| Shere Hite en 1997 |
Durante buena parte de la
historia de la sexología ocurrió algo bastante extraordinario: los hombres
explicaban cómo funcionaba la sexualidad de las mujeres. Médicos, psiquiatras y
psicoanalistas —casi todos varones— elaboraron teorías minuciosas sobre lo que
ellas debían sentir y, sobre todo, de qué manera debían alcanzar el orgasmo. Si
la experiencia real de una mujer no coincidía con la teoría, rara vez se
concluía que la teoría estaba equivocada. Lo más probable era que el problema
estuviera en la mujer.
En 1976 apareció un libro que
tuvo la descortesía de alterar este cómodo procedimiento. Su autora, Shere
Hite, hizo algo de una gran simplicidad: preguntó a las mujeres qué les ocurría
realmente. El resultado fue The Hite Report: A Nationwide Study of Female
Sexuality, conocido como El Informe Hite. Durante cinco años, Hite
reunió y analizó cuestionarios en los que miles de mujeres hablaban con una
franqueza poco habitual de masturbación, penetración, orgasmos, deseos,
frustraciones y relaciones de pareja. Para el libro utilizó las respuestas de unas
tres mil mujeres de entre 14 y 78 años.
Y apareció una realidad que no
encajaba demasiado bien con los manuales. La mayoría no alcanzaba regularmente
el orgasmo mediante la penetración vaginal, mientras que muchas podían
conseguirlo sin demasiadas dificultades mediante la masturbación o la estimulación
directa del clítoris. La conclusión parecía elemental: quizá las mujeres no
fueran particularmente difíciles para alcanzar el orgasmo; quizá se esperaba
que lo consiguieran mediante un procedimiento que, para muchas, no era el más
eficaz.
Hoy parece casi trivial. En 1976
era dinamita. Hite atacaba una tradición formidable. Freud había contribuido a
popularizar la distinción entre un orgasmo clitoriano considerado inmaduro y
otro vaginal que correspondería a la sexualidad femenina adulta. Kinsey y,
posteriormente, Masters y Johnson habían aportado datos que cuestionaban aquel
modelo, pero sobrevivía una poderosa idea cultural: el acto sexual verdadero
era el coito y el orgasmo satisfactorio debía producirse durante la
penetración.
La anatomía femenina debía
adaptarse al guion sexual y no al revés. Si una mujer podía alcanzar fácilmente
el orgasmo masturbándose pero no durante el coito, durante décadas se buscaron
explicaciones psicológicas: podía estar inhibida, bloqueada, angustiada o
aquejada de algún conflicto inconsciente. Hite dio la vuelta al razonamiento.
Tal vez aquellas mujeres no estuvieran averiadas. Tal vez lo estuviera el
modelo.
El Informe Hite era además
insólito porque estaba lleno de las propias palabras de las mujeres. Unas
describían orgasmos; otras explicaban cómo se masturbaban; algunas confesaban
fingir durante el coito; muchas relataban la presión que sentían para
satisfacer sexualmente a sus parejas. La intimidad femenina, habitualmente
traducida al lenguaje clínico por especialistas varones, aparecía expresada en
primera persona.
El éxito fue gigantesco. El libro
se convirtió en un fenómeno editorial internacional, fue traducido a numerosos
idiomas y las estimaciones más repetidas sitúan sus ventas acumuladas en
decenas de millones de ejemplares. También fue prohibido en diversos países.
Pocos libros dedicados a averiguar cómo experimentaban realmente el sexo las
mujeres podían aspirar a una carrera editorial más accidentada.
Pero el verdadero escándalo
estaba en las consecuencias. Si el placer femenino no dependía necesariamente
de la penetración, el pene dejaba de ocupar el centro obligatorio de la
sexualidad. Y si una mujer podía proporcionarse un orgasmo con mayor facilidad
que muchos de sus amantes, empezaban a resultar incómodas algunas certezas
acerca de quién hacía qué por quién en la cama.
Hite fue acusada de odiar a los
hombres. Sus adversarios hablaban del Hate Report, el «informe del odio», y
aseguraban que pretendía demostrar que las mujeres podían prescindir de ellos.
También utilizaron contra ella su pasado como modelo: había posado desnuda
mientras estudiaba en Nueva York, dato cuya pertinencia científica para evaluar
una investigación sociológica nunca estuvo demasiado clara.
Había, sin embargo, una crítica
mucho más razonable. La muestra de Hite era enorme, pero no había sido obtenida
mediante un muestreo aleatorio que permitiera considerarla representativa de
todas las estadounidenses. Quienes decidieron responder podían diferenciarse de
quienes no lo hicieron y, por tanto, sus porcentajes debían interpretarse con
prudencia.
Pero aquí aparece una de las
ironías de la historia. Las limitaciones estadísticas eran reales; las
preguntas que planteaba también. Investigaciones posteriores con metodologías
más rigurosas han confirmado el núcleo de su observación: para una gran proporción
de mujeres la penetración vaginal aislada no constituye el camino más fiable
hacia el orgasmo y la estimulación del clítoris desempeña un papel esencial.
Hite había puesto el dedo
exactamente donde debía. Y había hecho algo más. Preguntaba quién decidía
cuándo se practicaba sexo, qué esperaba el hombre, qué deseaba la mujer, por
qué algunas fingían y hasta qué punto la dependencia económica y las
convenciones sociales condicionaban lo que sucedía en un dormitorio.
Conviene recordar el mundo en que
apareció el libro. En 1976 la violación dentro del matrimonio todavía no era
reconocida como delito en buena parte de Estados Unidos y concepciones
semejantes del llamado «débito conyugal» sobrevivían en numerosos países, entre
ellos España. El sexo del que hablaba Hite no era solamente una cuestión de
terminaciones nerviosas. También era una cuestión de poder.
Eso ayuda a comprender la
violencia de la reacción contra ella. Durante los años ochenta, Estados Unidos
vivió una fuerte contraofensiva conservadora frente a los cambios culturales de
las décadas anteriores. Hite se convirtió en un blanco perfecto: feminista,
sexualmente explícita y poco inclinada a suavizar sus conclusiones. Terminó
marchándose de Estados Unidos, en 1995 renunció a la ciudadanía estadounidense
y posteriormente adquirió la alemana. Murió en Londres en 2020, a los 77 años.
Hay algo particularmente extraño
en su historia editorial. Un libro que llegó a decenas de millones de lectores
resulta hoy sorprendentemente difícil de encontrar. En España lleva décadas
fuera de los circuitos editoriales habituales. Uno de los grandes superventas
del siglo XX fue desvaneciéndose discretamente de las estanterías.
Quizá merezca la pena recordarlo
ahora, cuando se cumple medio siglo de su publicación. No porque todo lo que
escribió Hite deba aceptarse sin discusión. La investigación sobre sexualidad
ha avanzado enormemente y hoy disponemos de mejores métodos para distinguir
entre una extraordinaria colección de testimonios y una muestra representativa
de una población.
Pero algunas de sus preguntas
siguen vigentes. Persiste una considerable brecha entre hombres y mujeres en la
frecuencia con que alcanzan el orgasmo durante las relaciones heterosexuales y
existen aspectos de la fisiología sexual femenina todavía comparativamente poco
estudiados.
También podemos contemplar
críticamente la revolución sexual que Hite ayudó a impulsar. Liberar a las
mujeres de la obligación de alcanzar el orgasmo mediante la penetración fue un
avance; convertir después el orgasmo en una nueva obligación quizá lo fuera
menos. Una sexualidad concebida como una carrera hacia una descarga final puede
reproducir precisamente el modelo del que aquella generación intentaba escapar.
Tal vez la siguiente revolución
consista en dejar de establecer de antemano cómo debe ser el placer. Por eso
resulta tentador imaginar un nuevo Informe Hite cincuenta años después: una
gran investigación, metodológicamente más sólida, que preguntara por el deseo,
el placer, la pornografía, los juguetes sexuales, las nuevas formas de pareja,
la menopausia, el consentimiento y muchas otras experiencias que apenas
aparecían en los mapas sexuales de 1976.
Pero debería conservar la
pregunta fundamental: ¿qué sienten realmente las mujeres cuando nadie les dice
lo que deberían sentir?
Porque la gran aportación de El
Informe Hite no fue descubrir que muchas mujeres no alcanzaban el orgasmo
mediante la penetración. Su verdadera revolución fue mucho más sencilla. Durante
siglos, la ciencia había preguntado qué les ocurría a las mujeres cuando no
respondían como las teorías decían que debían responder.
Hite cambió la pregunta. Les
preguntó a ellas. Y se puso a escuchar.