viernes, 23 de octubre de 2026

LA PARRA VIRGEN: CINCO DEDOS PARA ENCENDER EL OTOÑO

 

Aspectos btánicos de Partenocissus quinquefolia. 1, aspecto otoñal de las hojas (foto de Luis Monje). 2, extremo de un zarcillo convertido el disco adhesivo adherido a una pared (foto de AnRo0002. 3, frutos (fotos de RA Nonenmacher). 4, grupos de flores (foto deAnRo0002. 

Durante buena parte del año, la parra virgen se dedica a una tarea bastante discreta: cubrir aquello que encuentra a su paso. Una tapia, una verja o el tronco de un árbol pueden acabar bajo una cortina de hojas verdes sin que nadie se detenga a examinar a la responsable. Pero llega el otoño y la discreción termina. El verde se transforma en escarlata, carmesí y púrpura, y aquella pared que apenas merecía una mirada se convierte durante unas semanas en uno de los mejores espectáculos del jardín. La protagonista es Parthenocissus quinquefolia, una trepadora cuya historia natural resulta tan interesante como su vestuario.

Aunque la llamemos parra, sus frutos no sirven para vendimiar. Pertenece a las vitáceas, la misma familia que la vid, pero ocupa una rama distinta de ese parentesco. También se conoce como parra de Virginia, aunque su distribución natural desborda ampliamente ese territorio: según el catálogo botánico de Kew, se extiende desde el sureste de Canadá hasta El Salvador y alcanza distintas islas del ámbito caribeño. Estamos ante una liana americana que hemos incorporado a los jardines por su vigor, su capacidad para cubrir superficies y su extraordinario color otoñal.

Su identificación empieza por una pequeña corrección que permite mirar mejor cualquier planta. Lo que a primera vista parecen cinco hojas reunidas son, en realidad, los cinco folíolos de una sola hoja compuesta. Todos parten de un punto común, como los dedos de una mano abierta: por eso se dice que la hoja es palmaticompuesta. Cada folíolo posee su propio limbo, con el margen dentado y el extremo generalmente puntiagudo. En los brotes jóvenes pueden aparecer hojas con solo tres folíolos, pero el patrón habitual de cinco explica el epíteto quinquefolia.

Este detalle ayuda a distinguirla de otra parra virgen muy cultivada, Parthenocissus tricuspidata. En esta última, las hojas características son simples y suelen presentar tres lóbulos: el limbo continúa de un lóbulo al siguiente. En P. quinquefolia, por el contrario, los cinco folíolos están separados. Para reconocerlas no hace falta esperar al otoño ni examinar sus flores con una lupa; basta con comprobar si tenemos delante una lámina recortada o varias láminas independientes reunidas en una misma hoja.

La segunda lección aparece al observar cómo sube por una pared. Una planta trepadora ahorra buena parte de la inversión necesaria para sostenerse: utiliza una estructura ajena para elevar sus hojas hacia la luz. La parra virgen lleva esa estrategia a la práctica mediante zarcillos ramificados cuyos extremos desarrollan pequeños discos adhesivos. Gracias a ellos puede sujetarse a superficies donde una planta que necesitase enroscarse alrededor de una rama tendría serias dificultades. 

A menudo se llama «ventosas» a esos discos, pero la palabra induce a imaginar un mecanismo equivocado. No se sujetan creando un vacío, como una ventosa de baño. Su procedimiento se parece más al de un pegamento biológico. El contacto con el soporte desencadena cambios en las células superficiales del extremo del zarcillo y la producción de sustancias adhesivas. Entre sus componentes se han identificado pectinas y otros polisacáridos, es decir, moléculas formadas por cadenas de azúcares. El conjunto establece una unión resistente con el sustrato y acaba reforzándose mediante lignificación. Un modesto zarcillo resuelve así un problema de materiales que cualquier fabricante de adhesivos reconocería inmediatamente. 

Mientras las hojas se llevan las miradas, las flores pasan casi inadvertidas. Son pequeñas, verdosas y aparecen agrupadas entre finales de primavera y comienzos del verano. Miradas de cerca, sin embargo, muestran una organización precisa: cinco pétalos que se curvan hacia atrás y cinco estambres con anteras amarillas. Su escaso protagonismo ornamental no significa que carezcan de función ecológica. Son visitadas por insectos y constituyen el comienzo de la siguiente fase del ciclo: la formación de los frutos.

Estos son pequeñas bayas que, al madurar, adquieren un color azul oscuro, casi negro, frecuentemente cubierto por una tenue película cérea. Los pedicelos y los ejes que las sostienen pueden enrojecer, de modo que la planta compone un contraste llamativo incluso después de perder las hojas. Las aves consumen los frutos y contribuyen a dispersar las semillas. Para la parra, conseguir que un animal transporte su descendencia es otra forma de desplazarse sin abandonar el sitio.

Conviene, eso sí, no confundir un alimento para aves con un alimento para personas. Las bayas no son comestibles para nosotros. Los tejidos de la planta contienen cristales de oxalato cálcico, algunos con forma de diminutas agujas, llamados ráfides, que pueden lesionar e irritar los tejidos con los que entran en contacto. El manejo de la planta también provoca irritación cutánea en algunas personas sensibles. El parentesco con la vid permite explicar muchas semejanzas botánicas, pero no convierte estos frutos en pequeñas uvas.

El gran espectáculo llega cuando la hoja se aproxima al final de su vida. Durante los meses de crecimiento domina la clorofila, imprescindible para captar la energía luminosa que alimenta la fotosíntesis. Al avanzar la senescencia otoñal, esa maquinaria se desmantela y el verde pierde intensidad. Entonces cobran protagonismo otros pigmentos. Los carotenoides aportan amarillos y anaranjados; las antocianinas producen los rojos y púrpuras que asociamos con las parras vírgenes. El color que vemos depende de la combinación de esos pigmentos y del estado de cada hoja.

No se trata simplemente de que el frío pinte las hojas, ni de que todas cambien a la vez siguiendo un calendario exacto. Esta especie desarrolla pronto su coloración púrpura y roja y también pierde pronto el follaje. Por eso merece la pena observarla durante varias semanas: una misma planta puede ofrecer hojas todavía verdes junto a otras encendidas, antes de que los tallos queden desnudos. El espectáculo es breve precisamente porque forma parte de una despedida.

En el jardín, su principal virtud exige también cierta vigilancia: crece con enorme vigor. Puede sobrepasar los diez metros, extenderse por el suelo y ocupar vegetación vecina. No es una planta parásita que extraiga alimento de los árboles sobre los que trepa, pero una cobertura excesiva puede perjudicarlos al sombrear sus hojas. Conviene proporcionarle espacio y controlar los brotes que se dirigen hacia donde no deben. Sus discos se adhieren con fuerza y pueden dejar restos; al arrancarlos de superficies pintadas es posible desprender también parte de la pintura.

La próxima vez que encontremos una fachada cubierta de parra virgen, podemos detenernos en tres detalles: los cinco folíolos reunidos como una mano, los pequeños discos con los que se pega al soporte y las bayas oscuras que esperan a las aves. El otoño añadirá después su propia explicación en rojo. Bajo aquella cortina vegetal hay una planta que ha aprendido a subir sin construir un tronco monumental, a viajar confiando sus semillas a otros y a convertir la retirada anual de sus hojas en el momento más visible de su existencia.