El fenómeno aumenta con la edad y puede aparecer antes en personas miopes, después de una operación de cataratas, tras traumatismos o en determinadas enfermedades inflamatorias del ojo.

Y entonces aparecen las moscas.

Las llamadas “miodesopsias”, conocidas popularmente como moscas volantes, son uno de esos fenómenos extraordinarios que demuestran que podemos contemplar cosas situadas dentro de nuestro propio cuerpo. Las pequeñas condensaciones y agregados presentes en el vítreo interfieren con la luz que atraviesa el ojo y proyectan sombras sobre la retina. Lo que vemos como un punto, una hebra, una telaraña o un diminuto bicho que se escapa cada vez que intentamos mirarlo directamente no está delante de nosotros: está flotando dentro de nuestro ojo. Al moverlo, el vítreo se desplaza y la opacidad también, de ahí ese comportamiento desesperante de las moscas que nunca se dejan atrapar.

Pero el envejecimiento del vítreo tiene otra consecuencia. A medida que se licúa y cambia su estructura, puede ir separándose de la retina. Cuando la capa posterior del vítreo acaba desprendiéndose de ella se produce lo que los oftalmólogos llaman “desprendimiento posterior del vítreo”. Es extraordinariamente frecuente: su prevalencia aumenta marcadamente con la edad y afecta a la mayoría de los ojos cuando alcanzamos la octava década de la vida.

El nombre asusta más de lo que generalmente merece. Un desprendimiento del vítreo no es lo mismo que un desprendimiento de retina. El primero suele formar parte del envejecimiento normal del ojo y su pronóstico es generalmente bueno. El problema está en que el vítreo no se encuentra igualmente adherido a la retina en todas partes. Hay lugares donde la unión es especialmente fuerte y, mientras se desprende, puede tirar de ella.

Eso explica otro síntoma característico: los destellos luminosos o fotopsias. En este caso no hay luz alguna entrando en el ojo. La tracción del vítreo estimula mecánicamente la retina y esta envía una señal que el cerebro interpreta como luz. Es algo parecido a lo que sucede cuando nos frotamos con fuerza los ojos cerrados y vemos lucecitas que evidentemente no existen en la habitación.

La mayoría de las veces el asunto termina ahí. Pero si la tracción es suficientemente intensa puede provocar un desgarro de la retina. A través de esa abertura puede introducirse líquido y comenzar entonces algo completamente distinto y mucho más serio: un desprendimiento de retina. Por eso la aparición repentina de muchas moscas volantes, un aumento brusco de las existentes, nuevos destellos, pérdida de visión o una especie de sombra o cortina que avanza por el campo visual exige atención oftalmológica urgente. Tras un desprendimiento posterior del vítreo agudo también son habituales las revisiones posteriores precisamente para comprobar que durante el proceso no haya aparecido una rotura retiniana.

Volvamos ahora al sobre de mi amiga y a nuestra macedonia oftalmológica.

La bromelina es una mezcla de enzimas proteolíticas procedentes de la piña; la papaína es una proteasa obtenida de la papaya, y la ficina procede del látex de la higuera. Una proteasa es, simplificando, una herramienta molecular capaz de cortar proteínas en fragmentos más pequeños. Y aquí comienza a vislumbrarse la lógica de VISUfly: si algunas opacidades que flotan en el vítreo están formadas por agregados de colágeno, ¿podrían ciertas enzimas proteolíticas contribuir a degradarlos?

No es una ocurrencia del fabricante del complemento. La hipótesis se ha investigado. En 2022 se publicó un ensayo clínico con 224 pacientes que presentaban opacidades vítreas sintomáticas. Durante tres meses recibieron diferentes dosis de una combinación de bromelina, papaína y ficina, mientras otro grupo recibió vitamina C. Los autores comunicaron una disminución de las opacidades relacionada con la dosis administrada. Existía además un estudio anterior, publicado en 2020, que había investigado la misma combinación de enzimas y obtenido resultados favorables.

Por tanto, no estamos ante uno de esos complementos alimenticios en cuya etiqueta se amontonan sustancias saludables esperando que el consumidor establezca por su cuenta alguna relación con la enfermedad. Existe una hipótesis fisiológica y existen estudios clínicos que la respaldan. Pero entre eso y afirmar que sabemos que el tratamiento funciona hay todavía una distancia considerable.

El problema puede resumirse en una pregunta muy sencilla: ¿cómo llega la papaína que uno se traga hasta las fibrillas de colágeno que flotan dentro del ojo?

Nuestro aparato digestivo está precisamente especializado en descomponer proteínas. Para aceptar el mecanismo propuesto habría que demostrar que cantidades biológicamente relevantes de esas enzimas sobreviven al proceso digestivo, se absorben, alcanzan la circulación manteniendo suficiente actividad y, finalmente, llegan al vítreo en concentraciones capaces de actuar sobre sus agregados proteicos. Los estudios publicados proporcionan resultados clínicos interesantes, pero no han convertido toda esa cadena causal en un mecanismo definitivamente establecido. Por eso conviene mantener la cautela: la Academia Americana de Oftalmología sigue indicando que no existe un tratamiento médico recomendado para el desprendimiento posterior del vítreo; el manejo habitual de un caso no complicado consiste fundamentalmente en observación, vigilancia de los síntomas y revisiones para descartar roturas retinianas.

Esto permite además aclarar una posible confusión. VISUfly no pretende volver a pegar a la retina un vítreo que se ha separado de ella. Tampoco disponemos de pruebas de que impida un desprendimiento de retina. La lógica de las enzimas proteolíticas se dirige fundamentalmente hacia las opacidades vítreas y las molestas moscas volantes asociadas a la degeneración del gel. El glutatión y la vitamina C aportan, por su parte, el componente antioxidante de la formulación. El propio producto se comercializa legalmente como complemento alimenticio, no como medicamento.

Así que, después de dar un paseo inesperadamente largo por la córnea, el cristalino, la retina, el colágeno, el ácido hialurónico y tres fruterías tropicales, devolví el sobre a mi amiga. No podía asegurarle que las enzimas de la piña, la papaya y el higo fueran a comerse las moscas que flotaban dentro de su ojo. La evidencia disponible todavía no permite afirmarlo con esa rotundidad. Pero al menos el pequeño sobre plateado había dejado de parecer tan extravagante.

Y, sobre todo, había servido para descubrir algo bastante más interesante: que llevamos toda la vida mirando el mundo a través de un delicadísimo gel transparente que envejece con nosotros y del que normalmente solo nos acordamos cuando, un buen día, empezamos a ver sus sombras.