lunes, 15 de junio de 2026

LO QUE EL PIS DE LAS SERPIENTES PODRÍA ENSEÑARNOS SOBRE LOS CÁLCULOS RENALES

 

Hay frases que uno nunca espera pronunciar en voz alta. "¿Podrías pasarme la sal?" es perfectamente razonable. "Creo que mañana va a llover", también. Pero pocas personas imaginan que algún día leerán con interés una frase como ésta: «Un grupo de químicos estadounidenses está estudiando el pis de las serpientes para prevenir los cálculos renales».

Y, sin embargo, en esas estamos. La ciencia tiene esa maravillosa capacidad para tomar una idea que parece el resultado de una apuesta perdida en el mostrador de un bar y convertirla en un artículo publicado en una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo. La historia que les voy a contar comienza con una pregunta aparentemente absurda.

¿Por qué las serpientes no sufren gota?

O, para ser más precisos: ¿cómo consiguen manejar cantidades enormes de ácido úrico sin convertir su interior en una colección de pequeñas dagas microscópicas? Los seres humanos llevamos siglos peleándonos con el ácido úrico. Cuando todo funciona correctamente, este compuesto es simplemente uno más de los residuos derivados del metabolismo. Lo fabricamos, lo eliminamos y seguimos con nuestra vida.

Pero el ácido úrico tiene mal carácter. Si sus concentraciones aumentan demasiado, tiende a cristalizar. Y no lo hace adoptando formas redondeadas. Forma agujas diminutas, puntiagudas y extraordinariamente punzantes.

Si estas agujas se depositan en las articulaciones aparece la gota, una enfermedad que ha acompañado a emperadores, papas, escritores y aficionados a la buena mesa desde tiempos inmemoriales. El dedo gordo del pie se convierte entonces en el escenario de un sufrimiento tan intenso que algunos pacientes aseguran que incluso el roce de una sábana resulta insoportable.

Cuando esos cristales aparecen en el aparato urinario, el resultado puede ser un cálculo renal. Y cualquiera que haya tenido uno sabe que existen pocas maneras más eficaces de comprender la fragilidad de la condición humana.

Las serpientes, sin embargo, parecen haberse saltado el problema. A diferencia de nosotros, que eliminamos el nitrógeno sobrante disuelto en abundante orina líquida, muchos reptiles han adoptado una estrategia completamente distinta. Viven a menudo en ambientes donde el agua es un lujo, de modo que no pueden permitirse desperdiciarla alegremente. Lo que hacen es transformar sus residuos nitrogenados en una pasta blanquecina semisólida compuesta fundamentalmente por ácido úrico.

Los uratos de la pitón bola (Python regius) son microesferas de nanocristales de ácido úrico monohidratado. (a) La pitón bola excreta uratos que se secan formando una pastilla dura. (b–e) Las imágenes del microscopio electrónico de barrido (SEM) de los uratos muestran que consisten en esferas de 1–10 micras, algunas de las cuales están cubiertas de fibras filiformes. (c) La criofractura revela que algunas esferas son sólidas, mientras que otras tienen una microestructura interna más abierta. (d, e) Las imágenes SEM de alta resolución muestran una textura superficial granular con partículas en forma de rombo de 40 ± 10 micras de ancho y 180 ± 60 micras de largo. Barras de escala (b, c) = 10 micras y (d, e) = 1 micras.

En otras palabras, las serpientes hacen algo que a cualquier nefrólogo le produciría escalofríos. Concentran enormes cantidades de ácido úrico, pero a pesar de ello viven tan ricamente. Intrigados por esta aparente temeridad fisiológica, un grupo de investigadores liderados por Jennifer Swift, de la Universidad de Georgetown, decidió averiguar qué demonios estaba ocurriendo allí.

El estudio implicó una actividad profesional que seguramente no aparece en los folletos informativos de las facultades de química: analizar excrementos y uratos de serpientes.

Conviene aclarar que los reptiles no producen exactamente orina como la nuestra. Lo que expulsan es una mezcla de heces y residuos nitrogenados a través de la cloaca, y esos residuos tienen aspecto de pequeñas masas blancas, parecidas a una pasta de dientes especialmente poco apetecible. Son lo que se llaman uratos.

Los investigadores recogieron muestras procedentes de veintiuna especies diferentes de reptiles. Había pitones, boas, víboras y otras serpientes con nombres que desaconsejan cualquier exceso de confianza. Después hicieron lo que hacen los científicos cuando sospechan que la naturaleza es más inteligente que ellos: observaron muy de cerca.

Utilizaron microscopía electrónica, difracción de rayos X y diversas técnicas cristalográficas. Descubrieron algo extraordinario. Hasta entonces se pensaba que aquellos depósitos blancos eran poco más que una acumulación amorfa de ácido úrico. Error: en realidad, estaban organizados con una sofisticación exquisita.

Los residuos aparecían empaquetados en pequeñas microesferas texturizadas, de apenas unos pocos micrómetros de diámetro. A su vez, estas esferas estaban construidas a partir de nanocristales de ácido úrico monohidratado.

En resumen, las serpientes no eliminan ácido úrico de cualquier manera. Lo empaquetan y esa es una diferencia sutil, pero enormemente importante. Imagine que debe guardar miles de cuchillos en una caja. Puede arrojarlos todos juntos al azar y confiar en la suerte. O puede introducir cada uno en su funda correspondiente. Las serpientes, por así decirlo, utilizan fundas.

El ácido úrico queda confinado en estructuras estables y redondeadas que parecen impedir la formación de cristales largos y afilados capaces de lesionar tejidos. Y aquí es donde la historia deja de ser una curiosidad zoológica para convertirse en una posible lección médica. Porque, si consiguiéramos comprender exactamente cómo los reptiles estabilizan estos agregados, quizá podríamos imitar el proceso.

Tal vez no sea necesario impedir completamente la formación de ácido úrico. Quizá baste con convencerlo para que adopte una personalidad más civilizada. Que, en lugar de agujas agresivas, formen esferas inofensivas.

No sería la primera vez que la naturaleza nos ofrece soluciones inesperadas. Las sanguijuelas proporcionaron anticoagulantes. Los mohos nos dieron antibióticos. Los tejos escondían fármacos contra el cáncer. Las ranas han inspirado nuevos antimicrobianos. Y ahora resulta que una pitón podría enseñarnos algo sobre cómo evitar que un cálculo renal convierta una tarde cualquiera en una experiencia terrorífica.

Existe cierta arrogancia en nuestra relación con el resto de los seres vivos. Tendemos a pensar que la evolución es una especie de proceso improvisado, una chapuza acumulativa llena de errores. Y, en muchos sentidos, lo es. Pero también lleva más de tres mil millones de años realizando experimentos sin descanso.

Las serpientes llevan decenas de millones de años resolviendo el problema de almacenar ácido úrico sin autodestruirse. Nosotros apenas empezamos a prestar atención. Tal vez la próxima gran idea para prevenir la gota o determinados cálculos renales no surja de una pantalla repleta de modelos matemáticos ni de una sofisticada inteligencia artificial. Quizás empiece con un investigador sosteniendo una muestra blanquecina procedente de la cloaca de una serpiente y preguntándose por qué demonios aquello funciona tan bien.

La ciencia avanza muchas veces así. No siempre mediante grandes teorías y discursos solemnes. A veces progresa gracias a personas lo bastante curiosas como para estudiar aquello que el resto de nosotros preferiríamos no mirar demasiado de cerca. Resulta reconfortante pensar que uno de los secretos de la medicina del futuro podría encontrarse precisamente ahí: escondido en el lugar menos imaginable: en el pis de una serpiente.