lunes, 28 de marzo de 2011

Falacias ambientales



«La economía sufre el acoso de más falacias que ningún otro objeto de estudio del hombre». Con esta es frase se inicia Economía en una lección, el clásico de Henry Hazlitt que, pese a su fuerte carga ideológica, es de tanta utilidad hoy día como cuando fue publicado en 1946. De haber vivido hoy, Hazlitt podría haber escrito lo mismo sobre la ecología y sus problemas asociados, entre otros el del cambio climático y sus derivadas energéticas. 

Finalizada la de la “Hora del Planeta”, el mundo regresa a sus habituales hábitos derrochadores. En el colmo del tartufismo, el Ayuntamiento de Madrid, habitual dilapidador de recursos energéticos que culmina cada año con su “Noche en blanco”, y delincuente ambiental condenado por obras como las de la M-30 que han solucionado el problema de la contaminación mediante el conocido y muy expeditivo método de soterrar la mugre bajo la alfombra, hizo su gran contribución al apagón del pasado 26 de marzo oscureciendo la Cibeles durante una hora. ¡Ahí es nada! La demagogia con que las administraciones dicen colaborar en la lucha frente a la contaminación atmosférica es un triste reflejo del estado de desarrollo intelectual de nuestra civilización.

Mientras que duraba el minúsculo apagón se elevaban ad infinitum los gozosos mensajes SMS en Facebook y Twiter en los cuales millones de ilusos frikis, convocados a fiestas post-apagón, se felicitaban vía teléfonos móviles (no en vano Nokia y Google son dos de los principales patrocinadores del evento) para cuyo funcionamiento es imprescindible el coltán, un mineral cuya extracción y tráfico provoca cada años más muertes y más destrucción en África de la que haya producido central nuclear alguna. Claro que para enterarse de ello hay que posponer unos días la visión de Torrente-4 y ver Sangre en tu móvil, el documental del danés Frank Piasecki que hurga en la herida abierta en el Congo, país del que salen toneladas de coltán y otros minerales usados en productos electrónicos que financian una guerra civil sanguinaria al estilo de los diamantes de sangre de Sierra Leona. Durante los últimos 15 años, el conflicto ha acabado con la vida de más de cinco millones de personas y 300.000 mujeres han sido violadas. Está claro que la guerra continuará mientras los actores armados puedan seguir financiando el conflicto vendiendo minerales que el mundo rico necesita.

Aprovecho la “Hora del Planeta” para darme un paseo por Madrid. Mientras merodeo, un vehículo del consistorio madrileño, camuflado de verde y eufemísticamente llamado “Medio Ambiente Madrid”, al que cualquier observador poco proclive a la metonimia llamaría camión de la basura, se apresta a realizar uno de los muchos actos ecológicamente inanes con los que se intenta satisfacer a nuestras conciencias ecologistas tan prestas a actuar como a no reflexionar: el reciclado de papel. 

Vaya por delante que procuro apurar el papel que uso hasta dónde puedo: anverso para la impresión con letra pequeña y apurando márgenes; luego uso el reverso para escribir a mano. Agotado el espacio en blanco, llevo los A4 disciplinadamente al contenedor de reciclaje de mi despacho. Con los papeles y periódicos de mi hogar otro tanto: almacenamiento semanal y los lunes al contenedor urbano. Pero que lo haga disciplinadamente no quiere decir que lo haga estúpidamente, porque si hay un acto ambientalmente estúpido es reciclar papel en respuesta al manido e inconsistente argumento de «salvar árboles». Piénsenlo un poco: el reciclar papel produce el efecto opuesto.

¿Por qué hay tantas vacas en el mundo? Porque necesitamos su cuero, su carne y su leche. La vaca, y que me perdonen las vacas, es un animal poco elegante, bobalicón y nada dado a las carantoñas al que nadie tendría como mascota; sus hábitos alimenticios no contribuyen ni a conservar el verde de los ecosistemas ni a luchar contra la contaminación atmosférica, habida cuenta de que el metano que emiten constantemente por salva sea la parte es uno de los gases de efecto invernadero más potentes. Las vacas existen en las cantidades que existen porque las necesitamos. De de la misma manera que los toros de lidia solo sobreviven en los países donde se celebran corridas de toros, el número de sus colegas bovinas decrecería exponencialmente de disminuir la demanda cárnica o láctea.

Pues tal y como ocurre con las vacas, sucede con los bosques: a mayor demanda de papel más bosques se plantarán, más oxígeno producirán los árboles y más dióxido de carbono contaminante retirarán de la atmósfera. La idea que se inculca en las escuelas y que uno oye repetir en las facultades de ciencias es equivocada: ni la demanda de papel disminuye la superficie forestal ni para obtenerlo se talan bosques “centenarios”. Es una bienintencionada falacia, pero una falacia. Como el trigo o el maíz, los bosques para papel son cultivos, pero con la ventaja de que su producción en términos de calidad ambiental es inmensamente mayor. Los mayores productores de pasta de papel son Escandinavia y Canadá, países que destacan por su calidad ambiental y que asombran cuando se viaja a través de la enormidad de sus bosques, muchos de los cuales son cultivos de árboles autóctonos que se mantienen y se renuevan con técnicas forestales que cumplen objetivos ecológicamente óptimos: dan puestos de trabajo a poblaciones que lo necesitan impidiendo el abandono del campo, otorgan calidad de paisaje, salvaguardan especies, mejoran extraordinariamente la calidad atmosférica, conservan los suelos, atraen las lluvias y reciclan los nutrientes.

Un argumento que se suele utilizar frente a los bosques cultivados es la supuesta pérdida de biodiversidad frente a los naturales. No es así. Mi experiencia de más de veinte años estudiando la flora y la vegetación en Columbia Británica y Alaska, dos de las zonas con mayor superficie arbolada para uso comercial (algo, que por cierto, no impide que conserven la mayoría de su territorio natural en un envidiable estado casi virginal que para España quisiera), me ha enseñado que las especies que viven bajo los bosques naturales de coníferas son las mismas que habitan en los sotobosques productos de la silvicultura. Si en algún lugar me he tropezado con osos negros o con alces ha sido precisamente transitando por los caminos trazados por los forestales. 

Así que la mejor manera de que incrementemos el número de bosques es que consumamos más papel. La defensa del reciclado del papel como una buena práctica ecológica oculta un par de argumentos esenciales: se trata de un proceso industrial en el que se consume agua y energía, se liberan productos químicos tóxicos y se emite dióxido de carbono a la atmósfera. Además, el número de veces que se puede reciclar un papel es limitado y, cada vez que se recicla de nuevo aumentan los costes ambientales. Tras dos o tres procesos de reciclado hay que volver a fabricar la pasta de papel a partir de madera. Así que, aunque fuera óptima, la práctica del reciclado es pan para hoy y hambre para mañana.

Imitemos a la naturaleza. Los árboles liberan oxígeno y absorben dióxido de carbono, que incorporan a los ciclos biogeoquímicos del suelo retirándolo de nuestra cada vez más irrespirable atmósfera. Lo realmente sostenible no debería ser reciclar papel sino acumularlo en los antiguos pozos de las minas: así estaríamos retirando carbono de la atmósfera y pasándolo al suelo. Eso es exactamente lo que tendríamos que hacer para combatir el calentamiento global. En lugar de incentivar y subvencionar a las empresas recicladoras, se debería fomentar la plantación de más y más árboles en ciclos de cuarenta a cincuenta años. 

Reciclar aluminios, envases, plásticos y demás subproductos es lo lógico, pero, ¿por qué reciclar papel? Es posible que alguien tenga una respuesta coherente a esa pregunta, pero no la encuentro por ningún lado. Todos los grupos ecologistas tienen la vista puesta en el corto plazo de la aparente deforestación de los bosques primarios (un argumento erróneo), pero pasan por alto –arrastrados probablemente por su buena fe- las ventajas a largo plazo de los incentivos a la reforestación. Cuando planteo la cuestión en los tres términos en los que me apoyado -más árboles, más producción de oxígeno y más retirada de dióxido de carbono- siempre obtengo las mismas tres manidas respuestas: las explotaciones forestales son monocultivos (casi cierto, pero por esa regla de tres no deberíamos ningún producto agrícola), críticas a la tala de árboles (como si segar maíz no fuera exactamente lo mismo) o lamentos jeremíacos por el despilfarro de la sociedad de consumo.

Las tres son tres bonitas maneras de cambiar de tema.