miércoles, 18 de mayo de 2022

Breve (y un poco escatológica) historia del papel higiénico



Antes de inundar al mundo con refrescos de soda o con pantalones vaqueros, Estados Unidos convenció al mundo de limpiarse lo que se imaginan con un nuevo producto: el primer papel higiénico disponible comercialmente llegó a los comercios estadounidenses en 1857. 

Uno de los fenómenos más curiosos que tuvieron lugar en 2020 con el inicio de la pandemia fue la afición casi compulsiva que mostraron millones de consumidores de todo el mundo por acaparar papel higiénico. Históricamente puede considerarse como uno de los ejemplos más recientes de histeria colectiva, el equivalente posmoderno de los episodios de danzamanía de la Europa medieval o de la tulipomanía de 1637, la primera burbuja financiera provocada por la compra de bulbos de tulipán.

Desde el principio de los tiempos, la gente ha encontrado formas ingeniosas de limpiarse después hacer sus necesidades o, como decían los clásicos, de obrar del cuerpo. La solución más común era agarrar lo que se tenía más a mano: cocos, conchas, nieve, musgo, paja, hojas, hierbajos, mazorcas de maíz, lana de oveja y más tarde, gracias a Johannes Gutenberg, periódicos, revistas y páginas de libros.

Hace algunos años los arqueólogos descubrieron varillas higiénicas de 2000 años de antigüedad en las letrinas de Xuanquanzhi, una antigua base militar china de la dinastía Han que controlaba la Ruta de la Seda. Los instrumentos, cortados con bambú y otras maderas, parecían espátulas cuyos extremos estaban envueltos en tela y contenían restos de heces.

Réplica de un xilospongio romano. Dominio público.


Los antiguos griegos usaban arcilla y piedra. Los romanos usaban esponjas colocadas en el extremo de unos enseres domésticos o comunales llamados tersorios o xiloespongios que podían usarse una sola vez o limpiadas en un balde de vinagre o agua salada para reutilizarlas, aunque no está claro si eran utilizadas más como las modernas escobillas de inodoro que como instrumento higiénico íntimo.

El ejemplo más famoso de esos enseres higiénicos romanos antiguo proviene del siglo I d. C., cuando en sus Epístolas Séneca contó la historia del gladiador germano que, después de años de maltrato, entró en las letrinas, el único lugar al que le estaba permitido acudir sin la presencia de un guardia y se suicidó metiéndose por la garganta el palo del tersorio comunal.

El papel se inventó en China en el siglo II a. C. y el primer uso documentado de papel higiénico se remonta al siglo VI en la China medieval. En ese momento era un producto exclusivo destinado a las clases altas. Hoy en día, cada año los chinos usan casi siete mil millones de kilómetros de rollos de papel higiénico, más que cualquier otro país.

¿De dónde surgió la idea de un producto comercial diseñado únicamente para limpiarse el trasero? La historia comenzó hace unos 150 años en Estados Unidos. En menos de un siglo, el ingenio publicitario del Tío Sam convirtió algo desechable en algo indispensable.

Cómo comenzó el papel higiénico

Los primeros productos diseñados específicamente como precursores del papel higiénico fueron láminas de cáñamo de manila con infusión de aloe que se dispensaban en cajitas metálicas o de cartón inventadas en 1857 por Joseph Gayetty, un empresario neoyorquino que anunciaba que sus gasas prevenían las hemorroides. Pero el éxito del Gayetty's Medicated Paper fue limitado. Los estadounidenses pronto se acostumbraron a limpiarse con el catálogo de Sears Roebuck y no veían la necesidad de gastar dólares en algo que llegaba gratis por correo.

Réplicas de los paquetes del Gayetty`s Medicated Paper utilizados en la Guerra de Secesión. Foto cortesía de Sutler.

Gayetty no logró comercializar con éxito su papel higiénico. El invento era interesante, pero los consumidores tenían que comprar el producto en paquetes de 500 hojas, lo que costaba medio dólar, el equivalente a unos quince dólares actuales.

El papel higiénico dio su siguiente paso al frente (o, mejor dicho, hacia atrás) el 25 de julio de 1871, cuando la Oficina de Patentes concedió a Seth Wheeler una patente basada en la idea de poner papel higiénico en rollos perforados. En 1890, los hermanos Clarence y E. Irvin Scott (sí, los de la marca del famoso perrito) popularizaron el concepto: pusieron papel higiénico en un rollo y comenzaron a empaquetar individualmente los rollos para venderlos en droguerías y farmacias. Se embarcaron en un viaje por los retretes que los haría famosos y archimillonarios.

La patente de papel perforado de Seth Wheeler fue un desarrollo necesario para el éxito final del papel higiénico comercial. Imagen original de la Oficina de Patentes de Estados Unidos.

 

La marca de los Scott un gran éxito porque levantaron un negocio que se sostenía vendiendo papel higiénico a hoteles, droguerías y farmacias. Pero conseguir que el público comprara masivamente el producto fue una dura batalla, motivada en gran parte porque, como ocurrió con la invención de la compresa, los pacatos estadounidenses se avergonzaban de sus funciones corporales.

«Nadie se atrevía a pedirlo por su nombre. Era tan tabú que ni siquiera podías hablar sobre el producto», escribe Dave Praeger en La cultura de la caca: cómo se moldeó América gracias a su producto nacional más bruto. De hecho, durante sus primeros años como fabricantes, los hermanos no comercializaron su papel higiénico como Scott Tissue porque no querían ensuciar el apellido familiar con un producto tan “lascivo”.

Vendían el papel higiénico a comerciantes privados que luego lo distribuían empaquetado bajo dos mil marcas diferentes. Los Scott continuaron con esta práctica hasta 1903 cuando, bajo la dirección de Arthur Hoyt Scott, hijo de Irvin Scott, la Scott Paper Company comenzó a producir papel higiénico bajo la marca Scott Tissue. Con el paso del tiempo, los papeles higiénicos se convirtieron lentamente en un elemento básico de los hogares de Estados Unidos desde donde comenzó a extenderse internacionalmente. En 1925 la Scott Paper Company era líder mundial de ventas de papel higiénico.

Aunque el éxito del Scott Tissue lo convirtió en un nombre familiar, publicitarlo fue al principio un gran desafío para la empresa. De hecho, la aceptación pública generalizada del producto no se produjo oficialmente hasta que la sanidad y una nueva tecnología doméstica hicieron de su uso una necesidad.

 

Rollo vintage de Scott TissueFoto cortesía de Corporación Kimberly-Clark.

Arthur Scott se dio cuenta de que la empresa necesitaba publicidad de alto nivel, pero como las tiendas se negaban a mostrarla y la gente se negaba a hablar de ella, crearla no era un asunto fácil. Su oportunidad surgió cuando un producto que ya era muy popular se presentó como un artículo que promovía la higiene y la salud, lo que lo hizo más aceptable a los ojos del público.

A finales del siglo XIX, cada vez se construían más casas con retretes con descarga de agua conectados a sistemas de fontanería domésticos. Como la gente necesitaba un producto que pudiera eliminarse con el mínimo daño a las tuberías, las mazorcas de maíz, los retazos de tela, las conchas o las piedras, ya no servían. En poco tiempo, los anuncios de papel higiénico presumían de que el producto era recomendado tanto por médicos como por fontaneros.

 

Un anuncio de Scott Tissue de 1945 enfatiza la salud de los niños. Joy Northrup / Flickr.com

Hasta bien entrado el siglo XX, el papel higiénico todavía se comercializaba como un artículo sanitario. Pero en 1928, la Hoberg Paper Company intentó un camino diferente. La empresa introdujo una marca llamada Charmin e imprimió el producto con un logotipo que representaba a una mujer hermosa. La genialidad de la campaña fue que, al mostrar suavidad y feminidad, evitaban mencionar el propósito real del papel higiénico. Charmin tuvo un enorme éxito y la táctica ayudó a la marca a sobrevivir a la Gran Depresión. Décadas más tarde, las señoritas fueron reemplazadas por bebés, perritos y oseznos, unos vehículos publicitarios que todavía tienen plena vigencia: la suavidad al poder.

 

Anuncio original del papel higiénico Charmin. Colección de la Hoberg Paper Company.

En la década de 1970 ni Estados Unidos ni el resto del mundo desarrollado podían concebir la vida sin papel higiénico. El comienzo de la manía por acumular rollos arrancó en diciembre de 1973, cuando, durante su habitual monólogo de inicio, Johnny Carson, el popularísimo presentador de Tonight Show, el programa televisivo más visto en Estados Unidos, bromeó sobre la escasez de papel higiénico. Pero los televidentes no se lo tomaron a broma.

Como había ocurrido años antes con la emisión radiofónica de La Guerra de los Mundos con la que Orson Welles logró aterrorizar al país la víspera de Halloween de 1938, después de escuchar a Carson los televidentes americanos corrieron a los supermercados para comprar la mayor cantidad de rollos que pudieron.



En España, el papel higiénico entró en los años 50 del siglo pasado a lomos de un elefante. Este era el nombre por el que se conocía popularmente la única marca que había entonces de papel de baño. El papel, en realidad, ni siquiera se llamaba Elefante. El nombre se impuso entre los consumidores porque en el envoltorio, que era de celofán de color amarillo, aparecía dibujado en rojo el paquidermo.

No había ninguna marca, solamente aparecía la leyenda un “producto patentado” y el número de usos: 400. ¿Quién habría testado esa cifra? ¿Cuál sería la capacidad de carga de sus intestinos y cuál el tamaño de su trasero? Nunca lo sabremos. Una vez rasgado el envoltorio, aparecía un papel de color tostado y de un tacto basto, aunque una de las dos caras era satinada y algo más suave, una cualidad que, para quienes lo recordamos, tampoco era para tirar cohetes porque la cara basta más que limpiar raspaba, y si se usaba la cara satinada se producía un resbalón que podía extender el achocolatado producto hasta la espalda. Sí, la experiencia de limpiarse con el papel higiénico El Elefante es de las que no se olvidan y es uno de esos enseres que agradecemos enormemente que hayan evolucionado. ¿Acaso alguien lo echa de menos?

Habida cuenta de la afición de los españoles por el suave papel blanco multicapa, parece que no se le echa en falta. Hoy, el español medio consume 81 rollos de papel multicapa al año, 6.800 rollos a lo largo de su vida, los cuales, puestos en fila, se extenderían unos 622 km, o lo que es lo mismo, 346.000 al año si se considera el consumo total del país.

Según WorldAtlas, un solo pino de tamaño medio puede producir alrededor de 1.500 rollos de papel higiénico, por lo que si usamos esa estimación concluiremos que se necesitan más de dos millones y medio de pinos para producir la cantidad de rollos necesarios para satisfacer nuestros niveles de consumo anual, y anal, dicho sea de paso.

La pregunta es, si el papel higiénico escaseara, ¿podríamos vivir sin él? La verdad es que vivimos sin él durante mucho tiempo, al menos hasta bien entrados los 70 porque hasta entonces los urbanitas españoles preferían lo que hoy siguen prefiriendo los cubanos: octavillas hechas con papel de periódico, que a su porosidad absorbente añadían la ventaja del poder antiséptico de la tinta impresa.

Incluso ahora, mucha gente no necesita el papel higiénico, que para algo inventaron los franceses el bidé, que no en vano consumen la mitad de rollos per cápita que los españoles (a pesar de que los bidés son un artefacto sanitario estándar en todos los baños celtibéricos.

En Japón, el Washlet, un inodoro que viene equipado con un bidé y un soplador de aire es cada vez más popular y ya lo produce Roca, el fabricante español. Nada nuevo: en todo el mundo el agua sigue siendo uno de los métodos más comunes de autolimpieza. Muchos lugares en la India, Oriente Medio y Asia, por ejemplo, aún dependen de un balde y un grifo.

¿Nos desprenderemos alguna vez los españoles del amado papel higiénico para adoptar más medidas para ahorrar dinero? ¿O seguiremos tirando nuestros euros? En cualquier caso, no hay ninguna razón por la que deba almacenar papel higiénico; no se preocupe, no está al borde de la extinción, así que un apocalipsis de papel higiénico es muy poco probable. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

sábado, 14 de mayo de 2022

El curioso caso de las viboreras monstruosas de las orillas del Henares

Inflorescencia de la cresta de gallo Celosia argentea


Las anomalías en la forma de los organismos han provocado un amplio abanico de respuestas humanas, desde la fascinación cercana a la adoración al aborrecimiento por considerarlas formas monstruosas que escapan al esquema designado por un inexistente creador. La teratología, una disciplina científica auxiliar de las ciencias naturales, estudia a las criaturas anormales, es decir, se ocupa de aquellos individuos de cualquier especie que se originan de forma natural sin responder al patrón común.

Teratología proviene de dos palabras del griego antiguo: theratos, que significa monstruo, y λογία que significa estudio o tratado. Es, pues, la ciencia que estudia las malformaciones congénitas o mutaciones, ya sean inviables (abortos) o viables. Para seguir avanzando en el tema, se denominan teratógenos aquellos agentes que pueden inducir o incrementar la incidencia de las malformaciones congénitas cuando actúan durante su desarrollo embrionario.

Algunas veces, la ingestión de determinadas plantas tóxicas provoca malformaciones teratológicas como la del cordero cíclope de la fotografía, cuya madre resultó intoxicada por la ingestión de Verbascum californicum, en un misterioso caso de envenenamiento que, después de causar centenares de corderos monstruosos en Idaho, tardó años en resolverse.

Las plantas pueden ver alterado su crecimiento por diversos parásitos hasta adquirir formas extravagantes o monstruosas. Varios amigos me han enviado muchas veces una curiosa forma monstruosa de la viborera Echium plantagineum, una planta muy común en ambientes humanizados como barbechos, baldíos, eriales, bordes de caminos, márgenes de huertos y otros lugares donde abundan los nitratos. De las cambiantes flores de las viboreras me ocupé hace algún tiempo en este mismo blog.

Las viboreras normales tienen tallos erguidos nacientes en número variable de una roseta de hoja floral. Sea cual sea el número de tallos, en las plantas no teratológicas cada tallo se yergue aislado de sus hermanos vecinos. En las formas teratológicas todos los tallos nacen juntos formando una masa aplastada común a modo de abanico en el que todas las varillas se hubiesen fusionado en una masa suculenta.

Echium plantagineum en la orillas del Henares. A: ejemplar teratológico. B: ejemplar normal. Fotos de Jacinto Gamo y de Vicente Ortuño, respectivamente.

Tal tipo de deformación teratológica de los tallos se conoce como “fasciación” (del latín fascia, “faja”). Se conocen desde antiguo, al menos desde 1755, cuando el gran naturalista Linneo las describió con mucha fantasía en cuanto a su origen por compresión como:

«fasciata, la que arroja muchos tallos, que juntándose en uno solo, forman como una faja; por ejemplo, en la Beta alato caule y en el Amaranthus cristatus, lo que también se consigue introduciéndolos con arte en algún lugar estrecho, del que van saliendo comprimidos y aplanados».

Los ejemplos mencionados por Linneo son la acelga y la llamada cresta de gallo, actualmente Celosia argentea, la planta fotografiada en la cabecera de este artículo, en la que su forma de cresta de gallo es tan frecuente que ha inspirado otra denominación de estas deformidades: crestaciones.

¿Qué provoca las fasciaciones?

Dejando de lado la imaginativa explicación que ofrecía Linneo, las fasciaciones suelen ir acompañadas de otras deformaciones como la reducción y la multiplicación de hojas y foliolos deformes. Aparecen en multitud de especies herbáceas o leñosas y no suelen afectar ni a la totalidad de la planta ni al conjunto de una población. Normalmente afectan a plantas aisladas, pero a veces pueden encontrarse varios ejemplares cercanos con deformidades similares. En algunas plantas ornamentales estas alteraciones pueden llegar a ser un rasgo apreciado como ornamentales, como ocurre con los cactus y las euforbias suculentas o con la mencionada cresta de gallo.

Saguaros (Carnegeia gigantea). El ejemplar de la derecha presenta una notable crestación. Saguaro National Park, Arizona.

Cuando hace algunas décadas yo era estudiante de biología, el principal sospechoso de causar las fasciaciones era la actinobacteria Rhodococcus fascians, al menos por la alusión implícita en su nombre específico. En este caso, como en las buenas novelas policíacas y, habida cuenta de que los fitopatólogos han demostrado que R. fascians solamente causa unas agallas foliosas en ciertas plantas, el culpable no era el principal sospechoso.

Para descubrir al responsable hubo que esperar hasta 2017, cuando pudo confirmarse que las verdaderas fasciaciones son provocadas por otros microorganismos, los fitoplasmas, de los que hay varios grupos que afectan a diversas plantas hospedantes. Los fitoplasmas son un grupo raro de bacterias sin pared celular (Mollicutes) que viven en los tejidos conductores de los vegetales o en el interior de sus insectos vectores, y causan diversas enfermedades en las plantas.

Los fitoplasmas son transmitidos por insectos chupadores del orden Hemiptera, entre otros por los de la familia Cercopoidea que se multiplican en el interior del insecto y persisten en él hasta su muerte. En el caso de las viboreras que nos ocupan, es muy probable que el vector sea una especie de Cercopis, un insecto del grupo de las cigarrillas espumeantes que, con el aparato bucal picador chupador, inocula el microorganismo en algunos pies de planta.

Cercopis vulnerata

Posados en las viboreras de las orillas del Henares, mi colega, el entomólogo Vicente Ortuño, ha visto posados ejemplares de Cercopis como el que aparece en la fotografía. Blanco y en vasija, leche fija. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.