domingo, 24 de julio de 2011

Breve historia de un tocomocho: Constitutum Constantini




Las peores acciones de la historia han sido perpetradas con frecuencia en nombre de algún dios. Con premeditación y alevosía, olvidando que el reino de Jesús no es de este mundo, diciendo adiós a Dios, los jerarcas católicos, que hace tiempo que cerraron sus ojos y sus oídos a ninguna realidad que no sean el poder y la gloria terrenales, siguen haciendo política desde que, falsificación mediante, se encumbraron a la categoría de religión del Imperio de Occidente. Desde entonces, no han hecho otra cosa que frenar o estorbar la libertad de pensamiento para tratar de dirigir la acción de personas y Estados, engatusando a los creyentes con la salvación eterna, pero con la aguja de marear siempre orientada para acrecentar su poder y su influencia. 

No debe sorprender que esa omnívora cofradía que constituye la Conferencia Episcopal esté registrando a su nombre todos los bienes públicos que considera unilateralmente suyos. Inmatriculación lo llaman. En eso son expertos. Y es que el poder de la Iglesia Católica se asienta en la primera y más falsa inmatriculación de la historia, la que les permitió adueñarse de Italia hace ahora trece siglos. Las falsificaciones católicas son tantas que el número de documentos, anales y crónicas falsificados es equiparable al de los auténticos (de las reliquias mendaces ni hablamos). Innumerables clérigos y monjes proporcionaron a la Iglesia ventajas políticas, económicas y jurídicas falsificando testamentos o interpolando documentos originales. La historia de la Constitutum Constantini -la Donación de Constantino- es el acta fundacional de las múltiples granujerías con los que los farisaicos disidentes del hijo del carpintero se han ido apropiando de los bienes ajenos. La historia del testamento del emperador Constantino, aún resumida, merece la pena. Si la quieren más extendida y erudita pueden acudir al ensayo escrito por el historiador Karlheinz Deschner en Opus Diaboli (Yalde, 1990). 

Corría el siglo VIII. Acrecentado su poder gracias a los emperadores de Bizancio, sus soberanos y primeros protectores, los papas fomentaron traicioneramente, con apoyo de los lombardos, la separación respecto a aquellos. Pero cuando los aliados lombardos codiciaron toda Italia resultaron demasiado peligrosos para el Papado. Y así como el Papa actuó primero contra sus enemigos valiéndose del Imperio bizantino, lo hizo después contra éste valiéndose de los lombardos y más tarde contra éstos apoyándose en los francos cuyo rey era Pipino, el padre de Carlomagno. 

La estafa de la Donación de Constantino, arranque poderoso de incontables pillerías eclesiásticas medievales, surgió en los primeros años cincuenta del siglo VIII en la curia del papa Esteban II, cuando Constantino llevaba más de cuatro siglos sepultado. Seppelt y Schweiger escriben con la cautela que se espera de unos piadosos historiadores católicos: «Es altamente probable que el testamento fuese redactado en los círculos pontificios, quizá a raíz del viaje de Esteban II a Francia, o en Francia mismo, para inclinar a Pipino a la ansiada donación de territorios en Italia». 

Don Esteban codiciaba la posesión de aquellos ricos territorios y para ello necesitaba un título legal. Eliminó los escrúpulos del rey Pipino mediante un documento en el que San Pedro, ni más ni menos, figuraba como legítimo señor y poseedor de Italia, mientras que él mismo, el Papa, para no ser menos, aparecía como emperador de Occidente. Como antecedente inspirador de la deplorable Donación, Esteban y sus muchachos se apoyaron en la Legenda Sancti Silvestri, surgida a principios del siglo V, una de las hagiografías más leídas en el cristianismo. Según esa devota y manipulada leyenda (una más), el emperador Constantino había sido perseguidor de cristianos y fue castigado con la lepra hasta su curación y bautizo por el papa Silvestre I. La verdad es que Constantino no sólo no había perseguido a los cristianos sino que les concedió favores que ríanse ustedes del Concordato. Tampoco tuvo nunca la lepra ni fue bautizado por Silvestre sino por el obispo Eusebio, cuando Silvestre llevaba ya dos años muerto, circunstancia esta última que excusaba su asistencia a bodas, bautizos y banquetes. 

El falaz documento se hizo pasar como decreto testamentario de Constantino en favor de Silvestre con indicación de fecha, firmado de su puño y letra y con la anotación imperial de que él mismo lo había depositado en la tumba de San Pedro. El Emperador donaba Roma y todo el Occidente a Silvestre y a sus sucesores. De golpe y porrazo, convertía al obispo de Roma en soberano supremo de todas las iglesias (por aquel entonces las había a porrillo) y en sumo sacerdote universal. Él y sus sucesores heredaban, entre otras menudeces, el palacio imperial de Letrán, la ciudad de Roma, las ciudades italianas y la totalidad del Occidente. Su Majestad Imperial, proclamaba el documento espurio, deseaba reducir su imperio a las «regiones orientales», pues «No sería de buena ley que el emperador terrenal ejerza su poder allí donde se yergue el Reino de Señor y se ha fundado la capital del cristianismo». Para culminar la faena, el falaz documento declaraba proscrito a todo aquel que osara contradecirlo.

Tras timar al crédulo Pipino con semejante picardía, el Papa tenía buenas razones para tirar cohetes. Había obtenido el dominio sobre Roma y ponía bajo su férula decenas de ciudades y castillos al norte y al este de los Apeninos que, juntamente con el Ducado de Roma, constituyeron el Patrimonium Sancti Petri, el Estado medieval de la iglesia. La Curia vaticana había obtenido así un poder político y económico extraodinario. Pero como Dios los cría y ellos se juntan, todos los obispos y abades quisieron tener, como su colega el avispado obispo de Roma, su «Estado Sacerdotal». Sabedores de que los papas habían obtenido el suyo mediante el tocomocho, los demás prelados –convertidos en eficaces precursores de Papillon- se pusieron manos a la obra y confeccionaron incontables certificados de donación ni más ni menos imaginarios que el atribuido a Constantino. La industria de la inmatriculación quedaba inaugurada.

Aunque se puede asegurar que los mismos papas consideraban la Donación de Constantino como un documento completamente falso, a mediados del siglo IX, cuando tan esperpéntico legajo gozaba ya de cierto predicamento, no dudaron en hacer de mangas capirotes para usarlo como pieza jurídicamente vinculante de otra grandiosa falsificación eclesiástica, las Decretales pseudoisidorianas, y de integrarlo posteriormente como soporte clave del Derecho Canónico. La desorbitada política territorial del Papado, que paulatinamente sojuzgó principados y reinos enteros, tuvo como base legal aquella patraña. Incluso lo que queda del Estado Pontificio después de la reunificación de Italia y de la pérdida de territorios italianos en tiempos Pío IX, tuvo en ella su génesis. 


No faltaron sin embargo cabezas perspicaces inmunes al engaño. El emperador Otón III fue el primero en declarar que tal «donación» era un timo. En carta a Barbarroja, rey de Alemania, Wezel, un discípulo de Arnaldo de Brescia, calificaba de fábula y embuste toda la Donación de Constantino y decía que la población de Roma estaba tan al cabo del asunto que hasta las cortesanas sentaban cátedra sobre ella. En 1440, el humanista Lorenzo Valla, secretario papal y canónigo de Letrán, puso definitivamente al descubierto el embuste. Y cuando en el umbral de la Edad Moderna, el papa Alejandro VI exigió de Venecia -en virtud de la Donación de Constantino- la entrega de las islas del Adriático a la Santa Sede, el embajador veneciano respondió con un toque de cachondeo (¡Dios lo perdone!) que si Su Santidad podía tener a mano el acta de la Donación, bien podría leer en su reverso que el Adriático pertenecía a los venecianos.

La historiografía católico-romana no reconoció la falsificación hasta el siglo XIX. En lo tocante a la Curia vaticana, siempre ha reivindicado como propios los beneficios obtenidos con la artimaña y en esa posición se obstinan aún hoy en día, como en el caso de las inmatriculaciones a las que asistimos ahora un tanto atónitos al observar que los pastores devoran el prado de sus ovejas.