| Mentzelia integra en Mid Loop, St. George, desierto de Utah. Foto |
A primera vista, un estambre
estéril parece una de esas extravagancias de la naturaleza que invitan a
sospechar un despilfarro. El estambre es, al fin y al cabo, la parte masculina
de la flor: un filamento coronado por una antera que fabrica y libera polen. Si
deja de producirlo, ¿qué sentido tiene conservarlo? La respuesta, como suele
ocurrir en las flores, está en los ojos de una abeja.
Una investigación reciente sobre Mentzelia
integra, una llamativa especie de la familia de las loasáceas que crece en
los terrenos áridos del suroeste de Estados Unidos, ha mostrado que algunos de
sus estambres han abandonado su oficio reproductor para convertirse en reclamos
publicitarios. No producen polen fértil, pero ayudan a que la flor resulte más
visible y atractiva para sus visitantes. Y gracias a ello terminan
produciéndose más semillas.
La planta es conocida en inglés
como blazingstar, algo así como estrella resplandeciente, por sus flores
amarillas, abiertas y vistosas. Pero su espectáculo tiene una duración
limitada. Las flores se abren al anochecer y viven poco; en los paisajes secos,
ventosos y poco generosos donde habita la especie, disponen de una ventana
brevísima para atraer insectos, recibir polen y enviarlo a otra flor. En esas
circunstancias, no basta con ser una flor. Hay que hacerse notar.
Aquí entran en escena los
estaminodios. La palabra es bastante fea, pero describe con precisión una
estructura fascinante: un estaminodio es un estambre que ha perdido la
capacidad de producir polen viable. Muchos conservan cierto aire de familia con
los estambres fértiles; otros, como los de Mentzelia integra, se han
aplanado y coloreado hasta parecer pétalos. Por eso se llaman estaminodios
petaloideos: no son pétalos propiamente dichos, aunque lo parezcan, ni
estambres funcionales, aunque procedan de ellos.
Las flores de muchas familias
vegetales poseen estaminodios. En ocasiones segregan néctar; en otras
proporcionan apoyo físico al insecto, lo orientan hacia las partes
reproductoras o contribuyen a formar una especie de plataforma de aterrizaje.
También pueden engañar visualmente al polinizador, haciendo creer que
encontrará más polen o néctar del que realmente hay. Lo que no estaba tan claro
era si esos falsos pétalos podían traducirse en una ventaja reproductiva
cuantificable: más visitas, sí, pero ¿más semillas?
Para averiguarlo, el equipo
dirigido por Tial C. Ling realizó un experimento bastante
sencillo en apariencia y muy elegante en su planteamiento. Eligieron pares
de flores de una misma planta y trataron una como testigo, sin alterarla. A la
otra le retiraron cuidadosamente los estaminodios con pinzas. Así podían
comparar dos flores sometidas al mismo clima, el mismo suelo y la misma
vecindad vegetal: la diferencia esencial era que una conservaba sus falsos
pétalos y la otra no.
El resultado fue inequívoco. Las
flores mutiladas recibieron muchas menos visitas. Tres grupos de abejas —Anthophora,
Megachile y Perdita— mostraron la misma preferencia por las flores
intactas. Las dos primeras realizaron en las flores sin estaminodios
aproximadamente un tercio de las visitas registradas en las flores completas.
Las pequeñas abejas del género Perdita redujeron sus visitas a la mitad.
En el mundo de la polinización,
donde las oportunidades se miden a veces en minutos y en aterrizajes, esa
diferencia no es un detalle estético. Las flores intactas produjeron muchas más
semillas: se desarrollaron cerca de cuatro quintas partes de sus óvulos, frente
a poco más de la mitad en las flores a las que se habían retirado los
estaminodios. La especie, además, no podía compensar el déficit mediante la
autopolinización. Las flores embolsadas para impedir la entrada de insectos no
dieron semillas. Sin abejas no hay descendencia; y sin los falsos pétalos, las
abejas acuden con mucha menor frecuencia.
La cuestión siguiente era saber
si los estaminodios ayudaban a las abejas una vez posadas sobre la flor o si
actuaban antes, en el momento decisivo de la aproximación. Los investigadores
pudieron medir con precisión la duración de las visitas de Perdita, el
grupo más pequeño. No hallaron diferencias significativas: cuando una abeja ya
había aterrizado, permanecía prácticamente el mismo tiempo en una flor intacta
que en una flor recortada. Todo indica, por tanto, que esos estambres
transformados no facilitan el manejo de la flor ni hacen más eficiente la
recogida de recompensa. Su función parece ser, sobre todo, óptica: desde cierta
distancia convierten a la flor en una señal más eficaz.
La evolución no trabaja con
planos ni con propósitos, sino con remiendos que funcionan. Un estambre deja de
aportar polen, se parece cada vez más a un pétalo y acaba desempeñando una
función distinta: atraer a quien transportará el polen producido por los
estambres que siguen trabajando. La planta sacrifica una parte potencial de su
maquinaria masculina, pero obtiene a cambio algo probablemente más valioso: más
visitantes en el escaso tiempo de que dispone.
Conviene no exagerar la limpieza
del experimento. Cortar una estructura floral puede provocar efectos
secundarios difíciles de ver. La herida quizá altere compuestos volátiles,
sustancias defensivas o señales que también perciben los insectos. Los propios
autores reconocen esa limitación. Pero la coincidencia entre menos visitas y
menor producción de semillas ofrece una explicación muy consistente: los
estaminodios petaloideos contribuyen de manera real al éxito reproductivo de la
planta.
En Mentzelia integra, por
tanto, un estambre que ya no fabrica polen no es un residuo inútil de la
evolución. Es un anuncio luminoso. En la penumbra de un desierto venteado,
cuando la noche se aproxima y las abejas tienen prisa, esos falsos pétalos
ayudan a la flor a hacer lo único que de verdad importa: dejar descendenci