viernes, 28 de agosto de 2026

EL BARRO QUE NO VEMOS: CUÁNTA CAPACIDAD HAN PERDIDO LOS EMBALSES ESPAÑOLES

 

Un embalse puede parecer lleno y, sin embargo, no estarlo. Puede alcanzar la cota que figura en los mapas, cubrir las mismas orillas y ofrecer desde la carretera esa tranquilizadora extensión de agua azul que tanto gusta fotografiar a los políticos durante las sequías. Pero bajo la superficie puede esconder varios metros de arena, limo y arcilla. El agua llega y se marcha; el barro se queda.

Un estudio publicado en agosto de 2026 en Nature Communications ha puesto cifras a ese envejecimiento invisible. Abigail C. Eckland y sus colaboradores analizaron 57 117 embalses de Estados Unidos y calcularon que en 2025 contenían 63,8 kilómetros cúbicos de sedimentos. En términos de masa, unos 61 300 millones de toneladas. Todo ese material ocupa un espacio que antes estaba disponible para almacenar agua.

La pérdida conjunta representa el 7,7% de la capacidad original estadounidense, pero el promedio disimula una situación muy desigual. La pérdida mediana de cada embalse alcanza el 20% y 24 407 instalaciones —el 43% de las estudiadas— han perdido más de una cuarta parte de su capacidad. Los grandes embalses, que concentran buena parte del volumen nacional, se conservan relativamente mejor y rebajan el promedio. Miles de pequeñas presas antiguas se encuentran, en cambio, mucho más colmatadas. Para 2050, los autores proyectan que los sedimentos ocuparán 83 kilómetros cúbicos, equivalentes al 10% de la capacidad inicial.

El estudio se titula emplea un modelo denominado RATTES. La idea general es sencilla, aunque su desarrollo matemático no lo sea tanto. Los investigadores reunieron mediciones de sedimentación de 904 embalses y las utilizaron para averiguar qué variables explicaban mejor la velocidad con la que se llenaban de materiales. Entre ellas se encuentran la superficie de la cuenca que aporta sedimentos, el caudal, la capacidad del embalse, su edad y la eficiencia con la que la presa retiene las partículas transportadas por el río.

RATTES incorpora, además, algo que otros modelos suelen pasar por alto: las presas no funcionan aisladamente. Una presa situada aguas arriba retiene parte de los sedimentos que, de otro modo, terminarían en el siguiente embalse. La construcción o retirada de una presa modifica, por tanto, la cantidad de cuenca que continúa aportando materiales a las instalaciones situadas aguas abajo. El modelo reconstruye esa red y calcula cómo varían con el tiempo la capacidad y la eficiencia de retención. Tanto el código completo de RATTES como las estimaciones de sedimentación y pérdida de capacidad para Estados Unidos han sido publicados por sus autores.

¿Podría hacerse algo semejante en España? Una reproducción completa de RATTES exigiría disponer de una red nacional homogénea de batimetrías, aportaciones, características de las cuencas y conexiones entre todas las presas. No tenemos todavía esa información con el grado de detalle estadounidense. Sí contamos, sin embargo, con datos suficientes para elaborar una primera estimación modelizada inspirada en su planteamiento: utilizar observaciones españolas para calibrar tasas por cuencas, distribuirlas después entre las presas según su antigüedad y comparar el resultado con el obtenido en Estados Unidos.

Para ello he utilizado el Inventario de Presas Españolas de la Sociedad Española de Presas y Embalses, que recoge 1 226 presas con su nombre, vertiente hidrográfica, capacidad y año de terminación. Como comprobación adicional he consultado el Inventario de Presas y Embalses del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, que reúne información técnica, geográfica y administrativa sobre estas infraestructuras.

La suma bruta de las capacidades del inventario técnico supera los 60 000 hectómetros cúbicos, porque un inventario de presas no coincide exactamente con un inventario de vasos: puede haber diques auxiliares, capacidades repetidas e infraestructuras que no forman parte del sistema utilizado para calcular las reservas nacionales. Por eso he conciliado esos datos con los 56 039 hectómetros cúbicos de capacidad máxima que emplea actualmente el Ministerio. Esta cifra procede de la revisión efectuada al comienzo del año hidrológico 2023-2024, cuando se incorporaron dos nuevos embalses y se actualizaron las capacidades de otros quince después de realizar trabajos batimétricos, según explica el informe de seguimiento de la sequía y la escasez del MITECO.

La fuente fundamental para calibrar comparativamente el modelo ha sido el trabajo de Rafael Cobo, investigador del Centro de Estudios Hidrográficos del CEDEX, publicado en 2008 en Ingeniería del Agua con el título «Los sedimentos de los embalses españoles». Cobo reunió información de 121 embalses españoles, aunque finalmente utilizó 109 porque en algunos casos las antiguas mediciones de capacidad eran demasiado imprecisas. Los embalses estudiados sumaban 17 000 hectómetros cúbicos y sus cuencas ocupaban aproximadamente el 45% del territorio nacional.

A partir de las batimetrías y de la diferencia entre la capacidad original y la observada, Cobo calculó tasas de aterramiento para las principales cuencas. Estimó que en 2003 los embalses españoles habían perdido 4 335 hectómetros cúbicos, un 8,4% de la capacidad considerada. Si las tasas se mantenían, en 2025 la pérdida alcanzaría 6 384 hectómetros cúbicos, el 12,4%, y en 2050 llegaría a 8 843, el 17,1%.

Mi modelización parte de esas tasas por cuenca, pero no se limita a multiplicar toda España por un único porcentaje. Cada presa recibe una tasa anual correspondiente a su vertiente y la pérdida se calcula teniendo en cuenta su edad. Las capacidades se ajustan después para que su suma coincida con los 56 039 hectómetros cúbicos oficiales. En el norte, Galicia y los archipiélagos, donde la muestra de Cobo no permitía obtener una tasa suficientemente representativa, hemos utilizado provisionalmente como referencia el 7,7% calculado por el estudio estadounidense basado en RATTES.

El resultado central indica que los embalses españoles podrían contener en 2026 unos 6 738 hectómetros cúbicos de sedimentos. Representan aproximadamente el 12% de su capacidad nominal. Dicho de otra manera, aunque oficialmente podamos almacenar 56 039 hectómetros cúbicos, la capacidad efectiva se situaría alrededor de 49 300. Son casi 6,8 kilómetros cúbicos de barro, arena y grava ocupando el lugar en el que creemos que cabe agua.

Como toda estimación modelizada, el resultado debe expresarse con una horquilla. En un escenario bajo, la pérdida sería de unos 4 717 hectómetros cúbicos, el 8,4% de la capacidad. En el escenario alto alcanzaría 8 760 hectómetros cúbicos, el 15,6%. Esta horquilla no constituye un intervalo de confianza estadístico, sino dos escenarios obtenidos reduciendo o aumentando en un 30% las tasas centrales. La estimación no pretende sustituir las batimetrías: indica el orden de magnitud más verosímil con la información disponible y permite señalar dónde convendría medir primero.

Las diferencias entre cuencas son considerables. El Guadiana aparece con unos 1 567 hectómetros cúbicos de sedimentos y una pérdida cercana al 19,5%. El Ebro habría acumulado alrededor de 1 542 hectómetros cúbicos y perdido el 17,3%. En el conjunto del Guadalquivir y la vertiente atlántica andaluzael modelo ha estimado unos 1376 hectómetros cúbicos, equivalentes al 12,8%. El Duero se situaría en torno a 673; el Tajo, en 601; el Júcar, en 272; y el Segura, en 136.

El modelo identifica además unas 99 presas cuya pérdida podría superar el 25% de la capacidad original. No significa que haya medido directamente esa reducción en todas ellas. Significa que, por su edad y por la tasa calculada para su cuenca, constituyen candidatas prioritarias para realizar levantamientos batimétricos. Confundir una predicción con una medición sería tan incorrecto como ignorar la predicción hasta que las tomas de agua empiecen a atascarse.

La coincidencia con el precedente del CEDEX resulta tranquilizadora y preocupante al mismo tiempo. Cobo proyectó una pérdida del 12,4% para 2025. El modelo que he empleado, que redistribuye las tasas entre más de mil presas y reconcilia las capacidades con el inventario actual, obtiene un 12%. Dos aproximaciones distintas conducen prácticamente al mismo lugar. Para 2050, mi proyección alcanza 9 631 hectómetros cúbicos, el 17,2%, casi exactamente el porcentaje previsto por Cobo.

Hay que recordar, por último, que los sedimentos no desaparecen: están en el lugar equivocado. Antes de levantarse las presas, una parte viajaba río abajo, renovaba las riberas, alimentaba humedales y terminaba en estuarios y deltas. Su retención reduce la capacidad de los embalses y priva de materiales a las costas. La Confederación Hidrográfica del Ebro reconoce la alteración del transporte de sedimentos como uno de los grandes problemas del sistema fluvial, y el delta constituye el ejemplo español más evidente de una llanura que se hunde y retrocede mientras millones de toneladas permanecen atrapadas aguas arriba.

Durante las sequías discutimos con extraordinaria precisión si los embalses se encuentran al 37,2 o al 38,1%. La primera pregunta debería ser otra: ¿el porcentaje de qué capacidad? Porque es posible que llevemos décadas calculando con minuciosidad cuánta agua hay en unos recipientes cuyo tamaño real desconocemos. Bajo el agua, mientras tanto, el barro continúa haciendo su trabajo con una paciencia admirable.