Vistas de página en total

domingo, 25 de octubre de 2026

ANTES DE PLANTAR UN GIRASOL, CONSULTE CON EL PÉNDULO

 

Hasta hace unos días creía que para cultivar un girasol hacían falta una semilla, tierra, agua y cierta disposición a aceptar que los pájaros se quedaran con el resultado. Era una visión ingenua de la agricultura. Una fotografía que circula por las redes sociales me ha revelado que, antes de sembrar, conviene realizar una inspección del tráfico de energías invisibles que atraviesa la parcela. Al parecer, uno puede abonar correctamente, regar con sensatez y elegir una exposición soleada, pero como coloque la semilla en una intersección cósmica, el girasol acabará pagando las consecuencias de una decisión urbanística que nadie le consultó.

La fotografía muestra dos capítulos de girasol sobre la hierba. El de la izquierda es aproximadamente circular y tiene ese aspecto ordenado que permite a las empresas de semillas seguir en el negocio. El de la derecha presenta una deformación considerable. Hasta ahí llega la información que proporciona la imagen. El texto que la acompaña, sin embargo, ha completado ya la investigación, descartado las explicaciones botánicas y localizado al culpable: el segundo girasol creció sobre una «geopatía», concretamente en un cruce de líneas de Hartmann y Curry. Para evitar semejante desgracia recomienda explorar el terreno con varillas de cobre o con un péndulo de cuarzo. Yo habría empezado examinando la planta, pero reconozco que el cuarzo proporciona una entrada en escena mucho más distinguida.

Las líneas de Hartmann y Curry son unas supuestas redes que recorrerían la Tierra y cuyos cruces resultarían perjudiciales para los seres vivos. Sus defensores les atribuyen una capacidad notable para intervenir en nuestra existencia sin dejarse identificar de manera fiable mediante mediciones físicas reproducibles. Esto constituye una ventaja extraordinaria. Un hongo puede acabar retratado al microscopio, una carencia de hierro puede ponerse de manifiesto mediante un análisis y un suelo encharcado tiene la vulgaridad de estar mojado. Las energías perjudiciales, en cambio, conservan una discreción que ya quisieran muchos delincuentes.

Conviene aclarar que la Tierra posee campos y fenómenos físicos perfectamente reales. Tiene campo magnético, radiactividad natural y procesos eléctricos que pueden estudiarse con instrumentos. La dificultad comienza cuando alguien toma prestado ese vocabulario para presentar unas redes cuya existencia no ha sido demostrada con pruebas sólidas y reproducibles. «Energía» es una palabra especialmente afortunada: en física exige definiciones, unidades y cálculos; en ciertos anuncios puede atravesar una vivienda, bloquear un chakra y estropear una lechuga sin necesidad de concretar nada. Es una cantidad considerable de trabajo para un sustantivo.

Para localizar esasinfluencias se recurre a la radiestesia, práctica iniciática y esotérica que permite sostener unas varillas o un péndulo y obtener respuestas de sus movimientos. Y los movimientos existen, desde luego. Lo que no se ha demostrado es que constituyan un sistema fiable para detectar aquello que se busca. Pequeños movimientos involuntarios de las manos pueden amplificarse y desplazar el instrumento: es el llamado efecto ideomotor. No hace falta que quien sostiene las varillas intente engañar a nadie. Puede estar completamente convencido de lo que observa. Nuestro organismo es capaz de producir una respuesta y nuestra mente de recibirla como si acabara de llegar del subsuelo.

Este detalle resulta menos espectacular que una corriente telúrica, pero tiene una virtud considerable: permite comprender por qué el instrumento parece responder a las expectativas de su propietario. Si uno sospecha que bajo el dormitorio pasa algo perjudicial, puede acabar viendo cómo las varillas confirman sus temores. Es una atención al cliente exquisita. Los análisis de laboratorio, por desgracia, carecen de esa delicadeza y a menudo entregan resultados que contradicen lo que habíamos decidido de antemano.

Volvamos al girasol, que lleva varios párrafos esperando a que alguien se interese por su anatomía. Lo que solemos llamar su flor es en realidad una inflorescencia, un capítulo formado por numerosas flores pequeñas, dispuestas sobre un receptáculo común. La organización de ese conjunto depende del desarrollo de tejidos de crecimiento que, como cualquier otro sistema biológico, pueden presentar alteraciones. Una de ellas es la fasciación, capaz de producir tallos aplanados o ensanchados e inflorescencias con formas extrañas. La botánica conoce desde hace mucho estas extravagancias, aunque ha cometido el error publicitario de darles nombres que no prometen armonizar el comedor.

El ejemplar de la fotografía presenta una deformación compatible con una alteración de ese tipo. Compatible, conviene subrayarlo: una imagen aislada no permite confirmar el diagnóstico ni identificar su causa. Las fasciaciones pueden relacionarse con factores genéticos, lesiones de los tejidos de crecimiento o determinados agentes infecciosos, entre otras posibilidades. Para averiguar qué ocurrió habría que examinar el ejemplar y conocer sus condiciones de cultivo. Es un procedimiento algo más laborioso que señalar una intersección invisible, pero ofrece la posibilidad de aprender algo sobre el girasol.

La naturaleza produce irregularidades con una despreocupación admirable. Hace flores con piezas de más, tallos retorcidos y frutos que parecen haber sido diseñados durante una discusión. Quienes trabajamos con plantas sabemos que la simetría es una tendencia, no una obligación contractual. Sin embargo, basta con que aparezca una estructura especialmente rara para que alguien descubra una conspiración bajo sus raíces. La planta puede llevar semanas desarrollándose de manera anómala; la explicación sobrenatural llega en un instante y ya viene redactada para compartirla.

El mensaje añade que las plantas cultivadas en esos cruces pueden enfermar y «contaminar a las demás». Aquí el girasol pasa de víctima de una mala ubicación a amenaza para el vecindario. Una malformación, sin embargo, no equivale por sí misma a una enfermedad transmisible. Para hablar de contagio habría que identificar un agente capaz de propagarse. Algunas alteraciones del crecimiento pueden tener causas infecciosas; otras, no. Esa distinción exige investigar, una actividad que las explicaciones universales procuran ahorrarnos.

La fotografía tampoco cuenta cuántas plantas había, si ambas pertenecían a la misma variedad, dónde crecieron ni qué trato recibieron. No sabemos si se seleccionaron dos ejemplares entre cientos precisamente porque ofrecían el contraste deseado. Con dos girasoles y libertad para inventar sus antecedentes podríamos demostrar casi cualquier cosa: los efectos de la música barroca, las consecuencias de discutir cerca del semillero o la superioridad agronómica de felicitar a las plantas por su cumpleaños. La imagen seguiría siendo la misma. Solo tendríamos que cambiar el pie de foto.

Comprobar la afirmación requeriría un experimento bastante comprensible. Primero, quienes aseguran detectar las líneas tendrían que marcar su posición sin conocer los resultados de otros observadores. Después habría que cultivar suficientes plantas en las zonas señaladas y en zonas de comparación, controlar las condiciones relevantes y evaluar los resultados sin que quien los juzga supiera dónde había crecido cada ejemplar. Si el efecto existe y es tan importante como se anuncia, debería aparecer de forma consistente. Las energías podrían seguir siendo invisibles; sus consecuencias tendrían que dejarse contar.

Entretanto, para plantar un árbol continúa siendo útil estudiar el suelo, el drenaje, la disponibilidad de agua y el espacio que necesitarán sus raíces y su copa. Son asuntos modestos que rara vez provocan entusiasmo en las redes, pero tienen la ventaja de afectar al árbol. Si el péndulo se mueve, quizá nos esté ofreciendo una interesante demostración sobre nuestros músculos y nuestras expectativas. Antes de atribuirle información sobre el terreno convendría pedirle que superase una prueba en la que nadie pudiera indicarle, siquiera involuntariamente, la respuesta.

Lo más irónico de toda esta historia es que el girasol deforme sí merece nuestra curiosidad. Examinar cómo se organizó su capítulo, qué cambió durante su desarrollo y por qué sus flores terminaron distribuidas de aquella manera podría enseñarnos algo fascinante. En su lugar, lo han tendido sobre la hierba y lo han convertido en el anuncio de un servicio de inspección de parcelas con cuarzo. Después de pasarse la vida fabricando materia orgánica con luz solar, el pobre ha terminado haciendo publicidad de unas líneas que nadie ha demostrado que existan. Hay carreras vegetales que merecían un final mejor.