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domingo, 12 de julio de 2026

EL DONDIEGO QUE NUNCA FUE JALAPA

 

Los nombres científicos tienen fama de ser precisos, objetivos y casi infalibles. Al fin y al cabo, esa era precisamente la intención de Carlos Linneo cuando, en 1753, publicó Species Plantarum y puso orden en el caótico mundo de las plantas. Desde entonces, cada especie recibe dos palabras latinas que la identifican de forma inequívoca en cualquier rincón del planeta.

Sin embargo, la ciencia posee un curioso sentido del humor. A veces, esos mismos nombres creados para evitar confusiones terminan conservando errores históricos. Uno de los ejemplos más curiosos es el del humilde dondiego de noche (Mirabilis jalapa), una planta que probablemente ha florecido alguna vez en el jardín de nuestros abuelos y cuyo nombre encierra una historia sorprendente de exploradores, boticarios, médicos, genetistas… y una planta completamente distinta.

Todo comienza en una botica europea, pongamos que hacia el año 1700. Las paredes aparecen cubiertas por estanterías repletas de albarelos de cerámica. En ellos se conservan corteza de quina llegada de los Andes, ruibarbo de Asia, alcanfor, mirra, canela y decenas de remedios traídos de los territorios recién incorporados al comercio mundial. Entra un cliente aquejado de un pertinaz estreñimiento. El boticario escucha con atención, toma un recipiente de barro, pesa cuidadosamente un polvo parduzco y advierte con solemnidad que no conviene exceder la dosis. En la etiqueta del frasco puede leerse una sola palabra:

JALAPA

Durante más de dos siglos aquel preparado figuró entre los purgantes más prestigiosos de Europa. Si hubiéramos preguntado entonces de qué planta procedía, muchos médicos habrían respondido sin vacilar que del dondiego de noche, M. jalapa. Y, sin embargo, se habrían equivocado.

La ironía resulta evidente, porque fue el propio Linneo quien creó la nomenclatura científica para evitar errores semejantes. Pero, en este caso, el equívoco terminó incrustándose para siempre en el nombre de la planta.

El dondiego de noche pertenece a la familia Nyctaginaceae y es originario de México y otras regiones de Centroamérica, aunque durante mucho tiempo se creyó que procedía de Perú, de dónde se desprende otro de los nombres con el que se conoce en jardinería: “Maravilla del Perú”. Llegó a Europa en el siglo XVI junto a centenares de especies americanas que transformaron la agricultura, la alimentación y los jardines del Viejo Continente. El dondiego no alimentaba a nadie ni proporcionaba materias primas valiosas. Su única riqueza consistía en ser extraordinariamente hermoso. Y, a veces, eso basta para conquistar un continente.

Es una planta vigorosa y de cultivo sencillo que desarrolla una gruesa raíz tuberosa donde almacena las reservas necesarias para rebrotar cada temporada. Sus tallos muy ramificados forman matas compactas de hojas verdes y ovadas, pero su verdadero espectáculo comienza al atardecer. Mientras la mayoría de las flores empiezan a cerrarse, el dondiego abre centenares de flores perfumadas que atraen a esfíngidos y otros polinizadores nocturnos. Cada flor vive apenas unas horas, aunque la planta produce tantos capullos que la floración se prolonga durante semanas.

Sin embargo, ni ese perfume ni sus hábitos nocturnos explican la fascinación que despertó entre los botánicos. Lo realmente extraordinario era su increíble variabilidad cromática. Una misma planta podía producir flores blancas, amarillas, rosas, rojas o púrpuras. Algunas aparecían recorridas por rayas, otras mostraban manchas irregulares y no era raro encontrar flores divididas en dos colores perfectamente distintos. Parecía una planta incapaz de decidir de qué color quería florecer.

Aquella exuberancia impresionó profundamente a Linneo, que eligió para el género el término latino mirabilis, «maravillosa» o «extraordinaria». Difícilmente habría podido encontrar un nombre mejor. Lo que ignoraba era que aquella planta acabaría desempeñando un papel inesperado en el nacimiento de la genética.

Cuando Gregor Mendel publicó en 1866 sus experimentos con guisantes, apenas despertó interés. Sus trabajos permanecieron olvidados durante más de treinta años, hasta que en 1900 Hugo de Vries, Carl Correns y Erich von Tschermak redescubrieron independientemente las mismas leyes de la herencia. A partir de ese momento comenzó la búsqueda de nuevas especies con las que comprobar hasta dónde llegaban aquellas reglas, y el dondiego de noche resultó ideal para ese propósito.

Fue Carl Correns quien demostró con M. jalapa que la herencia era más compleja de lo que sugerían los experimentos de Mendel. Algunos cruzamientos producían flores rosadas a partir de progenitores rojos y blancos, uno de los primeros ejemplos clásicos de dominancia incompleta. Más tarde descubrió que determinados caracteres del follaje se transmitían exclusivamente por vía materna, una de las primeras pruebas de la llamada herencia citoplasmática. Aquella modesta planta de jardín acababa de convertirse en una pieza importante para comprender mejor los mecanismos de la herencia.

Todo parecía encajar. El género Mirabilis describía perfectamente una de las características más llamativas de la especie. Sin embargo, bastaba leer la segunda palabra del nombre para que surgiera una incógnita. ¿Por qué jalapa?

La respuesta nos obliga a abandonar los jardines y regresar a las montañas húmedas del actual estado mexicano de Veracruz. Allí crecía otra planta muy distinta, una discreta enredadera llamada Ipomoea purga, emparentada con las campanillas y las correhuelas. Su fama no dependía de las flores, sino de una gruesa raíz tuberosa utilizada desde mucho antes de la llegada de los españoles como un potente purgante. La medicina europea de los siglos XVI y XVII, profundamente influida por la teoría de los cuatro humores, concedía enorme importancia a sangrías, vomitivos y purgantes para expulsar del organismo las supuestas sustancias responsables de las enfermedades. No es extraño, por tanto, que aquella raíz alcanzara un enorme prestigio.

Ipomaea purga. Foto.

La mercancía descendía desde las montañas hasta la ciudad de Xalapa —entonces escrita Jalapa— antes de continuar viaje al puerto de Veracruz y embarcar rumbo a Sevilla junto con la vainilla, el cacao o la cochinilla. Poco a poco, el nombre del lugar terminó identificando al propio medicamento. Médicos y boticarios hablaban simplemente de «la jalapa», sin necesidad de mencionar la planta que la producía. Fue entonces cuando ambas historias comenzaron a entrelazarse.

Mientras la jalapa medicinal viajaba hacia las farmacias europeas, el dondiego de noche llegaba a los jardines siguiendo rutas comerciales muy parecidas. Las noticias procedentes de América eran incompletas, las descripciones botánicas no siempre coincidían y, en algún momento, alguien relacionó erróneamente la vistosa planta ornamental con el famoso purgante. La confusión se reprodujo de libro en libro hasta que, en 1753, Linneo bautizó definitivamente la especie como M. jalapa.

El primer nombre era impecable. El segundo inmortalizaba un error. Y, sin embargo, corregirlo nunca ha parecido una buena idea. La nomenclatura científica se basa en la estabilidad. Cambiar un nombre consolidado generaría más confusión que conservarlo. Por eso, aunque hoy sabemos que el auténtico «jalap» medicinal procedía de Ipomoea purga y no del dondiego de noche, el nombre de M. jalapa continúa siendo perfectamente válido.

Lejos de restar credibilidad a la ciencia, esta historia demuestra precisamente cómo funciona. Solemos imaginarla como un edificio construido con verdades inmutables, cuando en realidad se parece mucho más a una larga conversación que atraviesa los siglos. En ella se formulan hipótesis, se corrigen errores y, de vez en cuando, alguna equivocación queda incorporada al lenguaje porque modificarla causaría un desorden todavía mayor.

Si hoy regresáramos a aquella botica con la que comenzó este relato, probablemente encontraríamos el viejo tarro de «Jalapa» cubierto por una fina capa de polvo. Hace mucho que los médicos dejaron de recetar aquel purgante y muy pocos farmacéuticos reconocerían ya su origen. En cambio, el dondiego de noche sigue floreciendo cada verano en jardines y patios, ajeno al equívoco que arrastra su nombre desde hace casi tres siglos.

No está nada mal para una planta que nunca fue jalapa.