sábado, 5 de septiembre de 2026

COMO SUFRIMOS LA “CLIENTELIZACIÓN” DEL TRABAJO

 

No recuerdo exactamente cuándo empecé a trabajar para el supermercado, mi banco, las compañías aéreas y las empresas de telefonía. Lo extraño es que ninguna de ellas me ha enviado todavía una nómina.

En el supermercado peso la fruta, pego la etiqueta, paso los productos por el lector, introduzco las bolsas, busco el código de los tomates, pago y recojo el recibo. De vez en cuando aparece un empleado porque la máquina ha decidido que las berenjenas constituyen una amenaza para la seguridad del establecimiento. Pulsa una tecla, desaparece y yo continúo trabajando.

En el aeropuerto la cosa resulta todavía más admirable. Compro el billete en Internet, introduzco mis datos, selecciono el vuelo, rechazo servicios adicionales, elijo asiento, hago el check-in, descargo la tarjeta de embarque y, cada vez con mayor frecuencia, imprimo la etiqueta del equipaje y deposito la maleta en una cinta. La compañía pone el avión. Yo me ocupo de buena parte de la administración.

Podríamos llamar a este fenómeno clientelización del trabajo: la transferencia progresiva al cliente de tareas que anteriormente realizaban empleados remunerados. No es exactamente automatización. Cuando una máquina hace el trabajo de una persona estamos ante automatización. Cuando una máquina consigue que yo haga el trabajo que antes hacía esa persona, ocurre algo diferente.

Los sociólogos llevan tiempo estudiándolo. En 1981, Ivan Illich publicó Shadow Work, «trabajo en la sombra». Utilizaba el concepto en un sentido amplio: actividades no remuneradas exigidas por las sociedades industriales y necesarias para que funcione la economía formal. Junto al trabajo que aparece en las estadísticas existe otro que nadie paga y sin el cual el primero difícilmente podría funcionar.

Más de treinta años después, Craig Lambert actualizó la idea en Shadow Work: The Unpaid, Unseen Jobs That Fill Your Day (2015). Su catálogo nos resulta familiar: ponemos gasolina, escaneamos y embolsamos nuestra compra, hacemos operaciones bancarias, reservamos viajes o montamos nuestros muebles. Pequeñas tareas que aisladamente parecen insignificantes pero cuya suma ocupa una parte creciente de nuestro tiempo.

Existe incluso una denominación más técnica. Charles Koeber, David Wright y Elizabeth Dingler publicaron en 2012 un estudio sobre el consumptive labor, algo así como «trabajo de consumo». Su punto de partida era sencillo: los consumidores ya no se limitan a consumir. Las empresas los incorporan al proceso productivo para realizar determinadas tareas.

El truco consiste en llamarlo autoservicio. La palabra es magnífica porque convierte una reducción del servicio en una ampliación de nuestra libertad. Nadie diría que un restaurante ha mejorado su atención porque el camarero nos entregue una bandeja y nos indique dónde está la cocina. Basta, sin embargo, colocar una pantalla táctil para que realizar nosotros mismos una tarea pase a denominarse innovación.

Naturalmente, el autoservicio puede ofrecer ventajas reales. Sacar dinero de un cajero a medianoche es mucho más cómodo que esperar a que abra el banco. Comprar un billete desde casa evita desplazamientos y colas. Una caja automática resulta práctica para quien lleva dos artículos. Sería absurdo añorar cualquier sistema anterior simplemente porque utilizaba más empleados.

La cuestión es otra: quién realiza ahora el trabajo y quién se queda con el ahorro. Las llamadas self-service technologies sustituyen muchas interacciones tradicionales entre cliente y empleado haciendo que el consumidor participe en la producción del servicio. Aron Darmody y Detlev Zwick han estudiado esta «coproducción» y advierten de que sus costes y beneficios no tienen por qué distribuirse equilibradamente. La reducción del coste laboral constituye, naturalmente, uno de los incentivos empresariales.

El supermercado constituye un laboratorio perfecto. Antes uno llegaba a la caja y otra persona pasaba los productos, cobraba y entregaba el cambio. Con la caja automática no ha desaparecido todo el trabajo del cajero: se ha repartido. Una parte la hace la máquina, otra nosotros y un empleado supervisa varias cajas simultáneamente. El cliente se convierte así en cajero auxiliar y el cajero profesional en supervisor de máquinas y clientes.

La aviación comercial ha llevado el procedimiento casi a la perfección. Los pasajeros reservamos por Internet, hacemos el check-in, obtenemos la tarjeta de embarque y, en algunos aeropuertos, etiquetamos y depositamos el equipaje. La literatura especializada considera el check-in en línea un caso explícito de «coproducción»: el viajero participa en la elaboración del servicio que acaba de comprar.

El siguiente paso ya está aquí: facturación automática de equipajes, máquinas de pedidos en restaurantes, aplicaciones bancarias que sustituyen a la oficina, plataformas sanitarias donde el paciente introduce datos que antes recogía un administrativo y páginas de atención al cliente diseñadas para conseguir que el propio afectado diagnostique su problema.

Todo ello produce una curiosa inversión del significado de la palabra servicio. Durante siglos, pagar por un servicio significó pagar para que alguien hiciera algo por nosotros. Ahora podemos pagar por un servicio y recibir, a cambio, instrucciones para hacerlo nosotros mismos.

Existe además un aspecto social. No todos los clientes poseen la misma edad, conocimientos, capacidad visual, destreza manual o familiaridad con las pantallas. Cuando la opción automática convive con una atención humana suficiente, tenemos una posibilidad adicional. Cuando la empresa reduce deliberadamente esa atención hasta conseguir que el autoservicio sea prácticamente obligatorio, la supuesta libertad de elección empieza a parecerse bastante a una imposición.

Y queda la cuestión más delicada: el empleo. Conviene no simplificar. Una caja automática no equivale necesariamente a un cajero despedido. La tecnología crea otros empleos, modifica funciones y puede aumentar la productividad hasta generar nuevas actividades. Los estudios sobre las cajas de autoservicio advierten precisamente de que sus efectos sobre el empleo deben comprobarse y no deducirse automáticamente de la presencia de máquinas.

Pero tampoco deberíamos aceptar la ficción contraria. Si un empleado puede supervisar diez cajas en las que diez clientes realizan parte del trabajo que antes correspondía a varios cajeros, se ha producido una transferencia real de trabajo. Que provoque despidos, menos contrataciones, reasignación de empleados o simplemente un aumento de productividad dependerá de cada sector. Lo indiscutible es que parte del esfuerzo necesario para completar la transacción ha pasado del empleado remunerado al consumidor que paga.

Ahí reside la esencia de la clientelización del trabajo. Durante dos siglos nos explicaron que las máquinas servían para ahorrarnos trabajo. La lavadora nos evitó lavar a mano; el automóvil permitió recorrer grandes distancias sin caminar; el ascensor nos libró de subir escaleras. Buena parte de la revolución tecnológica consistió en sustituir esfuerzo humano por energía y máquinas.

La clientelización introduce una variante formidable: la máquina ahorra trabajo a la empresa haciendo trabajar al cliente. Lo aceptamos porque cada tarea parece minúscula. Cinco minutos para hacer el check-in, tres para escanear la compra, diez para cumplimentar un formulario, cuatro para obtener una factura y veinte para conversar con un robot que finalmente recomienda consultar la página web en la que ya estábamos.

Lambert habla de esos «trabajos invisibles y no remunerados que llenan nuestro día». No los percibimos como trabajo porque ninguno ocupa una jornada completa. Pero, sumados, representan una gigantesca transferencia de tiempo desde millones de consumidores hacia las organizaciones con las que se relacionan.

Quizá dentro de unos años entremos en un restaurante, pidamos mediante una aplicación, vayamos a buscar la comida a la cocina, llevemos los platos a nuestra mesa, cobremos nuestra propia cuenta y, antes de marcharnos, recibamos un mensaje solicitándonos que valoremos la experiencia. Naturalmente pondremos cinco estrellas.

No vaya a ser que también tengamos que atender nosotros la reclamación.