La evolución escondida en unas manos de pasa.
Si uno preguntara en una playa
por qué los dedos se arrugan después de un buen baño, probablemente obtendría
una respuesta casi unánime: porque la piel absorbe agua. Igual que una esponja
o un garbanzo que pasa la noche en remojo. La explicación parece tan evidente
que durante décadas apenas nadie la puso en duda.
No obstante, era incompleta, porque
si bien es cierto que la capa más superficial de la piel absorbe una pequeña
cantidad de agua, ese fenómeno resulta insuficiente para explicar las profundas
arrugas que aparecen únicamente en las yemas de los dedos y en las plantas de
los pies. Si todo se debiera a la humedad, el resto del cuerpo debería
reaccionar igual. Nadie, sin embargo, sale de la piscina con la espalda o los
brazos convertidos en una enorme pasa. Había algo que no encajaba.
La pista decisiva apareció hace
casi un siglo. Los médicos comprobaron que algunas personas con lesiones en
determinados nervios de la mano podían mantener los dedos sumergidos durante
mucho tiempo sin que apareciera una sola arruga. Aquella observación desmontaba
la explicación tradicional. Si el fenómeno fuera simplemente físico, una lesión
nerviosa no debería influir en absoluto. Como ocurre tantas veces en ciencia,
una pequeña anomalía terminó cambiando por completo la historia.
Con el paso de los años se
descubrió que el responsable era el sistema nervioso simpático, la red
automática que regula funciones tan diversas como el ritmo cardíaco, la
sudoración o el diámetro de los vasos sanguíneos. Cuando las yemas de los dedos
permanecen varios minutos bajo el agua, ese sistema desencadena una respuesta
refleja: las pequeñas arterias que irrigan la pulpa de los dedos se contraen.
La palabra técnica es
vasoconstricción, aunque el mecanismo resulta fácil de imaginar. Al estrecharse
esos diminutos vasos llega menos sangre al tejido situado bajo la piel. Como
consecuencia, la pulpa del dedo pierde ligeramente volumen y la piel, ahora
demasiado holgada para el espacio que ocupa, comienza a plegarse formando una
compleja red de surcos. En otras palabras, los dedos no se arrugan porque la
piel se hinche, sino porque el tejido situado debajo se contrae ligeramente.
La diferencia puede parecer un
detalle menor, pero cambia por completo nuestra manera de entender el fenómeno.
Ya no estamos contemplando una reacción pasiva provocada por el agua, sino un
mecanismo cuidadosamente regulado por el sistema nervioso. Las técnicas
modernas de imagen confirmaron la hipótesis al demostrar que, mientras aparecen
las arrugas, el flujo sanguíneo disminuye realmente en las yemas de los dedos.
Además, cuando la actividad del sistema nervioso simpático se bloquea o alguno
de los nervios está lesionado, las arrugas dejan de formarse.
Resuelto el mecanismo, surgía una
pregunta todavía más interesante: ¿para qué sirve convertir temporalmente
nuestros dedos en pasas? La evolución rara vez conserva procesos complejos que
no aporten ninguna ventaja. Si nuestro organismo pone en marcha este
sofisticado sistema cada vez que permanecemos unos minutos bajo el agua, debía
existir una razón.
La respuesta comenzó a perfilarse
hace apenas unos años gracias a un experimento tan sencillo que cualquiera
podría haberlo organizado en la cocina de su casa. Un grupo de investigadores
de la Universidad de Newcastle pidió a varios voluntarios que trasladaran
pequeñas canicas y otros objetos entre dos recipientes. Algunos objetos estaban
secos; otros, completamente mojados. Antes de empezar, los científicos habían
mantenido las manos de parte de los participantes bajo el agua hasta que sus
dedos adquirieron el característico aspecto arrugado que todos conocemos. Lo
que ocurrió a continuación terminó dando sentido a un misterio que llevaba
décadas desconcertando a los fisiólogos.
El resultado fue
sorprendentemente claro. Cuando los voluntarios manipulaban objetos secos, los
dedos arrugados no ofrecían ninguna ventaja. Sin embargo, cuando los objetos
estaban mojados, quienes tenían las yemas arrugadas los sujetaban con mayor
rapidez y seguridad. La diferencia no era enorme, pero sí lo bastante
consistente como para convencer a los investigadores de que aquellas arrugas no
constituían un simple efecto secundario del agua, sino una auténtica adaptación
funcional.
La explicación propuesta era tan
sencilla como ilustrativa. Las arrugas actuarían de forma parecida al dibujo de
los neumáticos de un automóvil. Cuando un coche circula sobre una carretera
mojada, una fina película de agua se interpone entre el caucho y el asfalto. Si
esa película no pudiera evacuarse, el vehículo perdería adherencia y aparecería
el temido aquaplaning. Los surcos del neumático existen precisamente
para canalizar el agua hacia los lados y mantener el contacto con el firme.
Algo semejante podría ocurrir en
las yemas de nuestros dedos. Al sujetar un objeto mojado, las arrugas formarían
diminutos canales por los que escaparía el agua acumulada entre la piel y la
superficie del objeto. El contacto mejoraría y el agarre sería más seguro. No
es que los dedos se vuelvan más rugosos o pegajosos; simplemente reducen el
efecto lubricante de esa fina película de agua. De repente, aquellas arrugas
que siempre habíamos considerado una molestia pasajera adquirían el aspecto de
una refinada solución de ingeniería hidráulica.
La hipótesis resulta
especialmente convincente si pensamos en la mayor parte de la historia de
nuestra especie. Nuestros antepasados no manipulaban teléfonos móviles ni
teclados de ordenador. Cruzaban ríos, recogían frutos cubiertos por el rocío,
arrancaban raíces embarradas y caminaban sobre rocas resbaladizas. En ese
escenario, cualquier mejora en la capacidad para sujetar un alimento o mantener
el equilibrio podía traducirse en una ventaja para sobrevivir.
Naturalmente, conviene no
exagerar las conclusiones. La evolución no deja un libro de instrucciones y
rara vez podemos demostrar con absoluta certeza por qué apareció una
determinada característica. Que los dedos arrugados mejoren el agarre no
prueba, por sí solo, que esa fuera la presión selectiva que originó el
mecanismo. Pero sí constituye una explicación coherente con los experimentos y
con el modo en que la selección natural suele aprovechar soluciones sencillas
para resolver problemas cotidianos.
El fenómeno ha encontrado además
una aplicación inesperada en la medicina. Desde hace décadas, los neurólogos
utilizan el llamado test de arrugamiento por inmersión para evaluar el
funcionamiento del sistema nervioso simpático y detectar determinadas lesiones
nerviosas. Si un dedo permanece completamente liso después de varios minutos
bajo el agua, puede ser la señal de que alguna parte del circuito nervioso no
está funcionando correctamente. Es una curiosa paradoja: esas arrugas que todos
hemos contemplado con indiferencia en la bañera pueden proporcionar información
valiosa sobre el estado de nuestro sistema nervioso.
Hay otro detalle revelador. Las
arrugas aparecen únicamente en las palmas de las manos y en las plantas de los
pies, precisamente las regiones del cuerpo especializadas en agarrar y soportar
el peso. La distribución del fenómeno parece confirmar que no estamos ante un
simple accidente fisiológico, sino ante una adaptación localizada allí donde
realmente puede resultar útil.
Todo ello convierte a las “manos
de pasa” en un magnífico ejemplo de cómo funciona la ciencia. Durante
generaciones aceptamos una explicación porque parecía razonable. Después
apareció una observación que no encajaba. Más tarde llegaron nuevas hipótesis,
experimentos y pruebas hasta que la vieja idea tuvo que ser abandonada. No es
que la ciencia cambie de opinión caprichosamente; cambia porque las evidencias
obligan a hacerlo.
La próxima vez que salgas de la playa, de la piscina o incluso de la bañera y descubras que tus dedos parecen haber envejecido cien años en apenas un cuarto de hora, quizá los contemples con un poco más de respeto. Mientras tú disfrutabas del agua, tu sistema nervioso había modificado silenciosamente la circulación de la sangre, había rediseñado el relieve de tus yemas y había activado un discreto sistema antideslizante perfeccionado durante millones de años de evolución.
No está nada mal para unas simples arrugas. Como tantas otras veces, la naturaleza había escondido uno de sus mejores trucos en un fenómeno tan cotidiano que casi nadie se había molestado en preguntarse cómo funcionaba. Y quizá esa sea la lección más hermosa de esta historia: incluso las cosas que hacemos desde niños —como permanecer demasiado tiempo en el agua hasta que nuestras manos parecen dos pasas gigantes— pueden ocultar mecanismos de una elegancia extraordinaria. A veces basta una mirada un poco más curiosa para descubrir que el asombro sigue escondido en los lugares más insospechados.