martes, 21 de julio de 2026

EL LOTO QUE DESAFÍA AL TIEMPO

Loto sagrado, Nelumbo nuccifera. Foto de Mercedes Vadillo

Hay plantas que parecen empeñadas en recordarnos que la naturaleza no tiene la menor obligación de ajustarse a nuestras categorías. El loto sagrado es una de ellas. Durante siglos fue confundido con los nenúfares, luego se le concedió una familia propia y, para rematar la historia, los botánicos descubrieron que estaba mucho más emparentado con los plátanos de sombra y las espectaculares proteas sudafricanas que con las plantas acuáticas entre las que vive. Nada mal para una flor que, además, se ha convertido en símbolo de pureza, inmortalidad y serenidad en buena parte de Asia.

La familia Nelumbonaceae es una de las más pequeñas del reino vegetal. Hoy se admite que comprende un único género, Nelumbo, integrado por tan solo dos especies vivientes. Una es el loto sagrado (Nelumbo nucifera), originario de Asia y el norte de Australia. La otra es el loto americano (Nelumbo lutea), distribuido por buena parte de Norteamérica y el Caribe. Ambas son extraordinariamente parecidas y pueden hibridarse, circunstancia que ha llevado a algunos autores a preguntarse si realmente no representan dos poblaciones geográficas de un mismo linaje ancestral.

El nombre de la familia procede de Nelumbo, adaptación del vocablo cingalés nelum, con el que esta planta recibe su nombre en Sri Lanka. El epíteto nucifera significa "que lleva nueces", una alusión al curioso receptáculo donde maduran sus frutos, mientras que lutea significa "amarilla", por el color de las flores del loto americano.

Durante mucho tiempo nadie dudó de que los lotos pertenecían al mismo grupo que los nenúfares. Después de todo, ambos viven en aguas tranquilas, poseen grandes hojas circulares y producen flores espectaculares. Sin embargo, el parecido resultó ser una magnífica ilusión creada por la evolución. Los análisis moleculares demostraron que los lotos pertenecen al orden Proteales, junto a los plátanos de sombra (Platanus), las Proteaceae —la familia de las Protea, Banksia, Grevillea y Macadamia, el árbol de las nueces de macadamia— y las discretas Sabiaceae, una pequeña familia de árboles y lianas tropicales. Es decir, sus parientes vivos más próximos son, en su inmensa mayoría, árboles y arbustos terrestres.

Los verdaderos nenúfares, en cambio, pertenecen a una familia completamente distinta: las Nymphaeaceae, integradas en el orden Nymphaeales, uno de los linajes más antiguos de las plantas con flor. Las diferencias son numerosas. Las hojas del loto emergen por encima del agua sostenidas por largos pecíolos, mientras que las de los nenúfares suelen flotar sobre la superficie. Las flores del loto también se elevan varios centímetros sobre el agua, mientras que las de los nenúfares permanecen flotantes o apenas sobresalen. Sus frutos son igualmente distintos: el loto produce semillas alojadas en cavidades individuales excavadas en un receptáculo leñoso que recuerda al cabezal de una regadera, mientras que el fruto de los nenúfares madura sumergido. El parecido entre ambos grupos constituye uno de los mejores ejemplos de evolución convergente: dos linajes muy alejados que llegaron independientemente a soluciones casi idénticas para adaptarse a la vida acuática.

Y aquí comienza una de las historias más extraordinarias de la botánica.

En 1994 varios investigadores consiguieron germinar semillas de Nelumbo nucifera recuperadas de antiguos depósitos lacustres del noreste de China. Las dataciones mediante carbono-14 indicaban que algunas tenían alrededor de 1 300 años de antigüedad. Eran, en aquel momento, las semillas viables más antiguas jamás germinadas. Su extraordinaria longevidad parece deberse a una combinación de factores: una cubierta casi impermeable, una elevada concentración de compuestos antioxidantes y un metabolismo que permanece prácticamente suspendido durante siglos.

Es difícil no sentir cierta envidia. Mientras nosotros apenas conseguimos recordar dónde dejamos las llaves hace dos días, una semilla de loto puede esperar más de un milenio antes de decidir que ha llegado el momento adecuado para brotar.

El loto sagrado posee otra característica casi tan sorprendente como la anterior. Sus flores producen calor. Durante la floración son capaces de mantener una temperatura cercana a los 30 o 35 °C incluso cuando el aire es mucho más frío. Este fenómeno, conocido como termogénesis floral, favorece la evaporación de los compuestos aromáticos que atraen a los insectos polinizadores y proporciona a estos visitantes un refugio cálido durante la noche. En cierto modo, la planta enciende una pequeña calefacción biológica para facilitar su reproducción.

No menos famoso es el denominado efecto loto. Las hojas presentan una superficie cubierta por diminutas protuberancias microscópicas recubiertas de ceras hidrófobas. El agua apenas puede extenderse sobre ellas y forma gotas casi esféricas que, al deslizarse, arrastran partículas de polvo, microorganismos y esporas de hongos. El resultado es una superficie prácticamente autolimpiable. Este fenómeno inspiró el desarrollo de pinturas, tejidos, cerámicas y cristales capaces de mantenerse limpios durante mucho más tiempo, uno de los ejemplos más conocidos de biomímesis.

Pero ninguna de estas singularidades explica por qué recibe el nombre de loto sagrado.

La respuesta hay que buscarla en la cultura antes que en la botánica. En el hinduismo, el budismo y el jainismo, el loto simboliza la pureza espiritual porque hunde sus raíces en el barro mientras sus flores se elevan limpias e inmaculadas sobre la superficie del agua. La imagen posee una fuerza simbólica extraordinaria: la belleza puede surgir de la adversidad sin quedar contaminada por ella. No es extraño que Buda aparezca con frecuencia representado sentado sobre una flor de loto abierta y que numerosas divinidades hindúes sostengan esta planta o nazcan de ella.

Resulta una hermosa paradoja. El barro, que para nosotros suele representar suciedad, constituye precisamente el punto de partida indispensable desde el que el loto alcanza toda su perfección.

Esta estrecha relación con la vida cotidiana de Asia explica también la enorme cantidad de usos tradicionales que ha acumulado durante milenios. Prácticamente toda la planta resulta aprovechable. Los gruesos rizomas constituyen una hortaliza muy apreciada en China, Japón, Corea e India; las semillas se consumen frescas, tostadas o convertidas en harina para elaborar dulces; los pecíolos y hojas jóvenes también forman parte de la alimentación, mientras que las hojas adultas se utilizan para envolver alimentos durante su cocción, aportándoles un aroma característico.

La medicina tradicional asiática ha atribuido igualmente propiedades a casi todas sus partes. Rizomas, semillas, hojas y estambres se han empleado para tratar hemorragias, diarreas, inflamaciones, trastornos del sueño o problemas cardiovasculares. La investigación moderna ha identificado en ellos numerosos alcaloides, flavonoides y otros compuestos bioactivos que justifican parte de este interés, aunque muchas de las aplicaciones tradicionales continúan pendientes de una confirmación científica rigurosa.

Quizá sea esa combinación de utilidad, belleza y simbolismo la que ha permitido al loto conservar durante miles de años un lugar privilegiado en la imaginación humana. No abundan las plantas capaces de alimentar poblaciones enteras, inspirar religiones, enseñar a los ingenieros cómo fabricar superficies autolimpiables y, de paso, conservar semillas vivas durante más de un milenio.

Al fin y al cabo, pocas flores pueden presumir de desafiar con la misma elegancia al barro, al paso del tiempo y hasta a las propias clasificaciones de los botánicos.