Vistas de página en total

viernes, 22 de mayo de 2026

DEL MAINE A LAS AVIONETAS: PRIMERO EL RELATO, LUEGO LA GUERRA

 

La primera avioneta apareció sobre el estrecho poco después de las tres de la tarde, blanca, pequeña, con ese aspecto inofensivo de aparato alquilado para fumigar naranjales o llevar turistas a las Bahamas. Desde tierra apenas parecía más peligrosa que una gaviota. Pero en los radares cubanos llevaba años siendo otra cosa: una provocación periódica, un mosquito político que zumbaba sobre La Habana dejando caer octavillas, insultos y amenazas. Los hombres de “Hermanos al Rescate” decían que salvaban balseros. En Miami los llamaban héroes. En La Habana los llamaban piratas.

Aquella tarde de febrero de 1996, el cielo sobre el Caribe tenía el color metálico de las tormentas lejanas. Los pilotos hablaban por radio con la despreocupación teatral de quienes saben que alguien los escucha. Reían. Uno de ellos dijo algo sobre “dar otra vuelta”. Otro mencionó el Malecón.

En una sala del Ministerio de las Fuerzas Armadas cubanas, varios oficiales y el ministro Raúl Castro seguían el trayecto sobre una pantalla verde donde los puntos luminosos parecían insectos atrapados dentro de una botella. Nadie gritaba. Nadie necesitaba hacerlo. Cuba llevaba décadas viviendo dentro de un estado de alarma permanente, y la burocracia del miedo tiene una cualidad curiosa: funciona en voz baja.

Después despegaron los MiGs cubanos.

En Miami todavía era mediodía cuando las cadenas comenzaron a interrumpir la programación. Primero llegaron rumores confusos: una pérdida de contacto, una señal desaparecida, llamadas entrecortadas. Luego aparecieron las imágenes. Unas manchas de humo sobre el agua. Pedazos flotando en el estrecho. Una zapatilla. Un asiento arrancado. Un chaleco salvavidas balanceándose entre las olas como si alguien invisible siguiera respirando dentro.

Los presentadores empezaron a hablar más despacio. Ese tono grave y patriótico que en la televisión americana anuncia funerales o guerras. “Han derribado aviones civiles estadounidenses”. Todavía no había terminado de hundirse el segundo aparato cuando Washington ya había encontrado el vocabulario adecuado. “Asesinato”. “Terrorismo”. “Ataque deliberado”. Las palabras llegaron antes que las pruebas, como suele ocurrir cuando un imperio necesita ordenar emocionalmente los hechos.

En los bares de la Calle Ocho la gente golpeaba las mesas. Viejos exiliados lloraban frente a las cámaras. Congresistas cubanoamericanos exigían represalias inmediatas. Un senador habló de “un acto de guerra”. Otro dijo que el régimen cubano “había cruzado una línea roja”. Nadie parecía interesado en discutir dónde estaban exactamente las avionetas cuando fueron alcanzadas.

Lo importante era la imagen. Cuatro hombres muertos sobre el mar. Un enemigo reconocible. Y una nación herida mirando televisión.

Treinta años después, Donald Trump descubrió que aquella escena seguía intacta, como una vieja herramienta guardada en un cajón. Bastaba sacudirle el polvo. Venezuela había servido de ensayo: primero se construye el retrato criminal del adversario; luego se habla de narcotráfico, terrorismo, protección de ciudadanos americanos, amenaza hemisférica; finalmente se presenta cualquier intervención como una obligación moral. El lenguaje cambia poco. Sólo cambian los nombres de los dictadores.

Raúl Castro —un anciano de noventa y tantos años escondido entre uniformes verde oliva y retratos descoloridos de la revolución— apareció de pronto transformado en una especie de Pablo Escobar tropical. La acusación judicial estadounidense sonaba menos a derecho internacional que a tráiler de Netflix: conspiración, asesinato, derribo de aeronaves civiles, sangre americana sobre aguas internacionales.

Washington no hablaba todavía de invasión. Los imperios modernos ya no utilizan esa palabra. Hablan de operaciones limitadas, restauración democrática, captura de criminales, coaliciones internacionales. Pero el mecanismo emocional era idéntico al de siempre: fabricar una indignación lo bastante intensa para que cualquier respuesta parezca razonable.

Y entonces, inevitablemente, Cuba empezó a parecerse otra vez a 1898. Porque hay historias que regresan como regresan los huracanes: con nombres distintos pero trayectorias familiares.

La noche del 15 de febrero de 1898 tampoco había luna sobre la bahía de La Habana. Un navío de guerra, el USS Maine descansaba frente al puerto español iluminado apenas por algunas lámparas amarillas y el resplandor aceitoso de los carbones. Los marineros jugaban a las cartas, fumaban, escribían cartas aburridas a casa. La guerra todavía no existía oficialmente, aunque llevaba meses creciendo en los periódicos de Nueva York como una fiebre tropical.

Naufragio del USS Maine, 1898. Fuente Wikipedia.

A las 21:40 llegó la explosión. Primero un estruendo sordo, interior, casi telúrico. Después una llamarada gigantesca que abrió el casco como una lata golpeada con un hacha. El acero salió despedido por el aire. Algunos cuerpos cayeron al agua ya muertos; otros ardían todavía mientras flotaban entre restos de madera y carbón.

La Habana entera escuchó el ruido. Los cristales temblaron en las casas coloniales. Los caballos se encabritaron. Durante unos segundos nadie entendió nada. Luego comenzaron los gritos desde el puerto.

El Maine, el orgullo naval americano, se estaba hundiendo. Murieron más de doscientos sesenta hombres. Y casi inmediatamente murió también la prudencia.

Porque en Estados Unidos la pregunta no fue qué había ocurrido, sino quién debía pagar por ello. William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer transformaron la tragedia en una maquinaria de furia patriótica. Los periódicos imprimieron dibujos imaginarios de minas submarinas españolas. Inventaron conspiraciones. Fabricaron certezas. Hearst entendió antes que nadie que una guerra moderna no empieza con disparos, sino con titulares suficientemente grandes.

“¡Recordad el Maine! ¡Al infierno con España!”

La frase apareció en carteles, canciones, tabernas, mítines políticos y vasos de whisky. Era un eslogan perfecto porque convertía la duda en emoción pura. No importaba que las investigaciones posteriores sugirieran una explosión interna causada probablemente por un incendio en las carboneras del barco.

La verdad técnica tenía menos fuerza narrativa que una traición española. Y además Estados Unidos necesitaba Cuba. Eso era lo esencial. Necesitaba el Caribe. Necesitaba una guerra breve. Necesitaba demostrar que el siglo XX le pertenecía antes incluso de que empezara.

España era vieja, pobre y estaba lejos del futuro. Estados Unidos era joven, industrial y estaba aprendiendo que los imperios modernos no siempre conquistan territorios: a veces conquistan relatos. Igual que ahora.

Porque más de un siglo después, las imágenes vuelven a repetirse con inquietante precisión: aviones derribados, ciudadanos estadounidenses muertos, televisión indignada, congresistas exigiendo justicia, presidentes hablando de libertad, periódicos buscando culpables antes que pruebas.

El decorado cambia, pero el guion sigue oliendo a pólvora mojada y tinta de imprenta.