domingo, 24 de julio de 2011

La cabaña del tío Tom (Carta desde Cincinnati)




Este verano se conmemora el bicentenario del nacimiento de Harriet Beecher Stowe y los 150 años de la publicación de su obra más famosa, La cabaña del tío Tom, uno de los mayores hitos de la literatura norteamericana y la primera gran novela estadounidense con un héroe afroamericano. Además de las conmemoraciones programadas en todo el país, en Cincinnati, Ohio, donde vivió una buena parte de su juventud, se celebran estos tórridos días de verano subtropical una serie de actos, algunos de los cuales –como la lectura pública y por el público de La cabaña- me recuerdan los que se celebran cada 23 de abril en España.

Un corto paseo de apenas un par de kilómetros a la sombra de magnolios, robles y liquidámbares lleva desde las orillas de uno de los enormes meandros que traza el río Ohio en el corazón de Cincinnati hasta Walnut Hills, donde, encaramada en un promontorio y a la sombra de unos nogales centenarios, se levanta una vieja casa de colonial, cuyo estilo neoclásico –incluyendo el frontón triangular soportado por elegantes columnas que sirven de marco a un porche rodeado de blancos barandales- contrasta con el ambiente impersonal y agresivo con el que se topan los escasos caminantes que se aventuran por los suburbios de cualquier ciudad norteamericana. 

Cuando Harriet vivió en esa casa, entre 1832 y 1850, este suburbio ocupado ahora por gasolineras, bloques de apartamentos y servicios para afroamericanos (lo que incluye una peluquería que pone los pelos de punta: The Extravagant Hair Barber & Nails), era el campus del seminario calvinista Lane y el río Ohio era la frontera que separaba los estados del norte, abolicionistas, de los estados confederados, esclavistas. Las noches de niebla los esclavos fugados de las plantaciones sureñas cruzaban el río, navegando a ciegas en balsas inestables que sorteaban las amenazantes norias de los vapores fluviales, para ganar la libertad. Cincinnati se llenaba cada día de esclavos fugitivos que una organización secreta, The Underground Railroad, se encargaba de trasladar hasta tierras más alejadas de la frontera, donde ya no operaban los cazadores de esclavos. 

En la fresca sombra de la casa, tras haber transitado por unas habitaciones con objetos que atestiguan unas vidas de hace casi dos siglos, con la escribanía con pluma, tintero y el abrecartas de marfil primorosamente conservados, uno imagina a la joven huérfana Harriet detrás de uno de estos enormes ventanales, a primera hora de la mañana, con toda la pesadumbre del comienzo del día gris y de la jornada de duro trabajo de ama de casa que le espera, o a la tenue luz de una vela, cuando se encuentra a solas en su alcoba, antes de acostarse, escribiendo precozmente con una letra minúscula, viendo quizás su reflejo en el cristal de la ventana que sacude ese helado viento del norte que agitaba hace doscientos años los mismos nogales, entonces jóvenes como la joven que fue la anciana cuyo busto preside ahora, fuera de tiempo y lugar, el salón principal de la vieja mansión victoriana. Al mirar sus manuscritos, casi podríamos escuchar el roce entrecortado de la punta de su pluma, que moja de vez en cuando en el tintero de porcelana. Los rasgos de la escritura de La Cabaña, pergeñados ya por una mujer madura de 39 años que había parido siete hijos, son apretados, agudos y quebrados, unos trazos en los que creo reconocer una voz llena de convicciones y de ambición de vivir. El cuarto, la luz del candil, la soledad, la escritura, le animan a seguir embarcada en la lucha contra el mundo anegado por el oprobioso e interesado diluvio casi universal de la esclavitud.

No existe ningún otro libro en la historia de los Estados Unidos que haya influido tan poderosamente el destino del pueblo americano en su período más crítico. No es que su autora se propusiera elevar con esta obra la calidad de la literatura americana, sino que simplemente escogió una realidad política -la esclavitud- que a su parecer de cristiana sincera estaba devastando la nación, al destruir la piedra angular que sostenía el bienestar y la seguridad de toda una nación en ciernes: el principio de igualdad y libertad. Para Stowe la esclavitud equivalía a un pecado nacional que había que purgar. Y la forma de purgarlo era reconocer la maldad de la institución. Partiendo de esta convicción -la crueldad e injusticia de la esclavitud-, Stowe se lanzó a presentar al mundo un escenario realista, teñido de horror y de compasión por la raza negra tan vilmente explotada. 

Tras su aparición como folletín por entregas de 1851 a 1852 en un órgano abolicionista, The National Era, La cabaña se publicó como libro en marzo de 1852. En el siglo XIX solamente la publicación de El Origen de las Especies (1859) tuvo un éxito comparable: la primera semana se vendieron 10.000 ejemplares, y para fin de año se habían vendido ya 300.000. La fuerza de la explosión de esa bomba de movilización social que resultó ser su libro no sorprendió a nadie tanto como a su autora. Entretenida en sus ocupaciones de ama de casa, la mayor parte de la información que obtuvo acerca de la esclavitud provino de sirvientes negras, en especial de su cocinera, Eliza Buck, y de la literatura abolicionista. Sólo cuando la realidad de los hechos narrados en su libro fue puesta en duda por algunos encolerizados sureños, se entregó a revisar periódicos en busca de casos reales. El resultado fue un libro tan innecesario como intrascendente, Claves para la cabaña del tío Tom, que publicó en 1853, en el que solemnizó lo obvio: que la realidad superaba a la ficción. Las crueldades e injusticias que su novela denunciaba eran, en la realidad, mucho más graves que las que ella había imaginado.

Para entonces el libro ya no era simplemente un superventas, era un fenómeno social. Las ventas en Gran Bretaña fueron particularmente significativas. Una inmensa edición barata destinada a las escuelas dominicales hizo que los niños ingleses conocieran Norteamérica a través de Eliza, Tom, Eva, Topsy, Dinah, miss Ophelia, Augustine St. Clair y Simon Legree. Cuando Stowe llegó a Inglaterra, en 1853, fue tratada como una celebridad por todas las clases sociales. El novelista Charles Kingsley la saludó como «la fundadora de la literatura norteamericana» y calificó hiperbólicamente a su libro como «la mejor novela que se haya escrito jamás», y la duquesa de Sutherland le regaló un brazalete de oro macizo que tenía la forma de un grillete de los que se empleaban con los esclavos. Los ingleses aprovecharon la oportunidad de tratar a los norteamericanos, de quienes habían recibido muchos sermones acerca de la democracia y la igualdad, como moralmente sospechosos. En Inglaterra el éxito de la novela ayudó a asegurar, siete años más tarde, que los ingleses, que por sus intereses económicos estaban más inclinados a apoyar al Sur, se mantuvieran inalterablemente neutrales. Para Paul Johnson (Historia de los Estados Unidos) el libro es el inicio de la “leyenda negra” estadounidense.

En Estados Unidos, el impacto del libro se multiplicó extraordinariamente gracias a la nueva técnica norteamericana de la publicidad y a la venta de los buhoneros (un procedimiento ampliamente difundido en la década de 1850). El libro dio lugar a la fabricación de estatuas, juguetes, juegos, pañuelos, papel pintado para paredes, cuberterías y vajillas. Su verdadera popularidad comenzó cuando llegó a los escenarios, en forma de versiones teatrales. Uno de los episodios culminantes del libro, el que cuenta la fuga de Eliza atravesando el Ohio con su hijo en brazos y con sus perseguidores pisándole los talones, se convirtió en una escena fundamental de los comienzos del teatro norteamericano. Cuando se representó este episodio en el National Theater de Nueva York, se hizo un ominoso silencio en la atestada sala y un observador vio con asombro que todo el mundo, hasta los caballeros de la alta sociedad y los hombres que atestaban los gallineros, lloraban como niños. La cabaña fue el mayor y más lacrimoso melodrama del siglo XIX, y llegó a superar en producción de lágrimas a la muerte de la pequeña Nell, en la novela de Dickens La tienda de antigüedades; 1841), y a la historia trágica que el caballo Black Beauty narra en primera ¿persona? en la única novela de Anna Sewell (1877), dos clásicos del género lacrimógeno (si es que existe tal género).

A Stowe, que había comenzado a escribir para sacar algún dinero con el que contribuir a la modesta economía familiar, no le preocupaba el estilo, amaba el melodrama (su ideal era Scott), y algunos de sus efectismos habrían hecho ruborizar a Corín Tellado, pero sobresalió del resto porque escribió en el idioma de los norteamericanos y porque su tema fue el gran problema que estaba comenzando a dominar en exclusiva la política norteamericana. A ello se agregó el morbo de que fuera una mujer –casada, además, con un cura- la que escribía acerca de atrocidades de las que, hasta ese momento, era impensable hablar. Los lectores, en especial los hombres, dudaban de si era correcto que una mujer contara que a los esclavos se les desnudara para azotarlos, que las mujeres esclavas eran propiedad sexual de sus amos, y que los propietarios de esclavos solían tener hijos de todos los colores. 

Los efectos del libro en el Sur provocaron un revuelo de indignación: tanto la escritora como la obra fueron denunciados desde los púlpitos y los periódicos como absolutamente “anticristianas”. Un crítico  escribió: «Aunque concediéramos que cada una de las acusaciones que descarga la señora Stowe es absolutamente cierta [...] el daño que semejante literatura inflige a los corazones y la mente de las mujeres no es menor». El Southern Quarterly despreció su obra diciendo que se trataba de «las repugnantes desviaciones de una imaginación extraviada». Otro crítico afirmaba: «La enagua se levanta inadvertidamente y vemos la pezuña de la bestia debajo de la mesa». Stowe se sorprendió de los duros ataques, cuando precisamente había esperado que su obra sirviera de «gran pacificadora», uniendo Norte y Sur en una misma cruzada. 

Por suerte para ella los lectores del Norte no pensaron lo mismo. Consideraron que sus descripciones eran más creíbles, quizás porque se trataba de una mujer, que las exageradamente coloridas historias de atrocidades de la prensa que estaba a favor de la emancipación de los esclavos, escritas casi todas ellas por hombres. Esta convicción convirtió a La cabaña en la novela de propaganda con más éxito de todos los tiempos. 

La creencia de que la señora Stowe fue la responsable de la victoria de Lincoln en las elecciones presidenciales está muy difundida, y lo mismo se decía de la sucesión de acontecimientos que llevaron al bombardeo de Fort Sumter, el detonante que desencadenó la Guerra de Secesión (1861-1865). Cuando en 1862 el altísimo presidente recibió a Stowe, una mujer que medía menos de un metro sesenta, en la Casa Blanca, Lincoln le dijo: «Así que usted es la mujercita que escribió el libro que dio comienzo a esta gran guerra». 

No parece, sin embargo, que las cosas fuesen tan simples.