viernes, 2 de octubre de 2026

DURIÁN: LA FRUTA QUE HUELE A INFIERNO Y SABE A GLORIA

 

En mayo de 2019, unas quinientas personas tuvieron que abandonar apresuradamente la biblioteca de la Universidad de Canberra. Alguien había detectado un olor sospechoso, penetrante, inequívocamente alarmante. La posibilidad de una fuga de gas parecía lo bastante seria como para evacuar el edificio y avisar a los servicios de emergencia. No había gas. Alguien había introducido un durián.

No era la primera vez ni sería la última. El fruto del durián ha provocado desalojos, llamadas a los bomberos y situaciones embarazosas en hoteles y aeropuertos. En buena parte del sudeste asiático existen establecimientos y medios de transporte donde está expresamente prohibido introducirlo. La razón se comprende en cuanto uno se acerca a un ejemplar maduro. En 1905, el botánico estadounidense Francis Ramaley intentó describir su olor y acabó prácticamente rindiéndose: primero le recordó a huevos podridos, después a gas de alcantarilla y ajo, y finalmente renunció a seguir clasificando aquello.

Lo extraordinario es que detrás de semejante tarjeta de presentación se esconda una de las frutas más apreciadas del planeta. El durián es conocido en el sudeste asiático como el «rey de las frutas», y quien consigue superar la barrera olfativa encuentra bajo la formidable armadura espinosa una pulpa amarillenta, blanda y cremosa que cuenta con auténticos fanáticos. Uno de ellos fue Alfred Russel Wallace, el naturalista que concibió independientemente de Darwin la teoría de la selección natural.

Wallace conoció el durián durante sus viajes por el archipiélago malayo y quedó cautivado. En El archipiélago malayo, publicado en 1869, trató de explicar su sabor recurriendo a una sucesión de comparaciones que parece el menú de una cena organizada por alguien que ha perdido el juicio:

«Su rica crema pastelera, similar a la mantequilla y con un intenso sabor a almendras, ofrece la mejor idea general, pero entremezclada con ella se perciben matices que recuerdan al queso crema, la salsa de cebolla, el jerez oscuro y otras combinaciones inusuales. Además, su pulpa posee una suavidad glutinosa inigualable, que realza su delicadeza. No es ácida, ni dulce, ni jugosa; sin embargo, se echa en falta ninguna de estas cualidades, pues es perfecta tal como es. […] De hecho, probar el durián es una experiencia novedosa, que bien merece un viaje a Oriente».

Ramaley y Wallace describían exactamente la misma fruta. Uno encontraba una alcantarilla y el otro poco menos que una revelación gastronómica. Esa contradicción acompaña al durián desde hace siglos y probablemente constituye buena parte de su encanto.

El árbol que produce semejante prodigio, Durio zibethinus, pertenece a las Malváceas, la misma familia de las malvas, los hibiscos y los baobabs. Su patria se encuentra en el sudeste asiático, especialmente en Borneo, Sumatra y la península malaya. El género Durio comprende más de una veintena de especies reconocidas, aunque D. zibethinus es con mucha diferencia la más cultivada. Siglos de selección humana han producido al menos dos centenares de cultivares.

Ilustración de un durián que muestra las distintas etapas de floración y la sección transversal del fruto, procedente de un álbum de acuarelas de la Biblioteca de Investigación de Dumbarton Oaks. 

Un durián puede llegar a pesar varios kilos. Cuando madura, cae del árbol, razón suficiente para no entregarse a meditaciones filosóficas debajo de un ejemplar cargado de frutos. La cáscara está cubierta de fuertes espinas y protege varios compartimentos que contienen las grandes semillas rodeadas por la famosa pulpa cremosa.

El olor, por supuesto, no es un defecto de fábrica. Desde el punto de vista del árbol es publicidad. En la penumbra de una selva tropical, producir un fruto grande, nutritivo y perfectamente comestible no sirve de mucho si nadie lo encuentra. El durián anuncia su madurez mediante una extraordinaria mezcla de sustancias volátiles, entre ellas ésteres de aromas frutales y diversos compuestos azufrados.

Estos últimos explican buena parte de las evocaciones a cebolla, ajo, huevos podridos y alcantarillas que aparecen inevitablemente en las descripciones occidentales. Los investigadores han identificado numerosos componentes del aroma, aunque reconstruir químicamente el olor característico del fruto resulta sorprendentemente complicado.

Lo que para nosotros puede ser una agresión nasal constituye para otros mamíferos una invitación a cenar. Los frutos caídos son consumidos por animales voluminosos como los elefantes y los orangutanes capaces de enfrentarse a su formidable envoltura y sus grandes semillas. Esa relación con los animales ayuda a explicar la dispersión natural del árbol. No es casual que una fruta que pretende llamar la atención en el suelo oscuro de una selva haya evolucionado hasta convertirse en uno de los objetos más olorosos del reino vegetal.

Pero reducir el durián a una curiosidad botánica sería cometer el mismo error que reducir el vino a zumo de uva fermentado. En el sudeste asiático es también cultura, memoria y vida comunitaria.

Entre algunos pueblos indígenas de Malasia, la maduración de los durianes se celebra colectivamente. Los bersisi, por ejemplo, preparan un espacio alrededor del durián más viejo, adornándolo con hojas, y celebran allí un festín en el que se sirven frutos y otros alimentos. En Bali existe incluso un proverbio basado en la peculiar costumbre del durián de desprenderse del árbol cuando madura: «Como con un durián caído, siempre hay alguien que lo recoge». Es una manera bastante hermosa de decir que quien atraviesa dificultades acabará encontrando ayuda.

En otras comunidades las reglas relacionadas con la fruta alcanzan dimensiones económicas y sociales. Entre los baduy de Indonesia, los durianes caídos pueden considerarse propiedad colectiva y existen prácticas comunitarias relacionadas con su venta. Incluso los árboles han servido como garantía en determinados acuerdos económicos: la producción futura permite saldar deudas sin recurrir al cobro convencional de intereses.

Todo esto explica por qué la historia del durián no puede entenderse solamente contando toneladas y dólares. Los administradores coloniales británicos ya intentaron hacerlo. En 1886, Nathaniel Cantley, superintendente del Jardín Botánico de Singapur, lamentaba que la producción no satisficiera la demanda y atribuía la situación, desde los prejuicios característicos de su época, a la supuesta falta de interés de los malayos por ganar más dinero del necesario para cubrir sus necesidades. Donde el funcionario colonial veía ineficiencia económica había, naturalmente, sistemas sociales y culturales que no tenían por qué obedecer a la lógica de una plantación comercial.

El olor del durián llegó incluso a adquirir resonancias políticas. En el relato humorístico Durianes, del escritor filipino Alejandro Roces, el protagonista lleva unos durianes como regalo a un sacerdote español. El sacerdote, incapaz de soportar el olor, lo echa de su casa. El hombre termina comiéndose tranquilamente los durianes él solo. Roces convertía así aquella pestilencia incomprensible para el extranjero en una afirmación de identidad local frente al colonialismo español y la posterior ocupación japonesa. No deja de ser una reivindicación magnífica: podrán ocupar nuestro país, pero no conseguirán que nuestra fruta huela como a ustedes les gustaría.

En las últimas décadas ha aparecido otro personaje en esta historia: China. El gigantesco mercado chino ha convertido el durián en un producto internacional enormemente valioso y ha estimulado la expansión de las plantaciones comerciales en varios países del sudeste asiático. Y con ello ha aparecido una paradoja inquietante.

El fruto que durante generaciones formó parte de bosques, huertos mixtos y sistemas agroforestales está siendo llevado en algunos lugares al monocultivo. En Malasia, la expansión de plantaciones destinadas al mercado chino ha afectado a territorios utilizados tradicionalmente por comunidades orang asli y ha generado conflictos relacionados con la deforestación, la biodiversidad y el acceso a las plantas del bosque empleadas en ceremonias tradicionales como el sewang.

Así que el durián ha recorrido un camino extraordinario sin necesidad de moverse demasiado de su árbol. Ha sido alimento de animales selváticos, fruta de comunidades indígenas, obsesión de naturalistas victorianos, motivo literario, símbolo de identidad y mercancía internacional. Hoy viaja en aviones y contenedores refrigerados hacia consumidores dispuestos a pagar cantidades considerables por aquello que en otros lugares bastaría para llamar a los bomberos.

Quizá Alfred Russel Wallace tenía razón. Hay sabores que justifican un viaje. En el caso del durián, conviene añadir una pequeña precaución: antes de emprenderlo, asegúrese de que su sentido del olfato comparte el entusiasmo.