domingo, 6 de septiembre de 2026

LA UTILIDAD DE UN ESTAMBRE QUE NO SIRVE PARA HACER POLEN

 

Mentzelia integra en Mid Loop, St. George, desierto de Utah. Foto

A primera vista, un estambre estéril parece una de esas extravagancias de la naturaleza que invitan a sospechar un despilfarro. El estambre es, al fin y al cabo, la parte masculina de la flor: un filamento coronado por una antera que fabrica y libera polen. Si deja de producirlo, ¿qué sentido tiene conservarlo? La respuesta, como suele ocurrir en las flores, está en los ojos de una abeja.

Una investigación reciente sobre Mentzelia integra, una llamativa especie de la familia de las loasáceas que crece en los terrenos áridos del suroeste de Estados Unidos, ha mostrado que algunos de sus estambres han abandonado su oficio reproductor para convertirse en reclamos publicitarios. No producen polen fértil, pero ayudan a que la flor resulte más visible y atractiva para sus visitantes. Y gracias a ello terminan produciéndose más semillas.

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La planta es conocida en inglés como blazingstar, algo así como estrella resplandeciente, por sus flores amarillas, abiertas y vistosas. Pero su espectáculo tiene una duración limitada. Las flores se abren al anochecer y viven poco; en los paisajes secos, ventosos y poco generosos donde habita la especie, disponen de una ventana brevísima para atraer insectos, recibir polen y enviarlo a otra flor. En esas circunstancias, no basta con ser una flor. Hay que hacerse notar.

Aquí entran en escena los estaminodios. La palabra es bastante fea, pero describe con precisión una estructura fascinante: un estaminodio es un estambre que ha perdido la capacidad de producir polen viable. Muchos conservan cierto aire de familia con los estambres fértiles; otros, como los de Mentzelia integra, se han aplanado y coloreado hasta parecer pétalos. Por eso se llaman estaminodios petaloideos: no son pétalos propiamente dichos, aunque lo parezcan, ni estambres funcionales, aunque procedan de ellos.

Las flores de muchas familias vegetales poseen estaminodios. En ocasiones segregan néctar; en otras proporcionan apoyo físico al insecto, lo orientan hacia las partes reproductoras o contribuyen a formar una especie de plataforma de aterrizaje. También pueden engañar visualmente al polinizador, haciendo creer que encontrará más polen o néctar del que realmente hay. Lo que no estaba tan claro era si esos falsos pétalos podían traducirse en una ventaja reproductiva cuantificable: más visitas, sí, pero ¿más semillas?

Para averiguarlo, el equipo dirigido por Tial C. Ling realizó un experimento bastante sencillo en apariencia y muy elegante en su planteamiento. Eligieron pares de flores de una misma planta y trataron una como testigo, sin alterarla. A la otra le retiraron cuidadosamente los estaminodios con pinzas. Así podían comparar dos flores sometidas al mismo clima, el mismo suelo y la misma vecindad vegetal: la diferencia esencial era que una conservaba sus falsos pétalos y la otra no.

El resultado fue inequívoco. Las flores mutiladas recibieron muchas menos visitas. Tres grupos de abejas —Anthophora, Megachile y Perdita— mostraron la misma preferencia por las flores intactas. Las dos primeras realizaron en las flores sin estaminodios aproximadamente un tercio de las visitas registradas en las flores completas. Las pequeñas abejas del género Perdita redujeron sus visitas a la mitad.

En el mundo de la polinización, donde las oportunidades se miden a veces en minutos y en aterrizajes, esa diferencia no es un detalle estético. Las flores intactas produjeron muchas más semillas: se desarrollaron cerca de cuatro quintas partes de sus óvulos, frente a poco más de la mitad en las flores a las que se habían retirado los estaminodios. La especie, además, no podía compensar el déficit mediante la autopolinización. Las flores embolsadas para impedir la entrada de insectos no dieron semillas. Sin abejas no hay descendencia; y sin los falsos pétalos, las abejas acuden con mucha menor frecuencia.

La cuestión siguiente era saber si los estaminodios ayudaban a las abejas una vez posadas sobre la flor o si actuaban antes, en el momento decisivo de la aproximación. Los investigadores pudieron medir con precisión la duración de las visitas de Perdita, el grupo más pequeño. No hallaron diferencias significativas: cuando una abeja ya había aterrizado, permanecía prácticamente el mismo tiempo en una flor intacta que en una flor recortada. Todo indica, por tanto, que esos estambres transformados no facilitan el manejo de la flor ni hacen más eficiente la recogida de recompensa. Su función parece ser, sobre todo, óptica: desde cierta distancia convierten a la flor en una señal más eficaz.

La evolución no trabaja con planos ni con propósitos, sino con remiendos que funcionan. Un estambre deja de aportar polen, se parece cada vez más a un pétalo y acaba desempeñando una función distinta: atraer a quien transportará el polen producido por los estambres que siguen trabajando. La planta sacrifica una parte potencial de su maquinaria masculina, pero obtiene a cambio algo probablemente más valioso: más visitantes en el escaso tiempo de que dispone.

Conviene no exagerar la limpieza del experimento. Cortar una estructura floral puede provocar efectos secundarios difíciles de ver. La herida quizá altere compuestos volátiles, sustancias defensivas o señales que también perciben los insectos. Los propios autores reconocen esa limitación. Pero la coincidencia entre menos visitas y menor producción de semillas ofrece una explicación muy consistente: los estaminodios petaloideos contribuyen de manera real al éxito reproductivo de la planta.

En Mentzelia integra, por tanto, un estambre que ya no fabrica polen no es un residuo inútil de la evolución. Es un anuncio luminoso. En la penumbra de un desierto venteado, cuando la noche se aproxima y las abejas tienen prisa, esos falsos pétalos ayudan a la flor a hacer lo único que de verdad importa: dejar descendenci