miércoles, 28 de octubre de 2026

PEQUEÑAS PARADOJAS DE UN VIAJE A LAS ANTÍPODAS

 

En el primer tramo de mi viaje a Australia, estaba examinando los horarios de los vuelos cuando descubrí algo que me pareció un tanto inquietante. Según mis billetes de Etihad Airways, había salido de Madrid el martes 27 de octubre a las 9:45 de la mañana y llegaría a Melbourne el miércoles 28 a las 16:45. Entre ambos momentos habían transcurrido treinta y una horas. Sin embargo, sumando los dos vuelos y la escala en Abu Dabi, el viaje duraba exactamente veintiuna. Me faltaban diez horas y, por más que repasaba las cuentas, no conseguía encontrarlas.

No es que me preocupe especialmente cumplir años. A determinadas edades, lo verdaderamente preocupante es cumplirlos demasiado deprisa. Pero una cosa es aceptar el inexorable transcurso del tiempo y otra consentir que te arrebaten diez horas de existencia mientras estás distraído intentando dormir en un asiento de clase turista. Lo menos que cabría esperar es alguna advertencia en el billete o una compensación económica, aunque solo fuera en forma de un bocadillo.

La explicación, naturalmente, está en los husos horarios. La Tierra gira sobre sí misma una vez cada veinticuatro horas y, como tiene la forma aproximada de una esfera, sus habitantes no pueden disfrutar simultáneamente del mediodía. Cuando en Madrid estamos desayunando, en Australia llevan horas ocupados en sus asuntos y probablemente están pensando en la cena. Para organizar semejante desbarajuste, la humanidad decidió dividir el planeta en veinticuatro franjas horarias. Después llegaron las fronteras políticas, los horarios de verano y las conveniencias administrativas, y consiguieron complicar lo que ya parecía suficientemente complicado.

El 27 de octubre, Madrid estará en horario de invierno y Melbourne en pleno horario de verano austral. La diferencia entre ambas ciudades será de diez horas. Eso significa que cuando yo despegue de Barajas a las 9:45, en Melbourne serán ya las 19:45. Los australianos habrán vivido diez horas de martes que para mí todavía no han sucedido. No sé cómo lo consiguen, pero me parece una ventaja competitiva considerable.

Mi primera escala será en Abu Dabi, donde aterrizaré a las 19:35, hora local. En realidad, habrán transcurrido solamente seis horas y cincuenta minutos desde que salí de Madrid. Las otras tres horas las habrá aportado generosamente la geografía. Después de una escala de una hora, volveré a embarcar y pasaré otras trece horas y diez minutos en el aire hasta llegar a Melbourne.

Cuando finalmente ponga los pies en Australia serán las 16:45 del miércoles, pero en Madrid apenas serán las 6:45 de la mañana. Mi organismo, que no entiende de convenciones internacionales, estará convencido de que acaba de amanecer mientras los australianos estarán terminando su jornada. No es extraño que el cuerpo proteste. Se le exige que desayune cuando debería cenar, que duerma cuando debería estar despierto y que acepte todo ello como si fuera la cosa más natural del mundo. Los médicos llaman a ese desajuste jet lag, una expresión bastante elegante para describir la situación de una persona cuyo cerebro, estómago y reloj de pulsera han dejado de ponerse de acuerdo.

Pero mis diez horas desaparecidas son una insignificancia comparadas con lo que les ocurre a algunos viajeros que cruzan el océano Pacífico. Allí se encuentra la línea internacional de cambio de fecha, una frontera imaginaria que discurre aproximadamente por el meridiano 180 y que tiene una propiedad extraordinaria: al atravesarla hacia el oeste hay que adelantar el calendario un día entero; al hacerlo hacia el este, hay que retrasarlo. Uno puede acostarse un martes y despertarse un jueves sin haber disfrutado del miércoles, lo que, dependiendo de las obligaciones previstas para ese día, puede constituir una desgracia o una bendición.

Bill Bryson, en su libro En las antípodas, cuenta que salió de Los Ángeles un 3 de enero y llegó a Sídney el día 5, después de catorce horas de vuelo. El 4 de enero había desaparecido de su calendario. Bryson se preguntaba adónde había ido a parar aquel día y consideraba que las compañías aéreas deberían advertir a sus clientes de que determinados trayectos pueden ocasionar una pérdida temporal de existencia. No parece una exigencia desmesurada. Las aerolíneas advierten de las dimensiones permitidas del equipaje de mano, de la prohibición de fumar y hasta de la conveniencia de abrocharse el cinturón, pero guardan un silencio bastante sospechoso sobre la posibilidad de que desaparezca un miércoles entero.

Mi caso es menos espectacular. No cruzaré la línea internacional de cambio de fecha y no perderé ningún día completo. En realidad, tampoco perderé diez horas. Durante mi viaje transcurrirán exactamente veintiuna, tanto para mí como para cualquier persona que permanezca tranquilamente en Madrid. La diferencia es que los relojes de Melbourne estarán diez horas adelantados. El tiempo no habrá cambiado; lo único que habrá cambiado será la manera de medirlo. Es algo parecido a expresar una distancia en kilómetros o en millas: el camino sigue siendo el mismo, aunque las cifras sean distintas. La diferencia es que nadie se siente diez kilómetros más viejo por cambiar de unidad de medida.

Afortunadamente, el viaje de regreso promete reparar el aparente atropello. El lunes 16 de noviembre despegaré de Melbourne a las 18:05 y aterrizaré en Madrid el martes 17 a las 7:25 de la mañana, después de hacer otra escala en Abu Dabi. Según los relojes de los aeropuertos, entre la salida y la llegada habrán transcurrido solamente trece horas y veinte minutos. Sin embargo, habré pasado veintitrés horas y veinte minutos viajando. Las diez horas desaparecidas en la ida habrán reaparecido durante el regreso, como si alguien las hubiera encontrado olvidadas en un cajón.

Lo extraordinario es que las compañías aéreas consiguen devolverme esas horas sin necesidad de acelerar el avión, alterar la rotación terrestre ni infringir una sola ley de la física. Basta con viajar hacia el oeste. Los husos horarios irán retrasando progresivamente la hora local respecto a la australiana y, cuando llegue a Madrid, el reloj me habrá devuelto exactamente lo que me adelantó en el viaje de ida. No recuperaré diez horas de juventud, desde luego, pero reconocerán que resulta reconfortante pensar que uno puede recobrar algo que daba por perdido.

Hay, sin embargo, un detalle que convierte esta restitución en una operación comercial bastante discutible. El regreso durará casi dos horas más que la ida. Mientras que para llegar a Australia pasaré veinte horas en el aire, para volver necesitaré veintiuna horas y cincuenta y cinco minutos. La explicación está principalmente en los vientos dominantes del oeste, que en las latitudes medias suelen soplar de oeste a este. Cuando un avión vuela a favor de esos vientos, aumenta su velocidad respecto al suelo; cuando los encuentra de frente, disminuye. Las rutas reales atraviesan regiones con vientos diferentes, pero el principio explica por qué un mismo trayecto puede durar bastante más en un sentido que en otro.

De modo que la geografía me devuelve las diez horas que aparentemente me había robado, pero la meteorología se queda con casi dos en concepto de comisión. No conozco muchas operaciones en las que para recuperar diez horas haya que invertir veintitrés, pero supongo que las compañías aéreas podrían defenderlas alegando que uno ha disfrutado durante todo ese tiempo de sus servicios.

El asunto tiene todavía otra peculiaridad. Aunque en la ida viaje hacia el este y en la vuelta hacia el oeste, no estaré acelerando ni frenando la rotación terrestre. El avión, antes de despegar, ya participa del movimiento de la Tierra, igual que la atmósfera que lo rodea. Si no fuera así, bastaría con elevarse en un globo y esperar tranquilamente a que Australia pasara por debajo, un sistema de transporte que habría revolucionado la industria turística y arruinado a las compañías aéreas hace mucho tiempo.

Así que el balance de mi aventura temporal será bastante equilibrado. En la ida, los relojes adelantarán diez horas; en la vuelta, las retrasarán. Habré envejecido exactamente lo que duren los viajes, ni un minuto más ni uno menos, aunque mi organismo probablemente tarde varios días en convencerse de ello. La ciencia ofrece una explicación impecable, pero no consigue eliminar del todo la sensación de que hay algo sospechoso en un sistema que permite salir de un aeropuerto y llegar a otro cuando el calendario parece haber corrido más deprisa que el avión. 

En cualquier caso, he decidido no presentar ninguna reclamación. Si bastara con viajar hacia el oeste para recuperar años de vida, las compañías aéreas habrían descubierto el negocio más rentable de la historia. Y, conociéndolas, seguramente cobrarían un suplemento por cada año recuperado.