domingo, 20 de septiembre de 2026

PICTOLINES Y GUINDILLAS: EL FRÍO Y EL FUEGO QUE SÓLO EXISTEN EN EL CEREBRO

 

Cuando era pequeño, apenas despuntados los 60, los partidos del Granada comenzaban antes de que los jugadores saltaran al campo. Empezaban en los alrededores del estadio, entre el rumor de la multitud, el olor de las pipas y los pregones de los vendedores ambulantes. Uno de ellos voceaba una mercancía diminuta y mentolada con una entonación que todavía puedo oír: «¡Al rico pictolín!». Mi padre compraba dos pesetas, que daban para seis caramelos, tres para cada uno. La operación tenía algo de aprovisionamiento militar. Había que aclararse la garganta porque nadie podía saber cuánto habría que animar al Granada ni en qué estado quedarían las cuerdas vocales después.

El pictolín parecía abrir la nariz, refrescar la boca y dejar en la garganta una corriente de aire de Sierra Nevada. Aquellos caramelos mentolados y revestidos de un papel verdiblanco, que El Monaguillo comenzó a fabricar en 1953, el mismo año en que yo nací, aparecen en recuerdos de antiguos quioscos andaluces como compañeros de fumadores, gargantas fatigadas y tardes de fútbol. El nombre casi ha desaparecido, pero permanece la sensación: un minúsculo invierno encerrado en azúcar.

Muchos años después, las guindillas me condujeron al extremo opuesto del mismo prodigio. Tampoco elevan apreciablemente la temperatura de la lengua, pero consiguen que la boca parezca arder. Un pictolín y una guindilla se dirían incompatibles: uno trae una ventisca y la otra un incendio. En realidad, ambos pulsan botones diferentes de un mismo tablero nervioso. El mentol activa el receptor del frío TRPM8; la capsaicina abre el receptor del calor doloroso TRPV1. Entre los dos fabrican un invierno y un infierno en una boca que continúa aproximadamente a 37 grados.

Ninguna de esas sensaciones es propiamente un sabor. La lengua reconoce cinco sabores básicos: dulce, salado, ácido, amargo y umami. El frescor de la menta, el ardor de la guindilla, el picor de la mostaza, el cosquilleo de la pimienta de Sichuán y la punzada de una bebida muy gaseosa pertenecen a otro dominio llamado quimioestesia. Son sustancias químicas estimulando los circuitos del tacto, la temperatura, la irritación y el dolor, cuyas señales viajan principalmente por el nervio trigémino. Por eso una guindilla pica también en el ojo o en la nariz, donde no tenemos papilas gustativas, pero sí abundantes terminaciones nerviosas y motivos excelentes para arrepentirnos de habernos tocado la cara.

TRPM8 y TRPV1 pertenecen a la familia de los canales TRP, unas proteínas alojadas en la membrana de ciertas neuronas. Podemos imaginarlas como puertas moleculares. Cuando un estímulo cambia su forma, se abren y permiten que entren iones de sodio y calcio. Esa corriente altera el voltaje de la neurona y pone en marcha impulsos eléctricos que llegan al cerebro. Allí no existe un termómetro diminuto: sólo patrones de actividad nerviosa que el encéfalo interpreta como frío, calor o amenaza.

TRPM8 responde normalmente al enfriamiento moderado. No posee un umbral absolutamente fijo, pero comienza a activarse aproximadamente cuando la temperatura desciende por debajo de 26 o 28 grados. El mentol se aloja en la proteína y favorece su apertura sin necesidad de que el tejido alcance ese frío. No baja por sí mismo la temperatura de la boca; consigue algo más económico: convencer al sistema que informa sobre ella. Cuando en 2002 dos grupos de investigadores identificaron el canal, demostraron que una misma puerta podía abrirse mediante un estímulo físico —la disminución de temperatura— o una llave química producida por una planta.

Eso explica también por qué el agua bebida después de un caramelo de menta parece proceder de un glaciar. El mentol continúa unido a los canales y los deja predispuestos a abrirse. Al enfriamiento real provocado por el agua se suma la acción química, y la descarga nerviosa resulta mayor que la causada por cualquiera de los dos estímulos por separado. La temperatura existe fuera de nosotros; la sensación térmica es la interpretación que el sistema nervioso construye a partir de ella.

La nariz proporciona otra demostración. El mentol no ensancha materialmente las vías respiratorias ni hace que pase mucho más aire, aunque produce una poderosa impresión de descongestión. Al activar TRPM8 en las terminaciones trigeminales de la mucosa, intensifica la sensación del aire que circula. El pictolín de mi infancia probablemente no despejaba la nariz tanto como afirmaba el cerebro, pero a la hora de gritar un gol la diferencia entre respirar mejor y sentir que se respira mejor podía carecer de importancia.

La capsaicina realiza la maniobra contraria. TRPV1 es un detector polivalente de situaciones potencialmente dañinas: se activa por temperaturas superiores a unos 42 o 43 grados, por la acidez y por ciertas sustancias irritantes. La capsaicina se une al canal y lo abre a la temperatura normal de la boca. Entran iones, la neurona descarga y el cerebro recibe el tipo de señal que habitualmente anuncia calor peligroso. La guindilla no cuece la lengua ni equivale a introducirla en una estufa; acciona una alarma que evolucionó para avisarnos de que los tejidos corren peligro.

El organismo se toma la falsa alarma muy en serio. Aumentan la salivación, el lagrimeo y las secreciones nasales; se dilatan los vasos sanguíneos de la cara y podemos sudar como si necesitáramos desprendernos de un calor verdadero. Nada de eso procede de las papilas gustativas. Es una respuesta defensiva coordinada contra un supuesto daño térmico o químico. La capsaicina ha encontrado la combinación de la caja fuerte y el cuerpo activa el protocolo de incendios.

El agua sirve de poco porque la capsaicina es lipófila y se disuelve mal en ella. El líquido la redistribuye, pero no se la lleva con eficacia. La grasa de la leche, el yogur o el queso ayudan a solubilizarla, y la caseína contribuye a separarla de las superficies bucales. El azúcar puede amortiguar la sensación, pero no elimina la molécula. Un helado de menta ofrece una alianza diplomática: grasa y proteínas contra la capsaicina, temperatura baja y mentol estimulando TRPM8.

La exposición repetida complica aún más la historia. Una dosis de capsaicina excita primero las neuronas y luego puede volverlas temporalmente menos sensibles. La entrada mantenida de calcio favorece la desensibilización del canal y agota mensajeros nerviosos; por eso existen cremas y parches de capsaicina para determinados dolores neuropáticos. El mentol también puede producir adaptación y ambos compuestos modifican parcialmente la respuesta al otro. El pictolín y la guindilla no sólo ocupan extremos opuestos: sus circuitos conversan, se estorban y cambian durante un rato la manera en que percibimos el frío y el calor.

Las plantas, naturalmente, no inventaron estas sustancias para entretener nuestro sistema trigeminal. La capsaicina ayuda a disuadir a mamíferos que destruirían las semillas al masticarlas, mientras que muchas aves, dispersoras eficaces, son mucho menos sensibles a ella. El mentol y otros terpenos de las mentas intervienen en su defensa química frente a herbívoros y microorganismos. Una planta fabrica una advertencia; el animal humano la convierte en condimento, caramelo, linimento o competición gastronómica. Somos la especie que responde a un «no me comas» preguntando si queda más.

Quizá por eso seguimos disfrutando de las guindillas. Con experiencia, el cerebro aprende que el incendio no destruye tejidos y puede transformar la alarma en excitación controlada, como sucede en una montaña rusa. La cultura, la costumbre y la desensibilización hacen el resto. Con el mentol ocurre algo más sencillo: asociamos su señal fría con limpieza, respiración despejada y alivio, aunque la temperatura y el diámetro de las vías respiratorias hayan cambiado poco.

Cuando recuerdo aquellos seis pictolines repartidos antes del partido, comprendo que mi padre no adquiría únicamente caramelos. Compraba una pequeña manipulación del sistema nervioso y, con ella, la promesa de una garganta preparada para noventa minutos de esperanza granadina. La menta nos prestaba el frío que no había y las guindillas, años después, me enseñarían el fuego que tampoco existe. Entre ambos extremos trabaja el cerebro, ese narrador formidable capaz de encontrar un glaciar en un caramelo y un incendio dentro de un pimiento.