Hasta hace unos días creía
que para cultivar un girasol hacían falta una semilla, tierra, agua y cierta
disposición a aceptar que los pájaros se quedaran con el resultado. Era una
visión ingenua de la agricultura. Una fotografía que circula por las redes sociales
me ha revelado que, antes de sembrar, conviene realizar una inspección del
tráfico de energías invisibles que atraviesa la parcela. Al parecer, uno puede
abonar correctamente, regar con sensatez y elegir una exposición soleada, pero
como coloque la semilla en una intersección cósmica, el girasol acabará pagando
las consecuencias de una decisión urbanística que nadie le consultó.
La fotografía muestra dos
capítulos de girasol sobre la hierba. El de la izquierda es aproximadamente
circular y tiene ese aspecto ordenado que permite a las empresas de semillas
seguir en el negocio. El de la derecha presenta una deformación considerable.
Hasta ahí llega la información que proporciona la imagen. El
texto que la acompaña, sin embargo, ha completado ya la investigación,
descartado las explicaciones botánicas y localizado al culpable: el segundo
girasol creció sobre una «geopatía», concretamente en un cruce de líneas de
Hartmann y Curry. Para evitar semejante desgracia recomienda explorar el
terreno con varillas de cobre o con un péndulo de cuarzo. Yo habría empezado
examinando la planta, pero reconozco que el cuarzo proporciona una entrada en
escena mucho más distinguida.
Las
líneas de Hartmann y Curry son unas supuestas redes que recorrerían la
Tierra y cuyos cruces resultarían perjudiciales para los seres vivos. Sus
defensores les atribuyen una capacidad notable para intervenir en nuestra
existencia sin dejarse identificar de manera fiable mediante mediciones físicas
reproducibles. Esto constituye una ventaja extraordinaria. Un hongo puede
acabar retratado al microscopio, una carencia de hierro puede ponerse de
manifiesto mediante un análisis y un suelo encharcado tiene la vulgaridad de
estar mojado. Las energías perjudiciales, en cambio, conservan una discreción
que ya quisieran muchos delincuentes.
Conviene aclarar que la
Tierra posee campos y fenómenos físicos perfectamente reales. Tiene campo
magnético, radiactividad natural y procesos eléctricos que pueden estudiarse
con instrumentos. La dificultad comienza cuando alguien toma prestado ese vocabulario
para presentar unas redes cuya existencia no ha sido demostrada con pruebas
sólidas y reproducibles. «Energía» es una palabra especialmente afortunada: en
física exige definiciones, unidades y cálculos; en ciertos anuncios puede
atravesar una vivienda, bloquear un chakra y estropear una lechuga sin
necesidad de concretar nada. Es una cantidad considerable de trabajo para un
sustantivo.
Para localizar esasinfluencias se recurre a la radiestesia, práctica iniciática y esotérica que permite sostener unas
varillas o un péndulo y obtener respuestas de sus movimientos. Y los
movimientos existen, desde luego. Lo que no se ha demostrado es que constituyan
un sistema fiable para detectar aquello que se busca. Pequeños movimientos
involuntarios de las manos pueden amplificarse y desplazar el instrumento: es
el llamado efecto ideomotor. No hace falta que quien sostiene las varillas
intente engañar a nadie. Puede estar completamente convencido de lo que
observa. Nuestro organismo es capaz de producir una respuesta y nuestra mente
de recibirla como si acabara de llegar del subsuelo.
Este detalle resulta menos
espectacular que una corriente telúrica, pero tiene una virtud considerable:
permite comprender por qué el instrumento parece responder a las expectativas
de su propietario. Si uno sospecha que bajo el dormitorio pasa algo perjudicial,
puede acabar viendo cómo las varillas confirman sus temores. Es una atención al
cliente exquisita. Los análisis de laboratorio, por desgracia, carecen de esa
delicadeza y a menudo entregan resultados que contradicen lo que habíamos
decidido de antemano.
Volvamos al girasol, que
lleva varios párrafos esperando a que alguien se interese por su anatomía. Lo
que solemos llamar su flor es en realidad una inflorescencia, un capítulo
formado por numerosas flores pequeñas, dispuestas sobre un receptáculo común.
La organización de ese conjunto depende del desarrollo de tejidos de
crecimiento que, como cualquier otro sistema biológico, pueden presentar
alteraciones. Una de ellas es la fasciación, capaz de
producir tallos aplanados o ensanchados e inflorescencias con formas extrañas.
La botánica conoce desde hace mucho estas extravagancias, aunque ha cometido el
error publicitario de darles nombres que no prometen armonizar el comedor.
El ejemplar de la fotografía
presenta una deformación compatible con una alteración de ese tipo. Compatible,
conviene subrayarlo: una imagen aislada no permite confirmar el diagnóstico ni
identificar su causa. Las fasciaciones pueden relacionarse con factores
genéticos, lesiones de los tejidos de crecimiento o determinados agentes
infecciosos, entre otras posibilidades. Para averiguar qué ocurrió habría que
examinar el ejemplar y conocer sus condiciones de cultivo. Es un procedimiento
algo más laborioso que señalar una intersección invisible, pero ofrece la
posibilidad de aprender algo sobre el girasol.
La naturaleza produce
irregularidades con una despreocupación admirable. Hace flores con piezas de
más, tallos retorcidos y frutos que parecen haber sido diseñados durante una
discusión. Quienes trabajamos con plantas sabemos que la simetría es una tendencia,
no una obligación contractual. Sin embargo, basta con que aparezca una
estructura especialmente rara para que alguien descubra una conspiración bajo
sus raíces. La planta puede llevar semanas desarrollándose de manera anómala;
la explicación sobrenatural llega en un instante y ya viene redactada para
compartirla.
El mensaje añade que las
plantas cultivadas en esos cruces pueden enfermar y «contaminar a las demás».
Aquí el girasol pasa de víctima de una mala ubicación a amenaza para el
vecindario. Una malformación, sin embargo, no equivale por sí misma a una enfermedad
transmisible. Para hablar de contagio habría que identificar un agente capaz de
propagarse. Algunas alteraciones del crecimiento pueden tener causas
infecciosas; otras, no. Esa distinción exige investigar, una actividad que las
explicaciones universales procuran ahorrarnos.
La fotografía tampoco cuenta
cuántas plantas había, si ambas pertenecían a la misma variedad, dónde
crecieron ni qué trato recibieron. No sabemos si se seleccionaron dos
ejemplares entre cientos precisamente porque ofrecían el contraste deseado. Con
dos girasoles y libertad para inventar sus antecedentes podríamos demostrar
casi cualquier cosa: los efectos de la música barroca, las consecuencias de
discutir cerca del semillero o la superioridad agronómica de felicitar a las
plantas por su cumpleaños. La imagen seguiría siendo la misma. Solo tendríamos
que cambiar el pie de foto.
Comprobar la afirmación
requeriría un experimento bastante comprensible. Primero, quienes aseguran
detectar las líneas tendrían que marcar su posición sin conocer los resultados
de otros observadores. Después habría que cultivar suficientes plantas en las zonas
señaladas y en zonas de comparación, controlar las condiciones relevantes y
evaluar los resultados sin que quien los juzga supiera dónde había crecido cada
ejemplar. Si el efecto existe y es tan importante como se anuncia, debería
aparecer de forma consistente. Las energías podrían seguir siendo invisibles;
sus consecuencias tendrían que dejarse contar.
Entretanto, para plantar un
árbol continúa siendo útil estudiar el suelo, el drenaje, la disponibilidad de
agua y el espacio que necesitarán sus raíces y su copa. Son asuntos modestos
que rara vez provocan entusiasmo en las redes, pero tienen la ventaja de
afectar al árbol. Si el péndulo se mueve, quizá nos esté ofreciendo una
interesante demostración sobre nuestros músculos y nuestras expectativas. Antes
de atribuirle información sobre el terreno convendría pedirle que superase una
prueba en la que nadie pudiera indicarle, siquiera involuntariamente, la
respuesta.
Lo más irónico de toda esta
historia es que el girasol deforme sí merece nuestra curiosidad. Examinar cómo
se organizó su capítulo, qué cambió durante su desarrollo y por qué sus flores
terminaron distribuidas de aquella manera podría enseñarnos algo fascinante. En
su lugar, lo han tendido sobre la hierba y lo han convertido en el anuncio de
un servicio de inspección de parcelas con cuarzo. Después de pasarse la vida
fabricando materia orgánica con luz solar, el pobre ha terminado haciendo
publicidad de unas líneas que nadie ha demostrado que existan. Hay carreras
vegetales que merecían un final mejor.
