sábado, 17 de enero de 2026

EL ORIGEN ESTADOUNIDENSE DEL CAOS IRANÍ

El golpe de Estado de 1953 en Irán no fue un episodio aislado, sino el inicio de una cadena de decisiones que todavía hoy condicionan la política iraní y la de Washington.

Foto de Amnistía Internacional

No hay duda de que la Revolución Islámica de 1979 hunde sus raíces en un golpe de Estado organizado por Estados Unidos en 1953. Desde entonces, Irán vive atrapado en una inestabilidad política que, setenta y cinco años después, sigue produciendo consecuencias. Algunas muy visibles. Otras menos, pero no menos persistentes.

En 1950, sin que nadie pareciera advertirlo del todo, Washington tomó una decisión que cambiaría la política internacional para siempre. La Guerra Fría estaba en marcha y los servicios de inteligencia estadounidenses habían señalado un punto rojo en el mapa: Irán. No tanto por lo que era, sino por dónde estaba.

Irán tenía petróleo. Mucho. Pero, sobre todo, tenía vecinos. Al norte, la Unión Soviética. Al oeste, Turquía e Irak. Al sur, Arabia Saudí y el Golfo Pérsico. Al este, Afganistán y Pakistán. Desde Teherán se podía vigilar media región y, llegado el caso, proyectar fuerza sobre Israel, Líbano, Jordania o Siria. En geopolítica, eso no es un país: es una tentación.

Esa condición de territorio codiciado no era nueva. Irán —la antigua Persia— llevaba siglos acostumbrado a sobrevivir entre imperios. Fue un Estado organizado ya en el siglo VI antes de nuestra era, cuando Ciro el Grande fundó el Imperio aqueménida. Desde entonces, con conquistas, invasiones y dominaciones parciales, la idea de un Estado persa nunca desapareció del todo.

Alejandro Magno pasó por allí en el siglo IV antes de nuestra era. Los árabes musulmanes llegaron en el siglo VII. Los mongoles gobernaron entre los siglos XIII y XIV. Nadie “liberó” Irán de los mongoles: simplemente se diluyeron, se iranizaron y dejaron paso a nuevas dinastías locales. En Persia, incluso los conquistadores acaban pareciendo de la casa.

La reconstrucción de un Estado iraní fuerte y reconocible llegó en 1501, cuando Ismail I fundó la dinastía safávida. Unificó el territorio, expulsó rivales e impuso el chiismo duodecimano como religión oficial. Fue una decisión política más que espiritual, pero funcionó: dotó al país de una identidad propia frente a sus vecinos suníes.

Cuatro siglos después, en diciembre de 1925, el Parlamento iraní depuso a la debilitada dinastía kayar y proclamó sha a Reza Shah Pahlavi. No fue una revolución popular, sino una operación desde arriba. Reza Khan, un oficial cosaco, había dado un golpe de Estado en 1921 y desde el cargo de primer ministro fue acumulando poder mientras el último sha quedaba reducido a figurante.

Con Reza Shah comenzó la construcción del Irán moderno: centralización, secularización, infraestructuras, debilitamiento del clero y de las élites tribales. Todo ello bajo un régimen autoritario, pero con ambición nacional. En 1935, incluso cambió el nombre del país: Persia pasó a llamarse oficialmente Irán.

La soberanía duró poco. En 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, británicos y soviéticos ocuparon el país, forzaron la abdicación de Reza Shah y sentaron en el trono a su hijo, Mohammad Reza Pahlavi. El mensaje era claro: Irán era un corredor estratégico, no un Estado soberano.

Ese contexto abrió un breve paréntesis de libertad. El Parlamento recuperó peso, los partidos proliferaron, la prensa respiró. Y de ahí emergió Mohammad Mossadegh: aristócrata, nacionalista, legalista hasta la obsesión y enormemente popular. En 1951 fue nombrado primer ministro tras unas elecciones parlamentarias que el sha no promovió, pero tampoco pudo frenar.

Mossadegh había prometido algo sencillo y explosivo: que el petróleo iraní beneficiara a los iraníes. Nacionalizó los activos petrolíferos y, con ello, encendió todas las alarmas en Londres y Washington. El Reino Unido protestó. Estados Unidos calculó.

El presidente Eisenhower descartó una invasión directa. Irán estaba demasiado cerca de la URSS y nadie quería provocar una guerra nuclear. Pero la CIA tenía otra idea. Se llamaba Kermit Roosevelt, era nieto de Theodore Roosevelt y llegó a Teherán con maletas llenas de dólares.

Con ese dinero contrató matones, financió disturbios, compró voluntades y fabricó la sensación de que Mossadegh era un líder incapaz y detestado. En 1953 fue derrocado. Pasó por la cárcel y terminó el resto de su vida bajo arresto domiciliario.

El premio fue para el sha. Washington le otorgó poder absoluto, lo coronó como Shahanshah —Rey de reyes— y lo convirtió en garante de los intereses occidentales. Las compañías petrolíferas regresaron. Los contratos se multiplicaron. Irán volvió a ser fiable.

La CIA aprendió entonces una lección decisiva: con unos pocos millones de dólares se podía hacer el trabajo que antes exigía ejércitos enteros. Sin invasión. Sin titulares. Sin que la mayoría de los estadounidenses supiera que su país acababa de derrocar una democracia.

El modelo se repetiría después en Guatemala, Chile y varios países africanos. Irán fue el ensayo general. Kermit Roosevelt había inaugurado una nueva forma de imperio: discreta, barata y eficaz.

Durante los años sesenta y setenta, Irán se llenó de asesores estadounidenses. Convencieron al sha de invertir los petrodólares en proyectos diseñados, gestionados y ejecutados por corporaciones extranjeras. General Electric, Boeing, IBM, Citibank. Americanizar el país era una cuestión de estilo y de contratos.

Mientras tanto, la dictadura se iba pudriendo. La represión crecía. El apoyo social se evaporaba. En 1978, las protestas estallaron. El ayatolá Jomeini regresó del exilio. El sha huyó, enfermo de cáncer. Estados Unidos y Reino Unido le negaron asilo. Murió en Egipto, con una fortuna intacta de unos 4 000 millones de dólares.

Los nuevos gobernantes iraníes gritaron contra el imperialismo estadounidense. Tomaron la embajada de Estados Unidos en Teherán y retuvieron a 52 diplomáticos durante 444 días. Las empresas estadounidenses fueron expulsadas. Todavía no han vuelto.

Hoy, la Casa Blanca vuelve a hablar de ataques militares contra Irán. Como respuesta a una inestabilidad que, conviene recordarlo, fue causada por una intervención estadounidense hace tres cuartos de siglo.

El eterno retorno de lo mismo.Los mulás clamaban contra el imperialismo estadounidense. Sus seguidores irrumpieron en la embajada de Estados Unidos en Teherán, tomaron como rehenes a cincuenta y dos estadounidenses y los retuvieron durante 444 días. La mayoría de las empresas estadounidenses fueron expulsadas de Irán durante treinta años. Todavía no han regresado.

La inestabilidad política de Irán es consecuencia de la intervención de los Estados Unidos. Trump ha advertido públicamente que la Casa Blanca no descarta ataques a objetivos militares iraníes como parte de su respuesta. Una respuesta a un problema de inestabilidad política causada por la intervención de Estados Unidos hace casi setenta y cinco años.

El eterno retorno de lo mismo.