sábado, 14 de mayo de 2022

El curioso caso de las viboreras monstruosas de las orillas del Henares

Inflorescencia de la cresta de gallo Celosia argentea


Las anomalías en la forma de los organismos han provocado un amplio abanico de respuestas humanas, desde la fascinación cercana a la adoración al aborrecimiento por considerarlas formas monstruosas que escapan al esquema designado por un inexistente creador. La teratología, una disciplina científica auxiliar de las ciencias naturales, estudia a las criaturas anormales, es decir, se ocupa de aquellos individuos de cualquier especie que se originan de forma natural sin responder al patrón común.

Teratología proviene de dos palabras del griego antiguo: theratos, que significa monstruo, y λογία que significa estudio o tratado. Es, pues, la ciencia que estudia las malformaciones congénitas o mutaciones, ya sean inviables (abortos) o viables. Para seguir avanzando en el tema, se denominan teratógenos aquellos agentes que pueden inducir o incrementar la incidencia de las malformaciones congénitas cuando actúan durante su desarrollo embrionario.

Algunas veces, la ingestión de determinadas plantas tóxicas provoca malformaciones teratológicas como la del cordero cíclope de la fotografía, cuya madre resultó intoxicada por la ingestión de Verbascum californicum, en un misterioso caso de envenenamiento que, después de causar centenares de corderos monstruosos en Idaho, tardó años en resolverse.

Las plantas pueden ver alterado su crecimiento por diversos parásitos hasta adquirir formas extravagantes o monstruosas. Varios amigos me han enviado muchas veces una curiosa forma monstruosa de la viborera Echium plantagineum, una planta muy común en ambientes humanizados como barbechos, baldíos, eriales, bordes de caminos, márgenes de huertos y otros lugares donde abundan los nitratos. De las cambiantes flores de las viboreras me ocupé hace algún tiempo en este mismo blog.

Las viboreras normales tienen tallos erguidos nacientes en número variable de una roseta de hoja floral. Sea cual sea el número de tallos, en las plantas no teratológicas cada tallo se yergue aislado de sus hermanos vecinos. En las formas teratológicas todos los tallos nacen juntos formando una masa aplastada común a modo de abanico en el que todas las varillas se hubiesen fusionado en una masa suculenta.

Echium plantagineum en la orillas del Henares. A: ejemplar teratológico. B: ejemplar normal. Fotos de Jacinto Gamo y de Vicente Ortuño, respectivamente.

Tal tipo de deformación teratológica de los tallos se conoce como “fasciación” (del latín fascia, “faja”). Se conocen desde antiguo, al menos desde 1755, cuando el gran naturalista Linneo las describió con mucha fantasía en cuanto a su origen por compresión como:

«fasciata, la que arroja muchos tallos, que juntándose en uno solo, forman como una faja; por ejemplo, en la Beta alato caule y en el Amaranthus cristatus, lo que también se consigue introduciéndolos con arte en algún lugar estrecho, del que van saliendo comprimidos y aplanados».

Los ejemplos mencionados por Linneo son la acelga y la llamada cresta de gallo, actualmente Celosia argentea, la planta fotografiada en la cabecera de este artículo, en la que su forma de cresta de gallo es tan frecuente que ha inspirado otra denominación de estas deformidades: crestaciones.

¿Qué provoca las fasciaciones?

Dejando de lado la imaginativa explicación que ofrecía Linneo, las fasciaciones suelen ir acompañadas de otras deformaciones como la reducción y la multiplicación de hojas y foliolos deformes. Aparecen en multitud de especies herbáceas o leñosas y no suelen afectar ni a la totalidad de la planta ni al conjunto de una población. Normalmente afectan a plantas aisladas, pero a veces pueden encontrarse varios ejemplares cercanos con deformidades similares. En algunas plantas ornamentales estas alteraciones pueden llegar a ser un rasgo apreciado como ornamentales, como ocurre con los cactus y las euforbias suculentas o con la mencionada cresta de gallo.

Saguaros (Carnegeia gigantea). El ejemplar de la derecha presenta una notable crestación. Saguaro National Park, Arizona.

Cuando hace algunas décadas yo era estudiante de biología, el principal sospechoso de causar las fasciaciones era la actinobacteria Rhodococcus fascians, al menos por la alusión implícita en su nombre específico. En este caso, como en las buenas novelas policíacas y, habida cuenta de que los fitopatólogos han demostrado que R. fascians solamente causa unas agallas foliosas en ciertas plantas, el culpable no era el principal sospechoso.

Para descubrir al responsable hubo que esperar hasta 2017, cuando pudo confirmarse que las verdaderas fasciaciones son provocadas por otros microorganismos, los fitoplasmas, de los que hay varios grupos que afectan a diversas plantas hospedantes. Los fitoplasmas son un grupo raro de bacterias sin pared celular (Mollicutes) que viven en los tejidos conductores de los vegetales o en el interior de sus insectos vectores, y causan diversas enfermedades en las plantas.

Los fitoplasmas son transmitidos por insectos chupadores del orden Hemiptera, entre otros por los de la familia Cercopoidea que se multiplican en el interior del insecto y persisten en él hasta su muerte. En el caso de las viboreras que nos ocupan, es muy probable que el vector sea una especie de Cercopis, un insecto del grupo de las cigarrillas espumeantes que, con el aparato bucal picador chupador, inocula el microorganismo en algunos pies de planta.

Cercopis vulnerata

Posados en las viboreras de las orillas del Henares, mi colega, el entomólogo Vicente Ortuño, ha visto posados ejemplares de Cercopis como el que aparece en la fotografía. Blanco y en vasija, leche fija. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.