sábado, 9 de mayo de 2026

FIDEL PAGÉS: EL MÉDICO MILITAR ESPAÑOL QUE INVENTÓ LA EPIDURAL

 

En septiembre de 1923, en una carretera polvorienta cerca de Quintanapalla, Burgos, un automóvil perdió el control y volcó violentamente sobre la cuneta. Dentro viajaba un médico de treinta y siete años llamado Fidel Pagés. No era todavía una celebridad científica. No tenía una cátedra internacional ni una escuela médica con su nombre. Era simplemente un cirujano militar español que regresaba a Madrid después de unos días de descanso con su familia. Murió allí mismo, entre hierros doblados y polvo castellano, antes de que el mundo comprendiera lo que acababa de perder.

Hay accidentes que cierran una vida y accidentes que cierran una posibilidad histórica. El de Fidel Pagés pertenece a la segunda categoría.

Dos años antes había publicado un artículo técnico titulado Anestesia metamérica. El nombre sonaba oscuro y casi burocrático, como tantas innovaciones médicas del comienzo del siglo XX. Pero dentro de aquellas páginas se encontraba una de las revoluciones más importantes de la medicina moderna: la anestesia epidural. Pagés había descubierto una forma de bloquear el dolor sin dormir completamente al paciente, actuando sobre segmentos concretos del sistema nervioso. Millones de personas —sobre todo mujeres durante el parto— se beneficiarían después de aquella idea.

Pero él no llegó a verlo. Su muerte interrumpió una carrera científica que apenas comenzaba a desplegarse. Algunos historiadores de la medicina creen que, de haber vivido unas décadas más, Pagés podría haberse convertido en una figura mundial de la anestesiología, quizá incluso en candidato al Premio Nobel. La anestesia moderna estaba entonces entrando en una edad de oro. Se estaban redefiniendo los límites de la cirugía y del control del dolor. Y en medio de ese cambio apareció, muy improbablemente, un médico militar español destinado en Marruecos.

Fidel Pagés Miravé había nacido en Huesca en 1886. Estudió Medicina en la Universidad de Zaragoza y muy pronto ingresó en el cuerpo de Sanidad Militar. La elección no era particularmente romántica. La medicina militar española de comienzos del siglo XX trabajaba en condiciones durísimas, con escasos recursos y en campañas coloniales cada vez más violentas. Pero precisamente allí, entre heridas de guerra y hospitales improvisados, Pagés empezó a desarrollar la mentalidad práctica que acabaría conduciéndolo a su gran descubrimiento.

Cuando murió tenía el grado de comandante médico del cuerpo de Sanidad Militar, un rango notable para alguien de solo treinta y siete años. Su ascenso había sido rápido porque reunía varias cualidades poco frecuentes: habilidad quirúrgica, capacidad organizativa y una intensa curiosidad científica. Había dirigido hospitales de campaña en Marruecos y participado en operaciones extremadamente complejas en condiciones casi primitivas. Más tarde fue enviado como observador médico a hospitales europeos durante la Primera Guerra Mundial, una misión reservada normalmente a oficiales considerados especialmente prometedores.

Aquella experiencia fue decisiva. Los quirófanos militares estaban llenos de soldados desgarrados por la metralla, las infecciones y las amputaciones traumáticas. Operar deprisa significaba sobrevivir. Y la anestesia general de la época —éter o cloroformo— seguía siendo lenta, peligrosa e imprevisible. Muchos enfermos no morían de la operación, sino de la propia anestesia.

Pagés comprendió entonces una idea fundamental: quizá no fuese necesario dormir completamente al paciente. Tal vez bastaba con desconectar el dolor allí donde nacía. La anestesia metamérica surgió de esa intuición. El término “metamérica” procede de los metámeros, los segmentos nerviosos del cuerpo. Pagés había entendido que el sistema nervioso podía bloquearse de manera regional y selectiva. En vez de anestesiar todo el organismo, podía impedir temporalmente la transmisión del dolor en determinadas raíces nerviosas.

Aspectos estructurales de la médula espinal. A. En el humano la médula espinal tiene una longitud de 40 a 45 cm, un grosor de 0,6 cm y se encuentra en el canal medular de la columna vertebral. La estructura es segmentada y origina 31 pares de nervios raquídeos o espinales. La médula es una estructura ovalada en la que la posición de la sustancia blanca es periférica y la sustancia gris es central y tiene forma de “H”. B. Las meninges espinales son capas protectoras que separan la médula espinal y las raíces espinales de las paredes del conducto vertebral. Están compuestas por tres membranas principales: la duramadre, la aracnoides y la piamadre. Estas estructuras forman una barrera crucial que envuelve y resguarda la médula espinal, proporcionando una capa adicional de protección y soporte a este componente vital del sistema nervioso central. C. La médula espinal se extiende desde el cerebro hasta el cono medular, a nivel de las vértebras L1-L2. Detrás de la médula se encuentran los procesos espinosos de la vértebra. Estos procesos están conectados entre sí por ligamentos, llamados ligamentos interespinales, a través de los cuales se puede insertar la aguja de la anestesia regional. En las imágenes puede verse: El espacio epidural, situado fuera de la duramadre. Cómo la aguja de la epidural se detiene antes de perforar esa membrana. La diferencia con la anestesia raquídea, donde sí se atraviesa la duramadre y se alcanza el líquido cefalorraquídeo. Ese detalle anatómico aparentemente pequeño fue precisamente la gran innovación de Fidel Pagés.
La técnica consistía en introducir una aguja entre las vértebras lumbares hasta alcanzar el espacio epidural, una zona situada alrededor de la duramadre —la membrana que envuelve la médula espinal— sin llegar a perforarla. Allí inyectaba el anestésico local.

La diferencia respecto a la anestesia raquídea clásica era enorme. La anestesia espinal utilizada entonces atravesaba la duramadre y depositaba el anestésico directamente en el líquido cefalorraquídeo, con riesgos importantes de colapso circulatorio, cefaleas graves y complicaciones neurológicas. Pagés, en cambio, dejaba intacta esa membrana protectora.

El principio esencial era que la inyección de anestésico en el espacio epidural sin perforar la duramadre permitía bloquear únicamente determinadas zonas corporales, porque en el espacio epidural: se producía el bloqueo segmentario de raíces nerviosas. El paciente seguía consciente. Respiraba por sí mismo. El cirujano podía operar abdomen, pelvis o extremidades inferiores sin recurrir a una anestesia general profunda.

Hoy la epidural parece algo cotidiano. Se utiliza diariamente en partos, cesáreas y cirugía abdominal. Pero en 1921 era una idea extraordinariamente moderna. En cierto modo, Pagés estaba adelantándose varias décadas a la anestesiología contemporánea. Había comprendido que el dolor podía modularse con precisión anatómica.

En su artículo original describió cuarenta y tres operaciones realizadas con éxito mediante esta técnica. No era una especulación teórica: era medicina práctica funcionando sobre pacientes reales. Y quizá ahí reside la parte más fascinante de la historia. La epidural no nació en un laboratorio elegante de Berlín o París, sino en el entorno brutal de la medicina militar española. Pagés era, ante todo, un cirujano acostumbrado a improvisar soluciones rápidas en hospitales de campaña. Las guerras coloniales del norte de África le enseñaron que el dolor, el tiempo y el shock quirúrgico eran enemigos tan letales como las balas.

Sin embargo, el contexto español jugó en su contra. Sus trabajos se publicaron en revistas médicas españolas de circulación limitada y en castellano, lejos de los grandes centros científicos europeos. Tras su muerte, nadie defendió internacionalmente su prioridad científica.

Años más tarde, el anestesista italiano Achille Mario Dogliotti difundió una técnica prácticamente idéntica y durante un tiempo recibió buena parte del reconocimiento internacional. Solo décadas después, gracias a investigadores españoles y latinoamericanos, la comunidad médica reconstruyó la historia y devolvió a Pagés el lugar que le correspondía.

La paradoja es conmovedora. Un médico que dedicó su vida a evitar el sufrimiento físico murió en una carretera primitiva cuando apenas empezaba a transformar la medicina mundial. Mientras hoy millones de personas reciben una epidural sin conocer su origen, el hombre que la inventó sigue siendo relativamente desconocido fuera de los círculos médicos.

Quizá porque la historia científica no siempre premia al primero que descubre algo, sino al que sobrevive lo suficiente para explicarlo al mundo.