domingo, 4 de enero de 2026

“¡RECORDAD EL MAINE! ¡AL INFIERNO CON ESPAÑA!”

La explosión del USS Maine en el puerto de La Habana no solo hundió un barco: encendió una guerra, precipitó el final del imperio español y reveló hasta qué punto un suceso confuso puede convertirse en una certeza política cuando la prisa, la prensa y el patriotismo empujan en la misma dirección.

Naufragio del USS Maine, 1898. Fuente Wikipedia.

La noche del 15 de febrero de 1898 no había Luna sobre la bahía de La Habana. Es un detalle menor, pero ayuda a imaginar el fogonazo: una llamarada breve, seca, tremenda, seguida de un silencio que no correspondía a nada humano. Luego llegaron los gritos, el olor a carbón quemado, el agua iluminada por incendios flotantes. En menos de diez minutos, el USS Maine —el buque más potente del Caribe— se convirtió en un amasijo torcido de hierro y cadáveres. Murieron 266 hombres. Y con ellos murió también la posibilidad de que en el conflicto hispano-cubano las cosas se solucionaran de otra manera.

El Maine había entrado en el puerto de La Habana el 25 de enero como quien deja el coche aparcado frente a la casa del vecino con el que discute: un gesto de presencia, de advertencia muda. Un gesto que semanas atrás ha repetido una flota estadounidense frente a las costas de Venezuela. Oficialmente era una visita de cortesía. Extraoficialmente, nadie dudaba de que Estados Unidos estaba al borde de intervenir en Cuba, donde desde 1895 se libraba una guerra sangrienta entre el ejército español y los independentistas. Washington observaba, calculaba, esperaba. El barco no venía a guerrear, pero sí a mirar de cerca.

Cuando explotó, la pregunta no fue qué había pasado, sino a quién había que culpar. La respuesta estaba decidida antes de que se enfriara el agua del puerto. Desde el primer momento, la prensa norteamericana —sobre todo la más ruidosa— señaló a España. No porque hubiera pruebas, sino porque encajaba. Si algo estalla en una colonia española en guerra, la lógica emocional dicta que el culpable es el poder colonial. Y la lógica emocional, en tiempos de titulares, suele imponerse a cualquier otra.

Los testigos hablaron de dos explosiones: una primera, seca, “como un disparo”; otra, devastadora, que levantó llamas, fragmentos metálicos y una nube espesa. El barco se partió casi por la mitad y se hundió junto a la boya donde estaba anclado, a apenas diez metros de profundidad. Técnicamente, aquello ofrecía material para muchas hipótesis. Políticamente, sólo para una.

Pañoles de munición que estallaron espontáneamente tras la ignición espontánea de las carboneras contiguas. En la imagen se muestra dónde tuvieron lugar las explosiones y los daños que causaron en la quilla del barco, así como la sección de la quilla dañada. En las miniaturas, de izquierda a derecha, se ha marcado el área afectada, el daño interior en la quilla y una posible explosión exterior en la misma zona. Imagen de AEME.

La Marina estadounidense creó una comisión de investigación. Tras interrogar a testigos y examinar los restos accesibles, concluyó que sólo una mina situada bajo el casco podía haber provocado una destrucción semejante. No se designó culpable, pero no hacía falta. “Mina” y “España” formaban un binomio tácito. El informe llegó al Congreso el 29 de marzo y, menos de un mes después, Estados Unidos declaraba la guerra. El grito era perfecto:

¡Recordad el Maine! ¡Al infierno con España!

No explicaba nada, pero lo decía todo. La prensa hizo el resto. Los periódicos de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer no preguntaban: afirmaban. No investigaban: señalaban. El lector no abría el diario; entraba en una trinchera. La explosión dejó de ser un suceso naval para convertirse en una herida nacional. Cada marino muerto era un argumento. Cada duda, una traición.

España, mientras tanto, se ofreció a colaborar. El puerto era suyo, la ciudad también, y la explosión había ocurrido bajo sus narices. Los españoles, en realidad, eran los menos interesados en provocar al gigante norteamericano. Esperaban que la concesión de autonomía a Cuba enfriara el conflicto. También se barajó la hipótesis de un atentado independentista, una provocación para forzar la intervención estadounidense. Nunca apareció una sola prueba sólida. Y la teoría de que la propia tripulación hubiera volado el barco —una especie de suicidio estratégico— pertenece más al territorio de la fantasía que al de la historia.

Había, sin embargo, un problema con la versión de la mina. No se observaron los efectos típicos de una explosión submarina: ni columna de agua, ni oleaje significativo, ni peces muertos flotando en la superficie. El sonido, según muchos testigos, no fue el sordo estampido que suele acompañar a una detonación bajo el agua. Además, un boquete externo importante habría provocado una inundación inmediata, haciendo improbable que los depósitos de munición llegaran a explotar como lo hicieron. Buzos españoles inspeccionaron los restos a distancia y no encontraron indicios claros de una explosión exterior.

El Maine, botado en 1895, era un prodigio de la ingeniería… y una bomba con chimenea. Medía cien metros de eslora, desplazaba 6 700 toneladas y llevaba una combinación delicada: carbón para alimentar ocho calderas y unas sesenta toneladas de pólvora negra almacenadas en polvorines. El carbón, mal ventilado, podía arder de forma espontánea. En los tres años anteriores, una docena de barcos estadounidenses habían sufrido incendios por ese motivo. Bastaban unas horas y una temperatura elevada para que el calor se transmitiera a los pañoles adyacentes.

Aunque la publicación de un informe de investigación de la Marina de los Estados Unidos tardaría un mes, este periódico de Washington DC fue uno de los que afirmaron en un día que la explosión no fue accidental. Fuente

La pólvora tampoco ayudaba. Su estabilidad dependía de la nitrocelulosa y de condiciones ambientales muy concretas. Cambios de temperatura, humedad o una eliminación defectuosa de los productos de descomposición podían provocar una inflamación lenta, invisible, hasta que el calor alcanzaba al resto de la munición. Explosiones de este tipo siguieron produciéndose en buques de guerra durante todo el siglo XX. No eran épicas, pero sí frecuentes.

Desde el primer momento, muchos expertos —incluidos los norteamericanos— pensaron que el hundimiento había sido un accidente. La investigación oficial descartó esa posibilidad por razones patrióticas y, probablemente, para no señalar negligencias en la cadena de mando. La duda se mantuvo durante décadas, flotando como un resto incómodo. En 1911, el gobierno estadounidense reflotó el pecio, construyó un encofrado y examinó los restos a cielo abierto. El informe fue tan vago que no aclaró nada. Luego el barco fue remolcado mar adentro, dinamitado y hundido de nuevo. A partir de ahí, todo serían pruebas circunstanciales.

Hubo que esperar hasta 1975 para que un estudio serio, dirigido por el almirante Hyman Rickover —patriarca de la marina nuclear— concluyó que la explosión había sido interna, probablemente causada por un incendio en una carbonera que prendió un cartucho y desencadenó la reacción en cadena. Otras investigaciones posteriores llegaron a conclusiones similares. La versión heroica se desmoronaba, pero ya era tarde para cambiar el relato.

Porque la historia rara vez se decide con informes técnicos. Se decide con emociones, con oportunidades, con el momento justo. El Maine fue el fósforo, no la gasolina. La gasolina llevaba tiempo acumulándose: intereses económicos, ambiciones estratégicas, una nueva idea de Estados Unidos como potencia llamada a ordenar el mundo.

El presidente que debía firmar la declaración de guerra, William McKinley, era un hombre prudente, más contable que cruzado. Había visto la guerra de cerca y no le tenía cariño. Intentó ganar tiempo, habló de diplomacia, pidió calma. Pero la calma no vendía periódicos y la diplomacia no llenaba plazas. El Congreso empujaba. La calle rugía. La bandera necesitaba un mástil más alto.

Cuando McKinley cedió, lo hizo envuelto en un lenguaje higiénico: no era una guerra de conquista, sino de liberación; no se atacaba a España, se ayudaba a Cuba. La palabra imperio no apareció por ninguna parte, aunque ya estaba esperando en la puerta con las maletas hechas. La guerra duró poco, fue desigual y definitiva. España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y con ellos la última ilusión de gran potencia. Estados Unidos ganó algo más que territorios: ganó confianza. Descubrió que podía intervenir lejos de casa, ganar rápido y contarlo como una obra de caridad.

¿Aprovechó Estados Unidos el hundimiento del Maine para declarar la guerra? Sí, sin rodeos. No importaba que la verdad fuera más compleja; la complejidad no moviliza ejércitos. El barco ofreció algo invaluable: una historia simple, un enemigo claro, una emoción compartida.

Hoy, los restos del Maine ya no están en La Habana. Parte del casco fue enterrado con honores en Arlington. El barco descansa, por fin, lejos del ruido que provocó. Pero su eco sigue ahí. Cada vez que una explosión conveniente acelera una decisión política. Cada vez que una investigación se cierra demasiado pronto. Cada vez que un titular sustituye a una prueba.

El Maine no causó la guerra. Solo la hizo inevitable para quienes ya la deseaban. Y esa, quizá, es la lección más incómoda de todas. Recuérdalo cuando te pronuncies sobre Venezuela.