Zohran Mamdani ganó las primarias demócratas de Nueva York cuando no tocaba ganar. Derrotó a un apellido con aparato, rompió una previsión cómoda y obligó a la ciudad a hacerse la pregunta que más le molesta: si esta vez el cambio iba en serio.
La noche en que Zohran Mamdani
ganó las primarias demócratas de Nueva York, la ciudad hizo ese ruido peculiar
que solo hace cuando se sorprende de sí misma: una mezcla de entusiasmo, alarma
y una súbita necesidad de explicarlo todo con teorías. En la política
neoyorquina, donde el cinismo suele ir por delante del calendario, la sorpresa
no es un accidente, es un acontecimiento.
Mamdani llegó a la meta con la
estética y la mecánica de la nueva izquierda urbana: vídeos cortos, actos
pequeños que parecían grandes, y una idea fija repetida con la disciplina del
martillo neumático: Nueva York es demasiado cara. No era un eslogan poético;
era un diagnóstico contable. Su campaña se construyó alrededor de la palabra affordability
“asequibilidad”, que en la ciudad suena casi a religión civil: alquileres,
transporte, guarderías, comida. Y, por supuesto, el viejo antagonista local: el
propietario.
En el papel, el programa parecía
escrito para irritar a los engominados de Manhattan y seducir a la gente que
vive con la cuenta atrás del alquiler. Congelar subidas de renta en vivienda
estabilizada, autobuses gratuitos, guardería gratuita, economatos de
comestibles municipales, más vivienda asequible y un aparato de “seguridad
comunitaria” que no se parece a la policía tradicional. Era, en conjunto, una
propuesta de Estado del bienestar a escala municipal, financiada —según su
plan— con impuestos más altos sobre los más ricos y las grandes corporaciones.
Hasta ahí, la teoría. La sorpresa
fue llegar a donde ha llegado gracias a ganar las primarias demócratas, algo
que todo el mundo pensaba que no podía ocurrir. Su rival era Andrew Cuomo:
apellido con historia, aparato con memoria y una biografía que, en Nueva York,
funciona como un pasaporte. Las primarias se leyeron durante meses como un
retorno del viejo orden con barniz de “experiencia”: Cuomo como candidato
inevitable, Mamdani como nota exótica a pie de página. La noche electoral
invirtió el guion: Cuomo aceptó inmediatamente su derrota y Reuters describió
el resultado con una palabra que en política se usa cuando el analista se queda
sin excusas: “sorprendente”.
¿Por qué sorprendió tanto?
Porque, según la narrativa dominante, Mamdani era demasiado joven, demasiado
“socialista” (esa palabra en Estados Unidos siempre viene con comillas
implícitas) y demasiado outsider para ganarle a una figura tan conocida.
La campaña demostró que en Nueva York la notoriedad puede ser una ventaja…
hasta que se convierte en un recuerdo. Brookings habló de “talento
generacional” y, sobre todo, de lo instructivo del vuelco: no solo ganó, sino
que lo hizo con contundencia para el contexto.
Hubo un ingrediente clave: la
edad como relato. Mamdani era el candidato de una generación que paga
alquileres imposibles, usa el metro como sistema circulatorio y no siente
nostalgia por las viejas jerarquías demócratas. En resumen, ese enfrentamiento
de las primarias fue el veterano con pasado de poder frente al treintañero con
gramática de redes y organización de base.
El otro ingrediente fue el
método. Su campaña, según crónicas posteriores, creció desde abajo:
voluntarios, presencia en barrios y una comunicación digital que no parecía
publicidad sino conversación. En su investidura, ya como alcalde, la narrativa
quedó oficializada: outsider, socialista democrático y un ascenso
construido con discursos ilusionantes, organización y redes.
Nueva York no elige alcaldes:
elige debates ambulantes. Mamdani convirtió la campaña en una discusión sobre
qué tipo de ciudad quiere ser Nueva York cuando se mira al espejo y ve que el
espejo cuesta tres mil dólares al mes.
Su “asequibilidad” tenía la
virtud de ser concreta. No hablaba de “oportunidades”; hablaba de autobuses y
alquileres. Y eso, en una ciudad donde la política a menudo suena como un
seminario, fue un arma. El alquiler estabilizado —un mundo legal y emocional
propio— no es un tema abstracto. Congelar subidas es una promesa que se
entiende sin traductor.
Al mismo tiempo, el programa le
dio munición a sus adversarios. Los críticos lo llamaron radical; sus
partidarios lo presentaron como realista en una ciudad irreal. La combinación
de programa material y símbolos potentes produjo un efecto doble: entusiasmo en
una parte del electorado y rechazo visceral en otra. Eso también es Nueva York.
Y, además del tono de su agenda
“democrático socialista” centrada en costes como guardería universal,
congelación de rentas, buses gratis y reformas fiscales, está la dimensión
simbólica, que en Nueva York cuenta casi tanto como el presupuesto. Mamdani se
convirtió en el primer alcalde musulmán de la ciudad y también el primero nacido
en África; juró sobre un Corán en una ceremonia de medianoche en una estación
de metro clausurada, como si quisiera dejar claro desde el principio qué ciudad
gobierna y qué ciudad imagina.
Uno de enero de 2026. Zohran Mamdani jura como alcalde de la ciudad de Nueva York en la estación Old City Hall.
Tras el triunfo en las primarias
—y más aún tras ganar la alcaldía— apareció el comentario automático: “este
acabará en la Casa Blanca”. En Estados Unidos, cuando alguien gana joven y con
relato, el país ensaya la película completa de F. D. Roosevelt y J. F. Kennedy.
Pero en este caso hay un problema muy poco cinematográfico: la Constitución.
El artículo II de la Constitución
establece que para ser presidente hay que ser “natural born citizen”
(ciudadano por nacimiento), tener al menos 35 años y haber residido 14 años en Estados
Unidos. El punto decisivo es el primero. Según la biografía oficial de la
Asamblea del Estado de Nueva York, Mamdani nació en Kampala, Uganda, y se mudó
a Nueva York con siete años.
Y diversas fuentes biográficas
indican que obtuvo la ciudadanía estadounidense por naturalización (es decir,
no al nacer). Si eso es correcto, entonces no cumpliría el requisito
constitucional de “natural born citizen”, y por tanto no podría ser
candidato a la presidencia, por popular que sea y por mucho que lo pidan las
tertulias.
En este asunto suele aparecer la
confusión: mucha gente entiende “ciudadano” como sinónimo de “elegible”. Pero,
en estados Unidos, la presidencia tiene una puerta de entrada distinta. Puedes
ser senador, juez del Supremo o alcalde de la ciudad más importante del país
sin haber nacido con pasaporte estadounidense; pero presidente, no. Así que
quienes imaginan a Mamdani como futuro presidente se equivocan por una razón
simple y contundente: la épica no modifica una cláusula constitucional.
Lo interesante, en realidad, no es si Mamdani puede o no puede aspirar a Washington, sino lo que su campaña ya ha conseguido en Nueva York: ha demostrado que una plataforma abiertamente centrada en costes y servicios puede derrotar a un nombre pesado del aparato demócrata.