Hay frases que uno nunca espera
pronunciar en voz alta. "¿Podrías pasarme la sal?" es perfectamente
razonable. "Creo que mañana va a llover", también. Pero pocas
personas imaginan que algún día leerán con interés una frase como ésta: «Un
grupo de químicos estadounidenses está estudiando el pis de las serpientes para
prevenir los cálculos renales».
Y, sin embargo, en esas estamos. La
ciencia tiene esa maravillosa capacidad para tomar una idea que parece el
resultado de una apuesta perdida en el mostrador de un bar y convertirla en un
artículo publicado en una de las revistas científicas más prestigiosas del
mundo. La historia que les voy a contar comienza con una pregunta aparentemente
absurda.
¿Por qué las serpientes no sufren
gota?
O, para ser más precisos: ¿cómo
consiguen manejar cantidades enormes de ácido úrico sin convertir su interior
en una colección de pequeñas dagas microscópicas? Los seres humanos llevamos
siglos peleándonos con el ácido úrico. Cuando todo funciona correctamente, este
compuesto es simplemente uno más de los residuos derivados del metabolismo. Lo
fabricamos, lo eliminamos y seguimos con nuestra vida.
Pero el ácido úrico tiene mal
carácter. Si sus concentraciones aumentan demasiado, tiende a cristalizar. Y no
lo hace adoptando formas redondeadas. Forma agujas diminutas, puntiagudas y
extraordinariamente punzantes.
Si estas agujas se depositan
en las articulaciones aparece la gota, una enfermedad que ha acompañado a
emperadores, papas, escritores y aficionados a la buena mesa desde tiempos
inmemoriales. El dedo gordo del pie se convierte entonces en el escenario de un
sufrimiento tan intenso que algunos pacientes aseguran que incluso el roce de
una sábana resulta insoportable.
Cuando esos cristales aparecen en
el aparato urinario, el resultado puede ser un cálculo renal. Y cualquiera que
haya tenido uno sabe que existen pocas maneras más eficaces de comprender la
fragilidad de la condición humana.
Las serpientes, sin embargo,
parecen haberse saltado el problema. A diferencia de nosotros, que eliminamos
el nitrógeno sobrante disuelto en abundante orina líquida, muchos reptiles han
adoptado una estrategia completamente distinta. Viven a menudo en ambientes
donde el agua es un lujo, de modo que no pueden permitirse desperdiciarla
alegremente. Lo que hacen es transformar sus residuos nitrogenados en una pasta
blanquecina semisólida compuesta fundamentalmente por ácido úrico.
En otras palabras, las serpientes
hacen algo que a cualquier nefrólogo le produciría escalofríos. Concentran
enormes cantidades de ácido úrico, pero a pesar de ello viven tan ricamente. Intrigados
por esta aparente temeridad fisiológica, un grupo de investigadores liderados por
Jennifer Swift, de la Universidad de Georgetown, decidió averiguar qué demonios
estaba ocurriendo allí.
El estudio implicó una actividad
profesional que seguramente no aparece en los folletos informativos de las
facultades de química: analizar excrementos y uratos de serpientes.
Conviene aclarar que los reptiles
no producen exactamente orina como la nuestra. Lo que expulsan es una mezcla de
heces y residuos nitrogenados a través de la cloaca, y esos residuos tienen
aspecto de pequeñas masas blancas, parecidas a una pasta de dientes
especialmente poco apetecible. Son lo que se llaman uratos.
Los investigadores recogieron
muestras procedentes de veintiuna especies diferentes de reptiles. Había
pitones, boas, víboras y otras serpientes con nombres que desaconsejan
cualquier exceso de confianza. Después hicieron lo que hacen los científicos
cuando sospechan que la naturaleza es más inteligente que ellos: observaron muy
de cerca.
Utilizaron microscopía
electrónica, difracción de rayos X y diversas técnicas cristalográficas. Descubrieron
algo extraordinario. Hasta entonces se pensaba que aquellos depósitos blancos
eran poco más que una acumulación amorfa de ácido úrico. Error: en realidad,
estaban organizados con una sofisticación exquisita.
Los residuos aparecían
empaquetados en pequeñas microesferas texturizadas, de apenas unos pocos
micrómetros de diámetro. A su vez, estas esferas estaban construidas a partir
de nanocristales de ácido úrico monohidratado.
En resumen, las serpientes no
eliminan ácido úrico de cualquier manera. Lo empaquetan y esa es una diferencia
sutil, pero enormemente importante. Imagine que debe guardar miles de cuchillos
en una caja. Puede arrojarlos todos juntos al azar y confiar en la suerte. O
puede introducir cada uno en su funda correspondiente. Las serpientes, por así
decirlo, utilizan fundas.
El ácido úrico queda confinado en
estructuras estables y redondeadas que parecen impedir la formación de
cristales largos y afilados capaces de lesionar tejidos. Y aquí es donde la
historia deja de ser una curiosidad zoológica para convertirse en una posible
lección médica. Porque, si consiguiéramos comprender exactamente cómo los
reptiles estabilizan estos agregados, quizá podríamos imitar el proceso.
Tal vez no sea necesario impedir
completamente la formación de ácido úrico. Quizá baste con convencerlo para que
adopte una personalidad más civilizada. Que, en lugar de agujas agresivas, formen
esferas inofensivas.
No sería la primera vez que la
naturaleza nos ofrece soluciones inesperadas. Las sanguijuelas proporcionaron
anticoagulantes. Los mohos nos dieron antibióticos. Los tejos escondían
fármacos contra el cáncer. Las ranas han inspirado nuevos antimicrobianos. Y
ahora resulta que una pitón podría enseñarnos algo sobre cómo evitar que un
cálculo renal convierta una tarde cualquiera en una experiencia terrorífica.
Existe cierta arrogancia en
nuestra relación con el resto de los seres vivos. Tendemos a pensar que la
evolución es una especie de proceso improvisado, una chapuza acumulativa llena
de errores. Y, en muchos sentidos, lo es. Pero también lleva más de tres mil
millones de años realizando experimentos sin descanso.
Las serpientes llevan decenas de
millones de años resolviendo el problema de almacenar ácido úrico sin
autodestruirse. Nosotros apenas empezamos a prestar atención. Tal vez la
próxima gran idea para prevenir la gota o determinados cálculos renales no
surja de una pantalla repleta de modelos matemáticos ni de una sofisticada
inteligencia artificial. Quizás empiece con un investigador sosteniendo una
muestra blanquecina procedente de la cloaca de una serpiente y preguntándose
por qué demonios aquello funciona tan bien.
La ciencia avanza muchas veces así. No siempre mediante grandes teorías y discursos solemnes. A veces progresa gracias a personas lo bastante curiosas como para estudiar aquello que el resto de nosotros preferiríamos no mirar demasiado de cerca. Resulta reconfortante pensar que uno de los secretos de la medicina del futuro podría encontrarse precisamente ahí: escondido en el lugar menos imaginable: en el pis de una serpiente.
