Hay titulares que uno lee una
vez, frunce el ceño y vuelve a leer lentamente por si los ojos le hubieran
jugado una mala pasada. Hace unos días, las agencias de noticias difundían uno
de esos que parecen escritos por un enemigo de la lógica: «Washington libera
seiscientos mil mosquitos para combatir la plaga de mosquitos.»
La frase sonaba a disparate. Si
una ciudad tiene demasiadas ratas, nadie propone importar otras cien mil. Si
una invasión de langostas amenaza las cosechas, a ningún ministro de
Agricultura se le ocurre añadir unas cuantas toneladas más. Sin embargo, allí
estaba la noticia, redactada con toda seriedad. El área metropolitana de la
capital estadounidense iba a liberar cientos de miles de mosquitos con la
esperanza de que, gracias a ellos, hubiera menos mosquitos al final del verano.
La explicación comienza con un
detalle que la mayoría desconocemos. Cuando decimos que «nos pican los
mosquitos» estamos culpando injustamente a la mitad de la población. Los machos
jamás pican. Se alimentan exclusivamente del néctar de las flores y podrían
pasar toda su vida sin acercarse a un ser humano. Las responsables son las
hembras, porque necesitan una extraordinaria cantidad de proteínas y hierro
para fabricar sus huevos. La sangre no constituye su alimento habitual; es, más
bien, el suplemento nutricional imprescindible para asegurar la siguiente
generación.
Los seiscientos mil mosquitos
liberados en Washington eran todos machos. Ninguno iba a picar a una persona.
Ninguno transmitiría enfermedades. Su única misión consistía en encontrar
hembras silvestres y aparearse con ellas.
Hasta aquí la historia ya resulta
curiosa. Pero todavía no hemos llegado a la parte realmente extraordinaria.
Porque esos mosquitos no son los protagonistas de esta historia. Son únicamente
los mensajeros.
El verdadero protagonista mide
aproximadamente una milésima de milímetro, vive oculto dentro de las células y
casi nadie había oído hablar de él fuera de algunos laboratorios
especializados. Se llama Wolbachia, y probablemente sea uno de los organismos con
mayor éxito evolutivo del planeta.
La historia de Wolbachia comienza de una forma mucho menos espectacular de lo que cabría esperar para un organismo que hoy participa en algunos de los programas de salud pública más ambiciosos del planeta. En 1924, los bacteriólogos estadounidenses Marshall Hertig y Simeon Burt Wolbach examinaban al microscopio los tejidos reproductores de un mosquito doméstico, Culex pipiens, cuando observaron unas diminutas estructuras intracelulares cuya naturaleza no lograban identificar del todo. Aquel hallazgo terminó dando nombre a una nueva bacteria: Wolbachia pipientis. Durante décadas permaneció relegada a una discreta nota a pie de página en la microbiología. Nadie sospechaba que aquel microorganismo iba a convertirse en uno de los grandes protagonistas de la biología evolutiva del siglo XXI.
Los biólogos calculan que entre
el cuarenta y el sesenta por ciento de todas las especies de insectos albergan
esta bacteria en el interior de sus células. Dicho así, la cifra impresiona
poco. Conviene traducirla a una imagen más concreta. Si saliera usted al campo
una tarde de primavera y capturara cien especies distintas de insectos
—mariposas, escarabajos, moscas, avispas, chinches o libélulas—, lo más
probable es que entre cuarenta y sesenta estuvieran infectadas por Wolbachia. A
ellas habría que añadir numerosas arañas, ácaros, crustáceos y nematodos. Es
posible que ningún otro microorganismo haya colonizado con tanto éxito el reino
animal.
Lo ha conseguido sin hacer apenas ruido. Wolbachia no mata a sus hospedadores. No los consume. Ni siquiera suele enfermarlos. Ha elegido una estrategia mucho más refinada: manipular su reproducción.
La bacteria sólo puede transmitirse de madres a hijos, porque viaja en el interior de los óvulos. Los espermatozoides apenas aportan citoplasma al embrión y, por tanto, no constituyen un medio eficaz para propagarla. Desde el punto de vista de Wolbachia, los machos representan un callejón sin salida, mientras que las hembras son el vehículo perfecto para colonizar la siguiente generación. La evolución hizo el resto.
En unas especies, la bacteria elimina embriones masculinos. En otras, transforma machos en hembras fértiles o favorece la reproducción sin necesidad de fecundación. Pero el mecanismo más ingenioso aparece precisamente en los mosquitos. Cuando un macho infectado se aparea con una hembra que no alberga la misma cepa de Wolbachia, los huevos son fecundados con normalidad, pero el embrión deja de desarrollarse durante sus primeras divisiones celulares y nunca llega a eclosionar. Los biólogos llaman a este fenómeno incompatibilidad citoplasmática, un nombre poco atractivo para una idea extraordinariamente lúcida.
Y fue entonces cuando alguien formuló una pregunta que cambió por completo la lucha contra estos insectos. Si una bacteria llevaba millones de años reduciendo el éxito reproductor de los mosquitos, ¿por qué seguir combatiéndola? ¿Por qué no convertirla en aliada?
Eso es exactamente lo que se está
haciendo hoy en Washington y en numerosos programas de salud pública repartidos
por todo el mundo. Los machos criados en laboratorio transportan determinadas
cepas de Wolbachia y son liberados en las zonas donde abundan los mosquitos
tigre. Como nunca pican, no representan ningún riesgo para las personas. Su
única misión consiste en aparearse con las hembras salvajes. Si éstas no
albergan la misma bacteria, la puesta será inviable y la población disminuirá
generación tras generación.
Existe incluso una segunda
estrategia aún más sorprendente. Algunas cepas de Wolbachia dificultan que
virus como el dengue, el zika o el chikunguña se multipliquen dentro del
mosquito. En ese caso no se pretende reducir su número, sino convertirlo en un transmisor
mucho menos eficaz de esas enfermedades. El insecto sigue viviendo y
desempeñando su papel ecológico, pero el virus encuentra enormes dificultades
para completar su ciclo vital.
Frente a los insecticidas
tradicionales, este enfoque presenta una ventaja evidente. En lugar de inundar
el ambiente con sustancias tóxicas que afectan también a otros insectos y
favorecen la aparición de resistencias, se aprovecha un mecanismo que la evolución
llevaba perfeccionando millones de años. No se trata de imponer una solución
artificial a la naturaleza, sino de comprender cómo funciona y utilizar sus
propias herramientas.
Quizá ahí resida la enseñanza más interesante de esta historia. Durante buena parte del siglo XX creímos que el progreso consistía en fabricar insecticidas cada vez más potentes. Sin embargo, algunas de las innovaciones más prometedoras del siglo XXI siguen un camino muy distinto. En lugar de luchar contra la naturaleza, intentan aprender de ella. Las vacunas nacieron de la observación del sistema inmunitario. La penicilina apareció porque un hongo libraba su propia guerra contra las bacterias. Y ahora descubrimos que una bacteria microscópica puede enseñarnos una forma completamente nueva de combatir a los mosquitos.
La próxima vez que lea un titular
anunciando que una ciudad ha liberado cientos de miles de mosquitos, quizá
vuelva a pensar que alguien ha perdido el juicio. Después de todo, la idea
parece desafiar el sentido común.
Lo verdaderamente extraordinario,
sin embargo, no es que los seres humanos hayamos decidido soltar mosquitos para
combatir a otros mosquitos. Lo extraordinario es que la solución llevara
millones de años funcionando silenciosamente dentro de los propios insectos,
esperando a que alguien tuviera la curiosidad suficiente para descubrirla.
En esta ocasión, la autora de la
idea no fue un laboratorio farmacéutico ni un departamento de ingeniería. Fue
una bacteria tan diminuta que sólo puede contemplarse al microscopio, pero tan
extraordinariamente exitosa que ha conseguido colonizar buena parte de los
insectos del planeta. Mientras nosotros fumigábamos pantanos y diseñábamos
insecticidas cada vez más sofisticados, Wolbachia llevaba millones de años
resolviendo el mismo problema desde el interior de un mosquito. Quizá la
próxima gran revolución tecnológica no consista en inventar algo nuevo, sino en
aprender, por fin, a reconocer las buenas ideas que la evolución tuvo muchísimo
antes que nosotros.