viernes, 25 de septiembre de 2026

NO, EL PETRÓLEO NO PROCEDE DE LOS DINOSAURIOS

 

Hace unos días cayó en mis manos una de esas revelaciones que circulan por Internet con la tranquilizadora seguridad de quien acaba de descubrir algo que miles de geólogos, químicos y compañías petroleras llevan un siglo empeñados en ocultar. El mensaje preguntaba por qué «la ciencia oficial» no quiere que sepamos el verdadero origen del petróleo. Nos han hecho creer, decía, que procede de dinosaurios y plantas muertas, cuando en realidad se fabrica continuamente en las profundidades de la Tierra. Como prueba, aseguraba que aparece donde nunca hubo vida, que algunos pozos agotados vuelven a llenarse y que se encuentran hidrocarburos a profundidades donde ningún dinosaurio sensato habría podido llegar.

La conclusión era formidable. El petróleo no sería un recurso finito, sino que se regeneraría constantemente. La historia de su escasez habría sido inventada para controlar los precios, provocar guerras y mantenernos sometidos al sistema energético. Es una teoría atractiva porque contiene varias afirmaciones verdaderas. El problema es que ninguna demuestra la conclusión.

Empecemos por hacer justicia a los dinosaurios. El petróleo no procede de ellos. La imagen del Tyrannosaurus rex convirtiéndose lentamente en gasolina es una simplificación infantil. Cuando llenamos el depósito estamos quemando principalmente restos transformados de organismos muchísimo menos espectaculares: algas, bacterias, fitoplancton y otra materia orgánica que vivió hace decenas o centenares de millones de años.

En mares y lagos productivos, enormes cantidades de organismos microscópicos nacen y mueren. La mayor parte se descompone, pero en determinados fondos pobres en oxígeno una fracción queda enterrada bajo nuevos sedimentos. Presión, temperatura y millones de años hacen el resto. La materia orgánica se transforma primero en kerógeno, una compleja mezcla de grandes moléculas orgánicas, y después, si alcanza las condiciones térmicas adecuadas, en petróleo y gas.

Tenemos una prueba particularmente hermosa de ese origen biológico: el petróleo contiene fósiles. No fósiles con huesos o conchas, sino fósiles moleculares. Son los biomarcadores, moléculas cuya arquitectura química conserva el recuerdo de sustancias que alguna vez formaron parte de seres vivos. Entre ellas aparecen hopanos relacionados con lípidos bacterianos, esteranos derivados de esteroles de organismos eucariotas y porfirinas emparentadas con pigmentos biológicos.

Los geoquímicos utilizan esos biomarcadores, junto con los isótopos del carbono y otros indicadores, para comparar un petróleo con las posibles rocas madre que lo generaron. Y aquí surge un pequeño inconveniente para la teoría conspirativa: estas técnicas no las utilizan solamente científicos universitarios. También las emplean las compañías petroleras para decidir dónde perforar. Sería un negocio curioso invertir miles de millones buscando petróleo mediante una teoría que se sabe falsa.

Ahora viene lo interesante, porque quienes hablan del petróleo abiótico tienen razón en algo fundamental. La Tierra puede fabricar hidrocarburos sin intervención de la vida.

Determinadas reacciones entre agua y rocas del manto pueden producir hidrógeno que, bajo ciertas condiciones, reacciona con carbono inorgánico y forma metano y otros hidrocarburos. También existen hidrocarburos y moléculas orgánicas en meteoritos y otros cuerpos del Sistema Solar. La química del carbono no necesita presentar un certificado de nacimiento expedido por una célula.

En enero de 2026 un equipo japonés aportó una observación especialmente interesante. Mitsukawa y colaboradores estudiaron un fragmento de peridotita procedente del manto superior bajo Tahití. En diminutas inclusiones atrapadas en sus minerales encontraron hidrocarburos aromáticos policíclicos. Las características geoquímicas indicaban que aquellas moléculas se habían formado a gran profundidad sin intervención biológica.

Titular posible para Internet: «Científicos demuestran que el petróleo se fabrica en el interior de la Tierra». Sólo habría un pequeño problema: no encontraron petróleo. Encontraron moléculas orgánicas abióticas. Es fascinante porque demuestra que la química profunda de la Tierra puede fabricar compuestos orgánicos complejos. Pero de ahí a concluir que los grandes campos petrolíferos de Arabia, Texas o Venezuela proceden del manto hay una distancia considerable.

Además, sabemos reconocer los hidrocarburos abióticos. En un trabajo clásico publicado en Nature en 2002, Barbara Sherwood Lollar y sus colaboradores estudiaron metano, etano, propano y butano presentes en rocas cristalinas del Escudo Canadiense. Los isótopos de carbono e hidrógeno mostraron un patrón de formación abiótica distinto del de los hidrocarburos generados a partir de materia orgánica. Precisamente porque podemos distinguirlos, sabemos que una aportación abiótica importante no explica los grandes reservorios comerciales conocidos.

Otro argumento frecuente asegura que se encuentra petróleo en lugares donde jamás hubo suficiente vida para producirlo. Es cierto, pero tiene una explicación sencilla: el petróleo viaja.

Una vez formado en una roca madre puede migrar a través de poros, fracturas y estratos permeables hasta encontrar una roca porosa donde acumularse y otra impermeable que actúe como sello. Preguntarse cómo puede haber petróleo en una roca que nunca tuvo suficiente materia orgánica equivale a preguntarse cómo puede salir agua de un grifo si dentro de la tubería nunca ha llovido.

Quedan los famosos pozos que «se rellenan solos». Un yacimiento no es una enorme caverna llena de petróleo. Normalmente es una roca porosa cuyos diminutos espacios contienen petróleo, gas y agua. Al extraerlos modificamos las presiones y pueden continuar llegando hidrocarburos desde zonas menos permeables o compartimentos conectados. Además, un pozo «agotado» no está necesariamente vacío: muchas veces significa que seguir explotándolo dejó de resultar rentable. Nuevas técnicas pueden recuperar petróleo que siempre estuvo allí.

También puede continuar llegando petróleo mediante migración natural. Pero rellenar un depósito no equivale a fabricar su contenido. Si vaciamos un pozo de agua y al cabo de unos días vuelve a tenerla, nadie concluye que las paredes hayan aprendido a fabricar H₂O.

Y llegamos así al error fundamental: confundir formación natural con recurso renovable. Actualmente continúa formándose petróleo a partir de materia orgánica enterrada y también se producen hidrocarburos mediante procesos abióticos. Del mismo modo, siguen formándose montañas y rocas sedimentarias. La Tierra no ha dejado de trabajar porque nosotros hayamos aparecido.

Pero para decidir si un recurso es renovable importa la velocidad. Un bosque puede recuperarse en décadas y un embalse llenarse durante una temporada lluviosa. Un sistema petrolero necesita habitualmente millones de años para generar, transportar y concentrar cantidades importantes de hidrocarburos. Nosotros podemos extraerlas en unas décadas.

Decir que el petróleo es renovable porque todavía se está formando sería como declarar renovables las cordilleras porque el Himalaya continúa elevándose unos milímetros cada año.

La historia del petróleo abiótico resulta, por eso, mucho más interesante que una simple falsedad de Internet. Empieza desmontando algo que efectivamente es falso —el petróleo no procede de dinosaurios—, continúa recordándonos otro hecho verdadero —la naturaleza puede fabricar hidrocarburos sin organismos— y termina dando un salto para el que no existen pruebas: que nuestros grandes yacimientos son depósitos inagotables alimentados continuamente desde las profundidades.

Cada vez que repostamos estamos quemando una colección extraordinaria de moléculas. Parte de sus átomos de carbono estuvo hace millones de años en organismos microscópicos suspendidos en mares desaparecidos. Murieron, escaparon de la descomposición, quedaron enterrados, se transformaron, se cocinaron lentamente, migraron a través de las rocas y tuvieron la extraordinaria fortuna geológica de encontrar una trampa que los retuviera hasta que nosotros aparecimos con una perforadora.

No necesitamos dinosaurios. La verdadera historia es bastante más extraordinaria.