La explosión del USS Maine en el puerto de La Habana no solo hundió un barco: encendió una guerra, precipitó el final del imperio español y reveló hasta qué punto un suceso confuso puede convertirse en una certeza política cuando la prisa, la prensa y el patriotismo empujan en la misma dirección.
![]() |
| Naufragio del USS Maine, 1898. Fuente Wikipedia. |
La noche del 15 de febrero de
1898 no había Luna sobre la bahía de La Habana. Es un detalle menor, pero ayuda
a imaginar el fogonazo: una llamarada breve, seca, tremenda, seguida de un
silencio que no correspondía a nada humano. Luego llegaron los gritos, el olor
a carbón quemado, el agua iluminada por incendios flotantes. En menos de diez
minutos, el USS Maine —el buque más potente del Caribe— se convirtió en
un amasijo torcido de hierro y cadáveres. Murieron 266 hombres. Y con ellos
murió también la posibilidad de que en el conflicto hispano-cubano las cosas se
solucionaran de otra manera.
El Maine había entrado en el
puerto de La Habana el 25 de enero como quien deja el coche aparcado frente a
la casa del vecino con el que discute: un gesto de presencia, de advertencia
muda. Un gesto que semanas atrás ha repetido una flota estadounidense frente a
las costas de Venezuela. Oficialmente era una visita de cortesía.
Extraoficialmente, nadie dudaba de que Estados Unidos estaba al borde de
intervenir en Cuba, donde desde 1895 se libraba una guerra sangrienta entre el
ejército español y los independentistas. Washington observaba, calculaba,
esperaba. El barco no venía a guerrear, pero sí a mirar de cerca.
Cuando explotó, la pregunta no
fue qué había pasado, sino a quién había que culpar. La respuesta estaba
decidida antes de que se enfriara el agua del puerto. Desde el primer momento,
la prensa norteamericana —sobre todo la más ruidosa— señaló a España. No porque
hubiera pruebas, sino porque encajaba. Si algo estalla en una colonia española
en guerra, la lógica emocional dicta que el culpable es el poder colonial. Y la
lógica emocional, en tiempos de titulares, suele imponerse a cualquier otra.
Los testigos hablaron de dos
explosiones: una primera, seca, “como un disparo”; otra, devastadora, que
levantó llamas, fragmentos metálicos y una nube espesa. El barco se partió casi
por la mitad y se hundió junto a la boya donde estaba anclado, a apenas diez
metros de profundidad. Técnicamente, aquello ofrecía material para muchas
hipótesis. Políticamente, sólo para una.
![]() |
| Pañoles de munición que estallaron espontáneamente tras la ignición espontánea de las carboneras contiguas. En la imagen se muestra dónde tuvieron lugar las explosiones y los daños que causaron en la quilla del barco, así como la sección de la quilla dañada. En las miniaturas, de izquierda a derecha, se ha marcado el área afectada, el daño interior en la quilla y una posible explosión exterior en la misma zona. Imagen de AEME. |
La Marina estadounidense creó una
comisión de investigación. Tras interrogar a testigos y examinar los restos
accesibles, concluyó que sólo una mina situada bajo el casco podía haber
provocado una destrucción semejante. No se designó culpable, pero no hacía
falta. “Mina” y “España” formaban un binomio tácito. El informe llegó al
Congreso el 29 de marzo y, menos de un mes después, Estados Unidos declaraba la
guerra. El grito era perfecto:
¡Recordad el
Maine! ¡Al infierno con España!
No explicaba nada, pero lo decía
todo. La prensa hizo el resto. Los periódicos de William Randolph Hearst y
Joseph Pulitzer no preguntaban: afirmaban. No investigaban: señalaban. El
lector no abría el diario; entraba en una trinchera. La explosión dejó de ser
un suceso naval para convertirse en una herida nacional. Cada marino muerto era
un argumento. Cada duda, una traición.
España, mientras tanto, se
ofreció a colaborar. El puerto era suyo, la ciudad también, y la explosión
había ocurrido bajo sus narices. Los españoles, en realidad, eran los menos
interesados en provocar al gigante norteamericano. Esperaban que la concesión
de autonomía a Cuba enfriara el conflicto. También se barajó la hipótesis de un
atentado independentista, una provocación para forzar la intervención
estadounidense. Nunca apareció una sola prueba sólida. Y la teoría de que la
propia tripulación hubiera volado el barco —una especie de suicidio
estratégico— pertenece más al territorio de la fantasía que al de la historia.
Había, sin embargo, un problema
con la versión de la mina. No se observaron los efectos típicos de una
explosión submarina: ni columna de agua, ni oleaje significativo, ni peces
muertos flotando en la superficie. El sonido, según muchos testigos, no fue el
sordo estampido que suele acompañar a una detonación bajo el agua. Además, un
boquete externo importante habría provocado una inundación inmediata, haciendo
improbable que los depósitos de munición llegaran a explotar como lo hicieron.
Buzos españoles inspeccionaron los restos a distancia y no encontraron indicios
claros de una explosión exterior.
El Maine, botado en 1895, era un
prodigio de la ingeniería… y una bomba con chimenea. Medía cien metros de
eslora, desplazaba 6 700 toneladas y llevaba una combinación delicada: carbón
para alimentar ocho calderas y unas sesenta toneladas de pólvora negra
almacenadas en polvorines. El carbón, mal ventilado, podía arder de forma
espontánea. En los tres años anteriores, una docena de barcos estadounidenses
habían sufrido incendios por ese motivo. Bastaban unas horas y una temperatura
elevada para que el calor se transmitiera a los pañoles adyacentes.
Aunque
la publicación de un informe de investigación de la Marina de los Estados
Unidos tardaría un mes, este periódico de Washington DC fue uno de los que
afirmaron en un día que la explosión no fue accidental. Fuente.
La pólvora tampoco ayudaba. Su
estabilidad dependía de la nitrocelulosa y de condiciones ambientales muy
concretas. Cambios de temperatura, humedad o una eliminación defectuosa de los
productos de descomposición podían provocar una inflamación lenta, invisible,
hasta que el calor alcanzaba al resto de la munición. Explosiones de este tipo
siguieron produciéndose en buques de guerra durante todo el siglo XX. No eran
épicas, pero sí frecuentes.
Desde el primer momento, muchos
expertos —incluidos los norteamericanos— pensaron que el hundimiento había sido
un accidente. La investigación oficial descartó esa posibilidad por razones
patrióticas y, probablemente, para no señalar negligencias en la cadena de
mando. La duda se mantuvo durante décadas, flotando como un resto incómodo. En
1911, el gobierno estadounidense reflotó el pecio, construyó un encofrado y
examinó los restos a cielo abierto. El informe fue tan vago que no aclaró nada.
Luego el barco fue remolcado mar adentro, dinamitado y hundido de nuevo. A
partir de ahí, todo serían pruebas circunstanciales.
Hubo que esperar hasta 1975 para
que un estudio serio, dirigido por el almirante Hyman Rickover —patriarca de la
marina nuclear— concluyó que la explosión había sido interna, probablemente
causada por un incendio en una carbonera que prendió un cartucho y desencadenó
la reacción en cadena. Otras investigaciones posteriores llegaron a
conclusiones similares. La versión heroica se desmoronaba, pero ya era tarde
para cambiar el relato.
Porque la historia rara vez se decide con informes técnicos.
Se decide con emociones, con oportunidades, con el momento justo. El Maine fue
el fósforo, no la gasolina. La gasolina llevaba tiempo acumulándose: intereses
económicos, ambiciones estratégicas, una nueva idea de Estados Unidos como
potencia llamada a ordenar el mundo.
El presidente que debía firmar la
declaración de guerra, William McKinley, era un hombre prudente, más contable
que cruzado. Había visto la guerra de cerca y no le tenía cariño. Intentó ganar
tiempo, habló de diplomacia, pidió calma. Pero la calma no vendía periódicos y
la diplomacia no llenaba plazas. El Congreso empujaba. La calle rugía. La
bandera necesitaba un mástil más alto.
Cuando McKinley cedió, lo hizo
envuelto en un lenguaje higiénico: no era una guerra de conquista, sino de
liberación; no se atacaba a España, se ayudaba a Cuba. La palabra imperio no
apareció por ninguna parte, aunque ya estaba esperando en la puerta con las
maletas hechas. La guerra duró poco, fue desigual y definitiva. España perdió
Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y con ellos la última ilusión de gran potencia.
Estados Unidos ganó algo más que territorios: ganó confianza. Descubrió que
podía intervenir lejos de casa, ganar rápido y contarlo como una obra de
caridad.
¿Aprovechó Estados Unidos el
hundimiento del Maine para declarar la guerra? Sí, sin rodeos. No importaba que
la verdad fuera más compleja; la complejidad no moviliza ejércitos. El barco
ofreció algo invaluable: una historia simple, un enemigo claro, una emoción
compartida.
Hoy, los restos del Maine ya no
están en La Habana. Parte del casco fue enterrado con honores en Arlington. El
barco descansa, por fin, lejos del ruido que provocó. Pero su eco sigue ahí.
Cada vez que una explosión conveniente acelera una decisión política. Cada vez
que una investigación se cierra demasiado pronto. Cada vez que un titular
sustituye a una prueba.
El Maine no causó la guerra. Solo la hizo inevitable para quienes ya la deseaban. Y esa, quizá, es la lección más incómoda de todas. Recuérdalo cuando te pronuncies sobre Venezuela.

